Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

viernes, 24 de junio de 2016

Librería abierta

Después de un parón de varios años, en los que mi compañera y yo nos hemos dedicado principalmente a nuestras carreras, hemos decidido volver. Sin embargo no volvemos sin más.

Habrá mejoras, o al menos eso esperamos.

En primer lugar; Sí, acabaremos el libro 5 y ¿quién sabe? si todo va bien continuaremos.

En segundo lugar subiremos el libro 4 en pdf así como el 5 para que lo podáis descargar y leer a gusto.

Muchas gracias por vuestro apoyo pasado y futuro.
Cova & Soah

sábado, 17 de agosto de 2013

Capítulo 12: Los diarios de Bartholomew

El tío Paton insistió en tomar una ruta que evitaría cualquier semáforo. Había habido casos en los que, con una simple mirada, una luz roja se había convertido en una lluvia de cristales. A Charlie le resultaba difícil ser paciente. Siguió lanzando preguntas a su tío, que parecía no tener respuestas, aunque sabía que la invitación de Amy había venido de Kingdom's, la tienda que había proporcionado los langostinos fatales.

Tal vez están intentando hacer las paces con ella, por el accidente de Maisie— sugirió Charlie. El tío Paton negó con la cabeza.

—El problema de Maisie no fue un accidente. La idea era dejarme fuera de combate.  Y el comportamiento de tu madre en estos últimos días me lleva a creer que esta invitación es para ella mucho más que una simple indemnización. Está radiante.

— ¿Radiante?— Charlie nunca había oído esa palabra aplicada a su madre.

En un minuto verás lo que quiero decirPaton se detuvo ante el número nueve. —Tu madre no ha ido al trabajo hoy.

Charlie salió del coche y subió los escalones antes de que su tío apagara el motor del coche. Tan pronto como llegó al salón, Charlie gritó — ¡Mamá! ¡Mamá!— todo lo alto que permitía su voz.

La abuela Bone salió de la cocina y  ladró — ¡Silencio! Estás demasiado mayor como para llamar a tu madre de esa manera.

Quiero que sepa que he llegado— dijo Charlie, saltando por las escaleras antes de que su abuela pudiera detenerlo.

Encontró a su madre en su pequeña habitación en la segunda planta de la casa. El vestido de fiesta fue lo primero que vio cuando abrió la puerta. Estaba colgado en la puerta del armario, era de un profundo y reluciente azul, con tirantes finos, cintura estrecha y una larga falda resplandeciente.

— ¿Te gusta, Charlie?— Amy Bone levantó la vista de su tocador. Su cabello estaba diferente. Era brillante y suave, con mechas de un rubio más claro.

—Mamá, ¿por qué vas al baile?— preguntó Charlie.

—Charlie, no te pongas tan serio— el nuevo y radiante rostro de Amy Bone le sonreía  desde el espejo —Quiero pasar un buen rato. Quiero salir y brillar de nuevo—  La mujer resplandecía y brillaba, y no era la misma de siempre en absoluto.

Charlie tragó saliva y le preguntó — ¿Con  quién vas a ir?  

—Con el señor Noble, es el nuevo propietario de Kingdom's. Es un buen hombre. Deberías ser igual que él, Charlie.

— ¿Igual que él? ¿Por qué debería hacerlo?

—Es bueno para mí, Charlie. ¿Eso no significa nada para ti? Él me hace sentir especial— su voz adoptó un tono soñador —Utiliza unas palabras tan maravillosas.

Charlie fue hasta el vestido azul y tocó el material resbaladizo. El vestido se sentía embrujado. — ¿Ha hecho la tía Venetia este vestido?

—Oh, Charlie, por supuesto que no. Lo compré en Kingdom's. Yo misma observé a la chica cuando lo doblaba.

—Debe haber costado un pastón— murmuró Charlie.

—Fue un regalo— dijo su madre con timidez.

“Una trampa, más bien” pensó Charlie. —No  puedes dejar a Maisie— le espetó. —Está toda congelada. Dijiste que no podrías hacer nada con ella en ese estado.

—No seas tonto, Charlie. El tío Paton estará aquí si Maisie se descongela. Si no puedes decir nada bueno, será mejor que te vayas.

Las manos de Charlie cayeron a su costado, sentía que estaba perdiendo la batalla. No sabía qué armas usar contra el hombre que le estaba robando a su madre con palabras maravillosas. El niño salió de la habitación y cerró la puerta.

En su camino hacia las escaleras, Charlie fue a echarle un vistazo a Maisie. Todavía estaba tumbada en la bañera. Alguien le había puesto un antifaz para dormir sobre sus ojos que hacía que pareciera más un ladrón que una abuelita helada. Excepto por el jersey de color rosa.

Supongo que tienes hambre— dijo la abuela Bone cuando Charlie entró en la cocina.

—No, gracias, acabo de comer— respondió Charlie.

—No te estaba ofreciendo, me lo estaba preguntando a mí— dijo su  abuela, sin levantar la vista de su periódico.

Charlie suspiró. ¿La cesta vino?—  preguntó.

—Por supuesto. Paton no tocó nada, el muy tonto. Estaba todo exquisito— la abuela Bone chasqueó los labios. 

Así que, ¿no queda  nada? 

—Ni una migaja.

Charlie suspiró de nuevo. Subió las escaleras y llamó a la puerta de su tío.

—Adelante, querido muchacho, entra— le llamó el tío Paton.Charlie entró y se sentó en el borde de la terriblemente desordenada cama de su tío, mientras Paton metía unos papeles en un cajón de su escritorio.

—Tenías razón, tío Paton— dijo Charlie miserablemente. —Mamá está más que resplandeciente. Creo que ha sido hechizada de alguna forma.

¡Yo también!— Paton se acercó zumbando en su silla giratoria y miró fijamente a Charlie.Pero mira, querido muchacho, no todo es pesimismo y fatalidad. Tenemos noticias para ti.

— ¿Buenas noticias?— preguntó Charlie, esperanzado.

—Interesantes, por lo menos— le respondió su tío —Cuando nuestras elegantes damas se hayan ido al baile, la señorita Ingledew vendrá aquí y se unirá a nosotros para la cena. Emma se queda con los Vertigo, al parecer. Julia tiene un paquete de aspecto intrigante para ti, y ambos nos estamos muriendo por saber lo que hay en él.

— ¿Para mí?— Charlie estaba perplejo. Su tío no pudo decirle nada más, así que se fue a su habitación y deshizo la maleta. La polilla blanca bajó volando desde lo alto de la cortina y se posó en su hombro. Charlie sintió que era su manera de saludarlo.

El tiempo pasaba muy lentamente. Charlie pensó en visitar a Benjamín, pero se sentía incómodo en el número doce, sobre todo sabiendo que los Browns eran espías. Benjamín tendría que venir a él.

A las siete en punto, la puerta de la abuela Bone se abrió y la mujer bajó las escaleras con su vestido crujiendo y susurrando a cada paso que daba. La puerta principal se cerró de golpe y Charlie miró por la ventana de su habitación. Debajo de él, la abuela Bone y dos de sus tías abuelas, Eustacia y Venetia, formaron un corrillo mientras hablaban en voz baja. Todas llevaban largas capas oscuras, pero la de Venetia tenía  un aspecto particularmente viscoso. Resplandecía como el rastro de una babosa.

Las tres hermanas se subieron al coche de Eustacia, y al minuto siguiente, este se puso en marcha, rugiendo por la calle Filbert. Unos segundos después se oyó un crujido de seda fuera de la habitación de Charlie. La puerta se abrió y una mujer dio un paso dentro. Charlie apenas la reconoció. ¿De verdad era esa hermosa mujer vestida de azul su madre?

¿Cómo estoy?— le preguntó.

La mirada de Charlie recorrió sus brazos pálidos y desnudos. Una ancha pulsera de plata rodeaba su muñeca izquierda, pero su anillo de diamantes ya no estaba. Charlie se estremeció. Nunca había visto a su madre sin su anillo. Nunca.

— ¡Tu anillo!la miró a la cara.

— ¿Mi anillo? Oh, me lo quité. No quiero llamar tanto la atención, ¿verdad?— la mujer soltó una risita divertida.

—Pero, mamá...

Buenas noches, Charlie— de pronto, su madre se inclinó hacia delante y lo besó en la mejilla, y Charlie se vio envuelto en un aroma que le era completamente desconocido.  Durante unos minutos, se quedó de pie como aturdido, y luego se precipitó escaleras abajo tras su madre. Alguien ya estaba tocando el timbre, y Amy Bone salió de la casa sin mirar atrás. Un hombre en uniforme negro cerró la puerta detrás de ella.

— ¡Mamá!Charlie giró la llave para abrir la puerta, justo a tiempo para ver a su madre entrar en la parte de atrás de una larga limusina dorada. Tenía ventanas oscuras, ahumadas, y él no podía ver a través de ellas. El hombre de negro, un chofer, sin duda alguna, le dedicó a Charlie una mirada desagradable, y luego se metió en el asiento del conductor. La limusina dorada se alejó, tan silenciosa como una serpiente.

No te quedes en el frío, querido muchacho— el tío Paton se acercó por detrás de Charlie.

—Tío Paton, ¿has visto a mi madre?

—No, lo siento, me lo perdí ¿Estaba guapa?— el tío Paton empujó a Charlie a un lado y cerró la puerta.

—Sí— dijo Charlie lentamente. —Pero se había quitado el anillo.

Hmmm. ¿Qué significa eso?, me pregunto. Vamos, ayúdame a poner la mesa para Julia, estará aquí en cualquier momento.

Entraron en la cocina, en la que el tío Paton ya había puesto velas en todas las superficies disponibles.  Charlie puso los cuchillos, tenedores y cucharas, mientras el tío Paton se ocupó de los vasos. Del horno salía un olor delicioso, y para cuando llegó la señorita Ingledew, Charlie se sentía tan hambriento, que se habría comido tres de las galletas favoritas de la abuela Bone.

El paquete de papel marrón que la señorita Ingledew había traído parecía  ciertamente interesante. Estaba atado con una cuerda y sellado con mucho lacre, Charlie no sabía por dónde empezar a desatarlo. Su nombre estaba impreso en grandes letras mayúsculas justo encima de la dirección de la señorita Ingledew.

—Me lo entregaron en la mano— el explicó la señorita Ingledew a Charlie —Fue una mujer asiática de aspecto nervioso. De edad bastante avanzada.

— ¡Meng!— Charlie casi dejó caer el paquete.

— ¿Meng?— dijo su tío. ¿Conoces a esta mujer?— Charlie dudó. Al pronunciar el nombre de Meng, había roto la mitad de su promesa a Bartholomew. Pero, sin duda, de todas las personas en el mundo, el tío Paton y la señorita Ingledew eran las más dignas de confianza. Así que se sentó con el paquete en su regazo y les contó todo sobre su visita al desierto y, en buena medida, añadió el relato de lo que había oído durante la Cena de las Cien Cabezas.

—No me gusta como suena eso— dijo la señorita Ingledew cuando terminó. —Me preocupáis,  todos estáis en las manos de esas horribles personas.

El tío Paton no parecía tan preocupado. — ¡El padre del doctor Bloor está de vuelta!— exclamó. Bueno, yo nunca…

Le prometí que no se lo contaría a nadie— le interrumpió Charlie, desgarrando el papel marrón —No quiere que nadie lo sepa.

—Y no le culpo. Tuvo una mala relación con Ezekiel, su padre, y nunca se llevó bien con su hijo. Y entonces murió María— Paton sacudió la cabeza. —Pobre Barty.

—Conoció a mi padre— dijo Charlie.

—Lo hizo, en efectoPaton le pasó a Charlie un cuchillo de cocina. —Se fueron de escalada juntos, justo un año antes de que Lyell desapareciera.

Charlie utilizó el cuchillo en el último trozo de cuerda y el papel marrón se deslizó hasta el suelo, junto con varios libros pequeños. Charlie los recogió. Maltratados y manchados por el tiempo, cada uno de ellos había sido encuadernado con una delgada tira de cuero para mantener juntas las sueltas y ligeras páginas.

—Diarios— declaró la señorita Ingledew. —Mira, todos tienen los años impresos en la portada. Cinco años en cada libro. Qué fascinante.

— ¿Diarios?— preguntó Charlie. — ¿Por qué me los ha enviado a mí?

El tío Paton aconsejó que se comieran primero su comida especialmente preparada antes de examinar los diarios de Bartholomew. Pato asado, chirivía asada, patatas, zanahorias, y guisantes rápidamente aparecieron sobre la mesa, seguidos de un pudín de piña que se derretía en la boca. El tío Paton estaba obviamente intentando impresionar a su invitada.

Tan pronto como los platos hubieron sido retirados, Charlie puso los diarios sobre la mesa y desató el cordón de cuero del primero. Cuando abrió el libro, encontró una carta escondida en su interior.

   “Querido Charlie” leyó,

“Pensé que debías saber a lo que te estabas enfrentando. Tú hablaste de ‘la sombra’, y yo me he acordado de su nombre al fin. En estos diarios he marcado los lugares en los que se menciona... Harken Badlock.

Como podrás ver, viajé extensamente antes de establecerme en China. En casi todos los países que visité, me encontré con historias del Rey Rojo. Yo las ponía por escrito, y algún día, tú tendrás tiempo para leerlas todas. Pero ahora, debes concentrarte en aquellas que conciernen a ‘la sombra’. Se la conoce por muchos nombres diferentes, pero aquí, en Europa, es el Conde Harken Badlock.

Cuando hayas unido las piezas y sepas los verdaderos hechos de la sombra,  sabrás que el conde es un cazador y un asesino. Roba las almas y rompe los corazones. Cada criatura que se cruza en su camino ha sufrido por ello.

En algún lugar de estos libros hay un hechizo que puede derrotarlo. Lo escribí en el idioma de su creador, y creo que te conducirá al Rey Rojo. Pero tú podrías necesitar ayuda para entenderlo.

Ten cuidado, amigo mío, y no tengas miedo.

   Bartholomew”

La señorita Ingledew cogió la carta mientras esta caía de las manos de Charlie. —No debería haber escrito esas cosas— dijo ella, enfadada —Ha dejado a Charlie medio muerto del susto.

—Yo tenía que saberlo— afirmó Charlie.

El tío Paton se rascó la cabeza. Vamos a echarles un vistazo— recogió los diarios. Cada uno tenía varios marcadores de delgado cuero colgando fuera de ellos. —Empecemos con 1965.

Una ráfaga de nieve revoloteó delante de la ventana y la señorita Ingledew cerró las cortinas. El tío Paton trajo otra vela a la mesa y los tres colocaron sus sillas lo más juntas posibles, para que todos pudieran leer los enrevesados y manchados diarios de viajes de Bartholomew Bloor. Apenas pronunciaron palabra, solo hablaban para pedir que se pasara de página, o para exclamar por alguna atrocidad increíble. La noche se hizo más fría y las velas se desgastaron, convirtiéndose en parpadeantes restos de cera. El tío Paton se levantó y fue a buscar velas nuevas a un cajón.

Siguieron leyendo, estaban totalmente fascinados por las aventuras que habían conducido a Bartholomew a destapar las historias de ‘la sombra’. Parecía que había visitado casi todos los países de Europa, Asia y África, pero fue en su trayecto por Italia  donde encontró el verdadero origen del retrato del Rey Rojo.

Un tal Luigi Salutati había heredado el manto rojo del rey de su antepasado la princesa Guanhamara.

Luigi era pintor y, en algún momento del siglo xv, había viajado a Venecia para estudiar con el gran pintor Jacopo Bellini. Una noche, solo en el estudio, Luigi se había colocado el Manto sobre sus hombros para mantener el calor. Tan pronto como lo hizo, se vio abrumado por el deseo de pintar el retrato del hombre que había estado visitándole en sueños. En aquel momento su rostro estaba tan claro para él en su mente, que era como si se encontraran en la misma habitación. Al darse cuenta de que éste debía ser su antepasado, el legendario Rey Rojo, Luigi empezó a pintar. Pero mientras trabajaba, Luigi fue consciente de una presencia hostil en la habitación, una sombra que insistía en entrar en el retrato. Por mucho que lo intentara, Luigi no pudo evitar que su pincel derivara hacia los lados, donde una sombra oscura empezó a formarse detrás de la figura del Rey. Luigi aceptó que se encontraba en poder de un malvado hechicero que estaba decidido a perseguir la memoria del Rey Rojo.

La pintura había permanecido en Venecia hasta que los descendientes de Luigi la trajeron a Gran Bretaña en el siglo xvi. Fue en aquella época cuando cambiaron su apellido por el de Silk.

—Gabrielgritó Charlie. — ¡La familia de Gabriel es la propietaria del retrato del Rey Rojo!

—Pero ya no— el tío Paton pasó el dedo por la página. — Aquí dice que la pintura fue comprada a los Silks mediante engaños, y que ahora cuelga en la Academia Bloor.

Charlie se frotó los ojos, leer a la luz de las velas no era fácil, sobre todo cuando estabas medio dormido —Eran todo mentiras— dijo —Todas esas cosas que escuché del conde Harken cuando estaba debajo de la mesa. Ellos dijeron que había venido a proteger a los hijos del rey, pero el conde sólo quiere causar problemas. Él les enseñó el asesinato y la tortura, a cazar animales hasta la extinción, justo como dijo Bartholomew.

—Igualito a lo que ponen nuestros libros, Julia— remarcó irónicamente el tío Paton —Nunca he encontrado una sola referencia a dicha persona en mi biblioteca.

Yo tampoco— dijo Julia —Debió llegar un momento en el que las personas dejaron de ver con buenos ojos a hombres como el conde. Los descendientes de los cinco hijos que tan servilmente lo siguieron probablemente decidieron dejarle fuera de sus historias.

—No la señorita Chrystal— murmuró Charlie a través de un bostezo —Ella habría escogido un nombre que hace pensar en algo bueno y bello. Su verdadero nombre es Tilpinel niño dio otro gran bostezo. —Me pregunto cuál era antes de ese.

—Es hora de que te vayas a la cama, Charlie Bone— dijo su tío —Hemos leído todo lo que Bartholomew marcó para nosotros, ahora vamos a dormir. No hay nada más que podamos hacer esta noche.

Charlie se sintió aliviado al ser enviado a la cama, sentía cómo se le cerraban los ojos. Dejó los diarios con su tío y la señorita Ingledew, les deseó buenas noches y se fue a la cama.

Al pasar por el cuarto de baño, vio a la polilla blanca revoloteando al lado de la puerta cerrada. Qué tonto había sido. La polilla era su varita, ella podría ayudarle. Abrió la puerta y entró. ¿Era su imaginación, o el estado de congelación de Maisie había avanzado un poco? Charlie levantó el antifaz hasta la frente y vio que sus ojos se habían cerrado.

—Quédate con nosotros, Maisie— susurró —Sujétate, ¡nosotros te ayudaremos!

La polilla se balanceó salvajemente alrededor de la luz y Charlie rápidamente la apagó. Ahora, la única luz provenía de las resplandecientes alas de color blanco plateado de la polilla. La pequeña criatura se posó sobre los pies de Maisie y se arrastró lentamente hacia su rostro. Cuando llegó a su barbilla, se alzó en el aire y estuvo rondando por  encima de los ojos cerrados de Maisie. De repente, se abrieron de golpe.

— ¡Maisie! — gritó Charlie. Maisie, Maisie, vuelve. Soy yo, ¡Charlie!

Ella pareció verlo y sus labios se movieron una diminuta fracción. La polilla dejó de volar y se encaramo sobre sus rizos grises. Un rubor se repartió por las mejillas de Maisie y luego, de repente, sus ojos se nublaron y una expresión de pánico apareció en su rostro. Sus párpados cayeron y la mujer pareció más congelada que nunca. Quienquiera que hubiera congelado a Maisie quería  probar que era más poderoso que Charlie y su varita juntos.

Charlie caminó penosamente hacia su cama con la polilla en su hombro. A pesar de estar agotado, sabía que no podría dormirse.

Billy Raven estaba arrodillado en el rellano por encima de la gran sala.  Bendito se agachó a su lado. Las puertas principales estaban abiertas y ráfagas de aguanieve entraban con los invitados. Billy nunca había visto tanta gente elegante al mismo tiempo. Las mujeres, en particular, parecían como si hubieran salido de cuentos de hadas. Los colores de sus vestidos de baile eran impresionantes. Incluso las tías abuelas de Charlie estaban razonablemente bien.

Hubo un silencio repentino en la conversación. Las cabezas se volvieron hacia las puertas y una pareja se adentró caminando.

Billy apretó con fuerza  la barandilla de la escalera. La mujer era la madre de Charlie, la señora Bone. La señora Bone como Billy nunca la había visto. Vestida con un traje azul que flotaba a su alrededor, parecía un deslumbrante ángel.

Un gruñido bajo latía en la garganta de Bendito. El anciano perro retrocedió, lloriqueando y temblando.

—Bendito, ¿qué pasa?— gruñó Billy en voz baja

—Hombre verde, sombra— gimoteaba Bendito.

— ¿Hombre verde?— Billy bajó la mirada hacia el pasillo. La madre de Charlie iba del brazo con un hombre vestido con un traje de terciopelo verde. Tenía una mata de pelo castaño con toques dorados, y una nariz afilada, recordaba a un halcón.

Billy retrocedió, alejándose de la luz —La sombra— dijo sin aliento. —Debo contárselo a Charlie.

Bendito gruñó —Ven conmigo, rápido.

—Sí, sí, debo hacerlo— en el momento en el que Billy se puso de pie, una voz dijo:

¿Qué estás haciendo tu aquí?— Manfred salió del pasillo.

—Yo-yo estaba sólo mirando, señor— balbuceó Billy.

Espiando, más bien— dijo Manfred con frialdad.

No. No estoy espiando. Lo prometo.

—Es una pena que ya no espíes para mí— los despiadados ojos negros de Manfred encontraron a los de Billy y los fulminó con ellos.

Los ojos rojos del albino siempre habían logrado resistir el deslumbramiento hipnotizante de Manfred, pero esta noche, Billy sintió que había algo diferente en Manfred. Su mirada había perdido el poder que solía tener. Algo había cambiado.

No te quedes ahí embobado— ladró Manfred. Vete a la cama. Y envía a ese perro sarnoso a las cocinas.

Pero Billy continuó mirando a Manfred, tratando de adivinar qué le había sucedido.
  
¿¡Qué miras!?— Manfred agarró la muñeca de Billy, se produjo un destello brillante cuando sus largos dedos presionaron la carne del niño. El pequeño albino sentía que su brazo entero estaba en llamas.

— ¡Ayyyyyyyyyyyy!— gritó Billy.

Varios de los invitados miraron hacia arriba, pero Manfred arrastró a Billy lejos del rellano y se adentró profundamente en el pasillo. Vete a la cama— murmuró entre dientes.

Manfred soltó el brazo de Billy, dejándolo en libertad, tras lo cual se dio la vuelta y se dirigió a las escaleras. Se podía oír el sonido de sus pisadas al bajarlas.

Llorando de dolor, Billy se apresuró a regresar al dormitorio. Mantuvo su brazo bajo el grifo de agua fría, pero el dolor persistía. Había cuatro verdugones de color rojo oscuro por encima de la muñeca y uno debajo de ella, donde el pulgar le había apretado la carne. El poder hipnotizante de Manfred había sido sustituido por algo incluso peor.

Billy yacía en su cama, con el brazo herido alejado del cuerpo. Bendito se subió de un salto e intentó lamerlo, pero Billy lo empujó lejos. —No es buenogruñó— Lo siento, Bendito.

—Lo siento, lo siento, lo siento— aullaba el viejo perro. La dura luz del dormitorio estaba empezando a darle dolor de cabeza a Billy, necesitaba consuelo. Levantándose con dificultad de la cama, apagó la luz y puso las cinco velas de su guardián en el alféizar de la ventana. Una llama diminuta apareció en la parte superior de cada una, y todas empezaron a arder con una luz clara y fija. Billy empezó a respirar con más facilidad. Tenía la cabeza despejada y su brazo había dejado de palpitar. En unos momentos, las furiosas marcas rojas se habían desvanecido por completo.

Charlie oyó el suave ronroneo de un motor en la calle. Se levantó de la cama y se dirigió a la ventana.

La limusina dorada estaba parando frente al número nueve. Un hombre vestido con un traje de terciopelo verde rodeó la parte posterior de la limusina y abrió la puerta más cercana al bordillo. La madre de Charlie salió al exterior, con su vestido azul brillando a la luz  de la farola. La pareja caminó hacia la casa, el brazo del hombre rodeaba los hombros de Amy Bone.

“Mamá, no dejes que te bese”, rezó Charlie en silencio.

Cuando la pareja llegó a las escaleras, el hombre inclinó la cabeza y besó a Amy Bone en los labios. Charlie sintió como si le hubieran dado un golpe, dejándole sin respiración. Cuando su madre subió hasta la puerta principal, el hombre alzó la vista y vio a Charlie en la ventana. Sonrió. Y en ese instante, Charlie supo que su madre había sido besada por un hechicero

Capítulo 11: La impactante verdad

El único sonido en la habitación provenía de los pasos que comenzaron cerca de la puerta. Afilados y ligeros, fueron realizados por una mujer con unos tacones muy altos.

Charlie estaba tan impactado, que empezó a sentirse mal. La cara de Billy, en la penumbra, estaba gris debido el miedo. Si esto había podido suceder, cualquier cosa era posible.
 
Los pasos llegaron a la plataforma y el doctor Bloor recuperó su voz al fin. —Señorita Chrystal, por favor, dé un paso al frente y cuéntanos cómo pasó todo esto.

—Gracias— hubo cuatro pisadas ligeras en los escalones que llevaban a la mesa principal.

— Que alguien le dé una silla— exigió Ezekiel.

—Prefiero estar de piedijo la señorita Chrystal.

— ¿Va a contarnos su... su historia, querida?— preguntó el doctor Bloor — ¿Y cómo ha liberado al conde? Todos estamos ansiosos por saber los detalles.

Saliendo de su estupefacto silencio, el público expresó su acuerdo con el doctor Bloor.

Por supuesto— la voz de la señorita Chrystal todavía era ligera y musical, pero toda la dulzura había desaparecido de ella. Ahora había frialdad tras sus palabras, una dura y quebradiza nota que hizo que Charlie tiritara.

Hace catorce años, yo era la chica más feliz del mundo. Estaba enamorada y pensé que el hombre al que amaba correspondía a mis sentimientos.  Pero él me rechazó y se casó con otra.  Mi corazón estaba roto, pensé que iba a morir. Finalmente, me casé con un hombre llamado Matthew Tilpin. Y tuvimos un hijo, Joshua.

En este punto, Charlie casi farfulló en voz alta. Billy apoyó cuidadosamente una mano sobre la boca abierta de Charlie.

No mucho tiempo después de que Joshua nació—  continuó la señorita Chrystal —, mi marido nos dejó. Decía que tenía miedo de nuestro bebé porque las cosas se le quedaban pegadas a Joshua, ya veis. Polvo, pelusa, insectos, pedazos de papel, y cuando lo tocaba, sus diminutas manos le aferraban. Le fue difícil alejarse. Matthew dijo que si se quedaba, un día el bebé le haría hacer algo terrible. Él ya sentía a Joshua doblando su voluntad.

—Mi madre siempre me dijo que éramos descendientes del Rey Rojo— continuó la señorita Chrystal —, y yo tenía algo de éxito con la magia cuando era una niña. Pero es inútil para asuntos del corazón, así que más bien me di por vencida. Y entonces, la Navidad pasada, mi tío abuelo murió y me dejó un cofre lleno de papeles. Algunos habían estado en la familia durante novecientos años. Gran parte eran imposibles de leer. Muchos eran tan  inútiles como garabatos, pero me hicieron descubrir que era descendiente de Lilith, la hija mayor del Rey Rojo, y su marido, el conde Harken Badlock.

Los cien cabezas se quedaron sin aliento a la vez, pero la señorita Chrystal continuó, prácticamente sin  tomar un respiro.

—Entre los papeles había un mapa en perfectas condiciones, pero muy, muy pequeño, no creeríais lo pequeño que era, es. Debió ser ignorado durante generaciones. No tengo ni idea de quién lo hizo, tal vez él mismo conde lo dibujó, debo preguntárselo—  la mujer soltó una pequeña risa. —Explicaba dónde podría encontrar el Espejo de Amoret. El espejo que traería al conde de vuelta al mundo. Tan sólo había que sostenerlo ante el retrato del Rey Rojo, de modo que la luz que se reflejara cayera sobre la sombra detrás de él y— hizo una pausa—, y así lo hice, y funcionó. ¡El conde ha vuelto!— la voz de la señorita Chrystal crepitó con entusiasmo delirante cuando dijo las últimas cuatro palabras.

—Un vaso de agua— pidió el doctor Bloor.

—Aquí, una silla— alguien empujó una silla a través del suelo.

Un murmullo de conversación se desató entre los invitados. Si Charlie y Billy hubieran querido cambiar de posición, aquel habría sido el momento perfecto, pero Charlie estaba demasiado aturdido para moverse.

La señorita Chrystal no había terminado con su público. —Tengo algo más que deciranunció. —Mi hijo, Joshua, es muy poderoso. Al igual que Charlie Bone, tiene la sangre de dos magos corriendo por sus venas. Si Charlie tiene que ser controlado, entonces Joshua puede hacerlo. En cuanto a la cuestión del padre de Charlie, el conde se asegurará de que nunca despierte— la mujer soltó una ligera risa —Oh, sí, el conde se asegurará de que Lyell Bone este perdido; perdido para siempre.

Después de un breve silencio, una voz por encima de Charlie dijo —Señorita  Chrystal, me gustaría hacerle una pregunta— Charlie tuvo la sensación de que la voz pertenecía al hombre del turbante. ¿Va a decirnos el nombre de la persona que la rechazó?

— ¿Quién crees que fue?— preguntó con frialdad —Fue Lyell Bone.

Charlie se estremecía tan violentamente que Billy tuvo que sostenerle el brazo.

—Salgamos de aquí— susurró Charlie.

De pronto, el comedor se llenó de ruido, un barullo tal que permitió que el sonido producido por los niños al avanzar frenéticamente hacia el final de la mesa pasara desapercibido. Las sillas empezaron a chirriar. La gente se levantaba y se movía. Entraron carritos con ruedas y los chicos podían oír el tintineo de la porcelana china.

— ¡Café, para todo el mundo!anunció el Dr. Bloor —Café y Delicias turcas. Por favor, tomad asiento unos minutos más.

¿Cómo vamos a salir de aquí?— susurró Billy.

Charlie se encogió de hombros, derrotado. Las puertas estaban por lo menos a dos metros de la mesa. Incluso si se arrastraban, alguien los vería. De pronto, tuvo una idea. Con la esperanza de que los camareros fueran a pasar con los carritos por el final de la mesa, esperaron fuera del alcance del último par de piernas.

Los dos carritos estaban cada vez más cerca, cada uno avanzaba a un lado de la mesa. Lo mejor que pudo, Charlie le indicó mediante gestos al niño albino que se subiera a la plataforma inferior del carro. Billy comprendió y asintió.

Por fin, los dos camareros llegaron al final de la mesa. Charlie le echó una última mirada al rostro ansioso de Billy y le sonrió alentadoramente, tras lo cual se escondió debajo de la tela roja que cubría los carros. El estante inferior estaba vacío, y el camarero estaba distraído sirviendo café. Acurrucado incómodamente en el estante, Charlie se dio cuenta de que la tela roja no lo cubría por completo. Cruzando los dedos, se quedó completamente inmóvil mientras el carro era llevado lentamente hasta el otro extremo del salón comedor. Tan pronto como estuvo a salvo al atravesar las puertas, el camarero se paró y empezó a maldecir ¿Pero qué...?— miró debajo de la tela y encontró a Charlie.

— ¡Por el amor de Dios! ¡Un niño! exclamó el camarero, un hombre joven con la cara ligeramente llena de granos. — ¿Qué estás haciendo aquí?

—Estoy castigado y me aburría— respondió Charlie, rogando por que el joven fuera un tipo simpático.

El joven se echó a reír —Apuesto a que así era. Ahora, ¿te importaría bajarte de mi carro? La espalda me ha estado doliendo  horriblemente, y tu presencia solo lo empeora.

—Por favor, ¿no me puedes dejar un poco más lejos?le rogó Charlie —Solo hasta las cocinas.

— ¿Estás bromeando? He estado trabajando desde las seis de la mañana.
 
—Solo hasta que pasemos cocina verde, entonces— pidió Charlie. No quiero que la señora Weedon me atrape.

—Entiendo tu punto. Muy bien, agárrate fuerte.
 
Charlie apretó los dientes al pasar a través del dominio de la señora Weedon. Podía ver la mitad inferior de su cuerpo a lo largo de toda la cocina, avanzando por las nubes de vapor junto a los grandes fregaderos. Y entonces, se encontró en la siguiente parte de las cocinas, detrás de la cafetería de drama. El camarero llevó a Charlie a través de la cafetería y hasta el pasillo —Ahora, lárgate— dijo el camarero— O pronto estaré tan castigado como tú.

Charlie rodó fuera del carro, dándole las gracias al camarero profusamente. —Tengo un amigo que está... empezó a decir, pero el camarero ya se había ido.

Con la esperanza de que Billy también estuviera en manos tan simpáticas, Charlie corrió escaleras arriba y a lo largo de los oscuros pasillos hasta llegar a su dormitorio.

Billy no aparecía. Charlie esperó y esperó. El reloj de la catedral dio las diez. Las voces de los invitados que salían se podían oír desde el patio. ¿Qué le había sucedido a Billy? Charlie se mordió el labio con ansiedad. Si capturaban a Billy, ¿le diría a los Bloors que Charlie había estado con él?

Cuando el reloj dio las once, Charlie hizo un bulto con forma de cuerpo con sus ropas y lo empujó debajo de las sábanas de la cama de Billy. Unos minutos más tarde el Ama miró dentro. Charlie cerró los ojos y se quedó muy quieto. El Ama se fue.

Charlie no podía dormir. Se acercó a la ventana y miró hacia el patio. No había luces en las ventanas del ala oeste. Todo el edificio estaba a oscuras. Charlie había decidido ir a buscar a Billy cuando una pequeña figura se deslizó dentro.

—Billy, ¿dónde has estado?— gritó Charlie.

—Me encerraron en una despensa— respondió Billy con cansancio.

¿Cómo?

—El camarero simplemente llevó mi carro a aquel armario y cerró la puerta— mientras Billy cruzaba la habitación a oscuras, su rostro se  iluminó de repente desde abajo por una pequeña y parpadeante luz. Charlie vio que llevaba una delgada vela que parecía como si se hubiera encendido por sí sola.

¿Cómo has hecho eso?— preguntó Charlie.

Cuando llegó a su cama, Billy apagó la vela y se metió debajo de las mantas, arrojando el bulto de ropa mientras lo hacía. Buen truco— dijo con un bostezo.

—Billy, estoy completamente despierto— dijo Charlie. —Por favor, antes de dormirte, dime cómo saliste de la despensa, y cómo es que esa vela se encendió sola. 

—BuenoBilly volvió a bostezarEsperé hasta que todo estuvo tranquilo, y luego me encontré un trozo de papel. Tiré de él hacia mí, y cuando pasó por debajo de la puerta, descubrí que encima había un lápiz que también había conseguido arrastrar. Metí el lápiz en el ojo de la cerradura y la llave que estaba en la cerradora cayó al otro lado de la puerta, sobre el papel, porque lo había vuelto a poner en la misma posición de antes, luego volví a tirar de él hacia mi lado con la llave encima y abrí la puerta. Estaba oscuro y yo estaba tan, tan asustado. Siempre llevo conmigo mis velas, las que mi guardián, el señor Crowquill, me dio antes de morir. No sabía lo que podían hacer hasta esta noche. Saqué una y...y...— el siguiente bostezo de Billy fue casi un gemido.

—Y…— presionó Charlie.

—Intenté encontrar una salida, pero estaba muy, muy oscuro, y yo estaba muy, muy asustado, y... y...

¿Y?— gritó Charlie, como ya había pasado el ama, no le importaba si le oían.

—Y... y lloréconfesó Billy —, y dije “Oh, me gustaría poder ver” y la vela simplemente, se iluminó sola.

— ¡Vaya!— Charlie se recostó finalmente —Asombroso. Has tenido esas velas durante años y nunca supiste lo que podían hacer. ¡Pobre Christopher Crowquill!

—Tengo cinco velas ahora, porque tu tío me dio una que el señor Crowquill le envió a él. Me gustaría que mi guardián siguiera con vida— Billy suspiró y se dio la vuelta.

Charlie se permitió sentirse cansado, pero antes de irse a dormir, le preguntó a Billy si le gustaría volver a casa con él la noche del sábado.

No, gracias— murmuró Billy. —Creo que me quedaré aquí. Nunca he visto un Gran Baile.

Charlie tampoco había visto nunca un Gran Baile, pero nada podría haberlo persuadido para pasar otra noche en la Academia Bloor.

A la mañana siguiente, el desayuno de los chicos fue interrumpido por un hombre alto con una cabeza calva y un gran  bigote pelirrojo. Metiendo la cabeza por la puerta de la cafetería azul, dijo: —Ah. No es aquí, entonces.

— ¿Qué esta buscando, señor?—  preguntó Charlie con la boca llena de cereales.

 No hables con la boca llenareplicó Bigotes Pelirrojos. La Cocinera salió de la cocina y el extraño dijo —Pareces una mujer bastante sensata. ¿Dónde está la sala de reuniones?

La Cocinera miró al hombre, su pecho hinchando por la indignación. —No tengo ninguna duda de que soy mucho más sensata que tú. Tendrías que haber girado a la derecha, no a la izquierda.

Bigotes Pelirrojos retiró su cabeza y cerró la puerta con un irritable chasquido.

Directoresmurmuró la Cocinera. No tienen modales en absoluto. Creen que son dioses y algunos de ellos no pueden resistirse a presumir. Ya he tenido suficiente de cambiadores de forma, desvanecedores y magos variados. Hacen desaparecer la comida, la lanzan al aire, la cambian por chocolate o lo que se les da la gana, y algunos incluso juegan con la porcelana, simplemente porque ellos prefieren el oro o la plata. Bueno, van a tener que contenerse a sí mismos esta noche, el alcalde no soporta esa clase de cosas.

Los chicos no habían sido conscientes de los encantamientos de arriba mientras ellos habían estado bajo la mesa, y se entristecieron mucho por habérselos perdido. Pero no se habían perdido todo.

—Cocinera— Charlie bajó la voz. —La señorita Chrystal es...

—Lo sé, Charlie. Lo he oído. No puedo hablar sobre ello ahora. Todos estarán aquí en un minuto. Todas las cabezas. Empezarán en el teatro y luego habrá reuniones por todas partes, algunas en las aulas, otras en el gimnasio. No tengo ni idea de a dónde vais a ir vosotros dos.

Los chicos pronto se enteraron. Se encontraban caminando de regreso al dormitorio cuando fueron interceptados por Manfred Bloor.

— ¿Qué estáis haciendo vosotros dos aquí?— ladró Manfred.

 No sabemos a dónde más ir— dijo Billy.

— ¡Fuera!Manfred  apuntó a la escalera principal.

— ¿Fuera?— preguntó Charlie. ¿Hasta cuándo?

Hasta que yo os vaya a buscar— respondió Manfred.

No tenía sentido discutir. Charlie y Billy se dirigieron a regañadientes hacia las escaleras, donde, al mirar hacia abajo, pudieron ver una gran multitud de directores. Algunos todavía estaban mostrando sus habilidades. Charlie descubrió un burro y un oso, y pudo ver cómo un avestruz se transformaba en una mujer vestida de amarillo. Un hombre con una capa negra se desvaneció en el aire, y había un lagarto gigante colgando de una viga.

Charlie y Billy descendieron cautelosamente hasta el recibidor. Una vez allí, tuvieron que abrirse paso a través de la ruidosa muchedumbre. La regla del silencio no existía para ellos, señaló Charlie. Nadie prestó atención a los dos chicos que avanzaban con dificultad hacia los vestidores, hasta que  se encontraron cara a cara con el hombre del turbante azul.

Ajá, nos encontramos de nuevo— dijo Turbante Azul, sonriendo ampliamente. Se llevó un dedo a los labios y le guiñó un ojo a Charlie. ¡Buena suerte!

Una enorme mujer empujó a Charlie hacia un lado, y antes de que se dieran cuenta, el hombre del turbante azul había desaparecido entre la multitud.

¿Quién era?— preguntó Billy, cuando se encontraron a salvo en el interior del vestuario azul.

—Me vio debajo de la mesa la noche anterior, pero no me delató— Charlie se puso el abrigo y las botas.
 
—Así que en realidad no son todos malos. No se parecía mucho a un director de colegio, ¿verdad?— Billy se sentó en un banco a desatar sus zapatos.

—Es extranjero— señaló Charlie —Tal vez los directores de colegio son como él en el lugar del que viene.

Tan pronto como estuvieron fuera, Charlie se dirigió a la ruina. La escarchada hierba crujía bajo sus pies, y una niebla helada caía sobre los terrenos. El gran arco rojo de la ruina del castillo apenas se podía ver.

Billy caminaba con dificultad detrás de Charlie, esperando que hiciera más calor dentro de la ruina. No se dio cuenta de que Charlie tenía un propósito diferente.

— ¿Qué ha pasado?— Billy se adentró en el destrozado patio y miró con fijeza las baldosas de piedra rotas.

Ella estaba buscando el espejo, y es aquí donde lo encontró— Charlie señaló el cuadrado oscuro en la tierra. —La señorita Chrystal, la profesora que todos considerábamos como la mejor y la más amable de todo el colegio.

—Y es la peor— dijo Billy.

Una bruja— añadió Charlie. —Debo advertir a los demás, pero no quiero que la señorita Chrystal sepa que vamos tras ella.

—Tendremos que estar en guardia— afirmó Billy.

Los niños bajaron por uno de los cinco oscuros pasadizos que llevaban fuera del patio. Al final del pasaje, había una amplia zona cubierta de hierba, rodeada de árboles y gruesas paredes rotas. Los muchachos se sentaron en una pared y Charlie se frotó sus congeladas manos, pensando en Bartholomew Bloor. “El Rey Rojo se encuentra todavía en su castillo" había dicho el explorador "Pero está escondido".

—Entonces, ¿dónde está?murmuró Charlie para sí mismo.

— ¿Dónde está quién?preguntó Billy.

—El Rey Rojo. Lo necesitamos, Billy.

El rostro de los niños se congeló levemente cuando un frío viento sopló sobre ellos, las ramas sin hojas crujieron por encima de sus cabezas. Cerca del suelo se escuchó una rama partiéndose, y luego otra. Charlie se volvió, casi esperando ver a Asa en su forma de bestia saltando sobre los arbustos. Pero no era Asa. De pie, muy quieta bajo uno de los árboles, Charlie vio una yegua blanca.

—Es la reina— dijo Charlie en voz baja.

Los chicos se bajaron de la pared y la reina llegó trotando hacia ellos.

—Es usted, es realmente usted— dijo Charlie, acariciando el sedoso y blanco cuello del animal. Billy gruñó y relinchó, la reina bajó la cabeza para escuchar mejor los extravagantes zumbidos y resoplidos que salían de Billy como estornudos. Ella respondió a su manera, con varios relinchos largos.

Charlie, ardiendo de impaciencia, exigió saber lo que estaba diciendo la reina.

—Le pregunté si el rey estaba aquí— respondió Billy—, y ella me dijo que estaba en lo más profundo de su castillo. Le pregunté cómo podríamos llegar a él, y ella me dijo que cuando llegara el momento, lo haríamos.
 
— ¿Eso es todo?— Charlie estaba decepcionado. —Pero, ¿cuándo llegará el momento?

El caballo blanco bajó el hocico hasta colocarlo a la altura del oído de Charlie, quien colocó su brazo extendido por encima de la larga crin de la yegua. Charlie y la reina estaban cara a cara, pero entonces, de repente, la reina miró hacia el cielo.

El silencio fue roto por retumbo en el aire demasiado siniestro para ser un trueno. El sonido fue seguido de un cielo que se oscurecía, como si una pesada cortina hubiera sido extendida sobre la tierra. En aquel sombrío ambiente, los ojos de la reina brillaron por el miedo. La yegua dio un chillido, se encabritó,  y se alejo al galope, el  golpeteo de los cascos se escuchaba cada vez más distante, mientras el sonido en el aire se transformaba en un rugido ensordecedor. Charlie y Billy huyeron a toda velocidad de la ruina. Corrieron por los terrenos, tropezando con sus propios pies en su ansia por llegar a la Academia y refugiarse en ella.

¿Qué es ese ruido?— jadeó Billy. — ¿Es un terremoto?

Tal vez sea el fin del mundo— le gritó Charlie.

Consiguieron llegar  a la puerta del colegio y la encontraron cerrada. Charlie golpeó insistentemente los duros paneles de roble hasta que, por fin, la puerta se abrió y Manfred bajó la mirada hacia ellos. —Así que, asustados por un pequeño trueno, ¿no?— dijo Manfred despectivamente.

—Eso no es un trueno— afirmó Charlie. —Es... es... Por favor, ¿podemos pasar?

—Eres una molestia, Charlie Bone, pero está bien, id a vuestro dormitorio— Manfred se hizo a un lado y los chicos entraron de un salto al pasillo. Ahora estaba desierto,  los directores se habían dispersado en distintas aulas.

—No ha sido un trueno, señor— dijo Billy.

—Me pregunto de qué se trata, entonces— Manfred parecía saber la respuesta, pero no iba a decírsela.

— ¿Cuándo es el gran baile, señor?— preguntó Billy, sintiéndose más valiente ahora que estaba dentro del edificio.

—Los invitados llegarán a las siete y media, y será mejor que te mantengas fuera del camino, Billy Raven. Quinientas personas atravesarán nuestras puertas esta noche.

— ¡Quinientas!— exclamó Charlie.

—Es la ocasión de la década— alardeó Manfred. —El alcalde va a estar aquí, y todo el consejo de la ciudad. Habrá tres jueces, un duque y una duquesa, los dueños de todos los grandes negocios en la ciudad, un obispo, varios gobernadores, directores y presidentes.... No, no los presidentes de países— aclaró Manfred cuando la boca de Charlie se abrió. —Me refiero a los presidentes de las compañías.

— ¡Vaya!— Charlie estaba terriblemente impresionado.

 Manfred sonrió con satisfacción. — ¿Os gustaría ver el salón de baile?— les ofreció.
 
Los dos chicos se preguntaron qué había pasado con el prefecto. Manfred no era tan amigable normalmente. Tal vez no podía resistir la tentación de impresionar. Billy dijo —Sí, por favor— antes de que Manfred pudiera cambiar de opinión.

—Seguidme— Manfred corrió el cerrojo de la pequeña puerta que conducía a la Torre de Música. Cuando se abrió la puerta, Charlie se asombró al ver el pasillo, usualmente sombrío, transformado gracias a una gruesa alfombra y el techo ensartado con centelleantes estrellas. El niño nunca había notado las puertas del salón de baile. Ahora, restauradas y mostrando su antiguo esplendor, las arqueadas puertas relucían gracias a la cera. Manfred les dio un pequeño empujón y los niños entraron a una habitación cuya magnificencia casi le quitó el aliento a Charlie.

¿Qué os parece, chicos?— Manfred también parecía un poco asombrado. Apretó un interruptor y cuatro lámparas de araña de las que colgaban lágrimas de cristal cobraron vida con una brillante explosión de luz. Estaban suspendidas en un techo decorado con criaturas de escayola. Eran irreales criaturas imposibles de encontrar, monstruos como trasgos, gnomos, troles, murciélagos con fangs, diablos con trabajadas colas y dragones con apariencia malvada.

Charlie  luchaba por encontrar las palabras. Al final fue Billy el que habló — ¡Espectacular!

El resplandeciente suelo iba hasta un escenario en el que había un gran piano de cola en una esquina y varios atriles de música en la otra. Charlie se imaginó el salón de baile atestado de balanceantes figuras con largos vestidos que brillaban a la luz de las lámparas de araña.

—Está bien, ¿no creéis?— Manfred apagó las luces y sacó a los chicos fuera.

—Sí— estuvieron de acuerdo. Grandioso.

Mientras se alejaban del salón de baile, unas ligeras pisadas hicieron que todos se volvieran para mirar hacia atrás.  El profesor de piano, el señor Pilgrim, apareció en el otro extremo del pasillo. Charlie se sorprendió al verlo. Pensaba que el señor Pilgrim había salido de la escuela.

—Hola, señor Pilgrimdijo.

Hola, ¿quién…?— el profesor parecía perplejo.

—Le sugiero que regrese a la sala de música, señor Pilgrim— le ordenó Manfred imperiosamente.

—Yo pensé...

La Cocinera le traerá algo de comer.

—No tengo hambre— el señor Pilgrim apartó un mechón de pelo negro de su pálido rostro nerviosamente.

Como quiera. Vamos, muchachos— Manfred arrastró a los chicos hasta el final del pasillo, donde cerró la antigua puerta detrás de él.

—Has encerrado fuera a el señor Pilgrim— dijo Charlie.

—Dentro— le replicó Manfred. —Lo he encerrado dentro por su propio bien. Él no sabe hacerle frente a las multitudes— el chico miró fijamente a Charlie Quitaos los abrigos y volved al dormitorio.

Charlie no tenía miedo de los hipnóticos ojos negros de Manfred. El niño se la devolvió  y fue Manfred quién desvió la mirada.Está perdiendo su antiguo poder” pensó Charlie.Pero ahora hay algo más. ¿Qué es...?”

Manfred metió las manos en sus bolsillos y se alejó.

De vuelta en el dormitorio, Charlie y Billy se sentaron en la cama y esperaron. Sus estómagos empezaron a hacer ruido. Faltaba una  hora entera  hasta la hora de comer,  y Charlie no creía que pudiera durar mucho más tiempo sin un bocado. El niño había decidido ir a ver a la Cocinera cuando su mensajero llegó.

Varios ladridos fuertes al otro lado de la puerta anunciaron la llegada de Bendito.

— ¡La comida!— Billy se bajó de un salto de la cama. —Bendito dice que  hay comida en la cafetería— el albino abrió la puerta y le dio unas palmaditas en la cabeza al arrugado y anciano perro. —Gracias, Bendito.

En la cafetería se encontraron con una pila de sándwiches puestos en una mesa. Podían oír a la Cocinera gritando órdenes en la cocina. El lugar parecía estar tremendamente alborotado una vez más, con más de un centenar de elegantes comidas  para preparar en el comedor. Cuando Charlie y Billy terminaron sus sándwiches, se asomaron a la cocina, esperando una galleta de chocolate por lo menos.

En esa alacena dijo la Cocinera, señalando el lugar. Tenía la cara muy roja y su delantal estaba cubierto de grandes manchas amarillas y marrones. —Y tú, Charlie, tienes que hacer tu bolsa e ir a la puerta principal antes de las doce y media. Tu tío te recogerá.

— ¿El tío Paton? Pero si él ni puede...

—Pues va a tener que poder resopló la Cocinera. No hay nadie más disponible. Me han dicho que ya está todo arreglado. Ahora, ¡vete!
Agarrando las galletas de chocolate, los dos muchachos retrocedieron. Charlie miró su reloj. Eran las doce y veinte de la tarde. Tenía diez minutos para hacer la maleta y llegar a la puerta principal.

— ¿Estás seguro de que no quieres venir conmigo?— preguntó Charlie mientras corrían hasta el dormitorio.

Quiero ver a las damas con sus vestidos de baile— dijo Billy. — Y entonces te podré contar todo— no añadió que quería imaginarse que una de las hermosas figuras danzantes era su madre.

El señor Weedon estaba esperando en el pasillo cuando Charlie bajó estrepitosamente con su bolsa. Faltaba solo un minuto para la hora.

—Casi no lo logras, ¿verdad, Charlie Bone?— el señor Weedon tenía la clase de tono desdeñoso que siempre hacía que Charlie quisiera decirle algo grosero. Pero el calvo y musculoso manitas daba un poco de miedo. Si decía algo incorrecto ahora, el señor Weedon era muy capaz de encerrarlo en un almacén, o algo peor.

—Gracias— alcanzó a decir Charlie, cuando el corpulento hombre deslizó hacia atrás los cerrojos y desbloqueó la puerta.

No la he abierto todavía, ¿verdad?se burló el señor Weedon.

—No, señor.

El señor Weedon abrió apenas una de las puertas, el niño se escurrió por la  brecha  y corrió a través del patio. Saltó los escalones hacia la plaza adoquinada, casi cayéndose en el último, estaba tan contento de ver el coche del tío Paton aparcado al final de la plaza. Su tío no oyó los alegres gritos de Charlie. Llevaba gafas oscuras y parecía estar completamente absorto en el libro sobre su regazo.

— ¡Tío Paton!— Charlie abrió de un tirón la puerta del coche y se deslizó en el asiento del pasajero. —Estoy aquí.

El tío Paton levantó la vista. —Así que eres tú— Charlie sonrió levemente.

¿Está todo bien? Quiero decir, Maisie, ella… ¿Está...?  

—No hay cambio, me temo— el tío Paton suspiró.

Siento que hayas tenido que salir durante el día. ¿Tuviste algún accidente?

 Ninguno hasta el momento— Paton encendió el motor. Parecía distraído.

— ¿Estás bien, tío Paton?— preguntó Charlie.

— ¿Yo? Sí, estoy bien. Es sólo que... bueno, estoy preocupado por tu madre, Charlie.

¿Por qué?— preguntó Charlie, alarmado.

—Ella va a ir al Gran Baile.

— ¿Mamá?Charlie no se lo podía creer. — ¿Cómo demonios? Ellos nunca la dejarían. ¿Quién va a ir con ella? ¿Mi madre? Ella no puede ir.

—Bueno, pues va— Paton presionó el acelerador y el coche se puso en marcha sobre los adoquines de piedra hasta salir de la plaza.