Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

miércoles, 24 de julio de 2013

Personajes y Prólogo

Los dotados

Los dotados son todos descendientes de los diez hijos del rey Rojo, un rey mago que dejó África en el siglo XII acompañado por tres leopardos.
El Rey Rojo ha vivido durante muchos siglos, e hizo una maravillosa esfera de cristal en la que puso las memorias de su vida y de sus viajes a través del mundo.
Usa la esfera para desplazarse a través del tiempo, visitando el pasado y el futuo. En otras manos, el desplazador temporal es peligroso e impredecible.

Los hijos del Rey Rojo, llamados los dotados:


BORLATH, es el hijo mayor del rey rojo, Borlath era un tirano  brutal y sádico. 

NAREEN BLOOR hija  adoptiva de  Bartolomew Bloor.  Nareen puede enviar sombras que forman palabras a grandes distancias. Es descendiente de un nieto del Rey Rojo que fue secuestrado por piratas y  llevado a China.

CHARLIE BONE  Charlie puede viajar dentro de las fotografías y los cuadros. Por parte de  padre, él es descendiente  del Rey Rojo y por parte de  madre, de Mathonwy un mago galés y  amigo del Rey Rojo.

EDITH E  INÉS BRANKO Gemelas telekinéticas, lejanamente emparentadas con Zelda Dobinski, quien ha dejado la Academia Bloor.

DORCAS LOOM Una niña dotada cuyo don es la habilidad de hechizar a la ropa.

UNA ONIMOSO La sobrina del señor Onimoso. Una  tiene  cinco años de edad y su dotación se mantiene en secreto hasta que se haya desarrollado por completo.
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ASA PIKE Se transforma en una bestia. Él es descendiente de una tribu que vivía en los bosques del norte y se transformaban en  extrañas bestias. Asa puede cambiar de forma en la oscuridad.
           
BILLY   RAVEN  Billy puede comunicarse con los animales. Uno de sus antepasados se sentaba a conversar con los cuervos que se posaban en el patíbulo donde ahorcaban a los hombres Por este talento él fue desterrado de su pueblo.

LYSANDER SAGE  Es Descendiente  de un hombre sabio  africano, Lysander puede llamar a los espíritus de sus antepasados.

GABRIEL SILK: Gabriel puede sentir escenas y emociones a través de la ropa de los demás. Viene de una familia de psíquicos.
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JOSHUA TILPIN. La dotación de Joshua es el magnetismo. Sus orígenes son, en la actualidad, un misterio: Hasta los Bloors  no están seguros  de dónde  vive. Llegó por si solo a la puerta de la Academia y se presento él mismo. Su matrícula se paga  a través de un banco privado.
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EMMA TOLLY Emma puede volar Su apellido proviene de un  espadachín español de Toledo cuya hija se casó con el Rey Rojo. El espadachín es por lo tanto un antepasado común de todos los niños dotados.

TANCRED TORSSON Es un traedor de tormentas Su antepasado escandinavo fue nombrado después con el nombre  del dios del trueno, Tor. Tancred puede traer viento, truenos, y   relámpagos

 OLIVIA VERTIGO Descendiente de Guanhamara, que huyó del castillo del Rey Rojo y se casó con un príncipe italiano. Olivia es una ilusionista. Los Bloors no son conscientes de su dotación.

Prólogo


 El Rey Rojo y su amigo anduvieron juntos a través del bosque. Era un otoño dorado y las hojas caían a su alrededor como monedas brillantes. El rey era alto, en su negro pelo no había rastro alguno de gris y su oscura piel era completamente lisa, pero la tristeza en sus ojos poseía  siglos de antigüedad. Mathonwy, el mago, era un hombre con un aspecto más ligero. Tanto su pelo como su barba eran de un blanco plateado y su espalda estaba encorvada a causa de los años pasados en el bosque. Vestía un manto de un brillante azul medianoche salpicado con estrellas caídas. A diez pasos de los hombres venían tres leopardos, eran viejos ahora y no tan rápidos como en antaño, pero sus miradas nunca se aparataban de la figura del rey. Él era su maestro, su amo y su amigo y le habrían seguido hasta el fin del mundo si hubiera sido necesario.

Mathonwy estaba preocupado. Sabía que este no era uno de esos usuales paseos campestres que solía realizar con el rey. Hoy, su paseo tenía un propósito más profundo. Cada paso les llevaba más lejos del mundo de los hombres y más cerca del corazón del bosque. Llegaron, por fin, a un claro en el que incluso las hojas muertas eran silenciosas. La hierba era del color de la miel y los espinos estaban repletos de bayas carmesíes. Mathonwy descansó en un árbol caído, pero el rey se mantuvo de pie mirando a través de las ramas desnudas. El cielo se había tornado de un ardiente color rojo, pero en lo alto, en una banda de un profundo azul, se mostró la primera estrella. —Hagamos fuego— dijo el rey.

Mathonwy se deleitaba haciendo hogueras. Cantó en galés mientras reunía la leña, y la alegre canción ocultó el temor de su corazón. Las ramitas muertas fueron utilizadas como yesca y pronto consiguieron una pequeña llama. Una delgada columna de humo se elevó a través de los árboles y el Rey Rojo declaró que era el olor más dulce del mundo. Ahora, pensó Mathonwy. Ahora va a preguntarme. Pero no ocurrió todavía. —Primero los gatos— dijo el rey. —Ellos no sobrevivirán durante mucho tiempo más en una tierra de fríos inviernos y cazadores crueles. Venir aquí mis queridas criaturas— Los leopardos alcanzaron al rey. Los felinos ronronearon mientras restregaban sus cabezas contra las manos del rey.

—Es hora de que vistáis una nueva piel— les dijo el rey. —Encontrar un dueño que sea bueno, porque este de aquí tiene que dejaros ahora— Una vez dicho aquello, Mathonwy se estremeció. El rey se estaba yendo. El bosque se quedaría muy vacío sin la compañía de aquel que había llenado su mente de maravillas, quien había compartido sus pensamientos, respondido a sus dudas, conversado desde el amanecer hasta la caída de la luna. El rey ando alrededor del fuego con pasos largos y calculados y los leopardos le siguieron, otra vuelta y otra vuelta y otra vuelta. —Vigilad a mis hijos— les ordenó el rey.  —Seguid a los descendientes de aquellos a los que he perdido, a los hijos y a las hijas del valiente Amadis y el brillante Petrello, a los hijos de la gentil Guanhamara, el inteligente Tolemeo, y a los descendientes de mi hija más joven, Amoret. Ayudadles mis leales gatos, mantenerlos a salvo— Cuando el rey se alejó del fuego, los grandes gatos continuaron dando vueltas a su alrededor. Ellos estaban corriendo ahora, saltando y brincando. El rey alzó su brazo.

—Brillante flama, ardiente sol y estrella dorada— cantó —Proteged a mis hijos con vuestros salvajes corazones. Vivir a salvo en un mundo de hombres, pero recordar siempre quienes sois— Mathonwy había oído hechizos como ese anteriormente, pero esa noche la magia del rey tenía una belleza especial. Los leopardos saltarines se habían convertido en un anillo de fuego. Chispas  volaron hacia los árboles y rodearon las ramas como arroyos brillantes y bañando el claro con un arcoíris de colores continuamente cambiante. Cuando el rey dejó caer su mano, el anillo desapareció; los leopardos se habían ido. Mathonwy se puso de pie.

— ¿Dónde están?— el rey señaló un árbol detrás del mago. En una baja rama, se sentaban tres gatos. Uno era del color del cobre, otro era tan naranja como una llama y el último era como una pálida estrella dorada.

— ¡Observa! Aries, Leo y Sagitario. Sus pieles han cambiado, pero continúan sabiendo quién son— el rey rió alegremente, orgulloso de su hechizo. —Y ahora es mi turno— Mathonwy suspiró. De los pliegues de su capa sacó un delgado palo color ceniza: su varita.

— ¿Qué quieres que haga?— el rey miró a su alrededor.

—El bosque se ha convertido en mi hogar. El disfraz de árbol me quedará bien.

—No necesitas mi ayuda para eso— dijo el mago. —Cambiar de forma es tan natural para ti como volar para un pájaro— El rey observó a su único amigo.

—Cambiar de forma no es lo que necesito, Mathonwy. Anhelo un cambio que perdure en el tiempo. Si estoy condenado a vivir para siempre, entonces quiero deshacerme de mi forma humana y tomar un aspecto más pacífico.

— ¿Quieres vivir para siempre como un árbol?— le preguntó Mathonwy. —Un árbol sin habla, sin movimiento. ¿Qué pasa si vienen y talan el bosque?— el rey consideró la opción.

—Quizás deberé aprender a moverme— dijo con una sonrisa traviesa. —No estés triste mi amigo. La noche pasada vi a un niño en las nubes y supe que es uno de los míos. Un niño futuro. Y, escucha a esto Mathonwy. Sé que también venía de tu sangre. Ese conocimiento me dio un momento de verdadera felicidad. Ahora siento que el Rey Rojo puede dejar el mundo.

—El mundo y a mí— dijo Mathonwy sin amargura, ya que estaba contento al saber que algún día su línea de sangre se uniría a la del rey.

—No me hagas rogar por este favor— le pidió el rey. —Si lo hiciera yo mismo, me vería tentado a volver. Solo tú puedes hacer mi transformación permanente. Estoy tan cansado amigo mío. No puedo cargar con mis penas durante más tiempo— Mathonwy dio un gentil suspiro de resignación.

—Voy a hacerlo, tal como deseas. Pero perdóname si no compongo el árbol en la forma en la que te imaginas.

El rey sonrió, y aunque luchó contra la tristeza con todas sus fuerzas, esta estaba empezando a superarle y sus ojos se estaban llenando de lágrimas. El mago se llenó de compasión hacia el rey y empezó a trabajar rápidamente. Tocó los hombros de su amigo con la parte superior de su cenicienta varita, luego la alzó hasta la corona. Pero la fina banda de oro estaba tan enredada en los negros rizos del rey, que Mathonwy la dejó a donde pertenecía. El rey vestía las ropas de cáñamo grueso que había llevado desde el momento en el que había empezado a vivir en el bosque. Al elevar sus manos, las ásperas mangas se deslizaron hacia atrás dejando al descubierto sus delgados brazos, del que empezaron a aparecer unos pequeños brotes verdes.

Mathonwy golpeó suavemente los brotes con su varita y estos empezaron a hacerse más gruesos. La cabeza del rey se levantó, su cuerpo se extendió, cada vez más alto, cada vez más amplió. Las hojas empezaron a cubrir las ramas; como pequeños espejos, reflejaban los colores del bosque otoñal y el dorado fuego. Los gatos observaron la transformación de su maestro con sus brillantes ojos. Vieron al mago saltando alrededor del rey, su varita echaba rachas de chispas, su oscuro manto flotaba, su pelo iba a la deriva. Entonces los gatos empezaron a aullar, por su maestro, que casi se había desvanecido; solo su cabeza se mantenía en lo alto del árbol con un deslumbrante esplendor.

Y, mientras su rasgos se desvanecían gradualmente, las lágrimas que caían de sus oscuros ojos se volvieron del un color rojo tan oscuro como el de las bayas. — ¡Oh, mis hijos!— El rey suspiró. Y luego, se fue. Pero las lágrimas permanecieron, deslizándose por el tronco, rojo como la sangre. Mathonwy clavó su vista en las lágrimas, consternado. Intentó frenarlas con su varita, pero continuaron cayendo. Entonces, convocando todo el ingenio, la poesía y la magia que había en su alma, Mathonwy arrojó un hechizo. —Un día, mi buen amigo— dijo —tus hijos vendrán a buscarte, y oh, ¡qué hermoso día será!

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