Los dotados
Los dotados son todos descendientes de los diez hijos del rey Rojo, un rey mago que dejó África en el siglo XII acompañado por tres leopardos.
El Rey Rojo ha vivido durante muchos siglos, e hizo una maravillosa esfera de cristal en la que puso las memorias de su vida y de sus viajes a través del mundo.
Usa la esfera para desplazarse a través del tiempo, visitando el pasado y el futuo. En otras manos, el desplazador temporal es peligroso e impredecible.
Los hijos del Rey Rojo, llamados los dotados:
BORLATH, es el hijo mayor del rey
rojo, Borlath era un tirano brutal y
sádico.
NAREEN BLOOR hija adoptiva de
Bartolomew Bloor. Nareen puede
enviar sombras que forman palabras a grandes distancias. Es descendiente de un
nieto del Rey Rojo que fue secuestrado por piratas y llevado a China.
CHARLIE BONE Charlie puede viajar dentro de las
fotografías y los cuadros. Por parte de
padre, él es descendiente del Rey
Rojo y por parte de madre, de Mathonwy
un mago galés y amigo del Rey Rojo.
EDITH E INÉS BRANKO Gemelas telekinéticas,
lejanamente emparentadas con Zelda Dobinski, quien ha dejado la Academia Bloor.
DORCAS LOOM Una niña dotada cuyo
don es la habilidad de hechizar a la ropa.
UNA ONIMOSO La sobrina del señor Onimoso.
Una tiene cinco años de edad y su dotación se mantiene
en secreto hasta que se haya desarrollado por completo.
.
ASA PIKE Se transforma en una
bestia. Él es descendiente de una tribu que vivía en los bosques del norte y se
transformaban en extrañas bestias. Asa puede
cambiar de forma en la oscuridad.
BILLY RAVEN
Billy puede comunicarse con los animales. Uno de sus antepasados se
sentaba a conversar con los cuervos que se posaban en el patíbulo donde
ahorcaban a los hombres Por este talento él fue desterrado de su pueblo.
LYSANDER SAGE Es Descendiente de un hombre sabio africano, Lysander puede llamar a los
espíritus de sus antepasados.
GABRIEL SILK: Gabriel puede
sentir escenas y emociones a través de la ropa de los demás. Viene de una
familia de psíquicos.
.
JOSHUA TILPIN. La dotación de
Joshua es el magnetismo. Sus orígenes son, en la actualidad, un misterio: Hasta
los Bloors no están seguros de dónde
vive. Llegó por si solo a la puerta de la Academia y se presento él
mismo. Su matrícula se paga a través de
un banco privado.
.
EMMA TOLLY Emma puede volar Su
apellido proviene de un espadachín
español de Toledo cuya hija se casó con el Rey Rojo. El espadachín es por lo
tanto un antepasado común de todos los niños dotados.
TANCRED TORSSON Es un traedor de
tormentas Su antepasado escandinavo fue nombrado después con el nombre del dios del trueno, Tor. Tancred puede traer
viento, truenos, y relámpagos
Prólogo
Mathonwy estaba preocupado. Sabía
que este no era uno de esos usuales paseos campestres que solía realizar con el
rey. Hoy, su paseo tenía un propósito más profundo. Cada paso les llevaba más
lejos del mundo de los hombres y más cerca del corazón del bosque. Llegaron,
por fin, a un claro en el que incluso las hojas muertas eran silenciosas. La
hierba era del color de la miel y los espinos estaban repletos de bayas
carmesíes. Mathonwy descansó en un árbol caído, pero el rey se mantuvo de pie
mirando a través de las ramas desnudas. El cielo se había tornado de un
ardiente color rojo, pero en lo alto, en una banda de un profundo azul, se
mostró la primera estrella. —Hagamos fuego— dijo el rey.
Mathonwy se deleitaba haciendo
hogueras. Cantó en galés mientras reunía la leña, y la alegre canción ocultó el
temor de su corazón. Las ramitas muertas fueron utilizadas como yesca y pronto
consiguieron una pequeña llama. Una delgada columna de humo se elevó a través
de los árboles y el Rey Rojo declaró que era el olor más dulce del mundo.
Ahora, pensó Mathonwy. Ahora va a preguntarme. Pero no ocurrió todavía. —Primero
los gatos— dijo el rey. —Ellos no sobrevivirán durante mucho tiempo más en una
tierra de fríos inviernos y cazadores crueles. Venir aquí mis queridas
criaturas— Los leopardos alcanzaron al rey. Los felinos ronronearon mientras
restregaban sus cabezas contra las manos del rey.
—Es hora de que vistáis una nueva
piel— les dijo el rey. —Encontrar un dueño que sea bueno, porque este de aquí
tiene que dejaros ahora— Una vez dicho aquello, Mathonwy se estremeció. El rey
se estaba yendo. El bosque se quedaría muy vacío sin la compañía de aquel que
había llenado su mente de maravillas, quien había compartido sus pensamientos,
respondido a sus dudas, conversado desde el amanecer hasta la caída de la luna.
El rey ando alrededor del fuego con pasos largos y calculados y los leopardos
le siguieron, otra vuelta y otra vuelta y otra vuelta. —Vigilad a mis hijos—
les ordenó el rey. —Seguid a los
descendientes de aquellos a los que he perdido, a los hijos y a las hijas del
valiente Amadis y el brillante Petrello, a los hijos de la gentil Guanhamara,
el inteligente Tolemeo, y a los descendientes de mi hija más joven, Amoret.
Ayudadles mis leales gatos, mantenerlos a salvo— Cuando el rey se alejó del
fuego, los grandes gatos continuaron dando vueltas a su alrededor. Ellos
estaban corriendo ahora, saltando y brincando. El rey alzó su brazo.
—Brillante flama, ardiente sol y
estrella dorada— cantó —Proteged a mis hijos con vuestros salvajes corazones.
Vivir a salvo en un mundo de hombres, pero recordar siempre quienes sois—
Mathonwy había oído hechizos como ese anteriormente, pero esa noche la magia del
rey tenía una belleza especial. Los leopardos saltarines se habían convertido
en un anillo de fuego. Chispas volaron
hacia los árboles y rodearon las ramas como arroyos brillantes y bañando el
claro con un arcoíris de colores continuamente cambiante. Cuando el rey dejó
caer su mano, el anillo desapareció; los leopardos se habían ido. Mathonwy se
puso de pie.
— ¿Dónde están?— el rey señaló un
árbol detrás del mago. En una baja rama, se sentaban tres gatos. Uno era del color
del cobre, otro era tan naranja como una llama y el último era como una pálida
estrella dorada.
— ¡Observa! Aries, Leo y Sagitario.
Sus pieles han cambiado, pero continúan sabiendo quién son— el rey rió alegremente,
orgulloso de su hechizo. —Y ahora es mi turno— Mathonwy suspiró. De los
pliegues de su capa sacó un delgado palo color ceniza: su varita.
— ¿Qué quieres que haga?— el rey
miró a su alrededor.
—El bosque se ha convertido en mi
hogar. El disfraz de árbol me quedará bien.
—No necesitas mi ayuda para eso—
dijo el mago. —Cambiar de forma es tan natural para ti como volar para un
pájaro— El rey observó a su único amigo.
—Cambiar de forma no es lo que
necesito, Mathonwy. Anhelo un cambio que perdure en el tiempo. Si estoy
condenado a vivir para siempre, entonces quiero deshacerme de mi forma humana y
tomar un aspecto más pacífico.
— ¿Quieres vivir para siempre como
un árbol?— le preguntó Mathonwy. —Un árbol sin habla, sin movimiento. ¿Qué pasa
si vienen y talan el bosque?— el rey consideró la opción.
—Quizás deberé aprender a moverme— dijo
con una sonrisa traviesa. —No estés triste mi amigo. La noche pasada vi a un
niño en las nubes y supe que es uno de los míos. Un niño futuro. Y, escucha a
esto Mathonwy. Sé que también venía de tu sangre. Ese conocimiento me dio un
momento de verdadera felicidad. Ahora siento que el Rey Rojo puede dejar el
mundo.
—El mundo y a mí— dijo Mathonwy sin
amargura, ya que estaba contento al saber que algún día su línea de sangre se
uniría a la del rey.
—No me hagas rogar por este favor—
le pidió el rey. —Si lo hiciera yo mismo, me vería tentado a volver. Solo tú
puedes hacer mi transformación permanente. Estoy tan cansado amigo mío. No
puedo cargar con mis penas durante más tiempo— Mathonwy dio un gentil suspiro
de resignación.
—Voy a hacerlo, tal como deseas.
Pero perdóname si no compongo el árbol en la forma en la que te imaginas.
El rey sonrió, y aunque luchó contra
la tristeza con todas sus fuerzas, esta estaba empezando a superarle y sus ojos
se estaban llenando de lágrimas. El mago se llenó de compasión hacia el rey y
empezó a trabajar rápidamente. Tocó los hombros de su amigo con la parte
superior de su cenicienta varita, luego la alzó hasta la corona. Pero la fina
banda de oro estaba tan enredada en los negros rizos del rey, que Mathonwy la
dejó a donde pertenecía. El rey vestía las ropas de cáñamo grueso que había
llevado desde el momento en el que había empezado a vivir en el bosque. Al
elevar sus manos, las ásperas mangas se deslizaron hacia atrás dejando al
descubierto sus delgados brazos, del que empezaron a aparecer unos pequeños
brotes verdes.
Mathonwy golpeó suavemente los
brotes con su varita y estos empezaron a hacerse más gruesos. La cabeza del rey
se levantó, su cuerpo se extendió, cada vez más alto, cada vez más amplió. Las
hojas empezaron a cubrir las ramas; como pequeños espejos, reflejaban los
colores del bosque otoñal y el dorado fuego. Los gatos observaron la
transformación de su maestro con sus brillantes ojos. Vieron al mago saltando
alrededor del rey, su varita echaba rachas de chispas, su oscuro manto flotaba,
su pelo iba a la deriva. Entonces los gatos empezaron a aullar, por su maestro,
que casi se había desvanecido; solo su cabeza se mantenía en lo alto del árbol
con un deslumbrante esplendor.
Y, mientras su rasgos se desvanecían
gradualmente, las lágrimas que caían de sus oscuros ojos se volvieron del un
color rojo tan oscuro como el de las bayas. — ¡Oh, mis hijos!— El rey suspiró.
Y luego, se fue. Pero las lágrimas permanecieron, deslizándose por el tronco,
rojo como la sangre. Mathonwy clavó su vista en las lágrimas, consternado.
Intentó frenarlas con su varita, pero continuaron cayendo. Entonces, convocando
todo el ingenio, la poesía y la magia que había en su alma, Mathonwy arrojó un
hechizo. —Un día, mi buen amigo— dijo —tus hijos vendrán a buscarte, y oh, ¡qué
hermoso día será!
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