“¡Qué! ¡La REINA!”
Manfred retrocedió para esquivar el escupitajo que había
lanzado su bisabuelo. Aún así, una gran salpicadura cayó en su bonito y limpio
zapato. Asa, gimiendo a su lado, se las arregló para reprimir una risita.
Este se estaba convirtiendo en uno de los peores lunes de
Manfred. El fin de semana ya había sido lo suficientemente malo, con aquel
renacuajo, Billy Raven, escapando de la Casa de Paso y Usher de Grey envuelto
en un accidente casi fatal. Sin mencionar la pérdida de los juramentos y a
Florence volviéndose loca. Sus gritos cuando la habían encerrado en el
congelador todavía sonaban en sus oídos. Con un poco de suerte, ya se había
congelado.
En lo alto de todas esas desgracias, Asa Pike había venido
con la noticia de que el gran experimento no había funcionado exactamente como
ellos habían pensado. En lugar de un caballo de guerra con un corazón brutal,
habían traído a la vida a una yegua blanca con el corazón de una reina y madre
amorosa.
“Mira el lado positivo, abuelo” dijo Manfred, quitando con
asco el escupitajo de su zapato izquierdo con el talón del derecho. “Después de
todo, es un gran logro.”
“¡Yo no QUERÍA a la REINA!” gritó Ezekiel. “Yo quería a
Borlath.”
“Bueno, pero tenemos a la reina” dijo Manfred
categóricamente. “O más bien, Charlie Bone la tiene, y ahora él y Billy se
dirigen hacia el Castillo de los Espejos.”
“Se dirigen hacia ahí” repitió Asa, excesivamente encantado
consigo mismo.
“Es culpa tuya” bramó Ezekiel, señalando con un huesudo dedo
a Asa. “Tú encontraste la tumba, tú me trajiste el corazón.”
“Yo no sabía lo que era” se quejó Asa. “Solo había una B en
la lápida. Nadie me dijo que la reina se llamaba Berenice.”
“¡Ugh!” gruñó Ezekiel.
Asa se volvió más atrevido. “Lo he hecho bien” insistió.
“Seguí a Paton Yewbeam, y encontré a ese hombre, Crowquill. He pasado horas
escondido en el asqueroso jardín de los Silk y luego en cuclillas en aquel
espeso bosque, por lo que me duelen los huesos de una manera horrible. Si no
fuera por mí, ni siquiera sabríais a dónde ha ido Billy, ¿verdad?”
“¡Está bien!” gritó Ezekiel. “Tómate el día libre.”
“No quiero el día libre” murmuró Asa enfurruñado. “Solo
quiero el reconocimiento.”
“Lo tienes” Manfred le dio un codazo en las costillas a Asa.
“Se están cubriendo unos a otros” gruñó Ezekiel. “Todos
ellos. Lysander, Torsson, Gabriel Silk. Esto tiene que ser parado. ¡Tráeme al
chico Tilpin!”
“¿Joshua?” Manfred enarcó las cejas. “¿Qué puede hacer él?”
“Te sorprenderías, Manfred” dijo su bisabuelo. “Pero pronto
lo averiguarás. Ahora, desaparecer de mi vista, los dos.”
Manfred se negaba a ser tratado como un niño. Se merecía
algo mejor. Con el ceño fruncido bajó por los muchos corredores y escaleras que
llevaban a las habitaciones de su bisabuelo mientras Asa arrastraba los pies
detrás de él, lloriqueando.
“¿Para qué querrá a Tilpin?” se quejó Asa. “No puede hacer
nada. Es demasiado pequeño y no tiene experiencia.”
“Sabemos que tiene magnetismo” respondió Manfred. “Supongo
que dependerá de qué haga con él. Puede ser interesante.”
“¡Hmff!” resopló Asa.
Manfred atrapó a Joshua justo cuando estaba saliendo del
vestuario verde. La asamblea había terminado y los niños tenían que ir a sus
primeras clases.
“El señor Ezekiel quiere verte” dijo Manfred, agarrando al
pequeño niño del hombro.
“¿Oh?” Joshua le dedicó a Manfred una de sus extraordinarias
sonrisas con sus dientes separados, y una vez más, Manfred sintió un peculiar
hormigueo que le hizo devolverle una sonrisa al niño incluso cuando momentos
atrás, sonreír era lo último que le pasaba por la mente.
“¿Sabes dónde encontrar la habitación del señor Ezekiel?” le
preguntó Manfred amablemente.
“Sí señor. Está en el ala oeste, justo en lo más alto.”
“Buen chico. Vete entonces. Y será mejor que te des prisa.”
“Sí señor.”
Era muy gratificante ser llamado señor. Manfred mantuvo su
sonrisa en cada paso que daba a través del gran recibidor, pero se desvaneció
abruptamente cuando patinó en una piel de manzana y casi perdió el equilibrio.
“¡AAAAAARGH!! Rugió Manfred.
El recibidor estaba ahora vacío exceptuando al doctor Saltweather,
quien estaba bajando lentamente las escaleras principales con un periódico
debajo del brazo y una desconcertada expresión en su cara.
“Es esa chica, Vertigo, de nuevo” le gritó Manfred al doctor
Saltweather “Está dejando pieles de manzana por todo el lugar. Hay que hacer
algo al respecto.”
“No es de mi departamento” murmuró el doctor Saltweather.
“Soy el jefe de música.” Se alejó paseando luciendo aún más agitado que antes.
Manfred soltó un gemido de irritación y se dirigió a su
oficina.
El doctor Saltweather estaba ahora caminando por el corredor
de los retratos. Estaba tan preocupado que se había olvidado de a dónde estaba
yendo supuestamente. En su periódico había un alarmante artículo. Dos personas
habían desaparecido de una pequeña ciudad del nordeste. Normalmente esta clase
de noticias habrían causado pequeño revuelo de preocupación: tenía esa clase de
corazón al que le incluso la más pequeña desgracia ajena le afectaba. Pero las
noticias de hoy eran aún más inquietantes.
Los dos hombres en cuestión eran un director llamado
Tantalus Wright y un cartero cuyo nombre era Vincent Ebony. Esto podía ser una
coincidencia, por supuesto, pero eran los peculiares hábitos de aquellos hombres
lo que habían causado que el doctor Saltweather encontrara esas desapariciones
demasiado siniestras para ser mera coincidencia. La especialidad del director
era Historia Medieval y sufría narcolepsia. En otras palabras, caía dormido sin
ningún aviso en los sitios más inusuales, causando la alegría de muchos de sus
alumnos.
El doctor Saltweather abrió el periódico y releyó el pequeño
artículo de la última página. “El señor Vincent Ebony es un hombre alegre con
un gran sentido del humor. Se ríe inmediatamente en las bromas más tontas y se
le suele escuchar cantando “Gershwin Bess, eres ahora mi mujer”. La esposa del
señor Ebony, Bess, estaba demasiado afectada para hacer comentarios.”
Los dos hombres habían desaparecido a finales de agosto en
las cercanías de la ciudad de Yorwynde. Tantalus Wright, un ávido
excursionista, nunca había vuelto de su domingo de caminata y la camioneta de
Vincent Ebony había sido hallada abandonada al borde de un pequeño bosque. No
había señales del cartero. Los dos hombres habían estado desaparecidos durante
tres semanas.
“¡No puede ser! ¿Cómo podría ser?, ¿dos en uno? ¡dos en
uno!” el doctor Saltweather deambuló, sacudiendo su cabeza. Seguramente no
podría discutir el asunto el director, ya que había sido el doctor Bloor el que
había insistido en la designación de Tantalus Ebony. Era difícil saber quién
era quién en la Academia Bloor – o quién era qué, cuando llegaba el caso.
“¡Buenos días!” la Cocinera pasó barriendo al lado del
doctor Saltweather por el oscuro corredor. “Parece preocupado, doctor.”
“Sí” el doctor Saltweather se giró rápidamente y miró a la
Cocinera apresurarse por el pasillo. Se dio cuenta de que ella era una persona
en la que podía confiar. No había ninguna duda en su mente de que la Cocinera
estaba en el lado de los buenos, aunque apenas sabía que quería decir aquello.
“¡Cocinera!” la llamó el doctor Saltweather suavemente.
“¿Podríamos hablar?”
La Cocinera miró a su alrededor, sorprendida por el tono
furtivo del doctor. “Por supuesto, doctor.” Volvió andando hacia él.
El doctor Saltweather alisó la última página de su periódico
y lo se lo entregó a la Cocinera, señalando la pequeña columna cerca del final.
“¿Qué opina de esto?”
La Cocinera leyó rápidamente el artículo y jadeó. “¿Qué qué
opino?” dijo trémulamente. “Opino que significa problemas, doctor Saltweather.
Un problema muy gordo, especialmente para algunas personas de esta ciudad.”
“¿Cómo quiénes?” el doctor estaba intrigado.
“Como Charlie Bone y su tío” dijo la Cocinera.
“Ah” el doctor Saltweather
se acarició la barbilla. “Charlie no estaba en la asamblea esta mañana,
al igual que el pequeño Billy Raven.”
‘’He oído algo sobre el tema” dijo la Cocinera “pero esto” –
ella golpeó el periódico – “esto es extremadamente serio. Tengo que hacer una
llamada inmediatamente”
“Pero, Cocinera, ¿cómo puede ser posible?” preguntó el doctor
Saltweather, más agitado que nunca. “Dos personas en una, ¿cómo ha podido
pasar?”
“Créeme, eso puede hacer esa clase de cosas” dijo la
Cocinera, volviendo por donde había venido.
“¿ESO?” exclamó el doctor Saltweather.
“Sí, ESO” replicó la Cocinera, corriendo aún más rápido. “Se
lo explicaré en otro momento. Pero ahora mismo, tengo que hacer una llamada.
Gracias doctor, gracias. Tenemos razones para estar muy, muy agradecidos por
esta información.” Su voz dejó de escucharse cuando giró en la esquina.
El doctor Saltweather recordó súbitamente de que debería
estar en una reunión en la sala de los instrumentos de viento, con el señor
Paltry y Tantalus Ebony. El jefe de música llegaba tarde, pero cuando llegó a
la habitación de Viento, Tantalus Ebony no estaba ahí.
“No está en el colegio” dijo el anciano señor Paltry,
limpiándose los dientes con un palillo. “¿No se dio cuenta? No fue a la
asamblea.”
“No, no me di cuenta” el doctor Saltweather se sintió tonto,
ansioso y confuso, todo al mismo tiempo. “Desearía que usted no fumara” le dijo
al viejo flautista. “Da un mal ejemplo.”
“Yo no fumo” el señor Paltry deslizó el palillo en su
bolsillo.
“Puedo olerlo, Reginald” dijo
Saltweather. “No es de extrañar que esté usted falto de aliento últimamente”
Dio un suspiro de irritación. “Será mejor que nos las arreglemos sin el señor
Ebony.”
Una Cocinera sin aliento entró corriendo en la cocina y
levantó el auricular de un teléfono situado en la pared junto a la puerta
giratoria. Los trabajadores de la cocina estaban charlando en la parte de atrás
y la Cocinera no tuvo miedo de ser escuchada. Marcó rápidamente y esperó a que
escucharan el teléfono en el número nueve de la calle Filbert.
“¿Sí?” dijo una voz irritada.
La Cocinera agravó su voz, y hablando como un hombre viejo,
dijo “Me gustaría hablar con el señor Paton Yewbeam.”
“No está aquí” dijo la abuela Bone.
“La señora Jones, entonces” dijo la Cocinera “Ella servirá.”
“¿De qué se trata?” demandó la abuela Bone.
“Eh…es la tintorería…”
“¿No será sobre mi mejor abrigo? El negro con el cuello de
terciopelo” esto fue gritado tan fuerte que la Cocinera tuvo que alejar el
auricular de su oreja.
“No, no. El artículo en cuestión es rojo y…”
“¡Maisie, teléfono! Tu ropa está en problemas” el auricular fue dejado en la mesa y la
Cocinera oyó pisadas corriendo en un suelo de baldosas. Momentos después, la
voz ansiosa de Maisie dijo “¿Sí? ¿qué ha pasado?”
“Maisie, soy yo, la Cocinera. Pero no des muestras de ello”
dijo la Cocinera con su voz normal. “Quiero hablar con el señor Yewbeam, pero
aparentemente ha salido.”
“No solo ha salido” dijo Maisie, bajando la voz. “Ha
desaparecido. Amy y yo estamos muy preocupadas. Tenía noticias acerca de
Charlie, y entonces él y… y, ya sabes, ese señor Crowquill se fueron muy pronto
esta mañana.”
“Querida, oh querida” la Cocinera no sabía qué pensar de
todo esto. “¿Tienes alguna idea de a dónde han ido?”
Maisie puso su boca justo encima del auricular y susurró “Al
Castillo de los Espejos.”
“De mal en peor. Tengo el temor de que alguien más se dirija
hacia ahí ahora mismo. ¿Tienes alguna manera de contactar con el señor
Yewbeam?”
“Ninguna” dijo Maisie. “Ha dejado atrás su teléfono móvil.”
Una voz detrás de Maisie preguntó “¿Por qué estás
cuchicheando con la tintorería?”
“No lo hacía. Perdí mi voz, ha habido una tragedia con la
chaqueta roja” La voz de Maisie se volvió tan baja que la Cocinera no pudo
escucharla, pero de repente volvió. “Muchísimas gracias por informarme” le dijo
a la Cocinera. “Iré a recoger lo que queda de ella más tarde. Adiós.”
La Cocinera colgó el auricular. “Nada puede hacerse”
murmuró.
“Yo creo que se puede hacer mucho” Uno de los asistentes de
la cocina llegó hasta la Cocinera portando una bandeja de pasteles quemados.
“Tendremos que hornear unos más.”
“Tú tendrás que hacer unos
cuantos más” replicó la Cocinera. “Yo no los he quemado.”
Fidelio Gunn se ponía más nervioso con cada segundo que
pasaba. Gabriel le había susurrado algo en la asamblea pero apenas había
entendido lo que le había dicho. Las únicas palabras que había comprendido
fueron “Charlie…un castillo…y Billy Raven” Fidelio no podía imaginarse qué le
había pasado a Charlie. No era común en su amigo escaparse a algún lugar sin
decírselo a él.
“Fidelio, no te estás concentrando” dijo la señorita
Chrystal, quien le estaba acompañando con el piano.
Fidelio bajó el volumen de su violín y estudió la partitura
que había en el estrado delante de él. “Lo siento, señorita Chrystal, me he
perdido.”
“¿Cuál es el problema?” la señorita Chrystal giró en el
taburete de música. “Tocaste esta pieza casi perfecta la semana pasada.”
La señorita Chrystal era una profesora muy joven. Tenía el
pelo rubio y la clase de rasgos que prácticamente invitaban a los niños a
confiar en ella. Ella guardaba sus secretos y nunca había sido conocida por
traicionar a ninguno de ellos.
“Estoy preocupado por mejor amigo” confesó Fidelio.
“¿Charlie Bone?”
“Sí. No está en el colegio y no sé qué ha pasado con él.”
“Quizás el doctor Saltweather ha escuchado algo sobre el
tema. Investigaré un poco y te haré saber mis descubrimientos durante el recreo
de la comida, ¿te parece?” la señorita Chrystal sonrió envalentonando al chico.
“Gracias señorita Chrystal” Fidelio colocó su violín bajo la
barbilla y se preparó para volver a tocar.
La lección no fue precisamente un éxito, y tan pronto como
sonó la campana, salió corriendo de una manera un tanto ruda y se dirigió hacia
el guardarropa para colgar su capa. Estaba a punto de salir al exterior cuando
vio a Dorcas Loom acercándose a la puerta de la Torre de Música. Llevaba una
capa azul doblada bajo su brazo.
Fidelio sospechaba de ella. “¿Qué es eso Dorcas?” le
preguntó.
La niña gruñó levemente “Oh, es la del señor Pilgrim” dijo,
recobrando la compostura. “Fue encontrada en la biblioteca así que la llevo de
vuelta a su clase de música.”
“Pero el señor Pilgrim se ha ido.”
Dorcas se encogió de hombros “¡Y qué!”
“Que…” Fidelio dudó. La expresión maliciosa de Dorcas le
asustaba. Tenía una reputación por embrujar ropas. ¿Podría haber hecho algo con
la capa azul?
“Da igual” Fidelio salió al jardín.
Gabriel no estaba por ninguna parte, pero Fidelio descubrió
a Tancred hablando con el niño nuevo, Joshua Tilpin. Fidelio corrió hacia
ellos. “Tancred, ¿puedo hablar contigo un momento en privado?” El chico clavó
su mirada en Joshua.
Tancred palmeó el hombro de Joshua y dijo, “Hasta luego
Josh. Y gracias por encontrar el libro.”
Joshua le sonrió a Tancred. “Cuando quieras, Tancred. Nos
vemos luego.” El pequeño chico se fue paseando con aquellas piernas que
parecían incapaces de soportar siquiera el peso de un pájaro, dejando solos a
los chicos.
“Es raro” remarcó Fidelio enarcando las cejas.
“No tanto” dijo Tancred. “Es un buen chico. Muy útil.”
Fidelio cambió de tema. “Me preguntaba si tú sabías lo que
le había pasado a Charlie.”
“De hecho, lo sé. Caminemos un poco.”
Fidelio siguió a Tancred hacia las murallas del castillo,
donde encontró a Emma y a Olivia sentadas en lo alto de un gran montículo.
Olivia parecía tener una reserva interminable de manzanas, porque ahí estaba
una vez más, pelando otra manzana con el pequeño cuchillo de plata que llevaba
a todas partes. Emma observaba a su amiga con un ceño fruncido que ya estaba
haciendo permanente.
“Estas dos saben qué ha pasado” dijo Tancred, sentándose en uno de los
escalones más bajos.
“Siempre soy el último en enterarme de lo que pasa últimamente”
Fidelio se sentó en uno de los escalones del medio.
“Eso es porque no estás dotado” dijo Olivia. “Yo tampoco lo
estoy. Y no quiero estarlo.”
Fidelio la ignoró. “Tancred, por favor, dímelo ¿a dónde se
ha ido Charlie?”
Tancred respiró profundamente antes de empezar. “Empezaré
por la mañana del domingo, cuando Billy Raven se escapó de sus nuevos padres” y
comenzó a contarle todo a Fidelio.
“¡Vaya!” Fidelio fijó su mirada en las brillantes paredes
rojas. “Esa es la causa de todo aquel caos. Me despertó. Perros ladrando,
coches estrellándose, sirenas de policía, truenos – eso fuiste tú, supongo” le
dijo a Tancred.
“¡Culpable!” Tancred alzó su mano con una sonrisa. “Pero
Sander salvó el día. Si no fuera por él, no creo que yo estuviera aquí ahora.”
Podían ver a Lysander discutiendo con Asa Pike al otro lado
del campo de juego, y Tancred dijo “Asa está molestando un montón a Sander hoy.
Primero, dijo que la corbata de Sander no estaba recta, luego dijo que estaba
siendo demasiado ruidoso cuando no lo era y ahora míralos.”
“Tengo un mal presentimiento sobre hoy” dijo Emma en voz
baja.
Fidelio sabía a qué se refería. Quizás tenía algo que ver
con la ausencia de Charlie. “¿Qué es todo eso del Castillo de los Espejos?”
preguntó.
“Mi tía leyó sobre él en un libro” dijo Emma. “Cientos de
años atrás, uno de los hijos de Rey Rojo le prendió fuego al castillo, con la
familia de su hermano todavía dentro. Pero uno de ellos escapó, y ese fue el
ancestro de Billy. Las paredes del castillo se convirtieron en cristal brillante.
¡Imagínatelo!”
“Y Charlie piensa que encontrará a su padre ahí” añadió
Tancred.
Olivia saltó súbitamente y lanzó su manzana a los arbustos.
“Desearía que Charlie estuviera aquí” dijo, mientras se alejaba andando de
ellos.
Fidelio se sentía de la misma
manera.
Aquella noche, la atmósfera en el Salón del Rey era
especialmente hostil. Era una hostilidad que corría por los huesos de los
niños, y Emma no podía parar de temblar. Temblaba tanto que su bolígrafo se le
caía constantemente de la mano. La tercera vez que se le cayó, el bolígrafo
rodó por la mesa, y Emma estaba segura que Inez o Idith lo habían empujado. Las
gemelas continuaban mirando a Emma con sus rasgados ojos azules de muñeca
china, y apenas podía concentrarse con ellas observándola.
Joshua Tilpin, que se había sentado en el asiento vacío de
Charlie al lado de Emma, se inclinó sobre la mesa, cogió su bolígrafo y se lo
devolvió. Le dedicó una pequeña sonrisa que la obligó a devolverle la sonrisa.
Pero Joshua quería más que una sonrisa, quería que ella volara. Súbitamente,
Emma se imaginó a ella misma convertida en un gran halcón, planeando sobre sus
amigos, atacando sus cabezas, sus manos…¿Pero por qué haría ella algo tan
terrible? Apartó su mirada de Joshua, le daba escalofríos.
Gabriel, sentado al otro lado de Emma, le susurró. “¿Estás
bien, Em?”
Emma asintió.
“¡Silencio!” dijo Manfred. “No se puede susurrar.”
Inez e Idith dirigieron su fría mirada hacia Gabriel, los
ojos amarillos de Asa se entrecerraron y Dorcas Loom soltó una molesta risita.
Emma miró hacia su lado. Gabriel, Tancred y Lysander estaban
inclinados sobre sus libros. Sus brillantes ceños fruncidos la hacían sentir
aún peor.
Cuando los deberes se terminaron, los niños dotados
empezaron a salir en fila del Salón del Rey encabezados por Manfred. Emma
esperó a Gabriel, a quien le estaba llevando más tiempo de lo normal recoger
las cosas. Lo mismo le pasaba a Tancred y a Lysander. Los libros se les caían,
otros no querían cerrarse. Los lápices se alejaban rodando y el papel se iba
flotando de sus manos.
“Algo malo está pasando” dijo Emma.
“Y que lo digas” gruñó Lysander.
“Estamos en desventaja” dijo Gabriel. “Cuatro contra cinco,
seis, si contamos a Manfred.”
Los tres chicos se las arreglaron para guardar todo al fin,
y Emma salió con ellos en dirección a los dormitorios. Cuando estaban cruzando
el pasillo, Gabriel se giró y se alejó corriendo del grupo en dirección al
recibidor.
“¿A dónde vas Gabe?” gritó Lysander. “¡La ama de llaves te
pillará!”
“Tengo permitido practicar durante media hora en la Torre de
Música” dijo Gabriel. “El señor Ebony me dio un permiso especial el viernes.”
Sacó una nota de su bolsillo. “Así que la ama de llaves tendrá que admitirlo.”
Esto hizo aparecer una sonrisa en el rostro de sus amigos,
pero todos se sentían inexplicablemente inquietos mientras veían a Gabriel
cruzar el recibidor hacia la puerta de la Torre de Música.
Gabriel también tenía un presentimiento, pero adoraba
practicar en el gran piano, y era precisamente a causa de aquel sentimiento de
que algo malo se avecinaba que apenas podía esperar a perderse en la música.
Era una larga subida hasta lo alto de la torre, y cuando
Gabriel llegó a la habitación de música, tuvo que sentarse en un taburete para
recobrar el aliento. Mientras se acercaba a la tapa del piano, notó una capa
azul en una silla al lado de la ventana. Seguramente había sido la del señor
Pilgrim. Gabriel siempre había sido muy cercano al señor Pilgrim. El extraño
profesor era un brillante pianista, y aunque apenas hablaba, Gabriel siempre
había contado con la cálida aprobación del señor Pilgrim.
¿Dónde estaba el profesor de piano ahora?, ¿qué había pasado
con él? Gabriel raramente usaba su don. Podría dañarse a sí mismo si se pusiera
las ropas de alguien que hubiera sufrido dolor o tortura. Pero en esta ocasión
la curiosidad de Gabriel pudo más que él y se sintió impulsado a ponerse la
capa.
Tan pronto como se colocó la capa sobre su cabeza, la
realidad se empezó a desvanecer y Gabriel se vio prisionero en una oscuridad
extremadamente profunda y sombría de la que no podía escapar. Intentó quitarse
la capa pero sus brazos eran inútiles, y se vio obligado a enfrentarse al
horror hasta que cayó sin sentido en el suelo.