Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

miércoles, 24 de julio de 2013

Capítulo 2: Los animales desaparecen

Las profundas y poderosas campanadas del reloj de la catedral viajaron a través de  toda la ciudad, y el niño que estaba en la colina bajó los brazos. —La una  en punto—  Tancred dio un suspiro y bostezó. —Sin duda, ha sido suficiente.

Una nube de copos blancos a medio derretir se alejó de la colina. Gradualmente,  la tormenta se calmó. A los pocos minutos el cielo estaba claro, parecía terciopelo negro perforado por un millón de estrellas.

Tancred ladeó la cabeza y observó los resultados de su trabajo: los techos blancos, las calles silenciosas, llenas de nieve, y la red de cables colgados sobre la ciudad como una telaraña brillante.

No está mal para ser mi primer intentodijo alegremente Tancred. Sacudió sus mangas, provocando que unos cuantos copos de nieve se alejaran flotando y cayeran sobre sus zapatillas. En pocos segundos se habían desvanecido.

Tancred se sorprendió al descubrir que llevaba zapatillas. Solo estaba medio despierto cuando siguió a los gatos. Ni siquiera se había dado cuenta del frío.  Ahora, de repente, estaba temblando.  Mientras corría de nuevo por el estrecho sendero,  de vez en cuando saltaba en el aire y juntaba sus pies, provocando un golpe satisfactorio. Era un hábito adquirido recientemente y con frecuencia hacía reír a sus amigos.

Cuando Tancred llegó a su apartada casa protegida por los árboleslos tormentosos ronquidos de su padre habían aumentado de volumen y ahora parecían volcanes en erupción. —Me pregunto si él lo ha intentado— se  dijo Tancred a sí mismo cuando entró. Golpeó los pies en el felpudo. —Debo decírselo a Sander— murmuró —y a Charlie.

—Decirles ¿qué?— la señora Torsson, quien no podía dormir, bebía en la cocina.

—Acerca de la nieve— dijo Tancred.

Ah. Así que has sido tú, ¿verdad? Me preguntaba dónde estabas— la señora Torsson se había acostumbrado al comportamiento inusual de su hijo.  Un niño tiene que hacer lo que un niño tiene que hacer, le decía su marido  siempre, especialmente cuando se trata de las condiciones meteorológicas.

¡Uf! Papá está haciendo un escándalo—  Tancred  sacudió su capa húmeda y la colgó en la parte de atrás de la puerta.

La señora Torsson puso distraídamente una tercera cucharada de azúcar en su té y   después sirvió una taza para Tancred. El chico se sentó en una silla frente a ella y bebió con avidez. Fabricar nieve había resultado ser un trabajo agotador.  Esperaba que no le pidieran que volviera a hacerlo de nuevo muy pronto.

Las  Llamas estuvieron aquí— le explicó a su madre —Querían nieve - no me preguntes por qué. Pero tengo la sensación de que algo no está bien allá en la ciudad.

—Tu padre dijo que tenía un mal presentimiento. No ha estado durmiendo bien— la señora Torsson movió la cabeza. —A veces me pregunto si deberíamos mudarnos lejos de aquí. Tú podrías ir a una escuela normal,  agradable y

—No puedo— dijo Tancred enfáticamente. —Yo pertenezco a este lugar. Tanto como Charlie y Sander, y Gabriel, y… y Emma. El Rey Rojo vivió aquí y somos sus hijos. Tenemos que permanecer juntos. Ya lo sabes, mamá.

—Sí, Tancredsu madre suspiró. La señora Torsson no era la única madre que deseaba que ella y su familia estuvieran lejos de la ciudad. La madre de Charlie Bone anhelaba escapar de su triste vida en una casa que no le pertenecía, en un lugar que le recordaba constantemente su terrible pasado, y donde su hijo se había visto obligado a asistir a una escuela dirigida por un anciano malévolo.

Pero Amy Bone no tenía dinero y tampoco tenía a dónde huir. Además, Charlie era perfectamente feliz. Nada parecía desanimarlo, era un muchacho extraordinariamente optimista. Nada podía hacer temblar la convicción de que su padre todavía estaba vivo y que, un día, lo encontraría. Por su parte, Amy ya había renunciado tristemente a su marido, y no contaba con él.

Eran las ocho en punto de la mañana del sábado. Aparte de la madre de Charlie, todos los ocupantes del número nueve de la calle  Filbert estaban dormidos. Incluso la madre de Amy, Maisie, roncaba suavemente, la madre de Charlie pudo comprobarlo al pasar de puntillas por delante de su habitación. Después de un desayuno apresurado, Amy salió de la casa y comenzó su caminata de diez minutos hasta el mercado donde trabajaba. No quedaba ni una pizca de la nevada de anoche. El aire era frío y las aceras todavía estaban  húmedas, pero nadie hubiera imaginado que, hace unas horas, varias pulgadas de nieve habían cubierto la ciudad.

— ¡SeñoraBone! ¡Señora. Bone!—

Amy se volvió rápidamente. La voz provenía de un niño al otro lado de la calle ¿Podría ser? ¿Era posible? — ¡Benjamín!— gritó Amy, corriendo de vuelta al número nueve. — ¡Eres tú!— El muchacho miró a la izquierda y a la derecha, y luego atravesó la calle.

—Oh, Benjamín, estoy tan, tan contenta de verte— Amy le dio un fuerte abrazo. La madre de Charlie nunca había hecho algo así antes y Benjamín estaba bastante sorprendido.

— ¿Está usted b..bi..bien, señora Bone?— preguntó, avergonzado y falto de aliento, lo que provocó que balbuceara. —Quiero decir ¿están todos bien?

—Charlie está bien— dijo Amy. Todavía está dormido, pero voy a dejarte entrar y puedes darle una sorpresa— la mujer corrió escaleras arriba, metió la llave en la puerta del número nueve, y la abrió. —Ya sabes dónde está su habitación. Yo tengo que irme ahora, o llegaré tarde al trabajo. Pero entra, entra— le dio un pequeño empujón a Benjamín para que entrara a la casa y cerró la puerta detrás de él.

Benjamín recorrió con la mirada la sala en silencio, satisfecho de ver que nada había cambiado.  Era un pequeño niño rubio con una perpetua expresión de despiste.  En ese momento, todavía estaba un poco desorientado a causa del viaje en avión, pero no podía esperar para ver a Charlie y a Judía Corredora, el perro que había dejado al cuidado de Charlie.

Benjamín se asomó a la cocina. No había ninguna cesta de perro. Ni tazón. Por supuesto, Judía Corredora debía de estar durmiendo en la habitación de Charlie.  Mientras subía las escaleras Benjamín oyó pasos por encima de él, y entonces la abuela de Charlie, Maisie, apareció en el rellano. Llevaba un albornoz rosa brillante. — ¡Benjamín Brown! ¡Qué regalo para la vista!

Benjamín fue sometido a otro abrazo impresionante. Maisie Jones era una mujer algo rechoncha, de cabello rizado y ojos brillantes, y el apretón amenazaba con provocar que Benjamín se cayera por las escaleras.

—Eres un chico adorablemente normal— dijo Maisie. —No hay poderes mágicos para ti. Ni inútiles flautas, ni gruñidos de animales. Le vas a venir muy bien a Charlie. ¡Vamos arriba!

Gracias— dijo Benjamín, sin aliento otra vez.

Maisie bajó las escaleras, sin dejar de hablar. —Voy a hacerte unas cuantas tostadas y una taza de té. ¿Quieres copos de maíz? Supongo que ahora todo son fideos. ¿Tienen fideos para desayunar en Hong Kong?

—Señora. Jones, ¿dónde está mi perro?— pregunto  Benjamín. Pero Maisie había desaparecido en la cocina.

Benjamín caminó hasta la  habitación de Charlie.  Pegó un oído a la puerta. Ni un sonido vino desde el otro ladoBenjamín abrió la puerta.  Vio a Charlie, profundamente dormido en la cama.  Había una nueva cama  en el otro lado de la habitación, y Benjamín sólo podía ver unos pocos mechones de pelo blanco que sobresalían por encima del edredón. Billy Raven. No había ni rastro de Judía Corredora.

Benjamín ese quedó junto a la puerta, preguntándose qué hacer. Su rostro pálido y solemne ahora tenía una expresión de extrema ansiedad.  ¿Qué le había pasado a Charlie mientras él había estado fuera? El niño tuvo una visión de su mejor amigo rodeado de todos esos niños peculiares de la Academia Bloor.  Los músicos, actores, y artistas; el modificador del clima, el hipnotizador, y todas esas otras cosas raras. Tal vez esto explicaba por qué Maisie y Amy Jones estaban tan contentas de verlo. Porque era normal, a diferencia del pobre Charlie.

Un movimiento brusco en la cama de Charlie captó la mirada de Benjamín. Una polilla blanca revoloteaba sobre el edredón. A Benjamín siempre le habían dicho que las polillas eran una plaga. Hacían agujeros en la ropa. Se inclinó hacia delante y puso la mano sobre la polilla. Tres cosas sucedieron al mismo tiempo. Charlie se sentó de golpe y gritó. Billy Raven rodó fuera de la cama, y la polilla mordió, sí, mordió a Benjamín, quien dio un grito y la soltó.

— ¡Benjamín!— exclamó Charlie.

— ¡Charlie!— gritó Benjamín. Una polilla me ha mordido.

—Es mi varita— dijo Charlie.

— ¿Tu varita?

—Manfred la quemó, y se convirtió en una polilla. No la has matado, ¿verdad?

Benjamín negó con la cabeza. —Está en lo alto de tu armario. Lo siento— Benjamín nunca decía cosas como: ¿Cómo puede una varita convertirse en una polilla? Charlie se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos a su amigo.

—Es genial verte de nuevo, Ben.

—Yo también me alegro de verte Charlie. ¿Dónde está Judía Corredora?

Ah— Charlie sacó las piernas de la cama. —No está aquí.

—Eso ya lo veo— Billy Raven gimió y se sentó. Levantó la mano hasta la mesa junto a la cama y buscó sus gafas.
 
— ¿Qué está haciendo Billy  aquí?— preguntó Benjamín.

—El doctor Bloor me deja salir los fines de semana ahora— Billy encontró sus gafas y se las puso.

—Así que, ¿dónde está mi perro?— persistió Benjamín, dirigiéndose a Charlie.

Charlie pasó la mano por su cabello despeinado. Tenía mucho que contarle a Benjamín  y no sabía por dónde empezar. Hizo que su amigo se sentara en la cama, y mientras se vestía, explicó cómo la abuela Bone había intentado detener a Judía Corredora haciendo que se lo llevaran los controladores de plagas. La mirada de horror en el rostro de Benjamín hizo que Charlie añadiera rápidamente —Pero el señor Onimoso llegó primero. Se llevó a Judía Corredora al Café de las Mascotas, y yo voy cada fin de semana y lo llevo a correr.

—Sólo una vez a la semana— dijo Benjamín, acusador. —Él necesita pasear todos los días.

—Bueno, no puedo salir de la Academia, ¿no?— Charlie bajó la voz. —No es mi culpa que tenga que dormir en la Academia Bloor durante la semana, ¿no crees?

—No. Lo siento. Me alegro mucho de verte, Charlie.

—Igualmente, Ben— dijo Charlie una vez más.

Tan pronto como Billy y Charlie estuvieron vestidos, los tres chicos se fueron abajo, donde Maisie les dio un enorme desayuno caliente. Benjamín miró tristemente la comida.  No podía comer. Su estómago se revolvía con aprensión. Tenía que ver a su perro. ¿Y si alguien lo hubiera robado?

—El señor Onimoso nunca dejaría que eso pasara— Maisie palmeó la cabeza de Benjamín —Judía Corredora estará bien, ya lo verás.

Billy y Charlie devoraron su desayuno y siguieron a Benjamín, quien ya estaba en la puerta principal.

— ¿A dónde se ha ido toda la nieve?preguntó Benjamín mientras corrían por la calle Filbert. Ayer por la noche era tan profunda que casi no se podía conducir a través de ella.

—Las Llamas tuvieron algo que ver con eso— murmuró Charlie.

¿Quieres decir que no era nieve real?— dijo Benjamín.

—No sé lo que quiero decir— dijo Charlie. Cuando llegaron al Café de las Mascotas encontraron un cartel de CERRADO colgado en la puerta. Charlie apretó su cara contra la ventana. Las sillas estaban amontonadas en las mesas y el mostrador estaba vacío. Pero en la parte trasera de la cafetería, una luz tenue se podía ver saliendo a través de la cortina de cuentas de la cocina.

Charlie llamó a la puerta.

Por un momento, pensó que nadie había oído. Estaba a punto de llamar de nuevo cuando la  pequeña figura del señor Onimoso  apareció detrás del mostrador. Los tres muchachos saludaron y el señor Onimoso corrió entre las mesas para abrir la puerta. —Pero bueno, si es el mismísimo Marco Polo en persona— dijo el señor Onimoso, permitiendo entrar a los muchachos en el café.

— ¿Marco quién?preguntó Benjamín. 

—Un antiguo viajero, Benjy— el señor Onimoso cerró la puerta. —Un hombre que fue a China antes que la mayoría de las personas supieran que estaba allí

—Yo estaba en Hong Kong— dijo Benjamín con gravedad —Y no soy antiguo. Por favor, ¿dónde está mi perro?

—Ah— El señor Onimoso se pasó la mano por el mentón sin afeitar. —Será mejor que vengáis a la cocina.

— ¿Dónde está?Benjamín corrió alrededor de la mesa y más allá de la cortina. El señor Onimoso se encogió de hombros con inquietud y le susurró:

—El perro se fue, Charlie. Dios sabe dónde.

— ¿Se fue?— Charlie y Billy corrieron tras Benjamín. Al entrar en la cocina de los Onimosos, los chicos contemplaron a Emma Tolly, sentada en el único sillón. Sus párpados estaban enrojecidos y húmedas líneas cubrían sus mejillas.

—Emma, ¿estás bien?— Charlie inmediatamente se sintió como un tonto porque, claramente, Emma no estaba bien.

Con voz desolada, Emma dijo —He perdido a mi pato— La niña sollozó profundamente.

— ¿Qué?exclamó Charlie.

—A ver, a ver, a ver. Ahora vamos a calmarnos todos— dijo la señora Onimoso, quien estuvo a punto de quemarse al vaciar una cacerola con agua hirviendo en una gigantesca tetera.  Sentaos, muchachos,  y tranquilizaos con un pedazo de pastel.

—Yo no creo que pueda comerBenjamín tiró de una silla y se dejó caer en ella. —Sólo quiero a mi perro. He estado esperando para verlo durante siete meses completos.

—Bueno, solo tendrás que esperar un poco más— dijo la señora Onimoso un tanto irritada. —De hecho, ha habido un éxodo masivo. Todos los animales se han ido y...

— ¿Incluso Rembrandt?chilló Billy.

Todos significa todos, Billy, incluso las ratas— dijo el señor Onimoso. —Pero estoy seguro de que hay una explicación simple. Para pensar, tenemos que mantener la calma. Sirve el té, Onoria, mi amor.  El té es relajante.

Emma se unió a los chicos en la mesa, mientras que el señor y la señora Onimoso tomaron asiento en cada extremo. El té y los pasteles pasaron por los niños, pero Charlie era el único que disfrutaba de la tarta. Su preocupación por los animales no había logrado echar a perder su apetito. Sin duda, no todos podrían haber desaparecido. Miró alrededor de la acogedora cocina en busca de señales de vida: un ratón, una araña, una extraña mosca, pero nada se movía sobre el cobre de las cacerolas, encima de su cabeza, o en los estantes repleto de frascos, latas y platos pintados con colores brillantes. Finalmente, su mirada se posó en una cesta con tapa en la esquina y preguntó — ¿Qué ha pasado con la boa azul?

—Se fue, la preciosa criatura respondió la señora Onimoso con tristeza. Deben de haberse ido ayer por la noche, durante la tormenta de nieve. Bajé temprano para hacer una taza de y el lugar estaba desierto. No había ladridos de bienvenida, ni correteos ansiosos, ni felices serpenteos— la mujer se sonó su muy larga nariz provocando un fuerte sonido de trompeta.

—Lo mismo me pasó a mí— los ojos azules de Emma se llenaron de lágrimas. Nancy, siempre, siempre, siempre está en su casa para patos en el patio. Pero hoy estaba vacía.

Billy dio una tosecilla. —Las Llamas vinieron a advertirnos, pero no dijeron  nada sobre la desaparición de los animales.

¿Qué fue exactamente lo que te dijeron, querido?la señora Onimoso inclinó su delgada figura con impaciencia hacia Billy.

—Dijeron que Charlie  debe vigilar a su madre y que una sombra  estaba despertando. Una sombra llamada Hark .

— ¿Hark?— El señor Onimoso subía y bajaba sus cejas hirsutasSe rascó su peluda mejilla con las manos ligeramente peludas y le dijo —No tengo ni idea.

¿Qué ha sido eso?— la señora Onimoso se enderezó de repente, estirando su largo cuello hacia el otro extremo de la cocina.

Arañazos— dijo Billy. Ahora todos pudieron oírlo: eran arañazos muy, muy lejanos. Billy se levantó de un salto y corrió hacia la puerta que conducía a la despensa.

—Billy, ¡No!..— El señor Onimoso cogió la linterna de un estante y saltó detrás de Billy llamándole — ¡Vuelve, Billy! ¿Me escuchas?
 
—Es Rembrandtdijo Billy con voz  débil.

Charlie siguió al señor Onimoso a través de una larga sala llena de estantes de alimentos para perros y luego por un oscuro pasadizo con suelo de barro y paredes de roca maciza. El techo estaba a unas pocas pulgadas sobre la cabeza de Charlie, y estaba tan oscuro que apenas podía ver al señor Onimoso delante de él.

El Café de las Mascotas estaba construido en la muralla de la ciudad antigua, y ahora estaban viajando a lo largo de un pasadizo subterráneo que conducía al corazón mismo del castillo del Rey Rojo. Para cuando Charlie alcanzó al señor Onimoso, Billy había llegado a una pequeña puerta al final del pasadizo. Antes de que el señor Onimoso pudiera detenerlo, Billy abrió la puerta y saltó al espacio más allá. Ahora estaba en una caverna cuyas paredes curvas estaban llenas de grandes cajas y sacos llenos de bultos.

El señor Onimoso entró en la caverna con Charlie detrás de él. Gracias al haz de luz de la linterna del señor Onimoso, Charlie pudo ver que Billy tenía en la mano una rata grande y negra.

—Oh, Rembrandt, ¿dónde has estado?— Billy continuó con una serie de altos chillidos y extraños zumbidos pequeños.
  
La rata respondió con un par de chillidos, y Billy dijo —Ha tenido un poco de aventura. Pasó a través de – ohAl decir esto, se volvió  y vio como el señor Onimoso cerraba  una puerta muy pequeña. A pesar de estar negra y marcada por la edad, la puerta encajaba perfectamente en un enorme agujero en la pared. — ¡Vaya! ¿A dónde va eso?preguntó Billy, mirando a la puerta.

—Es sólo un agujero— dijo Charlie rápidamente. 

Inclinándose, el señor Onimoso cogió una pequeña llave de latón tirada en el suelo. —Animalesgruñó él, encajando la llave en  un candado pequeño en la antigua puerta. —Son demasiado listos. Supongo que fuiste tú quien abrió la puerta, rata Rembrandtse guardó la llave.

—Sí, fue ella— dijo Billy. — ¿Pero a dónde conduce?

—Billy, quiero que me prometas algo— las afables y peludas expresiones del señor Onimoso se habían convertido en casi severas. —Quiero que me prometas que nunca, jamás, le contaras a una sola alma acerca de este sitio o esa puerta.

—Ohpor un momento, Billy miró silenciosamente a la puerta, y luego la comprensión pareció abrirse paso en su ansioso rostro. —Es un pasadizo secreto, ¿no es así?— susurró— ¿Para el castillo?

—Estoy esperando tu promesa, Billy— dijo el señor Onimoso gravemente.

—Prometo que nunca, jamás hablaré a un alma de este lugar o de la puerta dijo Billy en voz baja.

El señor Onimoso sonrió por fin. —No necesitas saber nada más. Olvídalo. ¿Entiendes?

—Sí— fue la respuesta susurrada. Aunque ¿cómo podría olvidar Billy un lugar tan emocionante? La rata comenzó a chillar otra vez y todos volvieron en tropel a la cocina para ver lo que tenía que decir.

— ¿Hay noticias de Judía Corredora?preguntó Benjamín. —Eso es una rata, por cierto.

—Se llama Rembrandt— dijo Charlie —, y creo que tiene algo que decirnos.

Rembrandt fue colocado en el centro de la mesa, y cuando todos hubieron ocupado su lugar, Billy dio luz verde a la rata, provocando una serie de murmullos. Rembrandt echó una mirada  a los rostros expectantes. Era una rata sociable y disfrutaba claramente de ser el centro de atención. Con pequeños chillidos, pausas, gruñidos y gorjeos, empezó a contar la historia. Gradualmente, los sonidos que producía empezaron a formar un patrón que Charlie pudo reconocer como un discurso. Por su parte, Billy estaba sentado con su barbilla colocada sobre sus brazos cruzados, con la mirada fija en Rembrandt y escuchando atentamente su voz. Cuando quedó claro que la rata había lanzado su último chillido, Billy la cogió y la colocó en su regazo. La exhausta criatura se acurrucó y empezó a dormir.

Vamos, Billy— dijo impaciente Benjamín. ¿Qué ha dicho?

—Algunas de las cosas que ha dicho son difíciles de explicar— dijo Billy.

—Prueba— le instó Charlie.

—Bueno, ha dicho que ayer por la  noche, de alguna manera, se despertó. Y la tierra se estremeció.

—No nos dimos cuenta, ¿verdad?— la señora Onimoso miró a su marido.

No somos animales, querida— respondió. No del todo, al menos.

—Por favor— se quejó Benjamín — ¡Dejad que siga!

Con un movimiento de su suave y ligero cabello, la señora Onimoso apuntó su larga nariz en la dirección de Benjamín. Lamento interrumpir, te lo aseguro— dijo ella con aspereza. 

Benjamín agachó la cabeza, arrepentido, y luego tranquilamente suplicó —Yo sólo quería saber acerca de mi perro.

Billy tomó aire y continuó. —En cualquier caso, Rembrandt dice que ellos estaban muy asustados, él, la boa y Judía Corredora, y el instinto les hizo querer irse – a otro lugar.  Así que Rembrandt consiguió la llaveBilly hizo una pausa. —Creo que dijo que estaba en su habitación, señor Onimoso.

—Pequeño diablillomurmuró el señor Onimoso.

—Abrió la puerta— Billy continuó rápidamente —Y todos entraron en un túnel – y se fueron a través de las ruinas del castillo, y todos los ratones y las ardillas, los pájaros y los conejos, y todo lo que vivía allí, todos se fueron también, y... y esta es la parte difícil, creo que  fueron a  un acantiladodonde  el río ruge – y  pasaron  a través de un puente—  Billy se quitó las gafas, que se le habían empañado. Las frotó contra su manga y se las puso de nuevo. —Imaginad a todos esos animales caminando sobre un puente.

—Quizás algunos nadaron— sugirió Charlie.

—Y algunos podrían volar— agregó Emma.

—Sí, los pájaros lo harían— Billy miró el ceño fruncido de Benjamín y continuó apresuradamente. —Y después de un rato, encontraron un lugar seguro y  es donde están ahora; Judía Corredora y la boa azul, y el pato también, espero, Emma.

— ¿Dónde?Benjamín abrió sus manos.

—No lo sé— respondió Billy. —Quiero decir, Rembrandt no me ha dicho ningún nombre. Regresó aquí porque quería que yo supiera lo que había sucedido. Pero él piensa que los otros podrían estar ahí todavía.

Benjamín se quedó mudo de espanto. De hecho, todo el mundo se quedó en silencio, hasta que Emma le preguntó — ¿Por qué?  ¿Por qué quieren quedarse ahí?

Billy acarició el brillante pelo de la rata. —Creo que Rembrandt estaba tratando de decir que es una especie de santuario.

— ¿Santuario? Nunca he oído hablar de un sitio como ese en la ciudad— dijo la señora Onimoso.

—Pero no está en la ciudad. Está ahí fuera, al otro lado del río— Billy miró por encima de sus cabezas a un paraíso imaginario, flotando en algún lugar en el espacio.

—Billy, no hay nada en el otro lado del río— dijo el señor Onimoso. —Es un desierto.


Con un grito de desesperación, Benjamín se cubrió la cara con las manos.

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