Las profundas y
poderosas campanadas del reloj de la catedral viajaron a través de toda la ciudad, y el niño que estaba en la
colina bajó los brazos. —La una en punto— Tancred dio un suspiro y bostezó. —Sin duda, ha sido suficiente.
Una nube de copos blancos a medio
derretir se alejó de la
colina. Gradualmente, la tormenta
se calmó. A los pocos minutos el cielo estaba
claro, parecía terciopelo negro perforado por un millón de estrellas.
Tancred ladeó la cabeza y observó los resultados de su trabajo: los techos blancos, las calles silenciosas, llenas de nieve, y la red de
cables colgados sobre la ciudad como una telaraña brillante.
—No está mal para ser mi primer intento— dijo alegremente Tancred. Sacudió sus mangas, provocando que unos cuantos copos de nieve se alejaran flotando y cayeran
sobre sus zapatillas. En pocos segundos se habían desvanecido.
Tancred se sorprendió al descubrir que llevaba zapatillas. Solo estaba medio despierto cuando siguió a los gatos. Ni siquiera se había dado cuenta
del frío. Ahora,
de repente, estaba temblando.
Mientras corría de nuevo por
el estrecho sendero, de vez en cuando
saltaba en el aire y juntaba sus pies, provocando
un golpe satisfactorio. Era un hábito adquirido recientemente y con frecuencia hacía reír a sus amigos.
Cuando
Tancred llegó a su apartada
casa protegida por los árboles, los tormentosos ronquidos de su padre habían aumentado de volumen y
ahora parecían volcanes en erupción. —Me pregunto si
él lo ha intentado— se dijo Tancred
a sí mismo cuando entró.
Golpeó los pies en el felpudo. —Debo decírselo a Sander— murmuró —y a
Charlie.
—Decirles ¿qué?— la señora Torsson, quien no podía dormir, bebía té en la cocina.
—Acerca de la nieve— dijo Tancred.
—Ah. Así que has sido tú, ¿verdad? Me preguntaba
dónde estabas— la señora
Torsson se había acostumbrado
al comportamiento inusual de su
hijo. Un niño tiene
que hacer lo que un niño tiene que hacer, le decía su
marido siempre,
especialmente cuando se trata de las
condiciones meteorológicas.
— ¡Uf! Papá
está haciendo un escándalo— Tancred sacudió su capa húmeda y
la colgó en la parte de atrás de
la puerta.
La señora
Torsson puso distraídamente una tercera cucharada de azúcar en su té y después sirvió
una taza para Tancred. El chico se sentó en una
silla frente a ella y bebió con
avidez. Fabricar nieve había resultado ser un trabajo agotador. Esperaba que no le pidieran
que volviera a hacerlo de nuevo muy pronto.
—Las Llamas estuvieron aquí—
le explicó a su madre —Querían nieve - no me preguntes por qué. Pero tengo la sensación
de que algo no está bien allá en
la ciudad.
—Tu padre dijo que tenía un mal presentimiento. No ha estado durmiendo bien— la señora
Torsson movió la cabeza. —A veces me pregunto si deberíamos mudarnos lejos de
aquí. Tú podrías ir a una escuela normal, agradable
y…
—No
puedo— dijo Tancred enfáticamente.
—Yo pertenezco a este lugar. Tanto como Charlie y Sander,
y Gabriel, y… y Emma. El Rey Rojo vivió aquí y somos sus hijos. Tenemos que permanecer
juntos. Ya lo sabes, mamá.
—Sí, Tancred— su madre suspiró. La señora Torsson no era la única
madre que deseaba
que ella y su familia estuvieran lejos de la
ciudad. La madre de Charlie Bone
anhelaba escapar de su triste vida en una casa
que no le pertenecía, en un lugar
que le recordaba constantemente su
terrible pasado, y donde su hijo se había visto obligado a asistir a una escuela dirigida por un anciano malévolo.
Pero Amy Bone no tenía dinero y tampoco tenía a dónde huir. Además,
Charlie era perfectamente feliz. Nada
parecía desanimarlo, era un muchacho extraordinariamente optimista. Nada podía hacer temblar la convicción de que su padre todavía estaba vivo y que, un día, lo encontraría. Por su parte, Amy ya había renunciado tristemente a su marido, y no contaba con él.
Eran las ocho en
punto de la mañana del sábado. Aparte de la madre de Charlie, todos los ocupantes del
número nueve de la calle Filbert estaban dormidos. Incluso la madre de Amy, Maisie, roncaba suavemente, la madre de Charlie pudo comprobarlo al pasar de puntillas por delante de su habitación.
Después de un desayuno apresurado,
Amy salió de la casa y comenzó
su caminata de diez minutos hasta
el mercado donde trabajaba. No quedaba ni una pizca de la nevada de anoche. El
aire era frío y las aceras todavía estaban
húmedas, pero nadie hubiera imaginado que,
hace unas horas, varias pulgadas de
nieve habían cubierto la
ciudad.
— ¡Señora. Bone! ¡Señora. Bone!—
Amy se volvió rápidamente. La voz provenía de un niño al otro lado de la calle ¿Podría ser…? ¿Era
posible? — ¡Benjamín!— gritó Amy, corriendo de vuelta al número nueve. —
¡Eres tú!— El muchacho miró a la izquierda
y a la derecha, y luego atravesó
la calle.
—Oh,
Benjamín, estoy tan, tan contenta de verte— Amy le dio un fuerte
abrazo. La madre de Charlie nunca había hecho algo así
antes y Benjamín estaba
bastante sorprendido.
— ¿Está usted b..bi..bien, señora Bone?— preguntó, avergonzado y falto de
aliento, lo que provocó que balbuceara.
—Quiero decir ¿están todos bien?
—Charlie está bien— dijo Amy. —Todavía está dormido, pero voy a dejarte
entrar y puedes darle una
sorpresa— la mujer corrió
escaleras arriba, metió la llave en la puerta del número
nueve, y la abrió. —Ya sabes dónde está su
habitación. Yo tengo que irme ahora, o llegaré tarde al trabajo. Pero entra, entra— le dio un pequeño
empujón a Benjamín para que entrara a la casa y cerró la puerta
detrás de él.
Benjamín recorrió con la mirada la
sala en silencio, satisfecho de ver que nada había cambiado. Era un pequeño niño rubio
con una perpetua expresión de despiste. En ese momento, todavía estaba un poco desorientado a causa del viaje en
avión, pero no podía esperar para
ver a Charlie y a Judía Corredora,
el perro que había dejado al
cuidado de Charlie.
Benjamín se asomó a la cocina. No
había ninguna cesta de perro.
Ni tazón. Por supuesto, Judía Corredora debía de estar durmiendo
en la habitación de Charlie. Mientras subía las escaleras
Benjamín oyó pasos por encima de él, y entonces la abuela de Charlie, Maisie, apareció en el rellano. Llevaba un albornoz rosa brillante. — ¡Benjamín Brown! ¡Qué
regalo para la vista!
Benjamín fue sometido a otro abrazo impresionante. Maisie Jones era una mujer algo rechoncha,
de cabello rizado y ojos brillantes, y el apretón amenazaba con provocar que Benjamín se cayera por las escaleras.
—Eres un chico
adorablemente normal— dijo Maisie. —No hay poderes mágicos para ti. Ni inútiles flautas, ni gruñidos
de animales. Le vas a venir
muy bien a Charlie. ¡Vamos arriba!
—Gracias—
dijo Benjamín, sin aliento otra vez.
Maisie bajó las escaleras, sin
dejar de hablar. —Voy a hacerte
unas cuantas tostadas y una taza de té. ¿Quieres copos de maíz? Supongo que ahora todo son fideos. ¿Tienen fideos para desayunar en Hong Kong?
—Señora. Jones,
¿dónde está mi perro?— pregunto Benjamín. Pero Maisie había desaparecido en la cocina.
Benjamín caminó hasta la
habitación de Charlie. Pegó un oído a la puerta. Ni un sonido vino desde
el otro lado. Benjamín
abrió la puerta. Vio a
Charlie, profundamente dormido en la cama. Había una nueva
cama en el otro
lado de la habitación, y Benjamín sólo podía ver
unos pocos mechones de pelo blanco
que sobresalían por encima del
edredón. Billy Raven. No había ni rastro de Judía Corredora.
Benjamín ese quedó junto a la puerta,
preguntándose qué hacer. Su rostro
pálido y solemne ahora
tenía una expresión de extrema
ansiedad. ¿Qué le
había pasado a Charlie mientras
él había estado fuera? El niño tuvo una visión de su mejor amigo rodeado de todos esos niños peculiares de la
Academia Bloor. Los músicos, actores, y artistas; el modificador del clima, el hipnotizador, y todas esas otras cosas raras. Tal vez esto explicaba por qué Maisie y Amy Jones estaban tan contentas de verlo. Porque era normal, a diferencia del pobre Charlie.
Un movimiento
brusco en la cama de Charlie captó la mirada de Benjamín. Una polilla blanca
revoloteaba sobre el edredón. A Benjamín siempre le habían
dicho que las polillas eran una plaga. Hacían agujeros en la ropa. Se inclinó
hacia delante y puso la mano sobre
la polilla. Tres cosas sucedieron al mismo tiempo.
Charlie se sentó de golpe y gritó. Billy Raven rodó fuera de la cama, y la
polilla mordió, sí, mordió a Benjamín, quien dio un grito y la soltó.
— ¡Benjamín!— exclamó Charlie.
— ¡Charlie!— gritó Benjamín.
—Una polilla me ha mordido.
—Es mi varita—
dijo Charlie.
— ¿Tu varita?
—Manfred la quemó, y se convirtió en una polilla. No la has matado, ¿verdad?
Benjamín negó con la cabeza. —Está en lo alto de tu armario. Lo siento— Benjamín nunca decía cosas como: ¿Cómo puede una varita
convertirse en una polilla? Charlie se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos a su amigo.
—Es genial verte
de nuevo, Ben.
—Yo también me
alegro de verte
Charlie. ¿Dónde está Judía
Corredora?
—Ah— Charlie sacó las piernas de la cama. —No está aquí.
—Eso ya lo veo—
Billy Raven gimió y se sentó. Levantó la mano hasta la mesa junto a la cama y buscó sus gafas.
— ¿Qué
está haciendo Billy aquí?— preguntó
Benjamín.
—El doctor Bloor me deja salir los fines
de semana ahora— Billy encontró sus gafas y se las puso.
—Así que,
¿dónde está mi perro?— persistió Benjamín, dirigiéndose a Charlie.
Charlie pasó la mano por
su cabello despeinado.
Tenía mucho que contarle
a Benjamín y no sabía por dónde empezar. Hizo que su amigo se sentara en la cama, y mientras se
vestía, explicó cómo la abuela Bone
había intentado detener a Judía Corredora haciendo que se lo
llevaran los controladores de plagas. La mirada de horror en el rostro de
Benjamín hizo que Charlie añadiera rápidamente
—Pero el señor Onimoso llegó primero. Se llevó
a Judía Corredora al Café de las Mascotas, y yo voy cada fin de
semana y lo llevo a
correr.
—Sólo una vez a la semana— dijo Benjamín, acusador. —Él necesita pasear todos los días.
—Bueno, no
puedo salir de la Academia, ¿no?—
Charlie bajó la voz. —No es mi culpa que tenga que dormir en la Academia Bloor
durante la semana, ¿no crees?
—No. Lo siento. Me
alegro mucho de verte, Charlie.
—Igualmente,
Ben— dijo Charlie una vez más.
Tan pronto como
Billy y Charlie estuvieron
vestidos, los tres chicos se
fueron abajo, donde Maisie
les dio un enorme desayuno caliente. Benjamín miró tristemente la comida. No podía comer. Su estómago se
revolvía con aprensión. Tenía que ver a su perro.
¿Y si alguien lo hubiera robado?
—El señor Onimoso nunca dejaría
que eso pasara— Maisie palmeó la cabeza de Benjamín —Judía Corredora estará
bien, ya lo verás.
Billy y Charlie devoraron su desayuno y siguieron a Benjamín, quien ya estaba en la puerta principal.
— ¿A dónde
se ha ido toda la nieve?— preguntó Benjamín mientras corrían por la calle Filbert. —Ayer por la noche era tan profunda que casi no se podía conducir a través
de ella.
—Las
Llamas tuvieron algo que ver con eso— murmuró Charlie.
— ¿Quieres
decir que no era nieve real?— dijo Benjamín.
—No sé lo que quiero decir— dijo Charlie. Cuando
llegaron al Café de las Mascotas encontraron un cartel de CERRADO colgado en la puerta. Charlie apretó su cara contra la ventana. Las sillas estaban amontonadas en las mesas y el mostrador estaba vacío. Pero en la parte trasera de la cafetería,
una luz tenue se podía ver saliendo
a través de la cortina de cuentas
de la cocina.
Charlie llamó a la puerta.
Por un momento, pensó que nadie había oído. Estaba a punto de llamar de nuevo
cuando la pequeña figura del
señor Onimoso
apareció detrás del mostrador.
Los tres muchachos saludaron y el señor Onimoso corrió entre las mesas para abrir la puerta. —Pero bueno, si es el mismísimo Marco Polo en
persona— dijo el señor Onimoso,
permitiendo entrar a los muchachos
en el café.
— ¿Marco quién?— preguntó Benjamín.
—Un antiguo viajero, Benjy— el señor Onimoso cerró la puerta.
—Un hombre que fue a China antes que la mayoría de las personas supieran que estaba allí.
—Yo estaba en
Hong Kong— dijo Benjamín
con gravedad —Y no soy antiguo. Por favor, ¿dónde está mi perro?
—Ah— El señor Onimoso se
pasó la mano por el mentón sin afeitar. —Será
mejor que vengáis a la cocina.
— ¿Dónde está?— Benjamín corrió
alrededor de la mesa y más allá
de la cortina. El señor Onimoso se encogió de hombros con inquietud y le susurró:
—El perro se fue, Charlie. Dios
sabe dónde.
— ¿Se
fue?— Charlie y Billy corrieron tras Benjamín. Al entrar en la cocina de los
Onimosos, los chicos contemplaron a Emma Tolly, sentada en el único sillón. Sus párpados estaban enrojecidos y húmedas líneas cubrían sus mejillas.
—Emma,
¿estás bien?— Charlie inmediatamente
se sintió como un tonto porque,
claramente, Emma no estaba bien.
Con voz desolada, Emma dijo —He perdido a mi pato— La
niña sollozó profundamente.
— ¿Qué?— exclamó Charlie.
—A ver, a ver, a ver. Ahora vamos
a calmarnos todos— dijo la señora Onimoso, quien estuvo a punto de quemarse al
vaciar una cacerola con agua hirviendo en una gigantesca tetera. —Sentaos,
muchachos, y tranquilizaos con un pedazo de pastel.
—Yo no creo que pueda comer— Benjamín
tiró de una silla y se dejó caer en ella. —Sólo
quiero a mi perro. He estado
esperando para verlo durante siete meses completos.
—Bueno, solo
tendrás que esperar un poco más— dijo la señora Onimoso
un tanto irritada. —De hecho, ha habido un éxodo masivo. Todos los animales se han ido y...
— ¿Incluso
Rembrandt?— chilló Billy.
—Todos
significa todos, Billy, incluso las ratas— dijo el señor Onimoso. —Pero estoy seguro de que hay una explicación
simple. Para pensar, tenemos que mantener la calma. Sirve el té, Onoria, mi amor. El té es relajante.
Emma se unió a los
chicos en la mesa, mientras que el señor y la señora Onimoso tomaron
asiento en cada extremo. El té y los
pasteles pasaron por
los niños, pero Charlie era el
único que disfrutaba de la tarta. Su preocupación por los animales no había logrado echar a perder su apetito. Sin duda, no todos podrían haber desaparecido. Miró
alrededor de la acogedora cocina en
busca de señales de vida: un ratón,
una araña, una extraña mosca, pero nada
se movía sobre el cobre de las cacerolas, encima de su
cabeza, o en los estantes repleto
de frascos, latas y platos pintados con colores brillantes.
Finalmente, su mirada se posó en una cesta con tapa en
la esquina y preguntó — ¿Qué ha pasado
con la boa azul?
—Se fue, la preciosa criatura—
respondió la señora Onimoso con tristeza. —Deben de haberse ido
ayer por la noche, durante la tormenta
de nieve. Bajé temprano para
hacer una taza de té y el lugar estaba desierto. No había ladridos de bienvenida, ni correteos ansiosos, ni felices serpenteos— la
mujer se sonó su muy larga nariz provocando
un fuerte sonido de
trompeta.
—Lo mismo me pasó a mí— los ojos azules
de Emma se llenaron de lágrimas. —Nancy, siempre, siempre, siempre está en
su casa para patos en el patio. Pero hoy estaba
vacía.
Billy dio una tosecilla. —Las Llamas vinieron a advertirnos, pero no dijeron nada sobre la desaparición de los animales.
— ¿Qué fue exactamente lo que te dijeron,
querido?— la señora Onimoso inclinó su delgada figura con impaciencia
hacia Billy.
—Dijeron que Charlie debe vigilar a su madre y que una sombra estaba despertando.
Una sombra llamada Hark .
— ¿Hark?—
El señor Onimoso subía y bajaba sus cejas
hirsutas. Se rascó su peluda mejilla con las manos ligeramente peludas y
le dijo —No tengo ni idea.
— ¿Qué ha sido eso?— la señora Onimoso se enderezó de repente, estirando su largo
cuello hacia el otro extremo de
la cocina.
—Arañazos— dijo Billy. Ahora todos
pudieron oírlo: eran arañazos
muy, muy lejanos. Billy se levantó de un salto y corrió
hacia la puerta que conducía a
la despensa.
—Billy, ¡No!..—
El señor Onimoso cogió la linterna de un estante y saltó detrás de Billy llamándole — ¡Vuelve, Billy! ¿Me escuchas?
—Es Rembrandt— dijo
Billy con voz débil.
Charlie siguió al señor Onimoso a través de una larga sala llena de estantes de alimentos para perros
y luego por un oscuro pasadizo con suelo de barro y
paredes de roca maciza. El techo estaba a unas pocas pulgadas sobre la cabeza
de Charlie, y estaba tan oscuro que apenas podía ver al señor Onimoso delante
de él.
El
Café de las Mascotas estaba construido en
la muralla de la ciudad antigua, y ahora estaban viajando a lo largo de un
pasadizo subterráneo que conducía al corazón mismo del castillo del Rey Rojo. Para cuando Charlie alcanzó al señor Onimoso, Billy había llegado a una pequeña puerta al final del pasadizo. Antes de que el señor Onimoso pudiera detenerlo, Billy abrió la puerta y saltó al espacio más allá. Ahora estaba en una caverna cuyas paredes curvas estaban
llenas de grandes cajas y sacos
llenos de bultos.
El señor Onimoso entró en la caverna
con Charlie detrás
de él. Gracias al haz de luz de la linterna del señor Onimoso, Charlie pudo ver que Billy tenía
en la mano una rata grande
y negra.
—Oh,
Rembrandt, ¿dónde has estado?— Billy
continuó con una serie de altos chillidos y extraños zumbidos pequeños.
La rata respondió con un par de chillidos, y
Billy dijo —Ha tenido un poco de aventura. Pasó a través de – oh…— Al
decir esto, se volvió y vio como el señor
Onimoso cerraba una puerta muy pequeña. A pesar de estar negra y marcada
por la edad, la puerta encajaba perfectamente en
un enorme agujero en la pared. — ¡Vaya! ¿A dónde va eso?— preguntó Billy, mirando
a la puerta.
—Es sólo un agujero— dijo Charlie rápidamente.
Inclinándose,
el señor Onimoso cogió una pequeña llave de latón tirada en el suelo.
—Animales— gruñó él,
encajando la llave en un candado pequeño en la antigua puerta. —Son demasiado listos. Supongo que fuiste tú quien abrió la puerta, rata Rembrandt— se guardó la llave.
—Sí, fue ella— dijo
Billy. — ¿Pero a dónde conduce?
—Billy, quiero que me prometas
algo— las afables y peludas
expresiones del señor Onimoso se habían convertido en casi severas. —Quiero que me prometas que nunca, jamás, le
contaras a una sola alma acerca de este sitio o esa puerta.
—Oh— por un momento, Billy miró silenciosamente
a la puerta, y luego la
comprensión pareció abrirse paso en su ansioso rostro. —Es un pasadizo secreto,
¿no es así?— susurró— ¿Para el castillo?
—Estoy esperando tu
promesa, Billy— dijo el señor Onimoso gravemente.
—Prometo que
nunca, jamás hablaré a un
alma de este lugar o de la puerta— dijo Billy en voz baja.
El señor Onimoso sonrió por fin.
—No necesitas
saber nada más. Olvídalo. ¿Entiendes?
—Sí— fue la respuesta susurrada. Aunque ¿cómo podría olvidar
Billy un lugar tan emocionante? La rata comenzó
a chillar otra vez y todos volvieron en tropel a la cocina para ver lo que tenía que decir.
— ¿Hay noticias de
Judía Corredora?— preguntó Benjamín. —Eso es una
rata, por cierto.
—Se llama Rembrandt—
dijo Charlie —, y creo que tiene algo que decirnos.
Rembrandt fue
colocado en el centro de la mesa, y cuando todos hubieron ocupado su lugar, Billy dio luz verde a la rata, provocando una
serie de murmullos. Rembrandt echó una mirada a
los rostros expectantes. Era
una rata sociable y disfrutaba
claramente de ser el centro de atención. Con pequeños chillidos, pausas,
gruñidos y gorjeos, empezó a contar la historia. Gradualmente, los sonidos que
producía empezaron a formar un patrón que Charlie pudo reconocer como un
discurso. Por su parte, Billy estaba sentado con su barbilla colocada sobre sus
brazos cruzados, con la mirada fija en Rembrandt y escuchando atentamente su
voz. Cuando quedó claro que la rata había lanzado su último chillido, Billy la
cogió y la colocó en su regazo. La exhausta criatura se acurrucó y empezó a
dormir.
—Vamos,
Billy— dijo impaciente Benjamín. — ¿Qué ha dicho?
—Algunas de las cosas que ha
dicho son difíciles de explicar— dijo Billy.
—Prueba—
le instó Charlie.
—Bueno, ha dicho que ayer por la noche, de alguna
manera, se despertó. Y la
tierra se estremeció.
—No nos dimos cuenta, ¿verdad?— la señora Onimoso miró a su
marido.
—No somos animales, querida— respondió. —No del todo, al menos.
—Por favor— se
quejó Benjamín — ¡Dejad que siga!
Con un movimiento de su suave y ligero cabello, la señora Onimoso apuntó su larga nariz en la dirección de Benjamín. —Lamento
interrumpir, te lo aseguro— dijo ella con aspereza.
Benjamín agachó la cabeza, arrepentido,
y luego tranquilamente suplicó —Yo sólo quería saber acerca de mi perro.
Billy tomó aire y continuó. —En cualquier caso, Rembrandt dice
que ellos estaban muy asustados, él,
la boa y Judía Corredora,
y el instinto les hizo querer irse – a
otro lugar. Así que Rembrandt consiguió la llave—
Billy hizo una pausa. —Creo que dijo que estaba en su habitación, señor Onimoso.
—Pequeño
diablillo— murmuró el señor Onimoso.
—Abrió la puerta— Billy continuó rápidamente —Y todos entraron en un túnel – y
se fueron a través de las ruinas del castillo, y todos los
ratones y las ardillas, los pájaros y los conejos, y todo lo que vivía
allí, todos se fueron también, y...
y esta es la parte difícil, creo que fueron
a un acantilado – donde el río ruge – y pasaron
a través de un puente— Billy se quitó las
gafas, que se le habían
empañado. Las frotó contra su manga y se las puso de nuevo. —Imaginad a todos esos animales caminando
sobre un puente.
—Quizás algunos nadaron— sugirió Charlie.
—Y algunos podrían volar— agregó Emma.
—Sí, los pájaros lo
harían— Billy miró el ceño fruncido de Benjamín y continuó apresuradamente. —Y después de un rato, encontraron un lugar seguro y es donde están ahora; Judía
Corredora y la boa azul, y el pato también, espero,
Emma.
— ¿Dónde?— Benjamín abrió
sus manos.
—No lo sé— respondió Billy. —Quiero decir, Rembrandt no me ha dicho
ningún nombre. Regresó aquí porque quería que yo supiera lo que había
sucedido. Pero él piensa que los otros podrían estar ahí todavía.
Benjamín se quedó mudo de espanto. De hecho, todo el mundo se quedó en silencio,
hasta que Emma le preguntó — ¿Por
qué? ¿Por qué quieren quedarse ahí?
Billy acarició
el brillante pelo de la rata. —Creo que Rembrandt estaba tratando de decir que es una especie de santuario.
— ¿Santuario?
Nunca he oído hablar de un sitio como ese en la ciudad— dijo la señora Onimoso.
—Pero no está en la ciudad. Está ahí fuera, al otro lado del río— Billy miró
por encima de sus cabezas a un paraíso imaginario, flotando en algún lugar en el espacio.
—Billy, no
hay nada en el otro lado del río— dijo el señor Onimoso.
—Es un desierto.
Con un grito de desesperación,
Benjamín se cubrió la cara con las manos.
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