Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Capítulo 15: La capa encantada


“¡Qué! ¡La REINA!”
Manfred retrocedió para esquivar el escupitajo que había lanzado su bisabuelo. Aún así, una gran salpicadura cayó en su bonito y limpio zapato. Asa, gimiendo a su lado, se las arregló para reprimir una risita.
Este se estaba convirtiendo en uno de los peores lunes de Manfred. El fin de semana ya había sido lo suficientemente malo, con aquel renacuajo, Billy Raven, escapando de la Casa de Paso y Usher de Grey envuelto en un accidente casi fatal. Sin mencionar la pérdida de los juramentos y a Florence volviéndose loca. Sus gritos cuando la habían encerrado en el congelador todavía sonaban en sus oídos. Con un poco de suerte, ya se había congelado.
En lo alto de todas esas desgracias, Asa Pike había venido con la noticia de que el gran experimento no había funcionado exactamente como ellos habían pensado. En lugar de un caballo de guerra con un corazón brutal, habían traído a la vida a una yegua blanca con el corazón de una reina y madre amorosa.
“Mira el lado positivo, abuelo” dijo Manfred, quitando con asco el escupitajo de su zapato izquierdo con el talón del derecho. “Después de todo, es un gran logro.”
“¡Yo no QUERÍA a la REINA!” gritó Ezekiel. “Yo quería a Borlath.”
“Bueno, pero tenemos a la reina” dijo Manfred categóricamente. “O más bien, Charlie Bone la tiene, y ahora él y Billy se dirigen hacia el Castillo de los Espejos.”
“Se dirigen hacia ahí” repitió Asa, excesivamente encantado consigo mismo.
“Es culpa tuya” bramó Ezekiel, señalando con un huesudo dedo a Asa. “Tú encontraste la tumba, tú me trajiste el corazón.”
“Yo no sabía lo que era” se quejó Asa. “Solo había una B en la lápida. Nadie me dijo que la reina se llamaba Berenice.”
“¡Ugh!” gruñó Ezekiel.
Asa se volvió más atrevido. “Lo he hecho bien” insistió. “Seguí a Paton Yewbeam, y encontré a ese hombre, Crowquill. He pasado horas escondido en el asqueroso jardín de los Silk y luego en cuclillas en aquel espeso bosque, por lo que me duelen los huesos de una manera horrible. Si no fuera por mí, ni siquiera sabríais a dónde ha ido Billy, ¿verdad?”
“¡Está bien!” gritó Ezekiel. “Tómate el día libre.”
“No quiero el día libre” murmuró Asa enfurruñado. “Solo quiero el reconocimiento.”
“Lo tienes” Manfred le dio un codazo en las costillas a Asa.
“Se están cubriendo unos a otros” gruñó Ezekiel. “Todos ellos. Lysander, Torsson, Gabriel Silk. Esto tiene que ser parado. ¡Tráeme al chico Tilpin!”
“¿Joshua?” Manfred enarcó las cejas. “¿Qué puede hacer él?”
“Te sorprenderías, Manfred” dijo su bisabuelo. “Pero pronto lo averiguarás. Ahora, desaparecer de mi vista, los dos.”
Manfred se negaba a ser tratado como un niño. Se merecía algo mejor. Con el ceño fruncido bajó por los muchos corredores y escaleras que llevaban a las habitaciones de su bisabuelo mientras Asa arrastraba los pies detrás de él, lloriqueando.
“¿Para qué querrá a Tilpin?” se quejó Asa. “No puede hacer nada. Es demasiado pequeño y no tiene experiencia.”
“Sabemos que tiene magnetismo” respondió Manfred. “Supongo que dependerá de qué haga con él. Puede ser interesante.”
“¡Hmff!” resopló Asa.
Manfred atrapó a Joshua justo cuando estaba saliendo del vestuario verde. La asamblea había terminado y los niños tenían que ir a sus primeras clases.
“El señor Ezekiel quiere verte” dijo Manfred, agarrando al pequeño niño del hombro.
“¿Oh?” Joshua le dedicó a Manfred una de sus extraordinarias sonrisas con sus dientes separados, y una vez más, Manfred sintió un peculiar hormigueo que le hizo devolverle una sonrisa al niño incluso cuando momentos atrás, sonreír era lo último que le pasaba por la mente.
“¿Sabes dónde encontrar la habitación del señor Ezekiel?” le preguntó Manfred amablemente.
“Sí señor. Está en el ala oeste, justo en lo más alto.”
“Buen chico. Vete entonces. Y será mejor que te des prisa.”
“Sí señor.”
Era muy gratificante ser llamado señor. Manfred mantuvo su sonrisa en cada paso que daba a través del gran recibidor, pero se desvaneció abruptamente cuando patinó en una piel de manzana y casi perdió el equilibrio.
“¡AAAAAARGH!! Rugió Manfred.
El recibidor estaba ahora vacío exceptuando al doctor Saltweather, quien estaba bajando lentamente las escaleras principales con un periódico debajo del brazo y una desconcertada expresión en su cara.
“Es esa chica, Vertigo, de nuevo” le gritó Manfred al doctor Saltweather “Está dejando pieles de manzana por todo el lugar. Hay que hacer algo al respecto.”
“No es de mi departamento” murmuró el doctor Saltweather. “Soy el jefe de música.” Se alejó paseando luciendo aún más agitado que antes.
Manfred soltó un gemido de irritación y se dirigió a su oficina.
El doctor Saltweather estaba ahora caminando por el corredor de los retratos. Estaba tan preocupado que se había olvidado de a dónde estaba yendo supuestamente. En su periódico había un alarmante artículo. Dos personas habían desaparecido de una pequeña ciudad del nordeste. Normalmente esta clase de noticias habrían causado pequeño revuelo de preocupación: tenía esa clase de corazón al que le incluso la más pequeña desgracia ajena le afectaba. Pero las noticias de hoy eran aún más inquietantes.
Los dos hombres en cuestión eran un director llamado Tantalus Wright y un cartero cuyo nombre era Vincent Ebony. Esto podía ser una coincidencia, por supuesto, pero eran los peculiares hábitos de aquellos hombres lo que habían causado que el doctor Saltweather encontrara esas desapariciones demasiado siniestras para ser mera coincidencia. La especialidad del director era Historia Medieval y sufría narcolepsia. En otras palabras, caía dormido sin ningún aviso en los sitios más inusuales, causando la alegría de muchos de sus alumnos.
El doctor Saltweather abrió el periódico y releyó el pequeño artículo de la última página. “El señor Vincent Ebony es un hombre alegre con un gran sentido del humor. Se ríe inmediatamente en las bromas más tontas y se le suele escuchar cantando “Gershwin Bess, eres ahora mi mujer”. La esposa del señor Ebony, Bess, estaba demasiado afectada para hacer comentarios.”
Los dos hombres habían desaparecido a finales de agosto en las cercanías de la ciudad de Yorwynde. Tantalus Wright, un ávido excursionista, nunca había vuelto de su domingo de caminata y la camioneta de Vincent Ebony había sido hallada abandonada al borde de un pequeño bosque. No había señales del cartero. Los dos hombres habían estado desaparecidos durante tres semanas.
“¡No puede ser! ¿Cómo podría ser?, ¿dos en uno? ¡dos en uno!” el doctor Saltweather deambuló, sacudiendo su cabeza. Seguramente no podría discutir el asunto el director, ya que había sido el doctor Bloor el que había insistido en la designación de Tantalus Ebony. Era difícil saber quién era quién en la Academia Bloor – o quién era qué, cuando llegaba el caso.
“¡Buenos días!” la Cocinera pasó barriendo al lado del doctor Saltweather por el oscuro corredor. “Parece preocupado, doctor.”
“Sí” el doctor Saltweather se giró rápidamente y miró a la Cocinera apresurarse por el pasillo. Se dio cuenta de que ella era una persona en la que podía confiar. No había ninguna duda en su mente de que la Cocinera estaba en el lado de los buenos, aunque apenas sabía que quería decir aquello.
“¡Cocinera!” la llamó el doctor Saltweather suavemente. “¿Podríamos hablar?”
La Cocinera miró a su alrededor, sorprendida por el tono furtivo del doctor. “Por supuesto, doctor.” Volvió andando hacia él.
El doctor Saltweather alisó la última página de su periódico y lo se lo entregó a la Cocinera, señalando la pequeña columna cerca del final. “¿Qué opina de esto?”
La Cocinera leyó rápidamente el artículo y jadeó. “¿Qué qué opino?” dijo trémulamente. “Opino que significa problemas, doctor Saltweather. Un problema muy gordo, especialmente para algunas personas de esta ciudad.”
“¿Cómo quiénes?” el doctor estaba intrigado.
“Como Charlie Bone y su tío” dijo la Cocinera.
“Ah” el doctor Saltweather  se acarició la barbilla. “Charlie no estaba en la asamblea esta mañana, al igual que el pequeño Billy Raven.”
‘’He oído algo sobre el tema” dijo la Cocinera “pero esto” – ella golpeó el periódico – “esto es extremadamente serio. Tengo que hacer una llamada inmediatamente”
“Pero, Cocinera, ¿cómo puede ser posible?” preguntó el doctor Saltweather, más agitado que nunca. “Dos personas en una, ¿cómo ha podido pasar?”
“Créeme, eso puede hacer esa clase de cosas” dijo la Cocinera, volviendo por donde había venido.
“¿ESO?” exclamó el doctor Saltweather.
“Sí, ESO” replicó la Cocinera, corriendo aún más rápido. “Se lo explicaré en otro momento. Pero ahora mismo, tengo que hacer una llamada. Gracias doctor, gracias. Tenemos razones para estar muy, muy agradecidos por esta información.” Su voz dejó de escucharse cuando giró en la esquina.
El doctor Saltweather recordó súbitamente de que debería estar en una reunión en la sala de los instrumentos de viento, con el señor Paltry y Tantalus Ebony. El jefe de música llegaba tarde, pero cuando llegó a la habitación de Viento, Tantalus Ebony no estaba ahí.
“No está en el colegio” dijo el anciano señor Paltry, limpiándose los dientes con un palillo. “¿No se dio cuenta? No fue a la asamblea.”
“No, no me di cuenta” el doctor Saltweather se sintió tonto, ansioso y confuso, todo al mismo tiempo. “Desearía que usted no fumara” le dijo al viejo flautista. “Da un mal ejemplo.”
“Yo no fumo” el señor Paltry deslizó el palillo en su bolsillo.
“Puedo olerlo, Reginald” dijo Saltweather. “No es de extrañar que esté usted falto de aliento últimamente” Dio un suspiro de irritación. “Será mejor que nos las arreglemos sin el señor Ebony.”
Una Cocinera sin aliento entró corriendo en la cocina y levantó el auricular de un teléfono situado en la pared junto a la puerta giratoria. Los trabajadores de la cocina estaban charlando en la parte de atrás y la Cocinera no tuvo miedo de ser escuchada. Marcó rápidamente y esperó a que escucharan el teléfono en el número nueve de la calle Filbert.
“¿Sí?” dijo una voz irritada.
La Cocinera agravó su voz, y hablando como un hombre viejo, dijo “Me gustaría hablar con el señor Paton Yewbeam.”
“No está aquí” dijo la abuela Bone.
“La señora Jones, entonces” dijo la Cocinera “Ella servirá.”
“¿De qué se trata?” demandó la abuela Bone.
“Eh…es la tintorería…”
“¿No será sobre mi mejor abrigo? El negro con el cuello de terciopelo” esto fue gritado tan fuerte que la Cocinera tuvo que alejar el auricular de su oreja.
“No, no. El artículo en cuestión es rojo y…”
“¡Maisie, teléfono! Tu ropa está en problemas”  el auricular fue dejado en la mesa y la Cocinera oyó pisadas corriendo en un suelo de baldosas. Momentos después, la voz ansiosa de Maisie dijo “¿Sí? ¿qué ha pasado?”
“Maisie, soy yo, la Cocinera. Pero no des muestras de ello” dijo la Cocinera con su voz normal. “Quiero hablar con el señor Yewbeam, pero aparentemente ha salido.”
“No solo ha salido” dijo Maisie, bajando la voz. “Ha desaparecido. Amy y yo estamos muy preocupadas. Tenía noticias acerca de Charlie, y entonces él y… y, ya sabes, ese señor Crowquill se fueron muy pronto esta mañana.”
“Querida, oh querida” la Cocinera no sabía qué pensar de todo esto. “¿Tienes alguna idea de a dónde han ido?”
Maisie puso su boca justo encima del auricular y susurró “Al Castillo de los Espejos.”
“De mal en peor. Tengo el temor de que alguien más se dirija hacia ahí ahora mismo. ¿Tienes alguna manera de contactar con el señor Yewbeam?”
“Ninguna” dijo Maisie. “Ha dejado atrás su teléfono móvil.”
Una voz detrás de Maisie preguntó “¿Por qué estás cuchicheando con la tintorería?”
“No lo hacía. Perdí mi voz, ha habido una tragedia con la chaqueta roja” La voz de Maisie se volvió tan baja que la Cocinera no pudo escucharla, pero de repente volvió. “Muchísimas gracias por informarme” le dijo a la Cocinera. “Iré a recoger lo que queda de ella más tarde. Adiós.”
La Cocinera colgó el auricular. “Nada puede hacerse” murmuró.
“Yo creo que se puede hacer mucho” Uno de los asistentes de la cocina llegó hasta la Cocinera portando una bandeja de pasteles quemados. “Tendremos que hornear unos más.”
“Tú tendrás que hacer unos cuantos más” replicó la Cocinera. “Yo no los he quemado.”
Fidelio Gunn se ponía más nervioso con cada segundo que pasaba. Gabriel le había susurrado algo en la asamblea pero apenas había entendido lo que le había dicho. Las únicas palabras que había comprendido fueron “Charlie…un castillo…y Billy Raven” Fidelio no podía imaginarse qué le había pasado a Charlie. No era común en su amigo escaparse a algún lugar sin decírselo a él.
“Fidelio, no te estás concentrando” dijo la señorita Chrystal, quien le estaba acompañando con el piano.
Fidelio bajó el volumen de su violín y estudió la partitura que había en el estrado delante de él. “Lo siento, señorita Chrystal, me he perdido.”
“¿Cuál es el problema?” la señorita Chrystal giró en el taburete de música. “Tocaste esta pieza casi perfecta la semana pasada.”
La señorita Chrystal era una profesora muy joven. Tenía el pelo rubio y la clase de rasgos que prácticamente invitaban a los niños a confiar en ella. Ella guardaba sus secretos y nunca había sido conocida por traicionar a ninguno de ellos.
“Estoy preocupado por mejor amigo” confesó Fidelio.
“¿Charlie Bone?”
“Sí. No está en el colegio y no sé qué ha pasado con él.”
“Quizás el doctor Saltweather ha escuchado algo sobre el tema. Investigaré un poco y te haré saber mis descubrimientos durante el recreo de la comida, ¿te parece?” la señorita Chrystal sonrió envalentonando al chico.
“Gracias señorita Chrystal” Fidelio colocó su violín bajo la barbilla y se preparó para volver a tocar.
La lección no fue precisamente un éxito, y tan pronto como sonó la campana, salió corriendo de una manera un tanto ruda y se dirigió hacia el guardarropa para colgar su capa. Estaba a punto de salir al exterior cuando vio a Dorcas Loom acercándose a la puerta de la Torre de Música. Llevaba una capa azul doblada bajo su brazo.
Fidelio sospechaba de ella. “¿Qué es eso Dorcas?” le preguntó.
La niña gruñó levemente “Oh, es la del señor Pilgrim” dijo, recobrando la compostura. “Fue encontrada en la biblioteca así que la llevo de vuelta a su clase de música.”
“Pero el señor Pilgrim se ha ido.”
Dorcas se encogió de hombros “¡Y qué!”
“Que…” Fidelio dudó. La expresión maliciosa de Dorcas le asustaba. Tenía una reputación por embrujar ropas. ¿Podría haber hecho algo con la capa azul?
“Da igual” Fidelio salió al jardín.
Gabriel no estaba por ninguna parte, pero Fidelio descubrió a Tancred hablando con el niño nuevo, Joshua Tilpin. Fidelio corrió hacia ellos. “Tancred, ¿puedo hablar contigo un momento en privado?” El chico clavó su mirada en Joshua.
Tancred palmeó el hombro de Joshua y dijo, “Hasta luego Josh. Y gracias por encontrar el libro.”
Joshua le sonrió a Tancred. “Cuando quieras, Tancred. Nos vemos luego.” El pequeño chico se fue paseando con aquellas piernas que parecían incapaces de soportar siquiera el peso de un pájaro, dejando solos a los chicos.
“Es raro” remarcó Fidelio enarcando las cejas.
“No tanto” dijo Tancred. “Es un buen chico. Muy útil.”
Fidelio cambió de tema. “Me preguntaba si tú sabías lo que le había pasado a Charlie.”
“De hecho, lo sé. Caminemos un poco.”
Fidelio siguió a Tancred hacia las murallas del castillo, donde encontró a Emma y a Olivia sentadas en lo alto de un gran montículo. Olivia parecía tener una reserva interminable de manzanas, porque ahí estaba una vez más, pelando otra manzana con el pequeño cuchillo de plata que llevaba a todas partes. Emma observaba a su amiga con un ceño fruncido que ya estaba haciendo permanente.
“Estas dos saben qué ha pasado”  dijo Tancred, sentándose en uno de los escalones más bajos.
“Siempre soy el último en enterarme de lo que pasa últimamente” Fidelio se sentó en uno de los escalones del medio.
“Eso es porque no estás dotado” dijo Olivia. “Yo tampoco lo estoy. Y no quiero estarlo.”
Fidelio la ignoró. “Tancred, por favor, dímelo ¿a dónde se ha ido Charlie?”
Tancred respiró profundamente antes de empezar. “Empezaré por la mañana del domingo, cuando Billy Raven se escapó de sus nuevos padres” y comenzó a contarle todo a Fidelio.
“¡Vaya!” Fidelio fijó su mirada en las brillantes paredes rojas. “Esa es la causa de todo aquel caos. Me despertó. Perros ladrando, coches estrellándose, sirenas de policía, truenos – eso fuiste tú, supongo” le dijo a Tancred.
“¡Culpable!” Tancred alzó su mano con una sonrisa. “Pero Sander salvó el día. Si no fuera por él, no creo que yo estuviera aquí ahora.”
Podían ver a Lysander discutiendo con Asa Pike al otro lado del campo de juego, y Tancred dijo “Asa está molestando un montón a Sander hoy. Primero, dijo que la corbata de Sander no estaba recta, luego dijo que estaba siendo demasiado ruidoso cuando no lo era y ahora míralos.”
“Tengo un mal presentimiento sobre hoy” dijo Emma en voz baja.
Fidelio sabía a qué se refería. Quizás tenía algo que ver con la ausencia de Charlie. “¿Qué es todo eso del Castillo de los Espejos?” preguntó.
“Mi tía leyó sobre él en un libro” dijo Emma. “Cientos de años atrás, uno de los hijos de Rey Rojo le prendió fuego al castillo, con la familia de su hermano todavía dentro. Pero uno de ellos escapó, y ese fue el ancestro de Billy. Las paredes del castillo se convirtieron en cristal brillante. ¡Imagínatelo!”
“Y Charlie piensa que encontrará a su padre ahí” añadió Tancred.
Olivia saltó súbitamente y lanzó su manzana a los arbustos. “Desearía que Charlie estuviera aquí” dijo, mientras se alejaba andando de ellos.
Fidelio se sentía de la misma manera.
Aquella noche, la atmósfera en el Salón del Rey era especialmente hostil. Era una hostilidad que corría por los huesos de los niños, y Emma no podía parar de temblar. Temblaba tanto que su bolígrafo se le caía constantemente de la mano. La tercera vez que se le cayó, el bolígrafo rodó por la mesa, y Emma estaba segura que Inez o Idith lo habían empujado. Las gemelas continuaban mirando a Emma con sus rasgados ojos azules de muñeca china, y apenas podía concentrarse con ellas observándola.
Joshua Tilpin, que se había sentado en el asiento vacío de Charlie al lado de Emma, se inclinó sobre la mesa, cogió su bolígrafo y se lo devolvió. Le dedicó una pequeña sonrisa que la obligó a devolverle la sonrisa. Pero Joshua quería más que una sonrisa, quería que ella volara. Súbitamente, Emma se imaginó a ella misma convertida en un gran halcón, planeando sobre sus amigos, atacando sus cabezas, sus manos…¿Pero por qué haría ella algo tan terrible? Apartó su mirada de Joshua, le daba escalofríos.
Gabriel, sentado al otro lado de Emma, le susurró. “¿Estás bien, Em?”
Emma asintió.
“¡Silencio!” dijo Manfred. “No se puede susurrar.”
Inez e Idith dirigieron su fría mirada hacia Gabriel, los ojos amarillos de Asa se entrecerraron y Dorcas Loom soltó una molesta risita.
Emma miró hacia su lado. Gabriel, Tancred y Lysander estaban inclinados sobre sus libros. Sus brillantes ceños fruncidos la hacían sentir aún peor.
Cuando los deberes se terminaron, los niños dotados empezaron a salir en fila del Salón del Rey encabezados por Manfred. Emma esperó a Gabriel, a quien le estaba llevando más tiempo de lo normal recoger las cosas. Lo mismo le pasaba a Tancred y a Lysander. Los libros se les caían, otros no querían cerrarse. Los lápices se alejaban rodando y el papel se iba flotando de sus manos.
“Algo malo está pasando” dijo Emma.
“Y que lo digas” gruñó Lysander.
“Estamos en desventaja” dijo Gabriel. “Cuatro contra cinco, seis, si contamos a Manfred.”
Los tres chicos se las arreglaron para guardar todo al fin, y Emma salió con ellos en dirección a los dormitorios. Cuando estaban cruzando el pasillo, Gabriel se giró y se alejó corriendo del grupo en dirección al recibidor.
“¿A dónde vas Gabe?” gritó Lysander. “¡La ama de llaves te pillará!”
“Tengo permitido practicar durante media hora en la Torre de Música” dijo Gabriel. “El señor Ebony me dio un permiso especial el viernes.” Sacó una nota de su bolsillo. “Así que la ama de llaves tendrá que admitirlo.”
Esto hizo aparecer una sonrisa en el rostro de sus amigos, pero todos se sentían inexplicablemente inquietos mientras veían a Gabriel cruzar el recibidor hacia la puerta de la Torre de Música.
Gabriel también tenía un presentimiento, pero adoraba practicar en el gran piano, y era precisamente a causa de aquel sentimiento de que algo malo se avecinaba que apenas podía esperar a perderse en la música.
Era una larga subida hasta lo alto de la torre, y cuando Gabriel llegó a la habitación de música, tuvo que sentarse en un taburete para recobrar el aliento. Mientras se acercaba a la tapa del piano, notó una capa azul en una silla al lado de la ventana. Seguramente había sido la del señor Pilgrim. Gabriel siempre había sido muy cercano al señor Pilgrim. El extraño profesor era un brillante pianista, y aunque apenas hablaba, Gabriel siempre había contado con la cálida aprobación del señor Pilgrim.
¿Dónde estaba el profesor de piano ahora?, ¿qué había pasado con él? Gabriel raramente usaba su don. Podría dañarse a sí mismo si se pusiera las ropas de alguien que hubiera sufrido dolor o tortura. Pero en esta ocasión la curiosidad de Gabriel pudo más que él y se sintió impulsado a ponerse la capa.
Tan pronto como se colocó la capa sobre su cabeza, la realidad se empezó a desvanecer y Gabriel se vio prisionero en una oscuridad extremadamente profunda y sombría de la que no podía escapar. Intentó quitarse la capa pero sus brazos eran inútiles, y se vio obligado a enfrentarse al horror hasta que cayó sin sentido en el suelo.