Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

miércoles, 24 de julio de 2013

Capítulo 9: Amy está hechizada

Charlie se encontró súbitamente entre Tancred y Lysander.  Su presencia fue muy bienvenida.
—Mantente fuera de esto, Torsson— farfulló Asa  a través de  bocanadas de aire frío —Ni siquiera tienes una mascota.
—Bueno, pero yo sí— le gritó Lysander.
—Nosotros queremos saber qué ha hecho con nuestros animales— chilló Dorcas, aferrándose al robusto brazo de Bragger  Braine.
— ¡Dínoslo!— gritaron Idith e Inez por encima de los lamentos del viento. — ¡Dínoslo! ¡Dínoslo! ¡Dínoslo!
Charlie se tapó los oídos, podía sentir los ojos de las gemelas sobre él.  Lysander y Tancred también experimentaron la fuerza de sus ojos negros.  Los tres dieron un paso atrás, y luego otro. Para no ser menos, Tancred intentó otro truco. Un repentino torrente de lluvia cayó sobre  la gente que gritaba, empapándoles hasta los huesos. Jadeando por la sorpresa, la banda comenzó a dispersarse, dejando solos a los niños dotados formando en una firme línea. Asa, Joshua, Dorcas y las gemelas; el pelo chorreando, las ropas empapadas y los rostros brillando por el agua; los niños fulminaron con la mirada a Charlie, quien no podía dejar de sonreír.
Sin previo aviso, Joshua Tilpin se lanzó directamente sobre Charlie.
Cogido por sorpresa, Charlie cayó al suelo con Joshua encima de él, los dos chicos rodaron por la hierba mojada. Decidiendo  que el tamaño de Charlie  le daba una clara ventaja, Tancred y Lysander permitieron que la pelea continuara.  Joshua era un chico tan esmirriado que no parecía tener ninguna posibilidad de vencer a su amigo.  Los otros, sin embargo,  estaban convencidos de que el don de Joshua  le daría la fuerza que necesitaba para derrotar  realmente a Charlie Bone.
— ¡Dínoslo! Dínoslo, Charlie Bone— gritaban— ¿Dónde están los animales?
—No lo sé.
Charlie consiguió darle un puñetazo al enclenque hombro  de Joshua.  Tres chicos más llegaron a la escena: Gabriel, sin aliento y mordiéndose el puño; Fidelio, pronunciando las palabras:
— ¿Qué está pasando?—y Billy, quien se abrió paso a empellones entre los dos y se balanceó ansiosamente de un pie a otro.
Luchar contra Joshua era como tener una tonelada de ladrillos encima. “¿Cómo puede un niño tan pequeño pesar tanto?” se preguntó Charlie. El  niño golpeaba la espalda de su adversario, le tiraba de sus delgados brazos y le pateaba con sus piernas como ramas, Joshua parecía absorber toda su energía. Cuando se puso sobre el pecho de Charlie, el niño sintió como si un enorme muro lo aplastara, expulsando la vida fuera de él. Luchó por recobrar el aliento, sus manos arañaron el aire, y luego, con un gran esfuerzo,  cerró su puño y golpeó  la cara de Joshua.
— ¡Ay!— los gritos de Joshua eran sobrenaturales. El niño rodó lejos de Charlie, agarrándose la nariz. Charlie se puso en pie. Sintió cinco manos dándole palmaditas en la espalda y casi cayó de bruces otra vez.
Lysander lanzó un grito de victoria. — ¡Bien hecho, Charlie!
—Lameculos de la pequeña rata, pedid perdón—  agregó Tancred.
Joshua estaba todavía en el suelo, lloriqueando miserablemente. Dorcas le ayudó a levantarse, el niño se quedó mirando a Charlie mientras se limpiaba la nariz ensangrentada. —Un día, te venceré, Charlie Bone— gruñó. Su tono estaba lleno de amenaza, pero se le veía tan patético, que Fidelio se echó a reír.
— ¿CÓMO TE ATREVES?— nadie se  había dado cuenta de que la señorita Chrystal venía  dando zancadas.  — ¡Tú, Fidelio, de todas las personas! ¿Cómo te atreves a reírte de un niño herido?— Se volvió hacia los demás — ¿Qué ha pasado aquí?
Todo el mundo empezó a gritar a la vez. Un lado le echaba la culpa a Charlie,  mientras que el otro negaba que el niño hubiera hecho nada malo. La señorita Chrystal levantó la mano —Asa, tú eres un monitor. ¿Por qué no paraste la pelea?—Asa  quedó momentáneamente perplejo.
Al final dijo —Lo intenté, pero estos chicos— indicó a Dorcas y las gemelas  —querían saber por qué estos chicos— señaló a Charlie y a sus amigos —habían conseguido recuperar a sus animales.  Todo el mundo piensa, señorita, que Charlie Bone tiene algo que ver con todas esas mascotas desaparecidas.
La señorita Chrystal se dio la vuelta y miró fríamente a Charlie. — ¿Tienes algo que ver con las desapariciones?—  Charlie se sorprendió por la expresión en la cara normalmente bonita de la señorita Chrystal. Parecía fría y rencorosa. Sus pálidos ojos azules estaban entrecerrados y la boca bien formada se había convertido en una línea delgada y dura.
—Yo no tengo nada que ver con que los animales vayan o vengan — afirmó Charlie.
 La señorita Chrystal lo miró fijamente durante unos momentos más y luego se marchó sin decir nada más. Curiosamente, Joshua corrió tras ella. Agarrando su brazo, gritó —Estoy herido. Usted tiene que hacer algo.
La señorita Chrystal se detuvo y le habló en voz baja. Charlie no pudo escuchar cada palabra, pero le pareció oír que decía —Contrólate, Josh. Recuerda quienes somos.
El brazo de Joshua cayó a un lado y bajó la mirada, mordiéndose el labio.
El cuerno  sonó, marcando el final  del recreo,  y, mientras todos iban hacia la puerta, Charlie vio a la señorita Chrystal acariciar el pelo de Joshua.  La mujer levantó la vista y descubrió a Charlie mirándola.  Esta vez su expresión era de odio absoluto.
—Primer asalto para ti, Charlie— dijo Fidelio mientras entraban  en el vestíbulo — ¡Bien hecho!
Algo le decía a Charlie que vendrías muchos más asaltos, y de ninguna manera tenía  la certeza  de que iba a ganar el siguiente.
Mientras tanto, la madre de Charlie estaba en aquel mismo momento ayudando a la señora Gunn a limpiar su caótica cocina.  Pese al desastre y la confusión,  Amy decidió que era un lugar muy reconfortante.  La señora Gunn se había convertido en alguien muy cercano a ella, tal vez su única amiga, y Amy aparecía a menudo para verla después del trabajo.
Amy cogió una guitarra que estaba en un precario equilibrio sobre una decena de variadas tazas, las cuales estaban en la mesa de la cocina. Dejó la guitarra de pie junto a  un contrabajo apoyado en la despensa. Luego  se inclinó sobre un cuchillo y lo sostuvo junto con otros tres cuchillos, dos cucharas sucias, y el corazón de una manzana.
—No sé cómo lo haces, Chloe—  Amy dejó caer los cubiertos en un fregadero ya repleto de platos. —Ocho niños cuyos restos hay que limpiar. Para cuando terminas ya han vuelto para tomar el té, y tienes que empezar todo de nuevo.
—Fidelio no— la señora Gunn sacudió los cereales de tres de las sillas — Recuerda que está en la Academia. Y Félix está muy lejos ahora, con su banda, por lo que sólo quedan seis— la mujer retiró  una flauta y tres libros de música de la encimera y los metió  en la lavadora.
— ¿Estarán  a salvo ahí dentro?— preguntó Amy con ansiedad.
—Tan seguros como si estuvieran en una caja fuerte— dijo Chloe —Pudding está dentro y me avisará antes de que ponga la lavadora.
 Una gran gata gris saltó de la lavadora.
—Oh, bueno— dijo Chloe alegremente —Vamos a tomarnos un café.
Amy limpió una gota de mantequilla de una de las sillas y se sentó. Chloe cantaba mientras llenaba la cafetera, la mujer cantaba la mayor parte del tiempo, también lo hacia su marido, un profesor de música en la escuela local. Todos y cada uno de sus hijos era músico, pero Fidelio era la estrella. Un genio musical. Chloe sabía que su cuarto hijo llegaría lejos.
Al otro lado de la ventana de la cocina, se podía ver una hilera de hierbas verdes, brotando de sus macetas de terracota.  Por desgracia, la hierba que Amy había venido a  buscar,  había desaparecido.
— ¿Quién se habrá llevado la verbena?— se preguntó Amy, sorbiendo su café.
—No tengo idea— dijo Chloe —Seguía allí dos noches atrás, utilicé algo en una ensalada.  Lo siento mucho, Amy. ¿Qué vas a hacer ahora? No puedes dejar a tu madre en la bañera indefinidamente.
Amy dio un suspiro de desesperación —Oh, Chloe. No sé qué hacer.
—Creo que deberías ir a ver al gerente de Kingdom's.  Si alguien manipuló los langostinos, la tienda es responsable.
—Ellos dicen que no.
—Entonces llama a la policía— añadió Chloe.
—No puedo, ¿no ves que es…que es un hechizo?  El doctor Tanaka dijo lo mismo. La policía no puede hacer frente a los hechizos.
Amy vació su taza —Será mejor que me vaya, Chloe. No me gusta dejar sola a Maisie durante demasiado tiempo. Mi madre podría derretirse, y se asustará si se despierta y se encuentra sola.
—Especialmente si esa  suegra tuya está al acecho— dijo Chloe con gravedad.
Amy tenía la intención de volver directamente a su casa y, sin embargo, cuando se encontró caminando por la calle Mayor, algo hizo que se volviera y dirigiera su mirada a un espléndido edificio que se encontraba al otro lado de la calle. A cada lado de la entrada se alzaba una columna de mármol verde, y cada una de las noventa y nueve ventanas estaban brillantemente iluminadas con una suave luz que le decía al mundo que en la habitación que había más allá de la ventana  guardaba tesoros  con los que la mayoría de la gente solo podía soñar. Amy cruzó la calle y se introdujo en el espacio que había entre las Columnas.
Mármol verde y dorado se arremolinaba por encima de su cabeza y bajo sus pies. Dos porteros con abrigos verdes y brillantes sombreros de copa estaban a cada lado de una reluciente puerta de roble.  Sus dedos embutidos en unos guantes blancos  se apoyaban ligeramente en los grandes tiradores de bronce de la puerta. 
— ¿Va a entrar, señora?— preguntó uno de los porteros con voz aburrida.
—Sí, voy— dijo Amy con decisión.
Estaba obligado a abrir la puerta. Amy se adentró en el edificio, solo había estado dos veces en el interior de Kingdom´s. Una vez, hacía ya mucho tiempo, con su marido. Fue allí donde Lyell había gastado un mes de salario completo en el anillo de diamantes que Amy seguía llevando en el dedo anular de su mano izquierda. Unas lágrimas inesperadas asomaron en sus ojos, la mujer las apartó rápidamente.
Mirara a donde mirara, lo único que veía era mostradores cubiertos de terciopelo que exhibían exquisitas joyas, pañuelos de seda, extravagantes aceites envasados, cremas y perfumes.  Tarjetas escritas a mano con nombres de los que Amy nunca había oído hablar, precios en los que ella no se atrevía a pensar; la mujer se asomó tímidamente sobre de  cajas de cuero, botellas de colores, brillantes latas y bolsas de terciopelo. Los candelabros colgaban a baja altura sobre cada mostrador, proyectando una brillante luz sobre los objetos exhibidos abajo, mientras que los encargados estaban en las sombras.  Solo se veían de vez en cuando un par de manos pálidas, asomando por encima de  los mostradores. Amy se preguntó si los encargados habían sido especialmente escogidos por sus manos.
La mujer decidió acercarse a las manos que se ocupaban de la joyería. Después de todo, ella llevaba un anillo que estuvo situado una vez en ese mismo mostrador. Inclinada debajo del candelabro, alzó la mirada hacia el rostro sombrío de alguien rubio, que parecía muy severo.
—Soy la señora Bone— dijo Amy —y me gustaría ver al gerente.
— ¿Por qué?— preguntó la persona rubia.
—Hemos tenido un caso de intoxicación alimentaria.
—La sección de comida está en el sótano— la expresión de la encargada no cambió.
—Lo sé, pero quiero ver al gerente— insistió Amy.
La rubia suspiró, cogió un receptor discretamente cubierto de terciopelo, y apretó un botón.
—Tengo aquí a una señora que quiere ver al gerente— dijo con un irritante tono de superior.
Amy no podía ver las doce cámaras de seguridad situadas en la oscuridad, en el lejano techo. La mujer no las oyó  girar inteligentemente para centrarse en ella. Pero, de repente, se encontró atrapada en un intenso rayo de luz que provenía de algún lugar en lo alto.
— ¡Oh!— exclamo Amy — ¿Qué sucede?
La encargada no respondió, seguía hablando por el teléfono cubierto de terciopelo. Amy no sabía que estaba siendo vigilada en doce monitores distintos por alguien en la planta superior. La mujer no era consciente de que incluso vestida con su abrigo raído, sin maquillaje o el pelo bien peinado, todavía era hermosa.
—El dueño quiere verla— la encargada rubia colocó el teléfono de nuevo en el mostrador.
— ¿El dueño? No tenía ni idea de que vivía aquí. Solo quería hablar con el gerente.
—Planta superior— replicó la encargada. —El ascensor está ahí— la mujer rubia señaló una luz distante.
—Gracias— Amy empezó a desear no haber entrado en Kingdom's. ¿Qué podía hacer una persona, después de todo? No podían romper hechizos. Al menos, por supuesto, que hubiera algún hechicero escondido en alguna parte... ¿en el piso de arriba?
Amy llegó hasta el ascensor y pulsó el botón.  La puerta se abrió y ella entró en una pequeña habitación con las paredes cubiertas de espejos, suelo de mármol y el techo decorado con pájaros de oro.  Los pájaros  parecían extraordinariamente reales — dejando de lado la pintura dorada.
Amy se bajó en el último piso. El suelo ahora era muy distinto, se encontraba de pie, hundida casi hasta los tobillos en pieles de color negro. Qué tipo de pieles eran, no lo podía adivinar. Una puerta se abrió a su derecha y un hombre salió de ella; era, con diferencia, el hombre más guapo que Amy había visto en su vida. La mujer se acarició el pelo nerviosamente, arregló su abrigo y miró sus zapatos desaliñados.
El hombre guiñó suavemente un ojo — ¿La señora  Bone?— Tenía el pelo castaño de un color que, de alguna manera, parecía de oro. Su rostro estaba bronceado y sus ojos eran de un verde oliva profundo.
—Sí,  es correcto,  soy la señora Bone — dijo Amy tímidamente. El hombre se inclinó y,  majestuosamente, le indicó con el brazo que entrara en su oficina. Amy se abrió paso entre las pieles negras y entró en un cuarto alfombrado, esta vez, de piel blanca.
—Oh— dijo ella, mirando hacia abajo — ¿Cómo...?  
—Har... ejem... Hart Noble— el hombre le tomó la mano y se inclinó sobre ella como un animal hambriento —La alfombra es de oso polar.
Amy se quedó sin aliento —Pero yo pensaba...
—Por favor, tome asiento— Hart le quitó gentilmente el abrigo. Amy se sentó en el borde de un sofá que parecía estar cubierto de… ¿podría ser piel de pony?
—Cuénteme sus problemas— el hombre se sentó a su lado. Llevaba una camisa de seda blanca y un chaleco que debía ser de piel de foca.
Mientras que Amy le hablaba de la congelación de Maisie y el langostino sospechoso, Hart le tomó la mano y la miró a los ojos. La mujer sentía que se estaba ahogando en una piscina de color verde oscuro. Al finalizar la historia, Hart se levantó y sacó dos copas de champagne de una tabla de marfil al fondo de la sala.
Amy tomó un sorbo de su copa y miró a su alrededor. La habitación estaba completamente forrada con espejos, y cada pieza de mobiliario parecía haber sido hecha de un animal. Colmillos, huesos, pieles, plumas y más pieles. Si hubiera escuchado con mucha atención, podría haber escuchado sus gritos. Pero Amy estaba cayendo bajo un hechizo. Le sirvieron una segunda copa de champaña.  Cuando Amy miró su reflejo, vio a alguien que apenas reconoció: una mujer hermosa con el pelo brillante y los ojos chispeantes, incluso el viejo jersey rosa parecía nuevo.
Hart le trajo un plato de entremeses cubiertos por un glaseado picante. Amy los devoró, gimiendo con deleite. Cuando el hombre le dijo que estaban hechos de carne de águila, ella ni se inmutó. La convenció para que le hablara de su vida, y Amy se encontró recordando cosas que había olvidado durante años.  La madre de Charlie no se percató de la caída del sol tras las ventanas, y solo se dio cuenta de cuánto tiempo había estado hablando cuando se encontró sentada a la luz de las velas.
—Dios mío, debe ser tarde— Amy se levantó,  más bien vacilante.
Hart le ayudó a ponerse el abrigo y la acompañó hasta el ascensor —Adieu— dijo él, soplando elegantemente un beso. Amy caminó a través de la tienda como si estuviera en un sueño. En el exterior,  la acera brillaba de escarcha. 
—Precioso— dijo ella en voz alta —Estoy caminando sobre las estrellas.
— ¿Estrellas?— preguntó una anciana, que pasaba cerca —Es un frío tremendo, eso es lo que es. Usted ha sido hechizada.
Cuando Amy llegó a su casa, fue directamente a su habitación y se quitó el anillo de diamantes.
Una punzada de dolor provocó que  Charlie hiciera una mueca.
— ¿Qué pasa?, ¿comiste demasiado rápido?— bromeó Fidelio.
Estaban sentados en el comedor después del almuerzo. Todos los demás se habían ido, a excepción de Billy, quien en ese momento le estaba entregando furtivamente Rembrandt a la Cocinera.
—Creo que mi madre lo llamaría indigestión— dijo Charlie, frotándose el pecho. Pero no estaba seguro de lo que era. Y no sabia por qué, cuando el dolor se hubo ido, se sintió como si algo precioso se hubiera perdido.
La Cocinera rodeó la esquina y se sentó en su mesa — ¿Qué está pasando, Charlie?— le preguntó —Los rumores vuelan a toda velocidad por la Academia.  Se dice que algunos de los animales han vuelto, animales muy concretos, de hecho. Han mencionado a Judía Corredora, junto con el loro de Lysander, el pato de Emma, los jerbos de Gabriel, etc. ¿Cómo es que todos los demás todavía están perdidos?
—Bendito sigue aquí— dijo Charlie con evasivas.
—Por supuesto que sí. Me aseguré de ello. A pesar de todo, está muerto de miedo a causa de algo.
—No creo que Charlie pueda decirnos nada— dijo Fidelio —Ni siquiera yo lo sé.
La Cocinera  sacudió la cabeza—No has jurado o prometido algo estúpido, ¿verdad, Charlie?
—No exactamente— dijo Charlie.
—Bueno, ten cuidado, cariño mío. Se están gestando problemas. Más te vale encontrar una respuesta para los Bloor, o te lo sacaran a la fuerza de una manera muy desagradable— la Cocinera volvió a su cocina con una mano sobre el gran bolsillo de su delantal —Está bien, te conseguiré algo para cenar en un minuto— le dijo al bolsillo mientras desaparecía por la puerta de la cocina.
El problema que se estaba gestando explotó  después de la cena.  En lugar de despedir a los niños cuando terminaron de comer, el doctor Bloor aplaudió con fuerza para pedir silencio y comenzó a caminar sobre la plataforma en la que se encontraba la mesa de los profesores.
Desde las tres largas mesas del comedor, trescientos niños y niñas observaron al director con su capa negra,  la cabeza gacha y las manos entrelazadas detrás de la espalda. Era un hombre grande  con un bigote gris cuidadosamente recortado y el cabello del color del acero muy corto. Hoy, su rostro lucía un suave color rojo, casi rosa. Cuándo finalmente se detuvo, se quedó mirando a los niños de la mesa de drama, justo en frente de él.
—Todos vosotros sois conscientes de la enorme catástrofe que ha afectado a esta ciudad, ¿verdad?—puso una mano detrás de su oreja — ¿Qué habéis dicho?
— ¡Sí, señor!— gritaron  los niños con capas de color púrpura.
El doctor Bloor caminó hacia su derecha hasta llegar al centro de la plataforma. —Y vosotros  ¿qué decís?— le preguntó a los niños de la mesa de arte.
— ¡Sí, señor!— gritaron los niños de verde.
El doctor Bloor dio varios pasos más a la derecha. Ahora estaba de pie delante de Charlie, quien había sido el último en llegar y se había visto obligado a sentarse en uno de los lugares de mala suerte, justo debajo de la mesa de los profesores. Fidelio estaba frente a él.
— ¿Y qué hay de ti?— la tez rosada del doctor Bloor se ensombreció. — ¿Has oído hablar de los problemas de la ciudad?— se quedó mirando fijamente  a Charlie.
A Charlie le pareció que la pregunta era personal y le preguntó: — ¿Se refiere a los animales, señor?
—Por supuesto que me refiero a los animales— el doctor Bloor dio un pequeño salto de furia. —Muchacho estúpido.
—En ese caso, sí, señor— dijo Charlie.
Los demás niños de la mesa de música repitieron: — ¡Sí, señor!
Entonces, el director dijo algo muy sorprendente —Es, por supuesto, una catástrofe cuando nuestras queridas mascotas desaparecen. Esto es especialmente preocupante para las personas mayores cuyos animales se han convertido en sus únicos compañeros.  No obstante, —el doctor Bloor cruzó la plataforma —sucede, algunas veces, y no se puede evitar.
Charlie estaba perplejo. ¿El director sabía lo que había causado que los animales escaparan? Desde luego, no parecía sorprendido por su desaparición. De repente, el doctor Bloor se dio la vuelta y retrocedió hasta pararse frente a Charlie.
—Pero es imperdonable que alguien encuentre un animal doméstico, o dos, que pertenecen a sus amigos, y no le diga a nadie dónde los encontró—el director levanto el mentón y miró a Charlie— ¿Dónde encontraste las mascotas, Charlie Bone? El consejo de la ciudad quiere saber. ¿Dónde encontraste el perro, el pato, el loro, los conejos y jerbos, y la serpiente que pertenece a mi abuelo?
—Me los encontré, señor... deambulando— dijo Charlie.
— ¡LEVÁNTATE, MUCHACHO!—Charlie se levantó —Voy a repetir la pregunta— dijo el doctor Bloor — ¿Dónde encontraste a los animales?  
Charlie apretó los dientes —Podría traer de vuelta a la serpiente, señor, si lo desea.
—Nosotros no queremos a la serpiente. Ahora es un ser débil, según lo que se dice por ahí— el doctor  Bloor golpeó el suelo con el pie — ¡Y NO CAMBIES EL TEMA!
—No, señor— Charlie apartó la mirada del rostro enrojecido del enojado  director —Quizás los animales simplemente vagarán hasta encontrar su hogar, señor, como los que yo encontré.
—Bueno, si no lo hacen, Charlie Bone, — el doctor Bloor se acercó más a él —si no lo hacen, hay una habitación en el ático donde se puede mantener a un niño hasta que diga la verdad.
—Sí, señor— dijo Charlie con voz ahogada.
— ¡TODOS FUERA!— rugió el director. Trescientos niños se pusieron de pie y comenzaron a apilar los platos sucios.
— ¿Qué vas a hacer?— Fidelio le preguntó a Charlie mientras  buscaban la manera de salir del comedor.
—No lo sé— dijo Charlie —Voy a tener que reflexionar sobre ello mientras hago la tarea. Eso solo si se me ocurre algo. Esta noche va a ser especialmente desagradable.
Pero no fue tan malo como Charlie había temido. Quizás Joshua y Dorcas habían disfrutado tanto de la reprimenda del director, que consideraron que Charlie había recibido todo lo que se merecía, por el momento. Charlie parecía estar trabajando duro en su proyecto de historia, pero sus pensamientos estaban muy lejos. ¿Cómo podía traer a todos los animales de vuelta?  ¿Y cómo podría descongelar a Maisie? Cuando pensó en Maisie, yaciendo tan inmóvil en la bañera, se puso a temblar. Y entonces la horrible sensación de que había perdido algo precioso poco a poco lo abrumó.
Después de los deberes, Charlie caminó de vuelta al dormitorio con la cabeza en las nubes.  Alguien le dio un codazo y se dio cuenta de que Gabriel estaba caminando a su lado —Gracias por recuperar mis jerbos, Charlie— dijo Gabriel en voz baja —No voy a preguntarte dónde los has encontrado.
–Eso está bien—Charlie se sintió mejor al ver la cara alegre de Gabriel —Los dejé en el Café de las Mascotas. Puedes ir a recogerlos el fin de semana.
—Genial ¿Crees que serás capaz de conseguir que los demás vuelvan?
Charlie dio un gran suspiro — ¿Cómo podré, Gabe? Piensa en ello.  Casi todas las aves de la ciudad, cada rata, ratón, rana, sapo, perro, gato, lo que sea, se ha escapado. ¿Cómo puedo recuperarlos a  todos sin…sin…?
— ¿Decirle a los demás dónde están?— completó Gabriel —Veo  tu problema.
A Charlie no molestó que la mitad de los chicos de su dormitorio no quisieran hablar con él, tenía demasiadas cosas en la mente.  Mucho tiempo después de que apagaran las luces, el niño seguía despierto; y cuando estuvo  seguro que todos los demás estaban durmiendo, se acercó de puntillas a la ventana y abrió las cortinas, apenas lo suficiente  para permitir que un rayo de luz de luna entrara en la habitación.
Charlie se metió bajo las sábanas y esperó. ¿Podría encontrarlo Naren? Ojala pudiera  enviar un mensaje, porque él realmente quería hablar con ella. Charlie casi había perdido la esperanza cuando unas diminutas sombras negras comenzaron a caer sobre el alféizar y en la habitación. Charlie las observó arrastrarse sobre su cama y hasta la pared. Por fin llegaron al dosel y pudo leer las palabras: “¿Cómo estás, Charlie?
—Estoy en problemas— susurró Charlie —Tengo que traer a los animales de vuelta a la ciudad, Naren, y pronto, o me encerrarán.
Las pequeñas sombras rápidamente se reorganizaron, y Charlie se sorprendió al leer: “Están en camino. Mañana todas las criaturas perdidas estarán de regreso en la ciudad.
— ¿Cómo?— preguntó Charlie.
Tres gatos brillantes aparecieron; gatos mágicos. Tendrías que haberlos visto, Charlie.  Se sentaron en nuestro patio y los atrajeron con unas voces tan fuertes y hermosas,  todos los animales se reunieron alrededor de ellos y les siguieron fuera de nuestro jardín. ¡Fue todo un espectáculo: pájaros en el aire, criaturas corriendo, peleándose saltando…!
Un chillido repentino estalló en el dormitorio.  Charlie susurró —Adiós— y las palabras empezaron a desvanecerse.
 — ¿Qué era eso?— gritó Rupe Small —Era  horrible— a estas alturas la habitación entera estaba despierta —La pared estaba cubierta de… cosas, animales o algo así— dijo Rupe—Charlie Bone  estaba hablando con eso.
— ¡Urgh! ¿Qué? ¡Qué asco! ¡De verdad Charlie Bone!— se escuchó por todo el dormitorio.
—Cállate y vete a dormir— dijo Fidelio —Estabas teniendo una pesadilla, Rupe.
— ¡NO LO ESTABA!
La puerta se abrió y la alta sombra de Lucretia Yewbeam atravesó la habitación. La mujer encendió la luz — ¿Qué está pasando?— exigió saber.
Rupe señaló a Charlie —Había sombras por toda la pared y él estaba hablando con eso— los ojos del ama de llaves se estrecharon.
— ¿Qué eran, estas cosas?
—Nada, señora—respondió Charlie.
—Yo las vi—dijo Bragger Braine —Desaparecieron cuando Charlie les susurró.
—Eran solo moscas— mintió Charlie —No sé de dónde vienen.
—No mientas— dijo su tía abuela —No hay moscas. Es invierno, están todas muertas.
A esto, Charlie no pudo encontrar ninguna respuesta. El ama de llaves caminó hacia la cama de Charlie y lo miró fijamente —Siempre eres tú, ¿no es así? Manteniendo a los demás despiertos, perturbando su sueño. No sé lo que estabas haciendo y no me importa realmente. Es un arresto para ti, Charlie Bone.  Pasarás la mitad de tu fin de semana en la academia.
—Pero no puedo— protestó Charlie —Mi abuela está enferma.
—Tu abuela está perfectamente bien— dijo el ama, alejándose. 
—No, tu hermana no. No es la abuela Bone. Me refiero a Maisie, mi otra abuela.
–Oh, ella— dijo el ama descuidadamente — ¿Qué le pasa?
 —Ella ha... c-cogido un catarro— tartamudeó Charlie.
 — ¿Un catarro? Eso no es una cuestión de vida o muerte. Vete a dormir.

El  ama de llaves apagó la luz y cerró la puerta. Mientras Charlie se deslizaba bajo las sábanas, oyó algo que hizo que su corazón saltara. Un búho ululaba, y luego otro. “Están regresando” pensó, y al final se fue quedando dormido.

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