—Papá, he traído a Charlie Bone— dijo Naren
ligeramente ansiosa.
—Ya lo veo Naren, te prohibí que entraras en la
ciudad— la voz del hombre era ronca a causa de la ira reprimida y mientras le
hablaba a su hija, no apartó sus ojos de Charlie. —Supongo que cruzaste el
puente de hierro.
—Lo siento— Naren eludió la mirada de su padre mirando
sus propios pies. —No pude evitarlo.
—Por supuesto que podías evitarlo— su padre alzó la
voz. — ¿Es que acaso nunca aprenderás? ¿Es que acaso nunca harás lo más seguro
y razonable?
—Pero ahora estás contento, ¿verdad?— Naren sonrió
esperanzadoramente. —Contento porque he traído a Charlie.
El hombre dio un gruñido de exasperación y clavó su
hacha en el tocón de un árbol, que ya estaba repleto de marcas de cuchillas.
Dejando el hacha atrás, les dio la espalda a los niños y entró en la cabaña.
Inesperadamente, no cerró la puerta con un portazo, sino que la dejó abierta. A
pesar de todo, Charlie no se sentía bienvenido.
—Mi padre se calmará— dijo Naren en voz baja. —Su
enfado es como una llama, es muy potente pero muere pronto, volviéndose cálida.
Entró por la puerta abierta, señalándole a Charlie que
la siguiera. Pero Charlie se quedó donde estaba. A pesar del frío, era
reticente a abandonar a los animales. Había empezado a reconocer a algunos de
ellos. El pato de Emma estaba picoteando maíz en un comedero, Homero se había
instalado en uno de los postes de la valla y había dos conejos blancos comiendo
césped en una esquina lejana que se parecían mucho a los de Olivia.
—Creo que simplemente me llevaré a Judía Corredora y
me iré a casa— le dijo Charlie a la niña. —Mis amigos podrán venir y alimentar
a sus mascotas ahora que yo sé dónde están.
—No— dijo Naren bruscamente. —Nadie más debe conocer
este lugar. La ira de mi padre sería terrible entonces. Ven— indicó. —Debes
hablar con él.
El hombre de pelo blanco parecía tan gruñón que
Charlie no se sentía capaz de hablar con él, pero Naren se puso tan insistente,
que se encontró a sí mismo acercándose a la casa. Judía Corredora se acercó
hasta la puerta, pero no siguió a Charlie cuando este se adentró en la cabaña.
Naren se quitó sus botas en el pequeño recibidor con
suelo de piedra y Charlie hizo lo mismo. Luego, Naren abrió una segunda puerta,
y cuando Charlie la atravesó, se encontró en una cálida y brillante cocina. Una
tetera hervía en una reja de hierro, mientras que los troncos ardían en el
fogón debajo de ella. Una lámpara de aceite que había en una mesa redonda le
daba a la habitación un suave y agradable brillo. El padre de Naren se sentaba
en una silla al lado de la cocina, mientras una mujer de pelo gris se inclinaba
sobre él, hablando con urgencia.
La mujer alzó la mirada cuando escuchó entrar a los
niños y le dedicó a Charlie una sonrisa que hizo desaparecer toda su
incertidumbre. Como Naren, la mujer parecía ser asiática. Charlie le habría
hablado a la mujer, pero sucedió algo para lo que estaba poco preparado. Se dio
cuenta de que había imágenes que cubrían todas las superficies libres de las
paredes. Era como si cientos de ventanas le estuvieran mostrando diferentes
vistas de una montaña.
Había montañas bañadas con la luz del sol, montañas
blancas alumbradas por la luz de la luna, campos de nieve atravesados por
sobras púrpuras y otros salpicados con banderines de todos los colores del
arcoíris, sacudidos por el viento. Había tantos picos asombrosos, tantas
espléndidas cordilleras. En una de las imágenes, un explorador saludaba hacia
la cámara. Sus oscuras gafas estaban sobre su gorro de lana azul y estaba
riéndose. Charlie podía oír su voz. Hubo movimientos en la habitación a su
alrededor, la cocina se balanceó violentamente de un lado a otro y desapareció.
Charlie estaba solo, navegando hacia las distantes montañas. Frío, el aire congelado
hizo que le picaran las mejillas y golpeó sus pulmones. Estaba volando sobre la
deslumbrante nieve blanca mientras que la risa del hombre se hacía más fuerte.
Alguien tiró del brazo de Charlie, realmente dolía. Deseó que le dejara ir,
intentó quitárselo de encima pero era demasiado débil. Así que permitió que
tiraran de él, le sacudieran y le gritaran hasta que tuvo que abrir los ojos. Y
ahí estaba, justo en medio de la cocina, con un par de ojos azules observando
los suyos, y con un rostro que ya no era gruñón. El padre de Naren cogió por el
brazo a Charlie y le colocó en una silla al lado del fogón.
—Pensé que estaba en una montaña— Charlie levantó la
mirada hacia las fotos de la pared. — ¿Estuvo usted ahí, señor…?
—Lo sé— dijo el padre de Naren. —Has escogido un buen
momento para viajar Charlie Bone, nos has dado un buen susto.
—Oh, entonces, ¿sabe lo de mi don?— le preguntó
Charlie sorprendido. —Me refiero a lo de mis viajes.
—Sí, he oído sobre ello.
La mujer china dijo —Eres bienvenido aquí, Charlie—
miró al hombre frunciendo el ceño. —Mi marido se preocupa por Naren, pero no debería
haberse enfadado contigo— sacudiendo la cabeza preocupada, tiró de una silla y
se sentó a la mesa. —Eso no ha estado bien.
Naren rodeó los hombros de la mujer con su brazo mientras
decía —Lo siento, es mi culpa. Lo siento, lo siento madre.
—Eh… ¿quién es usted exactamente?— le preguntó Charlie
al hombre.
—Me llamo Bartholomew. Soy el hijo de Ezekiel Bloor—
cuando vio la alarma en el rostro de Charlie, el hombre añadió rápidamente, —No
te preocupes, soy la oveja negra de la familia, o quizás la blanca. No he visto
a mi padre desde hace años, al igual que a mi hijo. Están tan lejos de mí como
la luna de la tierra.
—Pero… ¿por qué…?— Charlie recorrió la habitación con
la vista. — ¿Cómo es que está aquí?
—Ah— Bartholomew se asomó a la ventana y observó a sus
visitantes animales.
—Te lo dirá— aseguró Naren. — ¿Verdad padre? Debes
decírselo a Charlie.
Bartholomew se dirigió de nuevo a ellos. —Sí— su tono
era solemne y un poco pesaroso. —Debo hacerlo— Acercó una silla a Charlie y
empezó a hablar. Mientras Charlie escuchaba, la madre de Naren le dio un cuenco
de delicioso y humeante té, y luego un pedazo de una deliciosa y dulce tarta.
El niño nunca había probado nada tan maravilloso, pero solo podía inclinar la
cabeza para dar gracias, porque era incapaz de apartar su mente de la increíble
historia de Bartholomew.
Empezó con una boda. Bartholomew Bloor se casó con
Mary Chance en una lluviosa mañana de otoño. Nadie estaba feliz con excepción
de los novios, quienes estaban tan enamorados que apenas notaron el clima de
tensión. Ezekiel Bloor y sus primas Yewbeams despreciaban a la novia, quien era
una bella, pero empobrecida bailarina. Y los padres de Mary temían por su hija,
quien se estaba casando con el heredero de una extraña e insociable familia.
—Durante un tiempo nos dejaron en paz— dijo
Bartholomew con un suspiro. —Y luego escuché hablar sobre la expedición. Mi
madre solía llevarme con ella cuando coleccionaba plantas raras en las montañas
de Bavaria. Desde entonces he adorado las montañas. Después de que mi madre
muriera, pasé todas mis vacaciones escalando con mis amigos. Fuimos a los
Alpes, a los Pirineos y a los Andes, pero mi sueño siempre fue escalar en el
Himalaya. Un día me llegó una carta de uno de mis amigos exploradores. Harold,
mi hijo, tenía ocho en aquel momento. Era serio y terco. Él no compartía mi
amor por viajar. Odiaba ir de acampada, el senderismo, incluso los picnics—
Bartholomew soltó una risa llena de amargura. —Imagínate un niño al que no le
gustaran los picnics.
Naren chasqueó la lengua. — ¡Imagínatelo!
—La carta hablaba de una expedición— continuó
Bartholomew. —Había un hueco para mí. Se iban hacia el Himalaya en un mes—
Charlie masticó la tarta tan silenciosamente como pudo y esperó. La voz de
Bartholomew se tambaleó antes de que dijera —Mary me dijo que era una
oportunidad única en la vida, y que siempre me arrepentiría si no iba, así que
fui— Se puso de pie y empezó a pasearse por la habitación. —Las cosas fueron
bien hasta la noche de la tormenta. Fue feroz y terrorífica. Una avalancha mató
a dos de nuestro grupo, y yo fui arrastrado hasta un barranco. Durante dos días,
estuve ahí, incapaz de moverme. Fui rescatado por un hombre de una tribu
desconocida llena de gente extraordinaria— Bartholomew vino y se volvió a
sentar.
Le contó a Charlie cómo la misteriosa tribu había
cuidado de él. Sus dos piernas estaban rotas y una brecha en la cabeza le
producía un dolor constante, pero al final del año estaba en unas condiciones
lo suficientemente buenas como para viajar. Un joven de la tribu le acompañó
hasta un camino de la montaña que le llevaba fuera del valle y después de varias
semanas, llegó a una ciudad con teléfono. —Estaba lleno de emoción, anhelando
hablar con Mary otra vez, para decirle que estaba vivo y que volvía a casa—
Bartholomew sacudió la cabeza, pasó una mano por su cabello blanco y cubrió sus
ojos con la otra.
Al principio, Charlie tenía miedo de preguntar. Miró a
Naren y a su madre, pero parecían incapaces de hablar. Bartholomew lucía
angustiado. Al final, la curiosidad pudo más que el miedo y Charlie se
aventuró. —Entonces, ¿qué pasó?
Bartholomew alzó la mirada. —Tu abuela, Grizelda Bone,
cogió el teléfono. Estaba en mi casa, a punto de venderla. Me dijo que todo el
mundo había creído que yo había muerto en la avalancha, y que cuando Mary
escuchó la noticia, se fue a un teatro vacío y bailó hasta que murió—
Bartholomew respiró profundamente.
—Mi hijo estaba viviendo en la Academia Bloor, cuidado
por Ezekiel y Grizelda. Y estaba muy contento, aparentemente— Charlie estaba
demasiado asombrado para hablar. —Así que no volví a casa— continuó Bartholomew.
—Me convertí en un explorador. Continué viajando hasta que llegué a China,
donde viví durante varios años y donde conocí a mi segunda esposa, Meng— alzó
la mirada y observó a la mujer de pelo gris, la cual le sonrió. —Un día, tras
una terrible inundación, una brillante flor entró en nuestro hogar. Sus padres
se habían visto arrastrados por el agua, tenía cuatro años y se llamaba a sí
misma Naren – girasol.
— ¡Sí, yo!— exclamó Naren. — ¡Me adoptaron y aquí
estoy!
Charlie la fijó su mirada en ella y le sonrió. — ¿Y por
qué habéis vuelto todos aquí?— preguntó.
—Ah— Bartholomew volvió a la ventana. —Eso es algo que
no puedo explicar. Tenía que estar cerca del lugar en el que los hijos del Rey
Rojo nacieron. Desde esta parte del cañón podemos ver el castillo, o lo que
queda de él. Pero también estamos protegidos de la ciudad y esas dos terribles
familias. Y estamos protegidos de— hizo una pausa —, de algo de lo que escuché
hablar cuando estaba en Italia. Una cosa llamada La Sombra. He soñado con ella
a veces.
Una súbita gelidez entró en la agradable habitación,
como si un la ventana se hubiera abierto de pronto. Charlie se estremeció. —Hay
una sombra detrás del rey en su retrato— dijo.
Bartholomew asintió. —Así que la has visto.
—Nosotros creemos…— Charlie dudó. —Pareciera como si
estuviera de vuelta. La sombra se ha movido, y pensamos, bueno, más bien una
rata le dijo a mi amigo Billy— Bartholomew ni pestañeó —que la tierra tembló. Y
luego un perro…— Charlie repitió la historia de Bendito sobre la sombra que se
había convertido en un hombre. La madre de Naren se tapó la boca con las manos
y Bartholomew cerró los ojos ante aquel horror inimaginable. —Dicen que es
Borlath— continuó Charlie —, tu ancestro, y el mío también supongo, porque
somos una especie de primos.
—No es Borlath— dijo el explorador sombríamente. —La
sombra del rey era un hombre que desgarró la familia del Rey Rojo. He olvidado
su nombre.
—Nunca había oído hablar de él— dijo Charlie. —No está
en los libros de historia de mi tío.
—La historia está escrita desde un cierto punto de
vista— dijo Bartholomew despectivamente. —Está editada, embellecida y despojada
de los actos. Solo el viajero puede encontrar la verdad, Charlie. La verdad
está en la cabeza de los hombres y en sus corazones. No siempre confíes al
completo en las palabras que ves en el papel.
—Supongo que yo soy un viajero, en cierta manera— dijo
Charlie.
—Sí que lo eres. Y quién sabe, puede que tú descubras
más cosas del Rey Rojo que yo tras todos mis años de viajes.
— Solo si consigo pasar sobre la sombra— murmuró
Charlie.
—Ah, ya estamos de vuelta a la sombra— Bartholomew se
puso de pie súbitamente y observó de cerca a Charlie, de pronto, todas las
preguntas del niño desaparecieron de golpe. En cambio, habló sobre su vida
después de que su padre desapareciera, sobre la Academia Bloor, y sobre los
niños dotados que se habían vuelto sus amigos.
—Encontrarás a tu padre, Charlie— dijo Bartholomew con
convicción. —Debido a tu forma de ser, y debido a la lealtad que has inspirado.
Lyell es un hombre extraordinario. Es un milagro que se mantuviera tan decente
y honesto rodeado de todas esas víboras. Soy lo suficientemente viejo para ser
su padre, pero en pocas semanas nos convertimos en los mejores amigos. Tenías
apenas un año de edad, Charlie, cuando le hice a mi familia una breve visita.
No querían nada de mí, mi hijo apenas me reconoció. Supongo, que en cierta
manera, Lyell se volvió el hijo que yo había perdido. Le llevé a escalar
conmigo…— la voz de Bartholomew se apagó. Luego, encogiéndose de hombros, dijo
—Es hora de que te vayas a casa, Charlie. Y no por el camino por el que
viniste.
— ¿Puedo…?— empezó Naren.
—No— respondió su padre severamente. —Tú te quedarás
aquí con tu madre. Y no volverás a cruzar ese puente de hierro nunca más.
Naren le sonrió tímidamente a Charlie. —Pero, ¿y los
animales, padre? Charlie debe llevárselos con él.
— ¡No todos los animales!— rió su madre.
—Solo los que les pertenecen a mis amigos— dijo
Charlie. — ¿No habréis visto algunos jerbos, verdad?
— ¡Montones!— Naren corrió al vestíbulo y poniéndose su
abrigo y sus botas, exclamó —Los graneros están llenos de ellos, ven a verlos—
Poniéndose apresuradamente sus ropas de abrigo, Charlie siguió a Naren hasta un
gran granero que se encontraba al lado de la casa. Mientras el niño entraba en
el granero, un ejército de pequeños roedores correteó a través del suelo
polvoriento, saltando sobre las balas de heno y corriendo por debajo de los
troncos.
— ¿Cómo diablos los voy a ordenar?— se quejó Charlie.
—Mi amigo ha perdido más de veinte.
— ¿Quién va a saber cuál es cuál?— dijo Naren.
—Gabriel conoce a sus jerbos perfectamente— dijo
Charlie con un suspiro. Al oírlo, Naren soltó una risa tan graciosa, que
Charlie no pudo evitar reírse también. Les tomó casi una hora atrapar
veinticinco jerbos vagamente parecidos a los de Gabriel, dos conejos blancos,
un pato, un loro gris y una boa azul. Encontraron cajas y una jaula para la
boa.
—No me gustaría tener esa cosa alrededor de mi cuello
cuando voy conduciendo— dijo Bartholomew mientras ayudaba a Charlie a meter la
boa en la jaula. Pero la boa era una criatura amigable y nunca habría dañado a
un amigo. Ningún miembro de la familia se sorprendió al escuchar que
probablemente tenía cientos de años. En sus viajes, Bartholomew había conocido
criaturas incluso aún más viejas.
Una camioneta maltratada reposaba en el campo detrás
de la casa, y las cajas de los animales fueron apiladas cuidadosamente en la
parte de atrás. Charlie se sentó al lado de Bartholomew, Homero se encaramó a
la jaula de la boa y Judía Corredora se asentó en el regazo de Charlie. La
camioneta volvió a la vida y avanzó por el jardín. Al mismo tiempo, Naren
estaba corriendo al lado suyo.
—No cierres…esta noche— gritó.
— ¿Qué?— Charlie bajó la ventanilla.
—Dame algo tuyo— gritó Naren. Casi sin pensárselo,
Charlie se quitó uno de sus guantes y lo lanzó por la ventana. La camioneta
salió del recinto y entró en la carretera. Charlie se giró en su asiento y miró
por la ventana de atrás. Vio cómo Naren recogía el guante y lo agitaba
alegremente. Meng, quien estaba detrás de ella, levantó la mano, vacilante. La
camioneta giró por una brusca curva y las dos figuras se perdieron de vista.
— ¿Por qué quería algo mío?— le preguntó Charlie a Bartholomew.
—Porque quiere mantenerse en contacto— respondió
Bartholomew con una sonrisa enigmática.
—Pero, ¿un guante? ¿Y qué es lo que se supone que no
debo cerrar esta noche?
—Tus cortinas Charlie, deja que el brillo de la luna
entre.
—Pero…
—Mira a tu derecha— le ordenó Bartholomew.
Obedientemente, Charlie miró. Al principio no había nada que ver exceptuando
árboles, y luego, al otro lado del cañón, una torre cuadrangular y rojiza entró
en su campo de visión.
— ¡El Castillo Rojo!— exclamó Charlie.
—El mismo— agregó Bartholomew.
— ¡Y ahí hay una parte de la muralla!— gritó Charlie.
La camioneta desaceleró y pudo ver los restos de una
enorme muralla, construida al borde mismo del acantilado. Secciones de la
muralla podían ser vistas a lo largo de una milla, y luego, gradualmente, las
enormes piedras se perdían en un mar de árboles.
—Nunca me había dado cuenta de lo grande que era— dijo
Charlie con admiración.
—Enorme— añadió Bartholomew. Su voz se hizo más suave.
—Y yo creo que el rey todavía está ahí, o por lo menos su espíritu. Está
oculto, por ahora, pero quizás, pronto, se revelará a sí mismo, especialmente
ahora que la sombra ha vuelto.
—La reina está ahí también— dijo Charlie. Bartholomew
se giró hacia él con una mirada inquisitiva y Charlie le habló al explorador
sobre el caballo blanco que les había llevado a Billy y a él al Castillo de los
Espejos.
—La reina— los ojos azules de Bartholomew brillaron.
—Eso es en verdad maravilloso— continuaron conduciendo en silencio durante un
rato, y luego Bartholomew dijo gravemente —Charlie, es muy importante que nadie
sepa nada sobre mí y mi familia. Promete que no le dirás a nadie dónde vivimos,
o dónde encontraste los animales.
Charlie pensó en sus amigos, y en el tío Paton. —Lo
prometo— aseguró a regañadientes. Después de otra milla abandonaron la
carretera a través del desierto y se unieron a la gran carretera que les llevó
hasta el gran puente de piedra. Charlie pensó que lo mejor sería llevar a los
animales al Café de las Mascotas, donde los dueños pudieran ir y recogerlos.
Dirigió a Bartholomew al final de la Calle de la Rana, pero el explorador no
abandonaría la camioneta. Antes de que Charlie se bajara, Bartholomew sacó algo
de su bolsillo.
—No tengo fotografías de tu padre— le explicó —, pero
él tomó aquella. Siempre la he guardado y se me acaba de ocurrir que podría
ayudarte Charlie.
—Gracias.
—Por favor, sal del coche ahora. No quiero que nadie
me vea.
Con la jaula de la boa colgando de un brazo, y una
caja con conejos y jerbos en el otro, Charlie le gritó adiós mientras la
camioneta se alejaba. Luego caminó calle abajo con Judía Corredora dando saltos
delante de él y Nancy la pata andando obedientemente detrás del. El caprichoso
loro, por el contrario, no paraba de desaparecer y chillar palabras groseras
desde las farolas y los alféizares de las casas. Charlie casi había llegado al
Café de las Mascotas cuando se notó las pisadas en la calle empedrada detrás de
él.
—Quédate ahí quieto, Charlie Bone— dijo una voz.
Charlie paró y miró a su alrededor. Dorcas Loom y sus dos hermanos mayores
venían directos hacia él. Entre los dos chicos Loom marchaba Joshua Tilpin.
— ¿Dónde están nuestros perros, Bone?— le preguntó
Albert, el más alto y el más feo de los Loom.
—Sí, ¿cómo es que has conseguido a tu perro y todas
las mascotas de tus amigos?— demandó Alfred, el más bajo y de menor edad.
— ¿Qué has hecho con los animales Charlie?— dijo Joshua
con una sonrisa malévola.
— ¡Venga, dínoslo!
—Nada— dijo Charlie. —Solo he encontrado estos— Miró a
Nancy, quien vino balanceándose hasta su lado.
—Ah claro, simplemente te los encontraste, ¿no?— dijo
Dorcas. Un gruñido retumbó en la garganta de Judía Corredora y Homero chilló —
¡A sus puestos de combate!
—Haz que esa cosa pare de chillar— gruñó Albert. —Si
no nos dices a dónde han ido nuestros perros, nos llevaremos los tuyos. Nos los
llevaremos...eh…, a todos, a menos que hables.
—Dínoslo— demandó Alfred —o algo…— los cuatro niños se
empezaron a acercar.
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