El problema con Olivia, en opinión de Charlie, era que ella nunca veía sus
errores. —Esta vez tendrá que aceptarlos— se dijo Charlie cuando escuchó las
voces provenientes del interior de la ruina. Había pasado casi todo el primer
recreo buscando a Olivia. Debería haber sabido que estaría escondida en el
castillo. — ¡Te tengo!— exclamó Charlie, atravesando el arco de entrada de un
salto. Pero todas sus intenciones de hablar con Olivia sobre lo que había
sucedido el día anterior se desvanecieron cuando vio el caos en el que estaba
sumido el patio.
Las enormes losas estaban rajadas y rotas. Fragmentos destrozados yacían
por doquier y había un oscuro agujero en el lugar que solía ocupar una de las
piedras más grandes. La gran losa reposaba partida en dos detrás de la brecha.
— ¿Qué demonios?— jadeó Charlie.
—Lo sé, es raro, ¿verdad?— Emma, quien se encontraba de pie cerca de Oliva,
retorció nerviosamente un mechón de su pelo rubio.
—Esto es el resultado de una búsqueda— afirmó Olivia.
—Y que lo digas. Y apuesto lo que quieras a que los que estaban buscando
encontraron lo que querían debajo de aquella losa— Charlie se asomó al
rectángulo en el oscuro suelo. En el centro había una abolladura cuadrada
rodeada de tablones de madera en descomposición, y dentro descansaba una
pequeña caja. Obviamente, la tapa había desaparecido y ahora la caja estaba
llena de hojas y tierra. Pero en el centro, el contorno de un círculo todavía
podía verse claramente. El cofre había contenido algo redondo con un delgado
óvalo unido, ¿podría ser un mango? A partir de los bruscos contornos del
círculo, se podía inferir que el objeto había sido removido recientemente.
Charlie recordó el ‘artefacto’ que su
tío había mencionado que podían haber arrancado de la tierra.
—Vámonos de aquí— dijo Emma. —Me dan escalofríos.
Mientras se alejaban de la ruina, Charlie se acordó del tema del cocodrilo.
— ¿En qué estabas pensando, boba?— le preguntó a Olivia, alejándose
cuidadosamente del alcance de sus zapatos malvas, similares a los de las brujas
de los cuentos. —Me refiero al cocodrilo, justo delante de los dormitorios.
—Estaba harta de todos los quejidos— Olivia ajustó su pañuelo de la cabeza,
también malva. —Todas continuaban hablando sobre sus gatitos perdidos y sus perros
desaparecidos y todo eso…— Una chispa de malicia brilló en su ojo — ¿Sabías que
los provocadores rottweilers de los Loom han desaparecido? A Dorcas nunca le
han gustado, pero lloraba como una gárgola en un día de lluvia. “Oh, mis pobres
hermanos, han perdido a sus perros” Así que pensé que un cocodrilo la animaría
un poco— Olivia era una actriz brillante y Charlie no pudo evitar sonreír ante
su imitación de Dorcas Loom.
—Terminarás por asustar a alguien hasta la muerte Liv, y entonces, ¿qué
haremos nosotros? Te descubrirán y estarás acabada. Los Bloor están
desesperados por saber quién está creando las ilusiones.
Olivia sonrió. —No me encontrarán.
—Puede que sí— dijo Emma. —Y entonces no podrás ayudarnos. Recuerda que
eres nuestra arma secreta.
Olivia suspiró profundamente. —Está bien. Prometo que calmaré las cosas
durante un tiempo, pero os lo digo en serio, es divertidísimo asustar a la
gente hasta la muerte. A la gente que se lo merece por supuesto.
Charlie apartó su mirada de ella. —No se supone que estar dotado sea
divertido— Apenas podía creer que hubiera dicho eso. Las palabras simplemente
salieron de su boca sin que el niño las pensara.
—Esa no es una frase propia de Charlie— remarcó Olivia, Charlie se encogió
de hombros.
—Quizás el que habla es un nuevo Charlie, ahora tengo doce— empezó a
alejarse de ellas.
— ¡No permitas que tu edad se convierta en una carga Charlie!— le gritó
Olivia. Charlie se giró y agitó la mano para despedirse.
— ¿Estás loca? Eso nunca— y aún así, cuando pensaba sobre el tema, llegaba
a la conclusión de que su propio don no había resultado ser demasiado útil,
exceptuando los últimos meses.
Olivia mantuvo su promesa. Durante el resto de la semana no aparecieron más
cocodrilos fuera de los dormitorios, ningún dinosaurio rondó los jardines y
tampoco hubo caballeros medievales galopando a través del colegio blandiendo
hachas sangrientas (una de las especialidades de Olivia). Si Bendito vio alguna
otra vez a la sombra, se lo guardó para sí mismo, y la mayor preocupación de
Charlie se volvió la desconcertante presencia de los padres de Benjamín. El
viernes, cuando Charlie le preguntó a Billy si le gustaría pasar el fin de
semana con él se vio sorprendido por la respuesta.
—La señora Brown me ha pedido que le hiciera compañía a Benjamín— dijo
Billy alegremente. —Ya sabes, se siente solo sin su perro.
Charlie se sintió sorprendido y culpable a la vez, y aún así no era su
culpa que Judía Corredora hubiera huido. Él, Charlie, era el mejor amigo de
Benjamín. ¿Por qué no podía hacerle él compañía a Benjamín? Pero todo lo que
dijo fue —Oh, está bien.
De vuelta en casa, Charlie se sentó a la mesa de la cocina mientras Maisie
hacía huevos revueltos en una sartén. —Ha sido una semana rara— dijo Maisie. —No
ha habido canciones de pájaros, ni gatos en las verjas o perros paseando. Nunca
me había dado cuenta de lo importantes que eran. Una se siente sola sin ellos, ¿sabes
Charlie?
—Mmm— murmuró Charlie. Se estaba preguntando si vería a la chica del abrigo
del color del sol otra vez.
—Tienen a la policía investigando el tema, a la protectora de animales, a
los trabajadores del Ayuntamiento, detectives privados y Dios sabe qué más—
Maisie llevó un plato con los huevos a la mesa y observó fijamente el rostro de
Charlie. — ¿Qué sucede Charlie?, ¿has tenido una mala semana?
Charlie negó con la cabeza. —En realidad no.
— ¿Va a venir Benjamín?— Charlie se encogió de hombros.
—Billy Raven se va a quedar con Ben este fin de semana.
—Bueno, eso es nuevo— Maisie alzó las cejas. —No sabía que eran amigos.
—Y Fido va a estar practicando con la banda— continuó tristemente Charlie.
—Parece que estás realmente triste— Maisie se sentó al lado de Charlie. —Venga,
¿Por qué no te comes estos estupendos huevos? Te sentarán mucho mejor a ti que
paté-de-fuá-grass, o cualquier otra cosa por la que tu abuela Bone sienta una
pasión semejante.
Charlie se las arregló para sonreír. Estaba a punto de empezar su comida,
cuando el tío Paton entró bruscamente, y arrojándose sobre la nevera, declaró —Me
muero de hambre. Me han dicho que mi canasta no va a venir hoy. Espero que no estés
muy decepcionado, Charlie.
Cada viernes, una tienda de la ciudad le enviaba al tío Paton una canasta
enorme con comida deliciosa. Charlie se había pasado el tiempo tan inmerso en
sus problemas, que se había olvidado de esperarla ansiosamente. — ¿Qué pasó?—
preguntó.
—El propietario cayó muerto— dijo el tío Paton. Charlie bajó el tenedor.
— ¿Así de simple? ¿Cayó muerto? ¿Estaba en la tienda? ¿La gente se asustó?
—Sí, es la respuesta a todas tus preguntas— replicó el tío Paton.
—Salió en los periódicos— añadió Maisie. —Con lo de los animales perdidos.
Menuda semana.
— ¿De qué murió?— Charlie descubrió que no podía comer.
—Ah, ahí está el misterio— el tío Paton puso un plato con queso y galletitas
en la mesa. — ¿Me puedo comer tus huevos, Charlie?
Maisie golpeó la mano de Paton nada más esta inició su recorrido hacia el
plato de Charlie. —El niño necesita comida— dijo bruscamente. —Charlie come ya.
— ¿Los médicos tampoco lo saben?— Charlie se metió un tenedor lleno de
huevo en la boca. Estaba preocupado por aquel dueño de la tienda que había
caído inexplicablemente muerto.
—Su corazón dejó de latir sin razón alguna— dijo el tío Paton. —Era un
hombre que estaba en muy buena forma, salía a correr regularmente. Es muy
triste. Por suerte no tenía esposa ni hijos. El nuevo dueño ya ha tomado las
riendas; me han dicho que es un familiar. Volverán a la normalidad la próxima
semana y nosotros volveremos a tener nuestras comilonas de fin de semana— en
aquel momento el tío Paton observó con atención el rostro de Charlie. — ¿Sintiendo
el peso de la edad Charlie? Los doce no son el fin del mundo, ¿sabes?
—Doce— repitió Charlie. —Tenía dos cuando mi padre desapareció. Hace diez
años. Diez. Es un número con suerte, ¿no crees”
La expresión jovial de Paton se desdibujó — ¿Diez?— preguntó pensativamente.
—Bueno, el Rey Rojo tuvo diez hijos, pero es discutible si eso fue tener
suerte.
—Difícilmente— murmuró Maisie.
Se podían escuchar los pasos de alguien bajando los escalones de la puerta
del frente, y cuando Charlie se giró hacia la ventana, vio a Benjamín y a Billy
entrando en el coche de los Brown. — ¿A dónde irán?— se preguntó. ¿A ver una
película?, ¿a jugar a los bolos? Amy Bone entró luciendo fatigada después de
una semana pesando vegetales. Como siempre, con su llegada mejoró la situación.
—Piñas— dijo alegremente, dejando caer en la mesa una bolsa con formas espinosas. —Servirán
para recuperarnos de la decepción que supone que la canasta de Paton no vaya a
venir— Amy pellizcó la mejilla de su hijo. —Pareces abatido, Charlie.
—Yo también me alegro de verte mamá— Charlie llevó su plato al fregadero.
— ¿Vas a salir con Benjamín este fin de semana?— le preguntó su madre. —Debéis
tener un montón de cosas que contaros.
—No— Charlie se giró, y dándole la espalda al fregadero, les dedicó a sus
tres parientes una mirada retadora. Ellos le devolvieron la mirada,
expectantes. —No veré a Benjamín porque me culpa de la desaparición de Judía
Corredora. Fidelio está tocando en una banda, y Billy Raven está pasando el fin
de semana en casa de los Brown. Oh, por cierto, los padres de Benjamín están
trabajando para los Bloor.
—Extraordinario— declaró Paton.
—Pero no estaré solo— continuó Charlie —Porque iré a la librería Ingledew,
¿está bien?
—Por supuesto que está bien, Charlie— dijo su madre tranquilamente.
Afirmando que la librería Ingledew era el mejor lugar del mundo, el tío
Paton se puso de pie, golpeó amistosamente el hombro de Charlie un par de veces
y empezó a rebuscar en el frigorífico otra vez. Y eso fue todo. Exceptuando que
Charlie nunca fue a la librería, ya que en la mañana siguiente, muy temprano,
un ligero golpe en su ventana le conduciría a una aventura que terminaría
cambiando su vida. Y las de muchos otros.
Los golpes llegaron con el amanecer. Charlie se despertó. En el hueco entre
las cortinas pudo ver a la polilla blanca flotando contra el cristal. Al
principio, Charlie pensó que el delicado batir de las alas contra el cristal
era lo que le había despertado. Pero entonces, hubo otro golpe, y esta vez más
fuerte y más alto. Charlie se acercó a la ventana y se asomó por ella. El
castaño estaba cubierto con una escarcha crujiente y blanca. Con la gris luz
del amanecer, Charlie pudo distinguir a una figura bajo las ramas escarchadas
del árbol. Era la niña de la capa del color del sol.
La capucha estaba echada para atrás y llevaba una gruesa bufanda multicolor
alrededor del cuello, cubriendo su boca. Saludó con la mano a Charlie cuando lo
vio, y este abrió la ventana. — ¡Hola!, ¿qué es lo que quieres?
La chica tiró de la bufanda para quitársela de la boca. —Charlie Bone,
quiero llevarte a un sitio— Charlie tenía sus sospechas — ¿Por qué?, ¿no
confías en mí?
—No te conozco.
La chica frunció el ceño. —Vas a tener que confiar en mí, si es que quieres
encontrar a los animales.
— ¡Los animales!— exclamó Charlie. — ¿Sabes dónde están?
— ¡Shhh!— la chica se llevó un dedo a los labios. — ¿Vas a venir?
—Puedes apostar a que sí— Charlie se puso apresuradamente sus ropas más
cálidas: gruesos calcetines, grueso jersey, botas, y una chaqueta acolchada.
Mientras pasaba por la cocina pensó en dejar una nota, pero, ¿qué pondría en
ella? Era mejor que su madre creyera que se había ido a la librería Ingledew,
decidió. La niña le estaba esperando al final de los escalones. Su reluciente
pelo negro estaba escondido en la bufanda y en sus ojos oscuros había un brillo
misterioso. La niña le tendió la mano.
—Encantada de conocerte, Charlie Bone— Charlie sacudió su mano.
— ¿Y tú eres…?
—Naren. Significa girasol en chino. Crecían al lado de la puerta de nuestra
casa. Venga, vayámonos antes de que la ciudad despierte.
La chica empezó a correr por la calle Filbert con Charlie jadeando detrás
de ella, asombrado por la velocidad a la que corría la chica, con aquellos
pequeños pies embutidos en unas botas negras. Cuando la niña llegó a la Callle
Mayor, esperó a que Charlie la alcanzara. Cuando lo consiguió, el chico se las
arregló para dejar escapar — ¿Por qué a mí? ¿Por qué me has escogido para encontrar
a los animales?
—Porque eres Charlie Bone— dijo Naren —Por lo que eres la persona correcta.
—No lo entiendo.
—Mi padre te conoce, se preocupa por ti.
— ¿Tu padre?— el corazón de Charlie dio un salto. —No es mi padre también,
¿no?
—No, no es el tuyo— Naren bajó la mirada. —Lo siento, Charlie— Volvió a
alzar la mirada. —Pero es un amigo de tu padre.
— ¿En serio? ¿Puedes decirme dónde está?— Charlie estaba tenso a causa de
la esperanza.
—No. Lo siento, de verdad. Él era un amigo de tu padre. Pero ahora tu padre
está perdido.
—Sí— suspiró Charlie.
—Mi padre también estuvo perdido. Pero ahora…Venga, nos esperan los
animales.
Naren aceleró otra vez, pero esta vez se mantuvo a la misma altura que
Charlie y corrió a su lado, y mientras avanzaban por la ciudad juntos, le contó
cómo ella había estado observando a Charlie y a sus amigos, Hijos del Rey Rojo
al igual que ella. Le contó que anhelaba hablar con ellos.
—Pero mi padre dice que no debo acercarme a vosotros— dijo tristemente.
— ¿Por qué?— le preguntó Charlie. — ¿Por qué no quiere que te acerques a
nosotros si me conoce y si eres una de las nuestras?
—Él te lo explicará— Naren aceleró levemente. Mientras corría, dijo, casi
en un susurro —Se enfadará conmigo, me había prohibido entrar en la ciudad.
Charlie observó fijamente su pequeño rostro ansioso, pero no preguntó nada
más. Naren le estaba conduciendo por una parte de la ciudad que no le era
familiar. Filas de árboles desnudos se fundían con el frío cielo, y las casas
estaban parcialmente cubiertas con altos arbustos adornados con encajes de
escarcha. Naren empezó a correr más lentamente y cuidadosamente, se abrió
camino a través de las placas de hielo de la acera.
Giró súbitamente a la izquierda y Charlie, al seguirla, se encontró a sí
mismo en un estrecho camino serpenteaba hacia abajo, más y más abajo. Podía
escuchar una agitación cada vez mayor con cada paso que daba. Naren llegó hasta
unas barandillas, y mirando sobre su hombro, declaró —Estamos a medio camino. Pero
ahora debemos ser más cuidadosos.
—Solo a medio camino— Charlie se deslizó hasta Naren y se cogió a la
barandilla. Al mirar hacia abajo, vio a casi veinte metros más allá, un salvaje
torrente de agua. La espuma blanca se formaba y burbujeaba sobre las oscuras
rocas que atravesaban el rápido cauce del río, y Charlie se encontró
hipnotizado por el terrible embate del agua. —El río— jadeó. —No sabía que
estuviera tan cerca.
Naren le dedicó una sonrisa misteriosa. —Ahora debemos cruzarlo.
— ¿De verdad tenemos que hacerlo?— preguntó Charlie lleno de dudas.
—Mi hogar está al otro lado— el chico miró al otro lado del abismo. En lo
alto del acantilado que había en la otra orilla, un denso bosque se extendía
por todos lados.
— ¿Vives ahí?— le preguntó incrédulo.
—La gente puede vivir en los bosques— la sonrisa de Naren se ensanchó.
—Sí, pero ¿en ese?— Charlie observó la distante masa de árboles. —Yo había
escuchado que era un desierto.
—Quizás lo es— la niña cogió su brazo y apuntó hacia abajo. —Ahí está el
puente. Vamos— Charlie se inclinó sobre la barandilla y vio una delgada banda
de hierro forjado suspendida sobre el río. Parecía vieja y peligrosa.
— ¿Eso?— chilló.
—Hay un gran puente más adelante— dijo Naren —Pero está lleno de tráfico
ruidoso. A mí me gusta este, y a los animales también.
—Ah, los animales— Charlie recordó porqué estaba de pie sobre aquel
turbulento río con una chica a la que acababa de conocer. Siguió a Naren por su
arriesgada ruta acantilado abajo hasta que llegaron al puente de hierro. Visto
de cerca parecía aún más traicionero.
Por la barandilla caían gotas de agua, algunas de las cuales ya se habían
transformado en carámbanos y el suelo estaba gris y desdibujado a causa de la
niebla. Había un cartel colgando de un alambre que atravesaba la entrada al
puente. Decía ‘ATENCIÓN. PUENTE PELIGROSO’. Pero Charlie no iba a abandonar a
la pequeña niña.
El hierro oxidado crujió al poner Naren el pie sobre el puente, al molesto
chirrido del hierro había que sumarle el producido por las botas negras de la
niña al avanzar, Charlie la siguió después de tragar saliva varias veces lleno
de dudas. Estaban a medio camino cuando pensó en la promesa que había hecho en
su cumpleaños número doce. Le había dicho a su madre que no tomaría más
decisiones precipitadas, que pararía un momento para considerar las consecuencias
de sus acciones antes de meterse de cabeza en una nueva aventura. Y aún así,
ahí estaba, cruzando un peligroso puente sobre un río que seguramente podría
ahogarlo si se cayera en él. Naren se giró.
— ¿Por qué te has parado?— le gritó.
—Solo estaba admirando la vista— respondió Charlie ligeramente.
—Venga, avanza— en aquel momento, uno de los soportes que sostenían la
barandilla se rompió, precipitándose al vacío y estrellándose contra las rocas.
El puente entero se sacudió y una lluvia de carámbanos cayó al río. Charlie se
quedó paralizado.
—No pasa nada— la chica le sonrió para darle ánimos. —No pesamos demasiado,
el puente nos sostendrá.
Apretando los dientes, caminó detrás ella. Cuando llegó al final del puente
disimuló su alivio balanceándose tranquilamente entre los dos postes finales y
saltando a una banda de acogedora roca firme. Naren se rió.
—Ahora toca otra subida— dijo. El cielo se había aclarado y el ascenso
hasta lo alto del acantilado no parecía ni de cerca tan difícil como la bajada
del otro lado. Cuando llegaron a lo alto, se encontraron rodeados de unos
enormes árboles sin hojas. Un vago sendero se internaba en el bosque, y
Charlie, que caminaba detrás de Naren, se dio cuenta de que el lugar estaba
lleno de sonidos. Desde las ramas desnudas, grupos de ruidosos pájaros
observaron a los niños cuando estos pasaron por delante de ellos, incluso el
césped muerto crujía con vida. Los conejos saltaban a ambos lados del camino,
un ciervo les observaba semi oculto por los árboles, y, gradualmente, los
sonidos del bosque fueron ahogados por unos incesantes y emocionados ladridos.
Unos pocos segundos después, Judía Corredora surgió de la maleza se abalanzó
sobre Charlie, aullando alegremente.
— ¡Judía!— exclamó Charlie, abrazando al gran perrazo amarillo.
— ¿Es tuyo?— le preguntó Naren.
—No, es de un amigo. Pero me siento responsable de él, porque Benjamín, mi
amigo, ha estado fuera bastante tiempo.
—Ese perro fue el primero— dijo Naren. —Vino por el puente y los demás le
siguieron: perros, gatos, ponis, cabras, conejos, de todo. Les escuchamos venir
y corrimos al acantilado para ver qué pasaba. Fue todo un espectáculo, todos
esos animales bajo la gran luna, corriendo por el puente.
— ¿Pero por qué vinieron aquí?
—Porque es más seguro, ¿no lo sientes? Ahí abajo, en la ciudad, algo
malvado se ha despertado. Mi padre te lo explicará.
Antes de que Charlie pudiera preguntar nada más, Naren se giró rápidamente
y empezó a saltar por el sendero. Judía Corredora corrió detrás de ella, pero
Charlie les siguió a un ritmo más lento. Levantó la mirada al dosel de ramas
sobre su cabeza; sí, se sentía más seguro ahí. Reinaba una poderosa calma, una
maravillosa sensación de protección. Se preguntó qué clase de hombre estaba a
punto de conocer. Si Naren era descendiente del Rey Rojo, entonces, con toda
probabilidad, también lo era su padre. ¿Sería un hechicero? ¿Un hipnotizador?
¿Un hombre bestia? Una valla entró en su campo de visión, junto con una verja
abierta. El corazón de Charlie empezó a bombear con fuerza.
Naren estaba dentro ya, pero Judía Corredora esperó a Charlie y juntos,
atravesaron la cancela y entraron en un gran recinto. Al final había una
pequeña cabaña, con unos graneros de color rojo brillante a cada lado. El humo
salía de la chimenea de la cabaña y el tejado de pizarra estaba cubierto con
pájaros. Animales de toda clase llenaban el recinto. Había ponis masticando la
rala hierba invernal, perros comiendo en unos comederos y gatos sentados en la
valla. Un gran pájaro gris emergió desde una de las ventanas gritando — ¡Perro
a la vista!— Seguramente sería el loro de Lysander, Homero.
Charlie apenas notó la existencia de más criaturas, su atención estaba fija
en la figura que estaba delante de la puerta de la cabaña. El hombre era de una
altura mediana con un rostro curtido y moreno, con unas greñas de pelo blanco.
A pesar del frío, solo vestía una camiseta de algodón sobre sus vaqueros
embarrados. Su bronceada piel enfatizaba el color de sus vívidos ojos azules,
ojos que observaban a Charlie con asombro y reconocimiento. Y Charlie notó la
gran hacha que cruzaba el pecho del hombre. Parecía demasiado lista para su
uso.
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