Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

miércoles, 24 de julio de 2013

Capítulo 5: Adentrándose en el desierto

El problema con Olivia, en opinión de Charlie, era que ella nunca veía sus errores. —Esta vez tendrá que aceptarlos— se dijo Charlie cuando escuchó las voces provenientes del interior de la ruina. Había pasado casi todo el primer recreo buscando a Olivia. Debería haber sabido que estaría escondida en el castillo. — ¡Te tengo!— exclamó Charlie, atravesando el arco de entrada de un salto. Pero todas sus intenciones de hablar con Olivia sobre lo que había sucedido el día anterior se desvanecieron cuando vio el caos en el que estaba sumido el patio.

Las enormes losas estaban rajadas y rotas. Fragmentos destrozados yacían por doquier y había un oscuro agujero en el lugar que solía ocupar una de las piedras más grandes. La gran losa reposaba partida en dos detrás de la brecha. — ¿Qué demonios?— jadeó Charlie.

—Lo sé, es raro, ¿verdad?— Emma, quien se encontraba de pie cerca de Oliva, retorció nerviosamente un mechón de su pelo rubio.

—Esto es el resultado de una búsqueda— afirmó Olivia.

—Y que lo digas. Y apuesto lo que quieras a que los que estaban buscando encontraron lo que querían debajo de aquella losa— Charlie se asomó al rectángulo en el oscuro suelo. En el centro había una abolladura cuadrada rodeada de tablones de madera en descomposición, y dentro descansaba una pequeña caja. Obviamente, la tapa había desaparecido y ahora la caja estaba llena de hojas y tierra. Pero en el centro, el contorno de un círculo todavía podía verse claramente. El cofre había contenido algo redondo con un delgado óvalo unido, ¿podría ser un mango? A partir de los bruscos contornos del círculo, se podía inferir que el objeto había sido removido recientemente. Charlie recordó el  ‘artefacto’ que su tío había mencionado que podían haber arrancado de la tierra.

—Vámonos de aquí— dijo Emma. —Me dan escalofríos.

Mientras se alejaban de la ruina, Charlie se acordó del tema del cocodrilo. — ¿En qué estabas pensando, boba?— le preguntó a Olivia, alejándose cuidadosamente del alcance de sus zapatos malvas, similares a los de las brujas de los cuentos. —Me refiero al cocodrilo, justo delante de los dormitorios.

—Estaba harta de todos los quejidos— Olivia ajustó su pañuelo de la cabeza, también malva. —Todas continuaban hablando sobre sus gatitos perdidos y sus perros desaparecidos y todo eso…— Una chispa de malicia brilló en su ojo — ¿Sabías que los provocadores rottweilers de los Loom han desaparecido? A Dorcas nunca le han gustado, pero lloraba como una gárgola en un día de lluvia. “Oh, mis pobres hermanos, han perdido a sus perros” Así que pensé que un cocodrilo la animaría un poco— Olivia era una actriz brillante y Charlie no pudo evitar sonreír ante su imitación de Dorcas Loom.

—Terminarás por asustar a alguien hasta la muerte Liv, y entonces, ¿qué haremos nosotros? Te descubrirán y estarás acabada. Los Bloor están desesperados por saber quién está creando las ilusiones.

Olivia sonrió. —No me encontrarán.

—Puede que sí— dijo Emma. —Y entonces no podrás ayudarnos. Recuerda que eres nuestra arma secreta.

Olivia suspiró profundamente. —Está bien. Prometo que calmaré las cosas durante un tiempo, pero os lo digo en serio, es divertidísimo asustar a la gente hasta la muerte. A la gente que se lo merece por supuesto.

Charlie apartó su mirada de ella. —No se supone que estar dotado sea divertido— Apenas podía creer que hubiera dicho eso. Las palabras simplemente salieron de su boca sin que el niño las pensara.

—Esa no es una frase propia de Charlie— remarcó Olivia, Charlie se encogió de hombros.

—Quizás el que habla es un nuevo Charlie, ahora tengo doce— empezó a alejarse de ellas.

— ¡No permitas que tu edad se convierta en una carga Charlie!— le gritó Olivia. Charlie se giró y agitó la mano para despedirse.

— ¿Estás loca? Eso nunca— y aún así, cuando pensaba sobre el tema, llegaba a la conclusión de que su propio don no había resultado ser demasiado útil, exceptuando los últimos meses.

Olivia mantuvo su promesa. Durante el resto de la semana no aparecieron más cocodrilos fuera de los dormitorios, ningún dinosaurio rondó los jardines y tampoco hubo caballeros medievales galopando a través del colegio blandiendo hachas sangrientas (una de las especialidades de Olivia). Si Bendito vio alguna otra vez a la sombra, se lo guardó para sí mismo, y la mayor preocupación de Charlie se volvió la desconcertante presencia de los padres de Benjamín. El viernes, cuando Charlie le preguntó a Billy si le gustaría pasar el fin de semana con él se vio sorprendido por la respuesta.

—La señora Brown me ha pedido que le hiciera compañía a Benjamín— dijo Billy alegremente. —Ya sabes, se siente solo sin su perro.

Charlie se sintió sorprendido y culpable a la vez, y aún así no era su culpa que Judía Corredora hubiera huido. Él, Charlie, era el mejor amigo de Benjamín. ¿Por qué no podía hacerle él compañía a Benjamín? Pero todo lo que dijo fue —Oh, está bien.

De vuelta en casa, Charlie se sentó a la mesa de la cocina mientras Maisie hacía huevos revueltos en una sartén. —Ha sido una semana rara— dijo Maisie. —No ha habido canciones de pájaros, ni gatos en las verjas o perros paseando. Nunca me había dado cuenta de lo importantes que eran. Una se siente sola sin ellos, ¿sabes Charlie?

—Mmm— murmuró Charlie. Se estaba preguntando si vería a la chica del abrigo del color del sol otra vez.

—Tienen a la policía investigando el tema, a la protectora de animales, a los trabajadores del Ayuntamiento, detectives privados y Dios sabe qué más— Maisie llevó un plato con los huevos a la mesa y observó fijamente el rostro de Charlie. — ¿Qué sucede Charlie?, ¿has tenido una mala semana?

Charlie negó con la cabeza. —En realidad no.

— ¿Va a venir Benjamín?— Charlie se encogió de hombros.

—Billy Raven se va a quedar con Ben este fin de semana.

—Bueno, eso es nuevo— Maisie alzó las cejas. —No sabía que eran amigos.

—Y Fido va a estar practicando con la banda— continuó tristemente Charlie.

—Parece que estás realmente triste— Maisie se sentó al lado de Charlie. —Venga, ¿Por qué no te comes estos estupendos huevos? Te sentarán mucho mejor a ti que paté-de-fuá-grass, o cualquier otra cosa por la que tu abuela Bone sienta una pasión semejante.

Charlie se las arregló para sonreír. Estaba a punto de empezar su comida, cuando el tío Paton entró bruscamente, y arrojándose sobre la nevera, declaró —Me muero de hambre. Me han dicho que mi canasta no va a venir hoy. Espero que no estés muy decepcionado, Charlie.

Cada viernes, una tienda de la ciudad le enviaba al tío Paton una canasta enorme con comida deliciosa. Charlie se había pasado el tiempo tan inmerso en sus problemas, que se había olvidado de esperarla ansiosamente. — ¿Qué pasó?— preguntó.

—El propietario cayó muerto— dijo el tío Paton. Charlie bajó el tenedor.

— ¿Así de simple? ¿Cayó muerto? ¿Estaba en la tienda? ¿La gente se asustó?

—Sí, es la respuesta a todas tus preguntas— replicó el tío Paton.

—Salió en los periódicos— añadió Maisie. —Con lo de los animales perdidos. Menuda semana.

— ¿De qué murió?— Charlie descubrió que no podía comer.

—Ah, ahí está el misterio— el tío Paton puso un plato con queso y galletitas en la mesa. — ¿Me puedo comer tus huevos, Charlie?

Maisie golpeó la mano de Paton nada más esta inició su recorrido hacia el plato de Charlie. —El niño necesita comida— dijo bruscamente. —Charlie come ya.


— ¿Los médicos tampoco lo saben?— Charlie se metió un tenedor lleno de huevo en la boca. Estaba preocupado por aquel dueño de la tienda que había caído inexplicablemente muerto.

—Su corazón dejó de latir sin razón alguna— dijo el tío Paton. —Era un hombre que estaba en muy buena forma, salía a correr regularmente. Es muy triste. Por suerte no tenía esposa ni hijos. El nuevo dueño ya ha tomado las riendas; me han dicho que es un familiar. Volverán a la normalidad la próxima semana y nosotros volveremos a tener nuestras comilonas de fin de semana— en aquel momento el tío Paton observó con atención el rostro de Charlie. — ¿Sintiendo el peso de la edad Charlie? Los doce no son el fin del mundo, ¿sabes?

—Doce— repitió Charlie. —Tenía dos cuando mi padre desapareció. Hace diez años. Diez. Es un número con suerte, ¿no crees”

La expresión jovial de Paton se desdibujó — ¿Diez?— preguntó pensativamente. —Bueno, el Rey Rojo tuvo diez hijos, pero es discutible si eso fue tener suerte.

—Difícilmente— murmuró Maisie.

Se podían escuchar los pasos de alguien bajando los escalones de la puerta del frente, y cuando Charlie se giró hacia la ventana, vio a Benjamín y a Billy entrando en el coche de los Brown. — ¿A dónde irán?— se preguntó. ¿A ver una película?, ¿a jugar a los bolos? Amy Bone entró luciendo fatigada después de una semana pesando vegetales. Como siempre, con su llegada mejoró la situación.

—Piñas— dijo alegremente, dejando caer en la mesa  una bolsa con formas espinosas. —Servirán para recuperarnos de la decepción que supone que la canasta de Paton no vaya a venir— Amy pellizcó la mejilla de su hijo. —Pareces abatido, Charlie.

—Yo también me alegro de verte mamá— Charlie llevó su plato al fregadero.

— ¿Vas a salir con Benjamín este fin de semana?— le preguntó su madre. —Debéis tener un montón de cosas que contaros.

—No— Charlie se giró, y dándole la espalda al fregadero, les dedicó a sus tres parientes una mirada retadora. Ellos le devolvieron la mirada, expectantes. —No veré a Benjamín porque me culpa de la desaparición de Judía Corredora. Fidelio está tocando en una banda, y Billy Raven está pasando el fin de semana en casa de los Brown. Oh, por cierto, los padres de Benjamín están trabajando para los Bloor.

—Extraordinario— declaró Paton.

—Pero no estaré solo— continuó Charlie —Porque iré a la librería Ingledew, ¿está bien?

—Por supuesto que está bien, Charlie— dijo su madre tranquilamente.

Afirmando que la librería Ingledew era el mejor lugar del mundo, el tío Paton se puso de pie, golpeó amistosamente el hombro de Charlie un par de veces y empezó a rebuscar en el frigorífico otra vez. Y eso fue todo. Exceptuando que Charlie nunca fue a la librería, ya que en la mañana siguiente, muy temprano, un ligero golpe en su ventana le conduciría a una aventura que terminaría cambiando su vida. Y las de muchos otros.

Los golpes llegaron con el amanecer. Charlie se despertó. En el hueco entre las cortinas pudo ver a la polilla blanca flotando contra el cristal. Al principio, Charlie pensó que el delicado batir de las alas contra el cristal era lo que le había despertado. Pero entonces, hubo otro golpe, y esta vez más fuerte y más alto. Charlie se acercó a la ventana y se asomó por ella. El castaño estaba cubierto con una escarcha crujiente y blanca. Con la gris luz del amanecer, Charlie pudo distinguir a una figura bajo las ramas escarchadas del árbol. Era la niña de la capa del color del sol.

La capucha estaba echada para atrás y llevaba una gruesa bufanda multicolor alrededor del cuello, cubriendo su boca. Saludó con la mano a Charlie cuando lo vio, y este abrió la ventana. — ¡Hola!, ¿qué es lo que quieres?

La chica tiró de la bufanda para quitársela de la boca. —Charlie Bone, quiero llevarte a un sitio— Charlie tenía sus sospechas — ¿Por qué?, ¿no confías en mí?

—No te conozco.

La chica frunció el ceño. —Vas a tener que confiar en mí, si es que quieres encontrar a los animales.

— ¡Los animales!— exclamó Charlie. — ¿Sabes dónde están?

— ¡Shhh!— la chica se llevó un dedo a los labios. — ¿Vas a venir?

—Puedes apostar a que sí— Charlie se puso apresuradamente sus ropas más cálidas: gruesos calcetines, grueso jersey, botas, y una chaqueta acolchada. Mientras pasaba por la cocina pensó en dejar una nota, pero, ¿qué pondría en ella? Era mejor que su madre creyera que se había ido a la librería Ingledew, decidió. La niña le estaba esperando al final de los escalones. Su reluciente pelo negro estaba escondido en la bufanda y en sus ojos oscuros había un brillo misterioso. La niña le tendió la mano.

—Encantada de conocerte, Charlie Bone— Charlie sacudió su mano.

— ¿Y tú eres…?

—Naren. Significa girasol en chino. Crecían al lado de la puerta de nuestra casa. Venga, vayámonos antes de que la ciudad despierte.

La chica empezó a correr por la calle Filbert con Charlie jadeando detrás de ella, asombrado por la velocidad a la que corría la chica, con aquellos pequeños pies embutidos en unas botas negras. Cuando la niña llegó a la Callle Mayor, esperó a que Charlie la alcanzara. Cuando lo consiguió, el chico se las arregló para dejar escapar — ¿Por qué a mí? ¿Por qué me has escogido para encontrar a los animales?

—Porque eres Charlie Bone— dijo Naren —Por lo que eres la persona correcta.

—No lo entiendo.

—Mi padre te conoce, se preocupa por ti.

— ¿Tu padre?— el corazón de Charlie dio un salto. —No es mi padre también, ¿no?

—No, no es el tuyo— Naren bajó la mirada. —Lo siento, Charlie— Volvió a alzar la mirada. —Pero es un amigo de tu padre.

— ¿En serio? ¿Puedes decirme dónde está?— Charlie estaba tenso a causa de la esperanza.

—No. Lo siento, de verdad. Él era un amigo de tu padre. Pero ahora tu padre está perdido.

—Sí— suspiró Charlie.

—Mi padre también estuvo perdido. Pero ahora…Venga, nos esperan los animales.

Naren aceleró otra vez, pero esta vez se mantuvo a la misma altura que Charlie y corrió a su lado, y mientras avanzaban por la ciudad juntos, le contó cómo ella había estado observando a Charlie y a sus amigos, Hijos del Rey Rojo al igual que ella. Le contó que anhelaba hablar con ellos.

—Pero mi padre dice que no debo acercarme a vosotros— dijo tristemente.

— ¿Por qué?— le preguntó Charlie. — ¿Por qué no quiere que te acerques a nosotros si me conoce y si eres una de las nuestras?

—Él te lo explicará— Naren aceleró levemente. Mientras corría, dijo, casi en un susurro —Se enfadará conmigo, me había prohibido entrar en la ciudad.

Charlie observó fijamente su pequeño rostro ansioso, pero no preguntó nada más. Naren le estaba conduciendo por una parte de la ciudad que no le era familiar. Filas de árboles desnudos se fundían con el frío cielo, y las casas estaban parcialmente cubiertas con altos arbustos adornados con encajes de escarcha. Naren empezó a correr más lentamente y cuidadosamente, se abrió camino a través de las placas de hielo de la acera.

Giró súbitamente a la izquierda y Charlie, al seguirla, se encontró a sí mismo en un estrecho camino serpenteaba hacia abajo, más y más abajo. Podía escuchar una agitación cada vez mayor con cada paso que daba. Naren llegó hasta unas barandillas, y mirando sobre su hombro, declaró —Estamos a medio camino. Pero ahora debemos ser más cuidadosos.

—Solo a medio camino— Charlie se deslizó hasta Naren y se cogió a la barandilla. Al mirar hacia abajo, vio a casi veinte metros más allá, un salvaje torrente de agua. La espuma blanca se formaba y burbujeaba sobre las oscuras rocas que atravesaban el rápido cauce del río, y Charlie se encontró hipnotizado por el terrible embate del agua. —El río— jadeó. —No sabía que estuviera tan cerca.

Naren le dedicó una sonrisa misteriosa. —Ahora debemos cruzarlo.

— ¿De verdad tenemos que hacerlo?— preguntó Charlie lleno de dudas.

—Mi hogar está al otro lado— el chico miró al otro lado del abismo. En lo alto del acantilado que había en la otra orilla, un denso bosque se extendía por todos lados.

— ¿Vives ahí?— le preguntó incrédulo.

—La gente puede vivir en los bosques— la sonrisa de Naren se ensanchó.

—Sí, pero ¿en ese?— Charlie observó la distante masa de árboles. —Yo había escuchado que era un desierto.

—Quizás lo es— la niña cogió su brazo y apuntó hacia abajo. —Ahí está el puente. Vamos— Charlie se inclinó sobre la barandilla y vio una delgada banda de hierro forjado suspendida sobre el río. Parecía vieja y peligrosa.

— ¿Eso?— chilló.

—Hay un gran puente más adelante— dijo Naren —Pero está lleno de tráfico ruidoso. A mí me gusta este, y a los animales también.

—Ah, los animales— Charlie recordó porqué estaba de pie sobre aquel turbulento río con una chica a la que acababa de conocer. Siguió a Naren por su arriesgada ruta acantilado abajo hasta que llegaron al puente de hierro. Visto de cerca parecía aún más traicionero.

Por la barandilla caían gotas de agua, algunas de las cuales ya se habían transformado en carámbanos y el suelo estaba gris y desdibujado a causa de la niebla. Había un cartel colgando de un alambre que atravesaba la entrada al puente. Decía ‘ATENCIÓN. PUENTE PELIGROSO’. Pero Charlie no iba a abandonar a la pequeña niña.

El hierro oxidado crujió al poner Naren el pie sobre el puente, al molesto chirrido del hierro había que sumarle el producido por las botas negras de la niña al avanzar, Charlie la siguió después de tragar saliva varias veces lleno de dudas. Estaban a medio camino cuando pensó en la promesa que había hecho en su cumpleaños número doce. Le había dicho a su madre que no tomaría más decisiones precipitadas, que pararía un momento para considerar las consecuencias de sus acciones antes de meterse de cabeza en una nueva aventura. Y aún así, ahí estaba, cruzando un peligroso puente sobre un río que seguramente podría ahogarlo si se cayera en él. Naren se giró.

— ¿Por qué te has parado?— le gritó.

—Solo estaba admirando la vista— respondió Charlie ligeramente.

—Venga, avanza— en aquel momento, uno de los soportes que sostenían la barandilla se rompió, precipitándose al vacío y estrellándose contra las rocas. El puente entero se sacudió y una lluvia de carámbanos cayó al río. Charlie se quedó paralizado.

—No pasa nada— la chica le sonrió para darle ánimos. —No pesamos demasiado, el puente nos sostendrá.

Apretando los dientes, caminó detrás ella. Cuando llegó al final del puente disimuló su alivio balanceándose tranquilamente entre los dos postes finales y saltando a una banda de acogedora roca firme. Naren se rió.

—Ahora toca otra subida— dijo. El cielo se había aclarado y el ascenso hasta lo alto del acantilado no parecía ni de cerca tan difícil como la bajada del otro lado. Cuando llegaron a lo alto, se encontraron rodeados de unos enormes árboles sin hojas. Un vago sendero se internaba en el bosque, y Charlie, que caminaba detrás de Naren, se dio cuenta de que el lugar estaba lleno de sonidos. Desde las ramas desnudas, grupos de ruidosos pájaros observaron a los niños cuando estos pasaron por delante de ellos, incluso el césped muerto crujía con vida. Los conejos saltaban a ambos lados del camino, un ciervo les observaba semi oculto por los árboles, y, gradualmente, los sonidos del bosque fueron ahogados por unos incesantes y emocionados ladridos. Unos pocos segundos después, Judía Corredora surgió de la maleza se abalanzó sobre Charlie, aullando alegremente.

— ¡Judía!— exclamó Charlie, abrazando al gran perrazo amarillo.

— ¿Es tuyo?— le preguntó Naren.

—No, es de un amigo. Pero me siento responsable de él, porque Benjamín, mi amigo, ha estado fuera bastante tiempo.

—Ese perro fue el primero— dijo Naren. —Vino por el puente y los demás le siguieron: perros, gatos, ponis, cabras, conejos, de todo. Les escuchamos venir y corrimos al acantilado para ver qué pasaba. Fue todo un espectáculo, todos esos animales bajo la gran luna, corriendo por el puente.

— ¿Pero por qué vinieron aquí?

—Porque es más seguro, ¿no lo sientes? Ahí abajo, en la ciudad, algo malvado se ha despertado. Mi padre te lo explicará.

Antes de que Charlie pudiera preguntar nada más, Naren se giró rápidamente y empezó a saltar por el sendero. Judía Corredora corrió detrás de ella, pero Charlie les siguió a un ritmo más lento. Levantó la mirada al dosel de ramas sobre su cabeza; sí, se sentía más seguro ahí. Reinaba una poderosa calma, una maravillosa sensación de protección. Se preguntó qué clase de hombre estaba a punto de conocer. Si Naren era descendiente del Rey Rojo, entonces, con toda probabilidad, también lo era su padre. ¿Sería un hechicero? ¿Un hipnotizador? ¿Un hombre bestia? Una valla entró en su campo de visión, junto con una verja abierta. El corazón de Charlie empezó a bombear con fuerza.

Naren estaba dentro ya, pero Judía Corredora esperó a Charlie y juntos, atravesaron la cancela y entraron en un gran recinto. Al final había una pequeña cabaña, con unos graneros de color rojo brillante a cada lado. El humo salía de la chimenea de la cabaña y el tejado de pizarra estaba cubierto con pájaros. Animales de toda clase llenaban el recinto. Había ponis masticando la rala hierba invernal, perros comiendo en unos comederos y gatos sentados en la valla. Un gran pájaro gris emergió desde una de las ventanas gritando — ¡Perro a la vista!— Seguramente sería el loro de Lysander, Homero.


Charlie apenas notó la existencia de más criaturas, su atención estaba fija en la figura que estaba delante de la puerta de la cabaña. El hombre era de una altura mediana con un rostro curtido y moreno, con unas greñas de pelo blanco. A pesar del frío, solo vestía una camiseta de algodón sobre sus vaqueros embarrados. Su bronceada piel enfatizaba el color de sus vívidos ojos azules, ojos que observaban a Charlie con asombro y reconocimiento. Y Charlie notó la gran hacha que cruzaba el pecho del hombre. Parecía demasiado lista para su uso.

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