Charlie levantó la vista hacia los dos rostros preocupados.
“Hey Charlie, creo que te desmayaste” dijo Tancred.
“¿En serio?” Charlie se puso de pie.
“¿Qué pasó?” le preguntó Billy, frunciendo el ceño alarmado.
“El caballo” graznó Charlie. “Estaba justo aquí, resoplando en mi cara. Ha sido horrible.”
“Bueno, no eres el que ha salido peor parado del encuentro” dijo Tancred riéndose. “Probablemente aterrorizaste al pobre animal al gritar de semejante manera.”
Charlie no recordaba haber gritado. Los árboles le rodeaban y había un leve rumor de truenos sobre su cabeza.
“Hay una polilla en tu cabeza” observó Billy, mirando el pelo despeinado de Charlie. “Tiene plata en sus alas.”
“¿En serio?” Charlie levantó sus manos pero la polilla blanca se alejó flotando en las sombras.
“Venga vamos” dijo Tancred impacientemente. “Iremos por el bosque, por si acaso la mujer de Grey viene buscando a Billy.”
“O los Bloor” añadió Billy. “¿Puedo quedarme en tu casa durante un tiempo, Tancred?”
“Tanto como quieras” dijo Tancred despreocupadamente. “A mi madre le encantará. Vamos, diez minutos y estaremos dentro.”
Empezaron a caminar por los árboles, siguiendo un camino bien marcado utilizado por las ovejas que pastaban por la ladera. Tancred lideraba la marcha mientras que Charlie la cerraba. Charlie empezó a preguntarse a dónde podía ir Billy luego. La pregunta sin formular colgaba en el aire cuando una extraña solución se le ocurrió. “Siempre quedará el Castillo de los Espejos” dijo Charlie, prácticamente para sí mismo.
“¿Qué?” Billy dejó de andar.
“Es a donde perteneces. Tu propio castillo, Billy.”
“La Cocinera me dijo que el Castillo de los Espejos pertenecía a mi familia” dijo Billy lentamente. “¿Crees que podría vivir ahí hasta que creciera?”
“¿Por qué no? Quizás podrías vivir seguramente para siempre” dijo Charlie.
Tancred gritó. “¡Eh, vosotros dos! ¡Moveos!”
Billy y Charlie corrieron hasta alcanzarle. Mientras se acercaban a la Casa del Trueno, la brisa se convirtió en una ráfaga y los truenos se intensificaron.
“Papá está en buena forma” dijo Tancred.
La sonrisa de Charlie se congeló. Una enorme silueta que no había visto hasta entonces pasó galopando a su lado. Podía sentir su gran peso y su poder al golpear la tierra. Los otros eran conscientes de ello ahora. Los niños se acercaron mientras el caballo fantasma los rodeaba, relinchando y resoplando mientras corría alrededor del pequeño grupo.
Las hojas cayeron de los árboles cuando la criatura se irguió. Podían sentir sus patas delanteras golpeando el aire, y Charlie pensó En cualquier momento, uno de esos cascos va a ir directo a mi cabeza y no habrá más Charlie Bone.
Entonces Billy Raven hizo algo completamente inesperado. Se salió del camino y caminó hacia el caballo fantasma, gruñendo gentilmente.
“Está loco” Tancred agarró el hombro de Charlie.
“¡Sí!” susurró Charlie, Billy podía tener un don con los animales, ¿pero cómo iba a hablar con un monstruo como Hamaran con el corazón de Borlath?
Una vez más, los truenos pararon y los árboles se quedaron quietos. Hubo un largo y gentil relincho y luego silencio. Y en el silencio, Billy Raven se arrodilló y agachó la cabeza.
“¿Qué demonios…?” la voz de Tancred rota por el horror.
“¡Shh!” Charlie tiró de la chaqueta de Tancred.
La polilla blanca había vuelto a aparecer, y ahora flotaba justo un poco más allá de Billy, con sus brillantes alas terminadas en plata moviéndose tan deprisa que parecían estar dibujando una forma en el aire. La forma empezó a coger profundidad y algo grande empezó a aparecer entre las alas plateadas, y ahí estaba: un alto caballo blanco con una noble cabeza y una espesa crin.
Charlie jadeó y retrocedió tirando de Tancred.
“No parece malvado” dijo Tanred en el oído de Charlie.
“No lo es” dijo Billy.
“¿Cómo lo sabes?” demandó Charlie “¿Has hablado con él?”
“Sí” Billy miró sobre su hombro y le sonrió a los chicos. “Está bien, en realidad…ella es la reina.”
“¿LA REINA?” dijeron Tancred y Charlie.
“¿Quieres decir que…?” la mente de Charlie trabajaba rápidamente. Intentó recordar lo que había dicho Manfred sobre el experimento: una lápida marcada con una “B”, los huesos de un caballo enterrados al lado y el corazón en un cofre.
“No era Borlath” murmuró “sino Berenice” Una sonrisa cruzó su cara y se acercó a Billy. “Ese estúpido anciano se equivocó otra vez.”
Tancred, que se movía cautelosamente, preguntó, “¿Cómo ha llegado hasta aquí?”
“El viejo Ezekiel la trajo a la vida. No era el corazón de Borlath, era el de la reina. La reina Berenice.”
Ahora estaban justo detrás de Billy, quien se puso de pie lentamente.
“Ha estado siguiéndonos” dijo Billy. “Dice que somos sus niños y quiere protegernos. Alguien la trajo aquí desde el otro mundo, pero su espíritu seguía desvaneciéndose, llevándosela de vuelta, hasta que tu varita de alguna manera la mantuvo aquí.”
“¿Mi varita?” Charlie estaba asombrado. “Pensaba que Manfred la había destruido, a menos que…” miró a la polilla blanca, sus alas solo eran visibles como un pequeño destello entre las orejas del caballo.
“Se dice que las varitas pueden tomar diferentes formas” dijo Tancred “si tienen que hacerlo.”
“Oh” Charlie parpadeó. Tancred sabía más de lo que pensaba.
El caballo blanco empezó a gruñir, suavemente esta vez, pero con una fluida secuencia de sonidos, casi humana. Billy escuchó intensamente y cuando el caballo se calló, les dijo a los demás “Nos oyó hablar sobre el Castillo de los Espejos y eso la asustó. Ella vio la isla en la que se construyó y sabía lo qué pasaría ahí.”
“Así que ella sabe dónde está” dijo Charlie pensativamente.
“Supongo que sí” era obvio que Billy no conocía la terrible historia del castillo.
“Charlie, por favor dime que no vas a hacer lo que yo creo que vas a hacer” le rogó Tancred.
Charlie sonrió. “Solo era una idea.” Pero la idea se estaba desarrollando.
Los tres chicos se quedaron en silencio y observaron a la señorial criatura pastando. Era difícil de creer que había sido una reina, aunque hubiera sido cientos de años atrás. El viejo Ezekiel había cometido un error, pero lo que había hecho era un milagro al mismo tiempo. Todavía era un poderoso mago y no tardaría mucho en encontrar a Billy y llevarlo de vuelta a la Academia, a menos que… La idea en la mente de Charlie creció hasta convertirse en un plan. Y el plan, de alguna manera, se convirtió en la única solución. Charlie sabía que en el fondo, encontrar a su padre era lo principal en su mente, pero la seguridad de Billy estaba muy igualada en importancia.
“Pregúntale si nos llevará a la isla” le dijo Charlie a Billy.
“¡Charlie!” protestó Tancred. “¡No puedes hacer eso!”
“Creo que tenemos que hacer eso.”
Billy estaba ansioso por intentarlo. Se arrodilló otra vez y empezó a gruñir suavemente a la yegua. Ella levantó su cabeza, con sus orejas echadas hacia atrás y sus grandes ojos rebosantes de miedo.
“No le gusta la idea” susurró Billy.
“Háblale de mi padre” le urgió Charlie. “Dile que tienes que encontrar un lugar seguro.”
Billy volvió a empezar otra vez, y esta vez le añadió unos relinchos quejumbrosos a su lenguaje.
Súbitamente, la yegua se encabritó. Con un chillido de terror, salió corriendo entre los árboles. Escucharon el sonido de los cascos disminuyéndose hasta desaparecer y los únicos sonidos que se escucharon fueron los truenos y los árboles debatiéndose contra el viento.
“Eso ha sido todo pues” dijo Tancred. “Volvamos a mi casa”
“No” dijo Charlie. “Ella volverá.”
“Estás de broma, ¿no? La yegua es solo un animal asustado, Charlie. Nunca te llevará al Castillo de los Espejos.”
“Lo hará” insistió Charlie. “Ella piensa que somos sus hijos, tiene que protegernos.”
A Billy no le gustaba discutir con chicos como Tancred, pero mientras dirigía su mirada del chico de las tormentas a Charlie, dijo tímidamente “Creo que Charlie tiene razón.”
“Puede que la tenga” dijo Tancred “Pero yo me largo” Mientras se alejaba gritó. “Os traeré algo de comida dentro de un rato, si todavía estáis aquí, y creo que seguiréis.”
“¿Crees que Tancred tiene razón?” le preguntó Billy a Charlie.
“No” Charlie se sentó y se acomodó en el amplio tronco de un árbol.
Hubo un fuerte trueno seguido de un súbito aguacero, y Billy se apretó contra Charlie.
“Tancred está enfadado” dijo Billy.
“Lo superará” le dijo Charlie.
Pero, a pesar de todo, la tormenta empeoró. El viento surgió de los árboles, enviando hojas y ramas muertas contra el suelo produciendo un fuerte traqueteo. Ortigas arrancadas, zarzas y pasto seco rodearon silbando a los niños mientras se acurrucaban en el amplio roble, escudándose con sus brazos. Después de lo que parecieron horas de tormenta ensordecedora, el tiempo se calmó y los chicos se durmieron, agotados por la extraordinaria mañana que habían vivido.
Charlie se despertó justo a tiempo para ver a Tancred caminando hacia él con una gran bandeja. “Sabía que todavía seguiríais aquí” dijo Tancred, dejando la bandeja en el suelo al lado del árbol. Charlie vio platos de pollo asado, verduras y salsa de carne y tres cuencos de pastel de ciruela y crema. El desayuno de la señora Silk parecía haber sucedido hace horas y el olor del festín que tenía delante fue suficiente para que el hambriento chico lanzara un grito de alegría, despertando de paso a Billy, quien se cayó de lado sobre la hierba.
“Menuda tormenta” murmuró Charlie mientras mordía una pata de pollo.
“Lo siento, mi padre y yo tuvimos una pelea” dijo Tancred. “Dijo que vosotros dos deberíais estar comiendo en una mesa, no sentados en el bosque como un par de fugitivos, así que yo dije que no comería con él si iba a continuar diciendo eso. Mi padre casi explotó, pero mi madre dijo que los niños son niños y recordó a mi padre y a ella haciendo un picnic en el bosque en sus lejanos días de juventud. Eso lo calmó.”
Cuando todos los platos y los cuencos estuvieron escrupulosamente limpios, Tancred preguntó sí Charlie y Billy estaban listos para ir a casa con él. “Es bastante obvio que la yegua no va volver” dijo. “Probablemente ya ha galopado de vuelta al otro mundo.”
Charlie lamió un último y delicioso bocado de sus dedos y replicó. “No, ella volverá.”
“Dios, eres más terco que una mula, Charlie Bone” dijo Tancred poniéndose de pie, aunque esta vez parecía más resignado que enfadado. “¿Qué voy a hacer contigo?”
“Llama a mi tío Paton” le dijo Charlie. “Intenta explicarle lo que ha pasado. Todo. Y dile que probablemente pasaré la noche contigo, solo por si acaso mamá se preocupa.”
“Lo haré lo mejor que pueda. Pero volveré al atardecer y si vosotros dos todavía seguís aquí, os echaré de la Casa del Trueno, me da igual lo que digáis. No os podéis quedar en el bosque de noche.”
“No” dijo Billy en voz baja. “Porque Asa Pike estará rondando.”
Charlie se había olvidado de Asa. “No estaremos aquí” dijo firmemente “La reina volverá.”
“Está bien, eso ya lo veremos” Balanceando la bandeja sobre su puntiagudo pelo rubio, Tancred se fue haciendo cabriolas a través de los árboles y Billy se las arregló para reír por primera vez aquel día.
Durante las siguientes horas, los dos chicos jugaron al Veo, veo, persiguieron hojas, treparon árboles y dormitaron. Pero mientras las sombras se alargaban, el corazón de Charlie empezó a hundirse. Se dio cuenta de que había soñado con demasiadas cosas. ¿Qué esperaba?, ¿Qué un frágil lazo de familia podía mantenerse a pesar de que pasaran miles de años?
Todavía somos los niños del Rey Rojo, pensó Charlie desesperado, Así que somos los niños de la reina también.
Para Billy, finalmente la decepción fue demasiado. Se dejó caer en el camino, llorando. “No va a venir, ¿no?”
Charlie solo pudo encogerse de hombros. “Y tiene mi varita” dijo, intentando iluminar la situación. “Si es que es eso la polilla blanca.”
La noche empezó a caer demasiado rápido. El bosque se volvió húmedo y frío, y Charlie supo que tenía que tomar una decisión. Entonces vio la pálida cabeza de Tancred acercándose a la distancia y gritó. “Está bien Tanc, ya vamos.”
Billy se levantó, feliz por abandonar el oscuro bosque por fin. Pero Tancred paró súbitamente y dijo en voz baja “Charlie – ¡detrás de ti!”
Charlie se giró muy lentamente esperando descubrir la forma de hombre lobo gris que Asa tomaba al atardecer. Pero no era Asa. Era la reina.
“Ha vuelto” dijo Billy, suspirando de alivio.
El pelaje de la yegua era de un resplandeciente blanco en el atardecer. Esta quieta mirándolos, con sus pies plantados firmemente en el camino, su noble cabeza estaba levemente girada para poder verlos con un gran y oscuro ojo. Charlie se alegró al ver a la polilla blanca brillando en su larga crina.
“Vuelve a hablar con ella, Billy” dijo Charlie suavemente. “Dile cuánto la necesitamos.”
Billy se acercó a la yegua, y dejándose caer sobre una rodilla, le narró dos historias con una voz lírica que tarareaba y relinchaba: la historia de la muerte de sus padres y su vida solitaria, y la historia del padre perdido de Charlie. Mientras el niño hablaba, Charlie observaba la cara del caballo. Estaba seguro de que vio caer una lágrima de su brillante ojo marrón.
Cuando Billy realizó su última súplica desesperada la yegua bajó su cabeza y relinchó suavemente.
Billy se giró hacia Charlie. “Lo hará. Dice que sus miedos son irrazonables cuando van en contra de nuestra felicidad.”
Charlie estaba desconcertado. “¿Qué ha dicho qué?” Y miró a la yegua, preguntándose cómo iban a subir él y Billy y una vez arriba, cómo se iban a mantener.
Para su sorpresa, Tancred ya había pensado en eso previamente. Cuando finalmente entró en el claro, Charlie vio que llevaba consigo una silla enorme y varias tiras largas de cuero. “Son de mi padre” dijo Tancred. “Solía montar huracanes, no me preguntes cómo.”
“Tú creías que vendría después de todo, ¿no?” dijo Charlie.
“Pensé que su venía, no podríais ir galopando poro ahí sin todo esto” respondió Tancred, sonriendo.
La yegua blanca les permitió que la ensillaran, ayudando de todas las maneras que pudo, y cuando hubieron terminado, Tancred subió a Charlie a su espalda y luego a Billy, quien se colocó detrás de Charlie, aferrándolo fuertemente por la cintura.
“¿Ya está todo?” preguntó Charlie, sin poder creer lo que estaba a punto de pasar. “Adiós Tancred. Y gracias.”
“Buena suerte” dijo Tancred, su tono de voz ronco fue incapaz de disimular un ligero malestar.
La yegua empezó a trotar a través de los árboles, y mientras cogía velocidad, Charlie gritó. “¿Tancred, hablaste con mi tío?”
“No estaba ahí. Le dije a tu madre que te quedarías a dormir conmigo.”
“Tienes que hablar con mi río. ¡Jura que lo harás, Tancred!”
“¡Lo juro!” gritó Tancred. Esperó hasta que la yegua blanca estuviera fuera de vista y luego corrió de vuelta a casa.
La oscuridad cayó rápidamente y Tancred no vio a la bestia gris agazapada en el suelo, observando y escuchando.
Durante un segundo, Charlie se preguntó si no tendría que haber reflexionado un poco más sobre su aventura antes de lanzarse a la oscuridad – montado en un caballo. Pero no estaba en su naturaleza preocuparse por los errores pasados, así que se aferró a las riendas y se preparó para disfrutar de la carrera de su vida.
Una vez que estuvo fuera del bosque, la yegua siguió el estrecho camino que llevaba al final de Los Altos, sobre la colina. Desde ahí, la ciudad descansaba delante de ella como una constelación distante. El Rey Rojo y la Reina Berenice habían subido a menudo a aquella colina, y sabía exactamente dónde se encontraba su castillo. Incluso en aquel nuevo mundo de luces y ruido y altos edificios, podía ver el perfil de las murallas del que fuera su hogar, detrás de la gran casa gris en la que vivían los niños descendientes de su dotado linaje.
La ciudad palpitaba con su doloroso pasado, la reina podía sentirlo mientras caminaba por la superficie. Aquello la entristecía, a ella, que había pasado tantos años felices en el Castillo Rojo.
En los meses anteriores a que su décima hija naciera, una enfermedad terrible se había extendido por el país. La reina se contagió, y aunque luchó contra la enfermedad, se volvió tan débil que cuando nació su hija Amoret, sabía que no viviría para protegerla a ella ni a los más vulnerables de sus hijos. Pero ahora tenía a dos de sus niños de vuelta, y utilizaría la nueva y extraña oportunidad que le había sido concedida para ayudar a esos niños tan valientes.
Durante prácticamente mil años la reina Berenice había habitado el reino de la muerte – el otro mundo – y desde ahí se había traído algunos poderes a su nueva vida que ni ella ni su yegua favorita habían tenido nunca. Aquellos poderes le permitían subir los acantilados más empinados, pasar sobre los abismos más profundos y volar con facilidad sobre el oleaje espumoso.
Viajaron bajo una luna llena y hacia la costa, en una ruta que la reina conocía bien. Charlie sedaba cuenta de que él y Billy estaban viviendo una aventura encantada aquella noche. Entraron en un mundo incluso aún más extraño que los sitios que había visitado cuando viajaba a las imágenes. No había carreteras ni casas, luces o ruidos en aquella tierra: era antigua, salvaje y vacía.
Muchas veces, Charlie cayó dormido, pero cuando se despertaba siempre subido en la yegua, con la cabeza Billy adormilada de Billy sobre su espalda y la polilla blanca brillando delante de él, como una pequeña corona entre las orejas del caballo. Hasta donde él sabía, la yegua nunca paró – ni una vez – hasta que entró trotando en una gran bahía en la que la playa brillaba con conchas y arena plateada.
La yegua relinchó suavemente y Billy dijo “Ya hemos llegado.”
“¿En serio?” Charlie miró a su alrededor. Todo lo que podía ver era el brillante océano y la playa; detrás de ellos, había un alto acantilado alzándose en la oscuridad.
“¡Está ahí!” Billy se deslizó del caballo y corrió hacia el borde del agua. “¡Ahí!” señaló.
“No puedo ver nada” Charlie sacó sus pies de los estribos y saltó a la arena. “¿Dónde?” Buscó en el oscuro horizonte y vio un lejano y misterioso resplandor, como el reflejo de las estrellas en el agua. “Creo que lo veo ahora” dijo. Y se preguntó si había alguien en aquel distante castillo sujetando una vela. Su padre, quizás.
La yegua relinchó, fue un sonido alto y urgente.
Billy dijo “Ella dice que no debemos ir ahora, que debemos esperar a la mañana.”
“¿Y cómo vamos a llegar hasta ahí?” se preguntó Charlie. Pero estaba demasiado cansado como para pensar más. El sueño hacía que sus párpados pesaran horriblemente y sus piernas estaban a punto de desplomarse bajo su peso.
Durmieron en una cueva acogedora en la base del acantilado, y la yegua se colocó delante de ellos, protegiéndolos del viento nocturno.
Se despertaron con un cielo azul y el mar estaba limpio y en calma. ¿Pero dónde estaba la isla? El horizonte se había perdido en la niebla. Los niños se quitaron los zapatos y los calcetines, remangaron sus pantalones y se metieron en el mar, dirigiendo su mirada hacia la bruma seductora. El agua llegaba hasta sus rodillas y el estómago de Charlie rugió. No podía abandonar la esperanza de que si conseguían llegar hasta el esquivo castillo, su padre quizás contara con lo medio para hacerle un agradable desayuno caliente. Poco después pensó que hasta un desayuno frío le serviría.
Por ahora la situación no era muy prometedora. El distante brillo de la noche pasada podía haber sido cualquier cosa: un barco que pasaba, una estrella caída, incluso un espejismo. Los pies de Charlie estaban empezando a entumecerse. Volvió a la costa con Billy salpicando detrás de él.
Se sentó en la playa llena de conchas, secando sus pies mojados con sus calcetines. Charlie se sorprendió al ver la cara sonriente de Billy, llena de emoción. Pensó que debería advertirle de que la situación era completamente desesperanzadora. “Imagina que nunca encontramos el castillo” dijo Charlie.
Billy no perdió su sonrisa. “No he visto el mar en años. De hecho, apenas podía recordar cómo era.”
Aquello no se le había ocurrido a Charlie. Al mismo tiempo, había traído a Billy de vuelta a la tierra. “Quizás estemos en el lugar equivocado.” Charlie dirigió su mirada a la yegua blanca que pastaba en el acantilado, y bajando la voz dijo “Solo digo, fue hace miles de años cuando ella…estaba viva. Puede que lo recuerde mal.”
“No lo creo” Billy limpió sus gafas y entrecerró los ojos mirando al mar.
Charlie levantó la mirada. La niebla estaba empezando a alzarse, y en el océano, una isla quedó al descubierto. Una distante, hermosa isla azul con una brillante corona. Un castillo de resplandeciente cristal.
Cuando ella vio la isla, la yegua blanca lanzó un grito que fue casi humano. Sus cascos lanzaron oleadas de conchas al aire y corrió por la playa, saltando sobre un promontorio rocoso y desapareciendo de la vista. Pero su voz todavía podía ser escuchada, llamándole mientras se alejaba galopando del mar.
“Dice que no nos está dejando” dijo Billy “pero que su corazón no le permite mirar la isla en la que sus hijos murieron. ¿A qué se refiere?”
Charlie decidió de que ya era hora de contarle a Billy la verdadera historia del Castillo de los Espejos. ¿Pero querría Billy vivir ahí una vez que supiera lo que le había pasado al príncipe Amadis?