Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

lunes, 16 de julio de 2012

Capítulo 14: Los niños de la reina

Charlie levantó la vista hacia los dos rostros preocupados.
“Hey Charlie, creo que te desmayaste” dijo Tancred.
“¿En serio?” Charlie se puso de pie.
“¿Qué pasó?” le preguntó Billy, frunciendo el ceño alarmado.
“El caballo” graznó Charlie. “Estaba justo aquí, resoplando en mi cara. Ha sido horrible.”
“Bueno, no eres el que ha salido peor parado del encuentro” dijo Tancred riéndose. “Probablemente aterrorizaste al pobre animal al gritar de semejante manera.”
Charlie no recordaba haber gritado. Los árboles le rodeaban y había un leve rumor de truenos sobre su cabeza.
“Hay una polilla en tu cabeza” observó Billy, mirando el pelo despeinado de Charlie. “Tiene plata en sus alas.”
“¿En serio?” Charlie levantó sus manos pero la polilla blanca se alejó flotando en las sombras.
“Venga vamos” dijo Tancred impacientemente. “Iremos por el bosque, por si acaso la mujer de Grey viene buscando a Billy.”
“O los Bloor” añadió Billy. “¿Puedo quedarme en tu casa durante un tiempo, Tancred?”
“Tanto como quieras” dijo Tancred despreocupadamente. “A mi madre le encantará. Vamos, diez minutos y estaremos dentro.”
Empezaron a caminar por los árboles, siguiendo un camino bien marcado utilizado por las ovejas que pastaban por la ladera. Tancred lideraba la marcha mientras que Charlie la cerraba. Charlie empezó a preguntarse a dónde podía ir Billy luego. La pregunta sin formular colgaba en el aire cuando una extraña solución se le ocurrió. “Siempre quedará el Castillo de los Espejos” dijo Charlie, prácticamente para sí mismo.
“¿Qué?” Billy dejó de andar.
“Es a donde perteneces. Tu propio castillo, Billy.”
“La Cocinera me dijo que el Castillo de los Espejos pertenecía a mi familia” dijo Billy lentamente. “¿Crees que podría vivir ahí hasta que creciera?”
“¿Por qué no? Quizás podrías vivir seguramente para siempre” dijo Charlie.
Tancred gritó. “¡Eh, vosotros dos! ¡Moveos!”
Billy y Charlie corrieron hasta alcanzarle. Mientras se acercaban a la Casa del Trueno, la brisa se convirtió en una ráfaga y los truenos se intensificaron.
“Papá está en buena forma” dijo Tancred.
La sonrisa de Charlie se congeló. Una enorme silueta que no había visto hasta entonces pasó galopando a su lado. Podía sentir su gran peso y su poder al golpear la tierra. Los otros eran conscientes de ello ahora. Los niños se acercaron mientras el caballo fantasma los rodeaba, relinchando y resoplando mientras corría alrededor del pequeño grupo.
Las hojas cayeron de los árboles cuando la criatura se irguió. Podían sentir sus patas delanteras golpeando el aire, y Charlie pensó En cualquier momento, uno de esos cascos va a ir directo a mi cabeza y no habrá más Charlie Bone.
Entonces Billy Raven hizo algo completamente inesperado. Se salió del camino y caminó hacia el caballo fantasma, gruñendo gentilmente.
“Está loco” Tancred agarró el hombro de Charlie.
“¡Sí!” susurró Charlie, Billy podía tener un don con los animales, ¿pero cómo iba a hablar con un monstruo como Hamaran con el corazón de Borlath?
Una vez más, los truenos pararon y los árboles se quedaron quietos. Hubo un largo y gentil relincho y luego silencio. Y en el silencio, Billy Raven se arrodilló y agachó la cabeza.
“¿Qué demonios…?” la voz de Tancred rota por el horror.
“¡Shh!” Charlie tiró de la chaqueta de Tancred.
La polilla blanca había vuelto a aparecer, y ahora flotaba justo un poco más allá de Billy, con sus brillantes alas terminadas en plata moviéndose tan deprisa que parecían estar dibujando una forma en el aire. La forma empezó a coger profundidad y algo grande empezó a aparecer entre las alas plateadas, y ahí estaba: un alto caballo blanco con una noble cabeza y una espesa crin.
Charlie jadeó y retrocedió tirando de Tancred.
“No parece malvado” dijo Tanred en el oído de Charlie.
“No lo es” dijo Billy.
“¿Cómo lo sabes?” demandó Charlie “¿Has hablado con él?”
“Sí” Billy miró sobre su hombro y le sonrió a los chicos. “Está bien, en realidad…ella es la reina.”
“¿LA REINA?” dijeron Tancred y Charlie.
“¿Quieres decir que…?” la mente de Charlie trabajaba rápidamente. Intentó recordar lo que había dicho Manfred sobre el experimento: una lápida marcada con una “B”, los huesos de un caballo enterrados al lado y el corazón en un cofre.
“No era Borlath” murmuró “sino Berenice” Una sonrisa cruzó su cara y se acercó a Billy. “Ese estúpido anciano se equivocó otra vez.”
Tancred, que se movía cautelosamente, preguntó, “¿Cómo ha llegado hasta aquí?”
“El viejo Ezekiel la trajo a la vida. No era el corazón de Borlath, era el de la reina. La reina Berenice.”
Ahora estaban justo detrás de Billy, quien se puso de pie lentamente.
“Ha estado siguiéndonos” dijo Billy. “Dice que somos sus niños y quiere protegernos. Alguien la trajo aquí desde el otro mundo, pero su espíritu seguía desvaneciéndose, llevándosela de vuelta, hasta que tu varita de alguna manera la mantuvo aquí.”
“¿Mi varita?” Charlie estaba asombrado. “Pensaba que Manfred la había destruido, a menos que…” miró a la polilla blanca, sus alas solo eran visibles como un pequeño destello entre las orejas del caballo.
“Se dice que las varitas pueden tomar diferentes formas” dijo Tancred “si tienen que hacerlo.”
“Oh” Charlie parpadeó. Tancred sabía más de lo que pensaba.
El caballo blanco empezó a gruñir, suavemente esta vez, pero con una fluida secuencia de sonidos, casi humana. Billy escuchó intensamente y cuando el caballo se calló, les dijo a los demás “Nos oyó hablar sobre el Castillo de los Espejos y eso la asustó. Ella vio la isla en la que se construyó y sabía lo qué pasaría ahí.”
“Así que ella sabe dónde está” dijo Charlie pensativamente.
“Supongo que sí” era obvio que Billy no conocía la terrible historia del castillo.
“Charlie, por favor dime que no vas a hacer lo que yo creo que vas a hacer” le rogó Tancred.
Charlie sonrió. “Solo era una idea.” Pero la idea se estaba desarrollando.
Los tres chicos se quedaron en silencio y observaron a la señorial criatura pastando. Era difícil de creer que había sido una reina, aunque hubiera sido cientos de años atrás. El viejo Ezekiel había cometido un error, pero lo que había hecho era un milagro al mismo tiempo. Todavía era un poderoso mago y no tardaría mucho en encontrar a Billy y llevarlo de vuelta a la Academia, a menos que… La idea en la mente de Charlie creció hasta convertirse en un plan. Y el plan, de alguna manera, se convirtió en la única solución. Charlie sabía que en el fondo, encontrar a su padre era lo principal en su mente, pero la seguridad de Billy estaba muy igualada en importancia.
“Pregúntale si nos llevará a la isla” le dijo Charlie a Billy.
“¡Charlie!” protestó Tancred. “¡No puedes hacer eso!”
“Creo que tenemos que hacer eso.”
Billy estaba ansioso por intentarlo. Se arrodilló otra vez y empezó a gruñir suavemente a la yegua. Ella levantó su cabeza, con sus orejas echadas hacia atrás y sus grandes ojos rebosantes de miedo.
“No le gusta la idea” susurró Billy.
“Háblale de mi padre” le urgió Charlie. “Dile que tienes que encontrar un lugar seguro.”
Billy volvió a empezar otra vez, y esta vez le añadió unos relinchos quejumbrosos a su lenguaje.
Súbitamente, la yegua se encabritó. Con un chillido de terror, salió corriendo entre los árboles. Escucharon el sonido de los cascos disminuyéndose hasta desaparecer y los únicos sonidos que se escucharon fueron los truenos y los árboles debatiéndose contra el viento.
“Eso ha sido todo pues” dijo Tancred. “Volvamos a mi casa”
“No” dijo Charlie. “Ella volverá.”
“Estás de broma, ¿no? La yegua es solo un animal asustado, Charlie. Nunca te llevará al Castillo de los Espejos.”
“Lo hará” insistió Charlie. “Ella piensa que somos sus hijos, tiene que protegernos.”
A Billy no le gustaba discutir con chicos como Tancred, pero mientras dirigía su mirada del chico de las tormentas a Charlie, dijo tímidamente “Creo que Charlie tiene razón.”
“Puede que la tenga” dijo Tancred “Pero yo me largo” Mientras se alejaba gritó. “Os traeré algo de comida dentro de un rato, si todavía estáis aquí, y creo que seguiréis.”
“¿Crees que Tancred tiene razón?” le preguntó Billy a Charlie.
“No” Charlie se sentó y se acomodó en el amplio tronco de un árbol.
Hubo un fuerte trueno seguido de un súbito aguacero, y Billy se apretó contra Charlie.
“Tancred está enfadado” dijo Billy.
“Lo superará” le dijo Charlie.
Pero, a pesar de todo, la tormenta empeoró. El viento surgió de los árboles, enviando hojas y ramas muertas contra el suelo produciendo un fuerte traqueteo. Ortigas arrancadas, zarzas y pasto seco rodearon silbando a los niños mientras se acurrucaban en el amplio roble, escudándose con sus brazos. Después de lo que parecieron horas de tormenta ensordecedora, el tiempo se calmó y los chicos se durmieron, agotados por la extraordinaria mañana que habían vivido.
Charlie se despertó justo a tiempo para ver a Tancred caminando hacia él con una gran bandeja. “Sabía que todavía seguiríais aquí” dijo Tancred, dejando la bandeja en el suelo al lado del árbol. Charlie vio platos de pollo asado, verduras y salsa de carne y tres cuencos de pastel de ciruela y crema. El desayuno de la señora Silk parecía haber sucedido hace horas y el olor del festín que tenía delante fue suficiente para que el hambriento chico lanzara un grito de alegría, despertando de paso a Billy, quien se cayó de lado sobre la hierba.
“Menuda tormenta” murmuró Charlie mientras mordía una pata de pollo.
“Lo siento, mi padre y yo tuvimos una pelea” dijo Tancred. “Dijo que vosotros dos deberíais estar comiendo en una mesa, no sentados en el bosque como un par de fugitivos, así que yo dije que no comería con él si iba a continuar diciendo eso. Mi padre casi explotó, pero mi madre dijo que los niños son niños y recordó a mi padre y a ella haciendo un picnic en el bosque en sus lejanos días de juventud. Eso lo calmó.”
Cuando todos los platos y los cuencos estuvieron escrupulosamente limpios, Tancred preguntó sí Charlie y Billy estaban listos para ir a casa con él. “Es bastante obvio que la yegua no va volver” dijo. “Probablemente ya ha galopado de vuelta al otro mundo.”
Charlie lamió un último y delicioso bocado de sus dedos y replicó. “No, ella volverá.”
“Dios, eres más terco que una mula, Charlie Bone” dijo Tancred poniéndose de pie, aunque esta vez parecía más resignado que enfadado. “¿Qué voy a hacer contigo?”
“Llama a mi tío Paton” le dijo Charlie. “Intenta explicarle lo que ha pasado. Todo. Y dile que probablemente pasaré la noche contigo, solo por si acaso mamá se preocupa.”
“Lo haré lo mejor que pueda. Pero volveré al atardecer y si vosotros dos todavía seguís aquí, os echaré de la Casa del Trueno, me da igual lo que digáis. No os podéis quedar en el bosque de noche.”
“No” dijo Billy en voz baja. “Porque Asa Pike estará rondando.”
Charlie se había olvidado de Asa. “No estaremos aquí” dijo firmemente “La reina volverá.”
“Está bien, eso ya lo veremos” Balanceando la bandeja sobre su puntiagudo pelo rubio, Tancred se fue haciendo cabriolas a través de los árboles y Billy se las arregló para reír por primera vez aquel día.
Durante las siguientes horas, los dos chicos jugaron al Veo, veo, persiguieron hojas, treparon árboles y dormitaron. Pero mientras las sombras se alargaban, el corazón de Charlie empezó a hundirse. Se dio cuenta de que había soñado con demasiadas cosas. ¿Qué esperaba?, ¿Qué un frágil lazo de familia podía mantenerse a pesar de que pasaran miles de años?
Todavía somos los niños del Rey Rojo, pensó Charlie desesperado, Así que somos los niños de la reina también.
Para Billy, finalmente la decepción fue demasiado. Se dejó caer en el camino, llorando. “No va a venir, ¿no?”
Charlie solo pudo encogerse de hombros. “Y tiene mi varita” dijo, intentando iluminar la situación. “Si es que es eso la polilla blanca.”
La noche empezó a caer demasiado rápido. El bosque se volvió húmedo y frío, y Charlie supo que tenía que tomar una decisión. Entonces vio la pálida cabeza de Tancred acercándose a la distancia y gritó. “Está bien Tanc, ya vamos.”
Billy se levantó, feliz por abandonar el oscuro bosque por fin. Pero Tancred paró súbitamente y dijo en voz baja “Charlie – ¡detrás de ti!”
Charlie se giró muy lentamente esperando descubrir la forma de hombre lobo gris que Asa tomaba al atardecer. Pero no era Asa. Era la reina.
“Ha vuelto” dijo Billy, suspirando de alivio.
El pelaje de la yegua era de un resplandeciente blanco en el atardecer. Esta quieta mirándolos, con sus pies plantados firmemente en el camino, su noble cabeza estaba levemente girada para poder verlos con un gran y oscuro ojo. Charlie se alegró al ver a la polilla blanca brillando en su larga crina.
“Vuelve a hablar con ella, Billy” dijo Charlie suavemente. “Dile cuánto la necesitamos.”
Billy se acercó a la yegua, y dejándose caer sobre una rodilla, le narró dos historias con una voz lírica que tarareaba y relinchaba: la historia de la muerte de sus padres y su vida solitaria, y la historia del padre perdido de Charlie. Mientras el niño hablaba, Charlie observaba la cara del caballo. Estaba seguro de que vio caer una lágrima de su brillante ojo marrón.
Cuando Billy realizó su última súplica desesperada la yegua bajó su cabeza y relinchó suavemente.
Billy se giró hacia Charlie. “Lo hará. Dice que sus miedos son irrazonables cuando van en contra de nuestra felicidad.”
Charlie estaba desconcertado. “¿Qué ha dicho qué?” Y miró a la yegua, preguntándose cómo iban a subir él y Billy y una vez arriba, cómo se iban a mantener.
Para su sorpresa, Tancred ya había pensado en eso previamente. Cuando finalmente entró en el claro, Charlie vio que llevaba consigo una silla enorme y varias tiras largas de cuero. “Son de mi padre” dijo Tancred. “Solía montar huracanes, no me preguntes cómo.”
“Tú creías que vendría después de todo, ¿no?” dijo Charlie.
“Pensé que su venía, no podríais ir galopando poro ahí sin todo esto” respondió Tancred, sonriendo.
La yegua blanca les permitió que la ensillaran, ayudando de todas las maneras que pudo, y cuando hubieron terminado, Tancred subió a Charlie a su espalda y luego a Billy, quien se colocó detrás de Charlie, aferrándolo fuertemente por la cintura.
“¿Ya está todo?” preguntó Charlie, sin poder creer lo que estaba a punto de pasar. “Adiós Tancred. Y gracias.”
“Buena suerte” dijo Tancred, su tono de voz ronco fue incapaz de disimular un ligero malestar.
La yegua empezó a trotar a través de los árboles, y mientras cogía velocidad, Charlie gritó. “¿Tancred, hablaste con mi tío?”
“No estaba ahí. Le dije a tu madre que te quedarías a dormir conmigo.”
“Tienes que hablar con mi río. ¡Jura que lo harás, Tancred!”
“¡Lo juro!” gritó Tancred. Esperó hasta que la yegua blanca estuviera fuera de vista y luego corrió de vuelta a casa.
La oscuridad cayó rápidamente y Tancred no vio a la bestia gris agazapada en el suelo, observando y escuchando.
Durante un segundo, Charlie se preguntó si no tendría que haber reflexionado un poco más sobre su aventura antes de lanzarse a la oscuridad – montado en un caballo. Pero no estaba en su naturaleza preocuparse por los errores pasados, así que se aferró a las riendas y se preparó para disfrutar de la carrera de su vida.
Una vez que estuvo fuera del bosque, la yegua siguió el estrecho camino que llevaba al final de Los Altos, sobre la colina. Desde ahí, la ciudad descansaba delante de ella como una constelación distante. El Rey Rojo y la Reina Berenice habían subido a menudo a aquella colina, y sabía exactamente dónde se encontraba su castillo. Incluso en aquel nuevo mundo de luces y ruido y altos edificios, podía ver el perfil de las murallas del que fuera su hogar, detrás de la gran casa gris en la que vivían los niños descendientes de su dotado linaje.
La ciudad palpitaba con su doloroso pasado, la reina podía sentirlo mientras caminaba por la superficie. Aquello la entristecía, a ella, que había pasado tantos años felices en el Castillo Rojo.
En los meses anteriores a que su décima hija naciera, una enfermedad terrible se había extendido por el país. La reina se contagió, y aunque luchó contra la enfermedad, se volvió tan débil que cuando nació su hija Amoret, sabía que no viviría para protegerla a ella ni a los más vulnerables de sus hijos. Pero ahora tenía a dos de sus niños de vuelta, y utilizaría la nueva y extraña oportunidad que le había sido concedida para ayudar a esos niños tan valientes.
Durante prácticamente mil años la reina Berenice había habitado el reino de la muerte – el otro mundo – y desde ahí se había traído algunos poderes a su nueva vida que ni ella ni su yegua favorita habían tenido nunca. Aquellos poderes le permitían subir los acantilados más empinados, pasar sobre los abismos más profundos y volar con facilidad sobre el oleaje espumoso.
Viajaron bajo una luna llena y hacia la costa, en una ruta que la reina conocía bien. Charlie sedaba cuenta de que él y Billy estaban viviendo una aventura encantada aquella noche. Entraron en un mundo incluso aún más extraño que los sitios que había visitado cuando viajaba a las imágenes. No había carreteras ni casas, luces o ruidos en aquella tierra: era antigua, salvaje y vacía.
Muchas veces, Charlie cayó dormido, pero cuando se despertaba siempre subido en la yegua, con la cabeza Billy adormilada de Billy sobre su espalda y la polilla blanca brillando delante de él, como una pequeña corona entre las orejas del caballo. Hasta donde él sabía, la yegua nunca paró – ni una vez – hasta que entró trotando en una gran bahía en la que la playa brillaba con conchas y arena plateada.
La yegua relinchó suavemente y Billy dijo “Ya hemos llegado.”
“¿En serio?” Charlie miró a su alrededor. Todo lo que podía ver era el brillante océano y la playa; detrás de ellos, había un alto acantilado alzándose en la oscuridad.
“¡Está ahí!” Billy se deslizó del caballo y corrió hacia el borde del agua. “¡Ahí!” señaló.
“No puedo ver nada” Charlie sacó sus pies de los estribos y saltó a la arena. “¿Dónde?” Buscó en el oscuro horizonte y vio un lejano y misterioso resplandor, como el reflejo de las estrellas en el agua. “Creo que lo veo ahora” dijo. Y se preguntó si había alguien en aquel distante castillo sujetando una vela. Su padre, quizás.
La yegua relinchó, fue un sonido alto y urgente.
Billy dijo “Ella dice que no debemos ir ahora, que debemos esperar a la mañana.”
“¿Y cómo vamos a llegar hasta ahí?” se preguntó Charlie. Pero estaba demasiado cansado como para pensar más. El sueño hacía que sus párpados pesaran horriblemente y sus piernas estaban a punto de desplomarse bajo su peso.
Durmieron en una cueva acogedora en la base del acantilado, y la yegua se colocó delante de ellos, protegiéndolos del viento nocturno.
Se despertaron con un cielo azul y el mar estaba limpio y en calma. ¿Pero dónde estaba la isla? El horizonte se había perdido en la niebla. Los niños se quitaron los zapatos y los calcetines, remangaron sus pantalones y se metieron en el mar, dirigiendo su mirada hacia la bruma seductora. El agua llegaba hasta sus rodillas y el estómago de Charlie rugió. No podía abandonar la esperanza de que si conseguían llegar hasta el esquivo castillo, su padre quizás contara con lo medio para hacerle un agradable desayuno caliente. Poco después pensó que hasta un desayuno frío le serviría.
Por ahora la situación no era muy prometedora. El distante brillo de la noche pasada podía haber sido cualquier cosa: un barco que pasaba, una estrella caída, incluso un espejismo. Los pies de Charlie estaban empezando a entumecerse. Volvió a la costa con Billy salpicando detrás de él.
Se sentó en la playa llena de conchas, secando sus pies mojados con sus calcetines. Charlie se sorprendió al ver la cara sonriente de Billy, llena de emoción. Pensó que debería advertirle de que la situación era completamente desesperanzadora. “Imagina que nunca encontramos el castillo” dijo Charlie.
Billy no perdió su sonrisa. “No he visto el mar en años. De hecho, apenas podía recordar cómo era.”
Aquello no se le había ocurrido a Charlie. Al mismo tiempo, había traído a Billy de vuelta a la tierra. “Quizás estemos en el lugar equivocado.” Charlie dirigió su mirada a la yegua blanca que pastaba en el acantilado, y bajando la voz dijo “Solo digo, fue hace miles de años cuando ella…estaba viva. Puede que lo recuerde mal.”
“No lo creo” Billy limpió sus gafas y entrecerró los ojos mirando al mar.
Charlie levantó la mirada. La niebla estaba empezando a alzarse, y en el océano, una isla quedó al descubierto. Una distante, hermosa isla azul con una brillante corona. Un castillo de resplandeciente cristal.
Cuando ella vio la isla, la yegua blanca lanzó un grito que fue casi humano. Sus cascos lanzaron oleadas de conchas al aire y corrió por la playa, saltando sobre un promontorio rocoso y desapareciendo de la vista. Pero su voz todavía podía ser escuchada, llamándole mientras se alejaba galopando del mar.
“Dice que no nos está dejando” dijo Billy “pero que su corazón no le permite mirar la isla en la que sus hijos murieron. ¿A qué se refiere?”
Charlie decidió de que ya era hora de contarle a Billy la verdadera historia del Castillo de los Espejos. ¿Pero querría Billy vivir ahí una vez que supiera lo que le había pasado al príncipe Amadis?

domingo, 15 de julio de 2012

Capítulo 13: La batalla de los juramentos y los espíritus


Charlie cerró de un portazo la puerta de la casa de los jerbos, pero muchos juramentos ya habían entrado. Se dirigieron directamente hacia Billy y se aferraron a él. Billy gritó, si fue de dolor o de miedo, Charlie no lo podía saber. Pero cuando intentó tirar de los papeles que se aferraban a Billy vio que todos tenían un brillante borde verde que mordían su carne al momento que lo tocaban.
Tancred y Lysander también estaban tirando de los documentos y también eran mordidos por el malvado espíritu, o lo que fuera que tuvieran los letales juramentos de Florence de Grey. Una y otra vez, tiraron los papeles lejos de Billy, solo para que se volvieran a acercar al niño. Intentaron cortar los juramentos, pero los pequeños pedazos volvían volando hacia Billy. Redujeron el papel a bolas mientras se retorcía en sus manos, mordiendo sus dedos y quemando sus palmas. Pero el arrugado papel siempre se desplegaba y volvía al ataque.
“¡Tendremos que sacarlos de aquí!” gritó Lysander, mientras Billy daba vueltas, gritando y tirando de su pelo.
“Abre la puerta Charlie, solo un poco” gritó Tancred “y los sacaré fuera.”
“¿Y si entran más?” preguntó Charlie sin aliento.
“Tendremos que intentarlo” le dijo Tancred.
“Hay doce, los he contado” dijo Lysander. “Así que vamos, tenemos que intentarlo.”
Todos los juramentos que no estaban sujetos a Billy se verían arrastrados por una fría ráfaga de aire frío que se escaparía por el pequeño hueco que iba a dejar Charlie. Charlie cerraría entonces la puerta, la maniobra no iba a ser fácil, ya que Tancred necesitaba mucho espacio para reunir una brisa fuerte y cuando Charlie llegó a la puerta, tuvo que tener cuidado de mantenerse lejos del brazo del chico de las tormentas, que giraba con fuerza.
Avanzaban angustiosamente lento, pero al final, todos los documentos fueron sacados al exterior y los agotados ocupantes de la casa del los jerbos colapsaron en el banco, libres al menos por un tiempo. Sus manos estaban cubiertas con verdugones rojos, pero la cara de Billy estaba peor que sus manos. Su palidez hacía que las rayas de color carmesí resaltaran aún más. Escondiendo su cara en sus manos, el pequeño niño se hundió y empezó a llorar.
“Vamos Billy” dijo Lysander dando palmaditas en el hombro del pequeño niño “Ya estamos bien.”
“No, no lo estamos” lloró Billy. “Y es por mi culpa.”
“No es tu culpa” declaró Tancred. “Aunque tienes razón en algo, no estamos bien. Para empezar, ¿cómo vamos a llegar al desayuno? Me muero de hambre.”
Lysander le lanzó una mirada de advertencia mientras la expresión de Billy empezaba a desmoronarse otra vez.
Los juramentos cubrieron la ventana. Observando por un pequeño hueco entre los papeles, Charlie tuvo una pequeña vista del jardín. No había rastro de Gabriel, pero podían verse cuatro huevos fritos, varias rebanadas de pan tostado y un delicioso y crujiente beicon, todo en el barro, era muy deprimente. Estaba a punto de girarse cuando vio la cara de Gabriel asomándose por la ventana de la cocina, el chico le hizo una señal levantando los pulgares y Charlie tuvo la esperanza de que se le hubiera ocurrido un plan para rescatarlos.
Una nube de papeles descendió súbitamente, destrozando las esperanzas de Charlie al ver cómo el rostro choqueado de Gabriel desaparecía detrás de los bordes verdes y pegajosos de los juramentos. Los papeles cubrieron la ventana de la cocina como una banda de murciélagos chillones.
“Gabriel no puede llegar hasta nosotros” dijo Charlie sombríamente. “Pero quizás los juramentos envenenados se agotarán después de un rato. Quizás se irán a dormir – ¡o se morirán!”
“Nunca morirán” susurró Billy.
“Si las tormentas no pueden frenarlos, no sé qué lo hará” se lamentó Tancred.
Un silencio abatido se instaló en los cuatro prisioneros. El estómago de Tancred rugió, Billy se limpió las lágrimas de la cara con el dorso de la mano y Charlie se desplomó en el suelo, sintiéndose impotente.
Después de un rato, Lysander anunció. “¡Los juramentos tendrán que ser destruidos!”
Todo el mundo le miró y Charlie dijo, “¿Cómo?”
“Mis ancestros” respondió Lysander. “Son más poderosos que los que contienen los juramentos. Pero para llamarlos, tendré que salir fuera.”
Tancred se levantó de un salto. “No puedes hacer eso Sander” protestó. “Sería un suicidio. Debe de haber cientos de juramentos ahí fuera. Te comerán vivo o…te golpearán hasta matarte.”
“No” el chico sonrió. “Mis ancestros africanos me protegerán” Se paró ante la puerta. “Tancred, tendrás que ayudar. Si esos malvados intentan entrar cuando abra la puerta, una ráfaga de viento deberá impedir que lo consigan, ¿estás listo?”
¿Cómo podría alguien estar listo para una acción tan dramática? Aunque la mente de Lysander no estaba del todo lista, no dudó. Antes de que Charlie tuviera tiempo para ordenar sus pensamientos, la puerta se abrió y Lysander salió. Tancred por su parte, giró su brazo formando un arco hacia los juramentos que se atrevían a intentar entrar. Uno consiguió entrar antes de que la puerta fuera cerrada, pero mientras la malvada cosa se dirigía hacia Billy, Tancred la atrapó y con la ayuda de Charlie, la sacó por la puerta con otra ráfaga de aire.
“¡Ay! Esas cosas se están volviendo cada vez más fuertes” dijo Tancred, examinando sus manos. “¡Mira! Los cortes son más profundos.”
Charlie se quedó mirando los cortes lacerantes de los dedos de Tancred, necesitaban urgentemente un vendaje.
“Aquí, tengo un pañuelo” Billy sacó un pañuelo excepcionalmente blanco de su bolsillo y se lo dio a Tancred. “Florence decía que siempre tenía que tener un pañuelo a mano, supongo que tenía razón.”
Charlie vendó la mano de Tancred, pero la sangre empezó a traspasar el pañuelo y Billy gimió. “Oh no. Espero que no te desangres hasta la muerte.”
“Claro que no lo haré idiota” Tancred escondió su mano detrás de él. “¡Piensa en Sander! Está mucho peor que yo.”
“¡Sander!” gritó Charlie.
Los tres chicos se asomaron por la ventana. Instantes atrás esta había estado cubierta de papeles pero ahora estaba limpia y los horrorizados espectadores vieron que los juramentos se habían reunido en un gran ejército que intentaba atacar a una figura inmóvil en la niebla.
El patio estaba tan oscuro como si hubiera atardecido de pronto, pero aún así podían ver que Lysander había enterrado su rostro entre sus manos, mientras que las hojas acabadas con aquellos bordes verdes pululaban a su alrededor, golpeando y cortando todo lo que encontraban a su paso. La masa de papel emitió un zumbido enfadado que fue aumentando cada vez más hasta que Billy Raven no pudo soportarlo.
“Van a matarlo” gritó Billy.
“¡Shh!” le silenció Charlie. “Escucha.”
Muy suave al principio, pero más fuerte con cada segundo que pasaba, el sonido de los tambores llegó hasta ellos flotando en el aire.
“Los ancestros de Lysander están viniendo” dijo Charlie.
Una sonrisa iluminó el rostro de Tancred. “¿Has oído eso Billy?”
Billy asintió, ya había visto una vez a los ancestros de Lysander en combate, sabía que ahora tenían una oportunidad.
Cuando el sonido de los tambores reverberaba en el jardín, los juramentos parecieron perder su energía. Algunos se alejaron flotando del grupo, como si estuvieran confusos. El cielo se volvió negro como la tinta, y Charlie se preguntó su los ancestros estaban trayendo la noche con ellos para resaltar su propio brillo.
El sonido de los tambores se incrementó y los espectadores se acercaron aún más a la ventana, esperando a que aparecieran los espíritus. Muchos juramentos estaban abandonando sus lugares. Se alejaron flotando de Lysander y se perdieron sin rumbo por el cielo.
Una niebla dorada se deslizó por la oscuridad, y Lysander levantó su cabeza mientras el último  de los juramentos abandonaba su ataque y se cernía la incertidumbre sobre él. Unas siluetas misteriosas empezaron a tomar forma en la niebla: altas figuras, vestidas de blanco con sus manos ocultas, hasta un último redoble de tambor, en el que todas las figuras sacaron sus brillantes armas. Lanzas, espadas y hachas salieron a la luz y un zumbido misterioso recorrió el aire.
Cuando los juramentos notaron que se enfrentaban a la muerte, atacaron a sus enemigos con una furia salvaje, pero una y otra vez los juramentos fueron reducidos. Los brillantes bordes verdes estallaban y luego desaparecían cuando los juramentos se convertían en ceniza. Algunos de ellos intentaron escapar volando hacia la oscuridad; pero los espíritus también podían volar y todos los escapes eran cortados rápidamente con una brillante espada o una lanza resplandeciente.
“Parecen fuegos artificiales, ¿no creéis?” preguntó Billy.
Charlie y Tancred estuvieron de acuerdo.
Nadie podía decir con certeza cuánto duró la batalla, parecía que solo habían pasado unos segundos hasta que la radiante niebla empezó a desvanecerse y la última y enorme silueta desapareció.
Fue el silencio lo que convenció a Charlie de que estaban a salvo. Los tambores habían parado y el zumbido enfadado de los papeles había muerto. Lysander saltó en el aire con un grito triunfal. “Están muertos y no volverán. Vamos chicos, ¡salir!”
Charlie abrió la puerta del almacén con un poco de cautela. Las nubes de plomo se habían ido y ahora se podía ver el cielo de la mañana teñido de azul y oro.
“¡Venga!” volvió a decir Lysander.
Los niños esperaban que su cara estuviera cubierta de cortes, pero parecía estar complemente limpia. Sus propios cortes se habían desvanecido, incluso las marcas de la cara de Billy se habían empequeñecido al tamaño de pequeños hilos que estaban desapareciendo rápidamente.
“Una medicina poderosa” dijo Tancred, dándole a Charlie un empujón amistoso para que avanzara.
Mientras Charlie avanzaba por el jardín, vio que este estaba cubierto con ceniza. La capa debía tener un par de centímetros de grosor y se deslizaba suavemente bajo sus pies.
“¡Lo has conseguido, Sander!” gritó Tancred.
La puerta de atrás de los Silk se abrió y con un fuerte grito de alegría, Gabriel aceleró para unirse a los demás. Los cuatro chicos corrieron por el patio, pateando la ceniza hasta convertirla en nubes polvorientas muertos de risa. El alivio de Charlie era tan grande que no podía respirar bien y su risa se mezclaba con cortas explosiones de hipo.
El hipo paró cuando notó que Billy estaba parado solo en la puerta de la casa de los jerbos. Estaba sonriendo, pero sus grandes ojos rojos lucían casi tan asustados como cuando los juramentos volaban a su alrededor.
“¿Qué pasa Billy?” preguntó Charlie.
Gradualmente, la risa paró, y Charlie y los otros rodearon al pequeño niño de pelo blanco.
“Ahora estás a salvo, Billy” dijo Tancred, pero aunque dijera eso, él y todos los demás se dieron cuenta de que no era cierto.
“¿A dónde voy a ir ahora?” Billy levantó su mirada preocupada hacia los cuatro chicos mayores.
Su pregunta fue resuelta temporalmente por el señor Silk, quien les dijo que entraran para tomar el desayuno.
Había una gran excitación en la casa de los Silk. Las tres hermanas de Gabriel mantuvieron una nerviosa charla ya que todavía rozaban la histeria mientras comían el enorme y delicioso desayuno. ¿A qué se debía el papel volador? ¿Quién lo había quemado? ¿Quién tocaba los tambores? La batalla del jardín había sido tapada por una oscura niebla y ninguno de los habitantes de la casa había podido ver lo que había pasado. Lo único que sabían era que era demasiado peligroso salir.
El señor Silk, quien había estado escribiendo en su gran libreta frenéticamente, paró un momento y gritó “¡Silencio niñas! ¡Un hombre no puede pensar en estas condiciones!”
“¿Pero QUÉ era eso?” persistió April, la niña más pequeña.
“Ha sido un fenómeno del que ahora en adelante no podemos hablar” dijo el padre. “Incluso con tus mejores amigas.”
“¿Tiene algo que ver con la rareza de Gabriel?” preguntó Mai, la hermana del medio.
“Ya te lo he dicho muchas veces, ¡no lo llames mi rareza!” gritó Gabriel. No se llevaba demasiado bien con Mai.
Charlie se preguntó cómo se las arreglaba la señora Silk para repartir a la perfección el delicioso desayuno y servir las tazas de té que siempre tenían el tono ideal. Se movía por la cocina tarareando en voz baja y sonriendo para sus adentros, Charlie decidió que debía ser el alivio lo que la hacía tan feliz. No debía haber sido fácil haber tenido juramentos furiosos y espíritus de ancestros batallando en su jardín.
Tancred, quien había devorado su desayuno en tiempo récord, preguntó qué iba a pasar con la comida que se había quedado en el jardín.
La señora Silk levantó la mirada sorprendida y June, la mayor de las hermanas de Gabriel preguntó, “No pretenderás comértela, ¿no?”
Los amigos de Tancred esperaron ansiosamente su respuesta, pero antes de que pudiera abrir la boca, el señor Silk dijo firmemente. “Las gallinas se encargarán de ella.”
Las gallinas habían huido tan pronto como aparecieron los juramentos, pero ahora se las podía ver a través de la ventana, escarbando alegremente en la ceniza. Gabriel se acordó de sus jerbos, y salió corriendo para asegurarse de que se habían recuperado del ataque a su casa. Volvió diciendo que estaban todos bien exceptuando a Rita, su favorita, que inesperadamente había dado a luz a más bebés de los que podía contar de una mirada.
Lysander tenía que volver a casa. Agitó la mano alegremente en un gesto de despedida diciendo “Os veo luego chicos.”
Charlie siempre se sentía seguro cuando Lysander estaba cerca. Ahora se había ido, justo cuando más necesitaban su compañía y consejo. Tancred era un poderoso aliado, por supuesto, pero el chico de las tormentas era un poquito más impredecible. Tenían que tomar una decisión sobre Billy, la casa de los Silk no estaría a salvo de Florence o los Bloor por mucho tiempo.
El teléfono sonó y la señora Silk fue a cogerlo. “Charlie es tu madre.”
Charlie corrió al recibidor y cogió el teléfono. “¡Hola mamá!”
“Charlie, ¿qué está pasando?” dijo la mujer. “¿Está Gabriel en problemas? ¿Vas a venir para…?”
“Espera un momento mamá” dijo Charlie firmemente. “Yo estoy bien, pero Billy tiene unos cuantos problemas y estamos intentado solucionarlos. Ha huido.”
“¿Huido?” el mensaje de Charlie no sirvió para calmar a su madre. “Pero Charlie…”
“Puede que tarde un rato en volver, no sé cuánto tardaré en solucionar esto.”
“¿Pero cuánto tardarás?”
“Solo dile al tío Paton lo que ha pasado, ¿lo harás mamá? Y por favor, no te preocupes, estoy bien, de verdad.”
Mientras Charlie colgaba el teléfono notó una polilla blanca sentada en su manga. Batió sus alas, revelando sus puntas plateadas.
“Otra vez tú” dijo Charlie.
La polilla voló, pero Charlie no pudo ver a dónde se había ido. Corrió otra vez hacia la cocina. “Creo que Billy y yo deberíamos irnos ahora” le dijo a la señora Silk. “Gracias por el gran desayuno.”
La señora Silk dijo que siempre era un placer ver a Charlie, pero quería saber exactamente a dónde tenían intención de ir él y Billy. Charlie había estado pensando en el tema y no sabía cómo responder a su pregunta.
“Vienen a mi casa conmigo” declaró Tancred. Se puso de pie tan súbitamente que una brisa flotó sobre el mantel, mandando ráfagas de azúcar al aire. Las hermanas de Gabriel aplaudieron fuertemente y le rogaron que lo volviera a hacer, pero Tancred, sonriendo tímidamente, dijo que no podía hacerlo. “¡Así de simple!” después de lo cual una disimulada ráfaga provocó que los cubiertos, los platos y los platillos chocaran con suaves tintineos.
En ese punto, la señora Silk se puso muy ansiosa. “Si Billy ha sido maltratado, deberíamos avisar a alguien” dijo “A la policía…o…a los servicios sociales” Se giró hacia Billy. “Quizás podrías volver a la Academia, Billy. Al menos ahí estarías a salvo.”
“¡No!” Billy negó con la cabeza vehementemente.
“Déjalo estar” le avisó el señor Silk a su esposa. “Estará a salvo en la Casa del Trueno.”
Tanto Tancred como su padre  controlaban las tormentas, y siempre había un viento salvaje y un redoble de truenos alrededor de su casa, era probablemente el sitio más seguro en la ciudad en aquel momento, y Charlie se sentía muy aliviado de que Tancred hubiera tomado esa decisión por él.
“Mi tío Paton les explicará porqué Billy no puede volver” le dijo a los Silk.
La familia entera los acompañó hasta la puerta para ver marchar a los tres chicos. Parecía como si se fueran de vacaciones más que huir hacia un sitio seguro.
Cuando llegaron a la puerta del jardín, Billy se volvió de pronto y preguntó, “¿Qué pasó con los gatos?”
“¿Cuáles gatos querido? Yo no he visto ningún gato” dijo la señora Silk.
“Oh, deben haberse ido a casa” dijo Billy tristemente.
Para cuando empezaron la larga caminata cuesta arriba, Billy ya estaba exhausto debido a su carrera más temprano aquella mañana. Los otros dos tuvieron que ir parando mientras él caminaba detrás de ellos, jadeando y silbando. Al final Tancred le dijo a Billy que se subiera a su espalda y le llevó por la áspera y sinuosa carretera que llevaba a los bosques de lo alto.
Charlie suspiró de alivio cuando la puerta de Tancred apareció ante su vista. Había dos carteles clavados en la puerta, uno decía LA CASA DE LOS TRUENOS y el otro TENGA CUIDADO CON EL TIEMPO. Mientras se acercaban a la puerta, Charlie escuchó unos cascos. Intentó ignorar el sonido, pero no pudo soportar la tensión durante más tiempo, así que miró hacia atrás. La carretera estaba vacía, pero el sonido de los cascos se estaba haciendo cada vez más fuerte.
Tancred se giró, y Billy, mirando por encima de su hombro, dijo. “Es el caballo fantasma otra vez. Está siguiéndonos.”
Charlie dio un grito y corrió hacia la puerta. No se molestó en desenganchar el cerrojo, sino que saltó sobre la puerta cayendo sobre el suelo de piedra del otro lado.
“¿Qué bicho te ha picado Charlie?” gritó Tancred.
“¡Es Borlath!” gimió Charlie. “Va detrás de mí, ¡correr, por favor!”
Billy se bajó de la espalda de Tancred y empezó a escalar por la puerta. “¡No creo que te haga daño!” gritó.
“¡Sí claro!” gritó Charlie. Empezó a correr hacia el camino.
Un salvaje y ensordecedor relincho perforó sus tímpanos. El caballo debía de haber saltado la valla, porque Charlie podía escuchar sus cascos volando sobre el camino detrás de él.
“¡Corre al bosque!”gritó Tancred. “No puede atraparte ahí. Al menos, no tan fácilmente.”
Charlie se salió del camino. “Es un caballo fantasma” se lamentó. “Me encontrará vaya a donde vaya.” Charlie se tambaleó entre los árboles y se apoyó en un amplio tronco, intentando recuperar el aliento.
Había un silencio sepulcral en el bosque. El viento había amainado, y cada rama, cada hoja y cada brizna de hierba estaba quieta. Charlie cerró los ojos. Quizás estaba seguro. Empezó a escuchar a Tancred y a Billy tropezando a través de la maleza hacia él. Una brisa cálida recorrió su mejilla, ¿era el aliento de alguien? Algo húmedo y pegajoso tocó su oreja.
Un profundo gruñido atravesó el cuerpo de Charlie, el niño se desplomó en el suelo.

sábado, 14 de julio de 2012

Capítulo 12: Rompiendo el campo de fuerza.


Billy siempre cenaba solo en su habitación. Cuando hubiera terminado, llevaría su plato a la cocina, y luego tendría que fregar todos los platos mientras los de Grey, sentados en la mesa, trabajaban en sus asuntos.
En la noche en la que Billy esperaba escapar, se dio cuenta de que Florence tenía una pila de documentos delante de ella. Ojeaba los papeles, lamiendo su pulgar y sonriendo con satisfacción.
Juramentos, pensó Billy. Se dio cuenta de que de alguna manera, tendría que destruir su propio juramento si quería escapar de verdad de los de Grey. Pero, ¿dónde estaba la bolsa en la que se guardaban los juramentos? Tendría que descubrirlo.
Billy secó el último plato y lo colocó en la vitrina. “¡Buenas noches mamá!, buenas noches papá” dijo (No conseguía llamarles por sus nombres de pila como le habían demandado) “Gracias por mi deliciosa cena” añadió.
“¿Qué era?” preguntó Florence sin levantar la vista.
“Un sándwich” dijo Billy.
“¿Y qué tenía?” preguntó Usher.
Billy tuvo que pensar un rato para responder a esa pregunta. “Creo que era margarina” dijo.
“¿Se ha ido ya el dolor, querido?” Florence le dedicó una mirada cursi.
“Sí, gracias mamá.”
“Esperemos que no vuelvas a enfermar otra vez” dijo Florence, revisando uno de sus papeles.
“Sí, buenas noches.”
Ninguno de los de Grey le prestó atención alguna a Billy cuando dejó la cocina. Caminó a través del recibidor de azulejos, diciéndole a sus pies que se comportaran con normalidad, pero en su cabeza había semejante revuelo que ni siquiera podía recordar cómo caminaba usualmente. Una vez que llegó a las escaleras, subió saltando dos escalones al mismo tiempo, dispuesto a hacer los preparativos para la noche que tenía por delante.
Los de Grey nunca vigilaban a Billy por la noche, pero solo por si acaso, se puso uno de sus pijamas sobre su ropa normal. En vez de meterse en la cama, se deslizó hasta el rellano y esperó a que Florence dejara la cocina. A las siete en punto, salió llevando su bolsa gris. Billy se escondió en las sombras mientras ella cruzaba el recibidor y entraba en un pequeño despacho al otro lado. Salió sin la bolsa.
Billy caminó de puntillas de vuelta a su habitación. Dejando la puerta entreabierta, se quitó sus gafas, las dejó en su mesilla de noche y luego se metió en su cama. Fue la noche más larga que Billy había pasado nunca. El reloj de la catedral dio las doce, luego la una, las dos y las tres. Habiendo perdido toda esperanza de que le rescataran, Billy cayó en un sueño irregular.
Mientras Billy dormía, las nubes nocturnas se alejaron, revelando un cielo de suave y perlado gris. La ciudad se encontraba todavía inmersa en le niebla, solo los tejados de los edificios más altos podían ser vistos desde arriba, con su pizarra húmeda brillando con la luz del amanecer.
Desde la masa de hojas amarillas que coronaban un fresno, un gato naranja emergió. Con una agilidad asombrosa saltó hasta un tejado alejado por  varios metros, seguido por un gato amarillo y luego otro gato, del color de una llama oscura. Los tres gatos aceleraron por los tejados hasta que llegaron a un tragaluz abierto. Uno detrás de otro, los tres gatos saltaron a una habitación vacía en lo alto de la Casa de Paso.
Usher de Grey tenía tanta confianza en su campo de fuerza que nunca se había molestado en cerrar con llave las puertas. Las Llamas no tuvieron ningún problema al abrirse camino a través de la casa, pero eran conscientes de que el sitio estaba atado con una peligrosa magia. Para ellos, de todas maneras, romper un campo de fuerza era tan fácil como pasar a través del papel.
La pequeña gata negra estaba esperando a sus amigos en el rellano “Iré a por el chico” dijo.
Billy se despertó de golpe cuando Clawdia saltó a su cama.
“¡Es hora de irse Billy!” le susurró. El chico se frotó sus ojos y se puso las gafas. Luego,  tras deslizarse fuera de la cama, se quitó el pijama. Súbitamente, la enormidad de lo que iba a hacer le hizo temblar con aprensión. Le echó un vistazo al cuarto, a la televisión, el ordenador, los libros y los juegos, todo suyo si se quedaba ahí para siempre. Se estaba adentrando en lo desconocido debido a una pequeña gata, ¿podía confiar en ella?
Cuando vio a las Llamas los nervios de Billy se tranquilizaron por sus reconfortantes ronroneos y sus cálidos colores, ahora, sentía que podía hacer cualquier cosa.
Florence y Usher de Grey dormían muy ruidosamente probando que el viejo dicho “El mal nunca descansa” no era demasiado cierto. Cuando Billy y los gatos pasaron por delante de su habitación, continuaron durmiendo, disfrutando alegremente la clase de sueños que la mayoría de las personas habrían considerado como pesadillas.
Gracias al extraordinario brillo de los gatos, Billy podía ver el campo de fuerza de Usher. Centelleantes líneas azules se entrecruzaban por el recibidor como los hilos de una telaraña gigante. Las líneas azules eran especialmente gruesas cuando cubrían las puertas, y el corazón de Billy se hundió cuando vio la puerta de la habitación en la que Florence había dejado los juramentos.
Los gatos bajaron dando saltos las escaleras, y cuando llegaron a la primera hebra negra la atravesaron, dejando los extremos rotos colgando en el aire.
“Vamos Billy, ¡es seguro!” dijo Aries.
Billy corrió al recibidor y siguió cuidadosamente a los gatos por el camino que habían abierto a través del campo de fuerza. “Antes de irme tengo que entrar en esa habitación” señaló el despacho.
Los tres gatos dirigieron su mirada dorada hacia aquella puerta. Fue Sagitario, el gato amarillo, quien se movió el primero. Apoyado en sus patas traseras, rasgó los hilos que cubrían la puerta del despacho. Billy alcanzó el picaporte y la puerta se abrió. La bolsa gris estaba en el suelo, justo delante de él. Cuando Billy la cogió, notó que el cierre se abrió tan pronto como lo presionó. Obviamente, Florence confiaba en el poder de su marido para proteger su colección de juramentos.
Billy buscó rápidamente en los papeles de la bolsa, y al encontrar los documentos que él había firmado, los sacó. Los iba a poner debajo de su jersey cuando notó la mirada de los gatos clavada en él. Levantó la mirada, dándose cuenta de lo que querían de él.
“Debería llevármelos todos, ¿no?” preguntó. “Así todos serían libres.”
“Sí Billy” replicaron los gatos al unísono. “Todos.”
“Date prisa” añadió Leo. “Se despertarán dentro de poco.”
Mientras salía corriendo de la habitación Billy volvió a poner sus documentos en la bolsa gris y la colocó debajo de sus brazos. Las Llamas ya estaban rompiendo todas las hebras que cubrían la puerta principal. Cuando rompieron todos los hilos, Billy alcanzó la manija. Un gritó espeluznante se oyó por toda la casa cuando abrió de golpe la puerta y la gata negra gritó “¡Volar amigos, se ha despertado!”
Billy se abalanzó hacia la calle con el furioso rugido de Usher en sus oídos. “¡El chico está fuera! ¡Levántate!, ¡levántate!”
Corriendo por las rugosas piedras del pasaje de Crook, Billy se alegró de tener la brillante luz de las Llamas para mostrarle el camino, aunque seguía terriblemente asustado. ¿A dónde iría ahora?, ¿y cómo iba a llegar?
“Coraje” dijo Leo, quien corría detrás de él.
Sagitario, el más brillante abría camino, mientras que Aries cerraba la marcha, girando de vez en cuando la cabeza para observar el callejón oscuro detrás de ellos.
Ahora estaban la calle principal corriendo hacia la catedral. Mientras aceleraban por la plaza adoquinada, el reloj de la gran cúpula marcó las cinco en punto y una bandada de grajos se elevó, graznando en el cielo. Billy miró nostálgicamente la librería Ingledew: sabía que Emma vivía ahí, pero Leo le advirtió “No pares Billy, no estás seguro todavía.”
Al bajar por la calle Mayor y corriendo por la ciudad, el corazón de Billy estaba latiendo con fuerza y empezó a pensar que si el juramento no lo mataba, aquella carrera probablemente sí lo haría. El murmullo de un motor se escuchaba cada vez más cerca, segundo a segundo. Sin disminuir la velocidad  de su carrera, Billy se giró y vio un coche gris emergiendo de la niebla detrás de él. Los de Grey.
“¡Por aquí!” le ordenó Sagitario, entrando en un callejón.
Cómo llegaron al camino a Los Altos, Billy nunca lo supo. Nunca había sido un buen corredor, pero aún así no había dejado de correr desde que dejó la Casa de Paso. ¿Le habían dado los gatos parte de su fuerza mientras le guiaban a través de las calles llenas de niebla?
Leo respondió esa pregunta no formulada. “Es la fuerza del Rey Rojo, Billy.”
Cuando empezaron a subir por el camino que llevaba a Los Altos, pasaron por una casa de ladrillos rojos con una alta muralla y una puerta enorme y protegida. “LOOMVILLA” decía la señal en la puerta. Billy estaba a solo unas yardas de la casa cuando la puerta del jardín se abrió y cuatro perros negros aparecieron en la carretera. En vez de correr más rápido, Billy se paró, demasiado aterrorizado para moverse. Los salvajes ojos negros de los perros estaban fijos en él  y sus grandes mandíbulas se abrían, revelando unos largos y peligrosos dientes.
Las Llamas rodearon a Billy silbando peligrosamente y los perros bajaron sus cabezas y gruñeron.
“Sigue corriendo Billy” dijo Aries.
Billy retrocedió arrastrando los pies, sus rodillas temblorosas apenas podían soportarlo. Justo cuando pensaba que le iban a dejar pasar definitivamente, un violento trueno hizo que los perros pararan por completo. Un rayo iluminó el cielo y los perros se dirigieron a toda velocidad a su casa, aullando de terror.
“¡Ahora Billy, corre por tu vida!” dijo Leo.
Billy podía ver los rallos crepitando a través de la niebla, y agarrando con fuerza la bolsa de los juramentos, corrió. La carretera se volvió más empinada, pero eso no impisió que siguiera corriendo. Su corazón golpeaba su pecho, su cabeza le daba vueltas y sus piernas temblaban pero él estaba corriendo por su vida, y ahora no podía parar. El coche seguía viniendo, cada vez más cerca a través de la niebla. Pronto los habría alcanzado.
La lluvia caía sobre la carretera, los truenos retumbaban sobre su cabeza y las lágrimas de Billy se mezclaban con las gotas de lluvia que caían por su rostro. “No puedo ir más rápido que un coche” sollozó. “No puedo, no puedo. Van a atraparme.”
“No” gruñó Leo. Levantó la vista mientras una bola de fuego bajaba atravesando el cielo tormentoso. La bola chocó el capó del coche gris con un enorme estruendo, el motor se incendió.
Sin poder creer lo que acababa de ver, Billy se giró y subió corriendo lo que le quedaba de cuesta. “Ha sido Tancred, ¿no?” jadeó. “Tancred y sus tormentas.”
“El mismo” afirmó Leo.
La carretera giraba profundamente, y a Billy, quien caminaba encorvado sobre la bolsa de los juramentos, le parecía que era una espiral hacia el cielo. La lluvia caía más suavemente ahora  y llevado por una repentina ráfaga de viento, llegó un grito terrible, mortal. “No puedes ganar Billy Raven. ¡Nunca, nunca, nunca!” Florence de Grey todavía le seguía, y aunque ya no tenía el coche, la carrera todavía no había terminado.
En un gesto de rebeldía, Billy coronó la colina, donde el viento era más fuerte, abrió la bolsa gris y sacó un puñado juramentos. Sujetándolos sobre su cabeza, los soltó y los dejó volar, nunca se había sentido tan vivo y jubiloso como en ese momento. Volvió a meter la mano en la bolsa gris y sacó otro puñado de juramentos, y otro y otro, hasta que la bolsa estuvo vacía y el aire estuvo lleno de de papeles flotantes. Y Billy estaba seguro de que podía oír los susurros de esperanza de los engañados, los desposeídos y los arruinados cuyos nombres estaban siendo borrados ahora por la lluvia
“¡Bien! ¡Bien!”  le vitorearon los gatos.
Con una gran sonrisa, Billy tiró la bolsa gris a la tormenta, una voz lejana gritó. “¡Estúpido niño! ¡Serás castigado por esto! ¡Solo espera!”
Charlie no se despertaba muy a menudo a las seis en punto de la mañana un domingo. De hecho, no podía recordar una sola vez en la que lo hubiera hecho, por lo que tuvo que acercar mucho su reloj a sus ojos somnolientos para asegurarse de ello. El castaño del jardín se debatía en el viento y los truenos retumbaban en la distancia. Y el timbre sonó.
Bajando sus pies al suelo, Charlie se dirigió a la ventana y se asomó. Se quedó muy sorprendido al ver un familiar Toyota aparcado fuera del número nueve. Ahí, en el umbral de la puerta, se encontraba un hombre mojado e impaciente. Era el señor Silk, el padre de Gabriel.
“¡Hola señor Silk!” saludó Charlie.
“Ah Charlie” el señor Silk se rascó la nuca como si no estuviera seguro de que quisiera estar haciendo lo que estaba haciendo. “He venido a buscarte.”
“¿A buscarme?” ahora Charlie estaba incluso más sorprendido.
“Parece que…” empezó el señor Silk.
No pudo continuar porque la puerta fue abierta abruptamente por la abuela Bone. “¿Qué?” le preguntó groseramente. En aquel momento, sonaba incluso más grosera de lo habitual.
“He venido a…” el señor Silk lo intentó otra vez.
Y otra vez le impidió seguir. “¿Tiene idea de qué hora es?” le preguntó la abuela Bone.
Completamente despierto ahora, Charlie empezó a vestirse. Quizás le había pasado algo a Gabriel, o a algún otro de los amigos que vivían en Los Altos, Tancred y Lysander.
Charlie corrió por las escaleras hasta el recibidor donde la abuela Bone todavía estaba regañando al señor Silk por haber despertado egoístamente a las personas de la casa en aquella mañana de domingo. El señor Silk estaba completamente empapado y parecía muy deprimido.
“Ah Charlie, vámonos” dijo, escapando de la mujer tiránica.
“¿Qué tengo que decirle a su madre?” gritó la abuela Bone.
“Dile que estoy en casa de Gabriel” dijo Charlie, siguiendo rápidamente al señor Silk. Charlie notó un contenedor del yogurt favorito de cacahuete del tío Paton sobresaliendo del bolsillo de la bata de la abuela Bone, y solo para molestar añadió, “Seguro que te has levantado pronto para poder acabarte el yogurt del tío P.”
La abuela Bone le dirigió una mirada llena de odio y cerró la puerta de un portazo.
Charlie entró al coche y el señor Silk arrancó. Los truenos y los relámpagos los acompañaron por su camino hacia Los Altos, debido a ellos y al sonido del motor y la lluvia repicando sobre el techo, Charlie tuvo que gritar para que le oyeran.
“¿Qué ha pasado señor Silk?” le preguntó.
“Es difícil de decir” el señor Silk era demasiado distraído para ser un escritor de libros de suspense. Recordaba a Gabriel, con su larga cara y aquella expresión de desamparo. Incluso tenían el mismo pelo largo y lacio, aunque el del señor Silk estaba empezando a escasear, pero lo compensaba con un espeso bigote. Después de pensárselo un rato, dijo “Hay un chico en la casa de los jerbos de Gabriel.”
“¿Qué chico?”
“Un chico pequeño, con pelo blanco y gafas.”
“¡Billy” gritó Charlie. “¡Así que ha escapado!”
“Dice que tiene que verte, Gabriel me rogó que fuera a buscarte. Bueno, no podía dormir de todos modos con esa tormenta. El chico de las tormentas, Tancred, dijo que se calmará pronto. Al parecer tarda un tiempo en calmarse después de que se han conseguido truenos fuertes. Es comprensible supongo.”
“Sí” Charlie estaba sorprendido por la comprensión del señor Silk.
Media milla después de haber pasado las puertas de la villa de los Loom (donde los cuatro rottweilers ladraban como locos), el Toyota pasó al lado de un coche destrozado rodeado de señales de policía. El capó se había hundido, el parabrisas roto y los neumáticos eran solo fragmentos carbonizados de goma.
“¡Vaya! ¡Parece como si a ese coche le hubiera alcanzado un rayo!” dijo Charlie.
“Es lo que ha pasado” dijo el señor Silk. “El conductor está en el hospital, pero su esposa no resultó dañada, aunque parece que se ha vuelto completamente loca.”
“Es una buena idea para un libro, ¿no lo cree señor Silk?” preguntó Charlie.
“¡Mmm!” el escritor de libros de suspense tiró de su bigote pensativamente.
Charlie le echó un rápido vistazo a la casa de Lysander mientras pasaban por delante de unas altas puertas de hierro. El padre de Lysander era el famoso juez Sage y la casa reflejaba su importante posición.
“El chico está en nuestra casa” le dijo el señor Silk. “Y Tancred Torsson. Nunca hemos tenido tantas vistas tan pronto en un domingo.” Metió el choche en un jardín extremadamente embarrado y se detuvo ante una ruinosa casa.
Charlie saltó del Toyota y cayó directamente en un profundo charco. Deseó haberse acordado ponerse botas pero ya era muy tarde para pensar en ello. El señor Silk apuntó a un lado de la casa donde un estrecho camino llevaba a un jardín trasero. “Están en la casa de los jerbos” dijo. “No me preguntes porqué.”
“Está bien” Charlie avanzó por el barro hacia un gran almacén en el que Gabriel pasaba mucho de su tiempo libre, criando a los jerbos. Las palabras “LOS JERBOS DE GABRIEL” habían sido pintadas en rojo en la puerta. Charlie podía oír un suave murmullo proveniente del almacén, pero este paró cuando intentó abrir la puerta, la cual estaba cerrada.
“¿Quién es?” preguntó Gabriel.
“Soy yo” respondió Charlie.
Después de un momento de chillidos y de pasos que se acercaban, Gabriel abrió la puerta y Charlie entró al almacén. Encontró a Tancred y a Lysander sentados en un banco bajo una estantería con jaulas de jerbos. El banco era una de los pocos lugares donde no había jaulas, que llenaban toda la pared desde el suelo al techo. Los había blancos, negros, marrones, de pelo largo, de pelo corto, grandes y pequeños. El olor era fuerte.
Billy Raven estaba sentado con las piernas cruzadas. Parecía satisfecho de sí mismo y cuando Charlie entró, le dedicó una enorme sonrisa.
“¡Billy estás fuera!” exclamó Charlie. “¿Cómo lo conseguiste?”
“Las Llamas me ayudaron, rompieron el campo de fuerza.” Detrás de su sonrisa, Charlie notaba que Billy estaba muy nervioso.
“La cosa es, ¿qué hacemos ahora?” dijo Lysander. “Billy dijo que tú sabrías qué hacer. Por eso estás aquí Charlie.”
“No puede quedarse aquí demasiado tiempo” dijo Gabriel “Esa mujer, de Grey, no parará hasta descubrir a dónde se ha ido.”
“¡Yo digo que acabemos con ella!” Tancred golpeó su palma con su puño y una fuerte brisa atravesó el almacén, removiendo el pelo de los niños y haciendo de que los jerbos huyeran chillando a buscar refugio.
Billy cubrió sus orejas con sus manos “No puedo pensar cuando hablan así” se quejó. “Hay demasiado jerbos aquí, no me dan ni un segundo de descanso.”
“¿Qué están diciendo?” preguntó Gabriel. “Siempre he querido saberlo.”
Billy le observó, con sus manos sobre sus orejas. Lysander apartó una de sus manos y gritó. “Gabriel quiere saber qué dicen los jerbos.”
“Dicen “¡Ayuda! ¡Whoops! ¡Aquí viene otra vez! ¡Vigila a los niños! ¡Eso es mío! ¡Quítate de encima!”” Billy hizo una pausa. “Cosas aburridas.”
“No para mí” dijo Gabriel.
Lysander levantó la mano para parar la conversación con un gesto dominante. “¿Podemos volver al problema? No va a ser fácil encontrar un sitio seguro para Billy – un sitio en el que a nadie se le ocurriría buscarle. Obviamente, todas nuestras casas son sospechosas porque estamos dotados. Desgraciadamente, mi padre está fuera, de lo contrario podríamos pedirle consejo.”
Gabriel sugirió que un buen desayuno los ayudaría a pensar, y abandonó la casa de los jerbos, prometiendo que volvería con huevos, beicon y tostadas.
Mirando por una pequeña ventana entre las jaulas, Charlie observó a Gabriel mientras entraba en su casa por una puerta trasera. “¿Por qué tenemos que comer aquí?” preguntó.
“Para proteger a la familia de Gabriel” dijo Lysander. “No se pueden defender de lo que sea que esa gente mande tras Billy. Y mandarán algo, créeme. Pero al menos nosotros estamos todos dotados, tenemos una oportunidad.”
Las palabras de Lysander resultaron ser proféticas, porque la luz de la mañana que había empezado a filtrarse a través de la pequeña ventana desapareció súbitamente y se encontraron sumidos en una oscuridad tenebrosa. Incluso los jerbos se callaron mientras que unos golpecitos suaves se empezaron a escuchar en el techo.
“¿Qué demonios…?” dijo Tancred.
El sonido se intensificó hasta convertirse en un fuerte tamborileo. Parecía como si millones de pequeñas manos estuvieran golpeando toda la superficie del almacén, que empezó a gemir y a sacudirse bajo el asalto.
Desesperado por saber qué estaba pasando ahí fuera, Charlie alcanzó el pomo de la puerta. Se dijo a sí mismo que quizás no era buena idea abrir la puerta, pero era demasiado tarde, y se encontró a sí mismo asomándose.
Una nube de remolinos de papel se abalanzó sobre Charlie, quien tuvo la rápida visión de Gabriel saliendo de su casa y siendo engullido por los papeles voladores. El chico cayó al suelo y el desayuno se deslizó de sus dedos y se estrelló en el patio adoquinado, enviando la comida en todas las direcciones.
Mientras los papeles entraban en la casa de los jerbos, Billy Raven se puso de pie, gritando “¡Son los juramentos!”

viernes, 13 de julio de 2012

Capítulo 11: La Casa de Paso


Charlie corrió durante casi el camino hacia el Café de las Mascotas.  Tenía la correa de Judía Corredora en su bolsillo y un plan excelente en su cabeza. La ciudad estaba llena de compradores domingueros y esto hizo que Charlie bajara el ritmo.
Giró en la calle de la Rana al mismo tiempo que Dorcas Loom y sus dos hermanos mayores. Albert y Alfred Loom eran unos chicos grandes con pinta de agresivos. Disfrutaban robando mochilas, atormentando gatos y haciendo trucos con sus skates. Eran también los orgullosos dueños de cuatro rottweilers, lo que les permitía entrar en el Café de las Mascotas. Normalmente, Dorcas esperaba en un banco fuera. A ella le daban miedo los animales, y Charlie solía pensar a menudo en cómo aguantaba vivir con dos criaturas tan agresivas- por no mencionar a los dos rottweilers.
Con un rápido “¡Hola!” Charlie pasó por delante de los Looms y entró en el Café de las Mascotas.
“¿Qué pasa Charlie?” dijo Norton. “¿Te has encontrado con el Jinete sin cabeza o qué?”
“Lo sabrás en un minuto” dijo Charlie.
Vio la cabeza rubia de Emma en la distancia y dejando que Norton se enfrentara a los Looms, se dirigió hacia ella. Para su sorpresa, la mesa estaba llena. Lysander y su loro Homer se habían girado. Tancred estaba sentado a su lado con uno de los jerbos de Gabriel, y Gabriel estaba alimentando a la rata negra de Billy, Rembrandt.
“¡Charlie, siéntate aquí!” Fidelio hizo un hueco para Charlie, mientras su gata sorda se aferraba a su hombro.
Tan pronto como Charlie se sentó, Judía Corredora, quien había estado dormitando debajo de la mesa, saltó a su regazo, agitando la mesa de semejante manera que se inclinó hacia un lado, mandando muchos platos y vasos al suelo.
Hubo varios gritos de “Ese perro”  “¿No puedes controlarlo, Charlie?” “Estaba comiéndome esa tarta” “¡Ahí va mi zumo!” mientras Charlie se excusaba “Nadie me dijo que Judía Corredora estaba debajo de la mesa.”
Casi al mismo tiempo, los chicos Loom llegaron, causando una conmoción casi mayor con sus rottweilers. Los cuatro grandes perros empezaron a intentar morder a cualquier criatura que tuviese la mala suerte de encontrarse en su camino.
El ruido en el café era tal que el señor Onimoso tuvo que saltar a una mesa y gritar “¡Silencio por favor! El mal comportamiento no es aceptado en este establecimiento.”
Homer, el loro de Lysander, graznó, “¡Bien dicho señor!”
A lo que Alfred Loom gritó “¿Cuál es su problema querido?”
El señor Onimoso fijó su mirada en el joven con incredulidad “¿Disculpa?” dijo.
“He dicho ¿Cuál es su problema?” repitió Alfred.
Estirándose en toda su estatura de 149 centímetros (más la mesa, la cual le hacía 195.58 centímetros más alto), el señor Onimoso replicó “Considere a los animales pequeños, señor. Puedes ver lo asustados que están. Tus perros crean problemas cada vez que los traes aquí.”
“No somos nosotros, es él” Albert Loom señaló a Charlie. “Él y ese loco perro amarillo. Es más grande que los nuestros.”
Judía Corredora lanzó un profundo ladrido y se precipitó sobre los rottweilers, mientras Homer graznaba. “¡Dales su merecido!”
Una pelea terrible se inició. Muchos de los otros perros no pudieron resistirse a unirse a la pelea y el escándalo se volvió ensordecedor. Multitud de pájaros chillones volaron hacia el techo, los gatos maullaron, las serpientes se enrollaron sobre sí mismas, lo monos saltaron sobre los extraños y una iguana salió corriendo por la puerta. Cualquier cosa pequeña simplemente se escondió.
Norton fue mordido varias veces mientras trataba de separar a los perros y Charlie fue tirado al suelo por un aterrorizado pony, justo cuando consiguió agarrar el collar de Judía Corredora.
La señora Onimoso saltó al lado de su marido (lo cual la hizo tener una altura de 259 centímetros) y empezó a agitar un tarro de galletas vacío. Su cabeza estaba tocando el techo, y podrías haber pensado que la imagen de una persona tan enorme habría detenido la pelea. Pero no hoy. Solo el sonido de una sirena acercándose tuvo algún impacto. Tan pronto como los Looms oyeron la sirena sacaron a sus perros de la pelea y dejaron el café. Dos minutos después los oficiales Wood y Singh llegaron a la escena. Las cosas se habían calmado considerablemente por ese entonces, pero el señor y la señora Onimoso estaban todavía de pie en la mesa.
El oficial Singh se abrió camino a través de los platos rotos y se dirigió al propietario. “¿Podríamos hablar un momento, señor?” le preguntó al señor Onimoso. “En privado.”
El señor Onimoso saltó de la meas y cuando hubo ayudado a su esposa a bajar de la forma más digna posible, la pareja desapareció en la cocina con los dos policías. Norton, cuyas manos sangraban profusamente caminó tras ellos.
“Los Looms desaparecieron a la velocidad de la luz cuando oyeron la sirena” remarcó Tancred.
“Y ellos han causado todo este problema” añadió Emma “No es justo.”
Charlie se las había arreglado para traer a Judía Corredora de vuelta a la mesa y todo el mundo le aclamó por ser tan valiente. Homer incluso gritó “¡Croix de Guerre!” aunque ninguno sabía qué significaba.
“Es una medalla francesa al valor” explicó Lysander. “Lo aprendió de mi madre.”
Compartieron las galletas que quedaban en la mesa mientras esperaban la vuelta del señor y la señora Onimoso. Muchos de los animales más ruidosos se habían ido, y ahora había el silencio suficiente para que Charlie pudiera oír un distintivo y persistente quack viniendo de alguna parte. Miró hacia abajo y vio un pato blanco sentado debajo de la silla de Emma. “Así que es un pato” dijo. “Tu tía me contó que tenías una nueva mascota.”
“Voló a nuestro patio ayer” dijo Emma “La he llamado Nancy, como mi madre. Ella murió, ya lo sabes.”
“Sí por supuesto. Es un pato muy bonito.” A Charlie no se le ocurría nada más que decir.
“Olivia no ha venido, otra vez” observó Fidelio. “¿Cuál es el problema con ella, Em?”
Emma se encogió de hombros. “No lo sé. Apenas habla conmigo, y cuando lo hace, siempre está de mal humor.”
“Está hecha un desastre” dijo Lysander.
“Y ella solía estar fantástica” añadió Tancred tristemente.
Charlie pensó que ya era hora de hablarles sobre Alice Angel y la tienda de flores. “Creo que Olivia está dotada” dijo. “Pero no quiere admitirlo. Incluso oyó al caballo fantasma y hasta donde yo sé, solo los dotados pueden oírlo.”
Fidelio estuvo de acuerdo. Él nunca había visto, oído o sentido al caballo, incluso cuando los otros estaban huyendo de él.
Lysander demandó saber más acerca del caballo fantasma, así que Charlie le puso al día añadiendo los detalles del terrible experimento de Ezekiel.
“¡Un corazón!” gritó Tancred cuando Charlie hubo acabado. “¡Eso es tan asqueroso!”
“Hay más” Sin mencionar a Christopher Crowquill, Charlie comenzó a contarle a sus amigos acerca de Billy Raven y los espantosos talentos de sus nuevos padres.
“¿Así que vas a arriesgar tu vida y quizás la nuestra para intentar rescatar a Billy el Tonto, es eso?” preguntó Tancred.
“Eso es lo que intento” dijo Charlie. “Pero Billy no es tonto, simplemente ha tenido mala suerte.”
“Ya lo veremos” murmuró Gabriel sombríamente.
Parecía un buen momento para mencionar el botón de nuevo. Charlie se lo pasó a Gabriel y le rogó que visitara el mundo de los espejos una vez más. “Quizás si escuchas el piano de nuevo, reconocerás la música. ¡Cualquier cosa que me pueda decir algo más acerca del lugar y del hombre atrapado ahí!”
Gabriel cogió el botón con un suspiro y una vez más lo sostuvo sobre su corazón. Cerró los ojos y todos observaron en silencio como su ceño se fruncía y en su larga cara se instalaba una expresión de solemne concentración. Una vez más, su cuerpo se estremeció y su boca se crispó. Después de cinco minutos, Gabriel abrió sus ojos y tiró el botón a la mesa.
“Rachmaninoff” dijo. “Preludio en Do. Y es una grabación – uno de esos pequeños y rayados vinilos.”
“¿Y el hombre?” preguntó Charlie.
“Su cara estaba muy distorsionada. Había muchos espejos – los detalles se me siguen escapando, lo siento Charlie.”
Pero Charlie no estaba muy decepcionado. Ahora tenía el nombre de la música y era algo con lo que continuar.
La charla en el café se tornó en un susurro cuando los oficiales Singh y Wood salieron de la cocina y abandonaron el café. Unos momentos después, el señor Onimoso apareció y anunció que habían cerrado por aquel día y que Norton sería llevado al hospital para que le dieran puntos y le pusieran la inyección del tétano.
Cuando Charlie y sus amigos se levantaron para irse, el señor Onimoso se acercó a su mesa. “Lo siento chicos” dijo. “No abriremos mañana. Norton ha quedado muy herido y mi pobre esposa todavía tiene escalofríos. La policía nos ha avisado de que quizás cierren nuestro precioso café. Esos chicos, los Looms, provocan problemas siempre que vienen y la gente está empezando a quejarse.”
“Debería prohibirle la entrada a los perros, señor Onimoso” dijo Lysander. “Mi padre podría hacerlo.”
“Tu padre podrá ser un juez pero no sabe nada de llevar cafés de mascotas” dijo el señor Onimoso gravemente “No puedo empezar a prohibirle la entrada a perros, joven Lysander. A los dueños quizás, pero a los perros no.” Se inclinó sobre la mesa y cogió la rata negra. “Será mejor que lo lleve de vuelta a la cocina. Echa mucho de menos a Billy.”
“Billy vendrá a visitarle muy pronto” Charlie parecía tener más confianza de la que sentía. “La cosa es, señor Onimoso, que necesito encontrar un sitio llamado la Casa de Paso.”
“¿Para qué?” le preguntó el señor Onimoso, sorprendido.
Charlie le habló sobre la adopción de Billy, y mientras escuchaba, el sabio rostro del señor Onimoso se llenó de surcos de preocupación. “¡Qué desgracia!” declaró. “¿Qué tiene el mundo contra ese niño que le impide llevar una vida sin preocupaciones? La Casa de Paso está en el Pasaje de Crook*, Charlie. Subiendo hacia la catedral en la parte antigua de la ciudad. ¡Pero ten cuidado! No me gustaría enfrentarme a esos de Grey.”
“Me llevaré a Judía” dijo mientras ataba la correa al collar de Judía Corredora.
“No te irás sin mi” dijo Fidelio.
“Yo iré con vosotros también” Emma metió a Nancy en una canasta de mimbre.
Gabriel, Tancred y Lysander vivían en la dirección contraria, en una colina boscosa llamada Los Altos, pero todos querían que los llamaran si necesitaban su ayuda. El pelo rubio de Tancred crepitaba debido a la electricidad y unas pequeñas brisas continuaban rondando sus tobillos mientras subían por la calle de la Rana.
“Tengo un mal presentimiento Charlie” dijo Tancred. “La tormenta estará esperando tu señal.”
“Al igual que mis ancestros” añadió Lysander.
Cuando llegaron la calle Mayor, los tres chicos mayores giraron hacia la derecha, mientras que Charlie, Fidelio y Emma giraron a la izquierda, hacia la catedral. Una vez más, una pesada niebla había empezado a deslizarse por la ciudad, pero no era la agradable niebla de ayer. Era más como un vapor que venía de lo más profundo de la tierra: fría y siniestra, se hacía más espesa con cada paso que daban los niños hacia la catedral.
Cuando pasaron por la librería Ingledew, Emma entró un momento y puso la cesta de Nancy en el mostrador. Su tía estaba hablando con un cliente, así que Emma saludó con la mano y dijo “¡Volveré pronto!” luego volvió a salir. En ese momento, Fidelio entró también y dejó a su anciana gata en lo alto de la cesta.
“No será por mucho tiempo” le dijo a la perpleja señorita Ingledew.
Cuando Fidelio salió de la tienda, se dieron cuenta de que tres brillantes criaturas se acercaban a ellos a través de la niebla. “¿Vosotros sabíais que las Llamas nos estaban siguiendo?” le preguntó a Charlie.
Charlie volvió a mirar a los tres resplandecientes gatos “Deben tener un motivo” dijo. “Siempre lo tienen. ¡Hola Aries, hola Sagitario y Leo!”
Los gatos contestaron a su saludo con unos profundos y amigables maullidos. Judía Corredora les ladró como advertencia pero los gatos no le hicieron caso. Cuando todo se hubo calmado, los siguieron a una distancia prudencial, respetando los instintos del enorme perrazo.
Detrás de la catedral, la ciudad se volvía un laberinto de callejones estrechos y pasos húmedos y sombríos. Los carteles de la ciudad estaban agrietados y descoloridos, y algunos de ellos ni siquiera se podían leer. Para encontrar el Pasaje de Crook, Charlie se tuvo que adentrar en el callejón más oscuro que jamás había visto.
“Es aquí” dijo en voz baja.
“Que sitio tan tenebroso” remarcó Fidelio, siguiéndolo cautelosamente.
“Y huele fatal” Emma arrugó su nariz.
Empezaron a subir una empinada cuesta, tropezando con escalones que aparecían de la nada mientras avanzaban hacia la oscuridad. Judía Corredora gemía continuamente, lo que ponía a todos al borde de los nervios. Los gatos se adelantaron a los niños y abrieron la marcha con su brillante pelaje resplandeciendo en la niebla.
Después de pasar dos carteles oxidados, Charlie encontró por casualidad las palabras “La Casa de Paso” grabadas en piedra sobre una gran puerta de roble.
“¿Qué es lo que vas a decir?” le preguntó Emma cuando Charlie llegó a la aldaba, una mano de bronce de gran tamaño.
“Diré ¿Dónde está Billy? Eso debería ser suficiente” dijo Charlie.
Sin embargo, cuando la puerta finalmente se abrió después de varias llamadas, el discurso de Charlie se evaporó, ya que el hombre que se encontraba en el marco de la puerta le dirigió una mirada tan feroz que le quitó el aliento.
“¿Qué queréis?” preguntó el hombre tensamente.
Charlie tragó saliva y Fidelio dijo. “Nos gustaría ver a Billy señor.”
“¿Billy?” el hombre parecía indignado “¿Billy?”
“Vive aquí, ¿no?” le preguntó Emma.
“¡Fuera!” gritó el hombre. Empezó a cerrar la puerta, pero Charlie puso su pie en el umbral, al mismo tiempo, Judía Corredora vio un gato negro correr como una bala por el recibidor detrás del hombre. Con un ladrido jubiloso, Judía Corredora se lanzó tras él, o al menos lo intentó, porque su nariz se estampó contra algo y lo envió hacia atrás aullando.
“¿Qué le ha hecho a mi perro?” gritó Charlie.
Usher de Grey pateó el pie de Charlie apartándolo del umbral y cerró la puerta de un portazo.
“Es aquí” susurró Emma. “Estoy segura, pobre Billy.”
“Es aquí, está bien” dijo Charlie. “Ese es el hombre que vi en el despacho de Manfred, el hombre al que no le gustan los niños.”
“¿Y ahora qué?” preguntó Fidelio.
El gemido angustiado de Judía Corredora le impedía a Charlie pensar con claridad. Golpear tu nariz contra algo invisible puede ser muy aterrador para un perro, y Charlie no sabía cómo describir un campo de fuerza en el idioma de los animales, solo Billy podía hacerlo.
“Pensaré en algo” dijo Charlie tan alegremente como pudo.
Todos eran reacios a abandonar la Casa de Paso mientras Billy siguiera atrapado ahí dentro, pero no podían hacer nada más. Tendrían que hacer otro plan.
Mientras Charlie salía del pasaje de Crook, miró hacia atrás. Las Llamas no se habían movido. Estaban sentadas en fila fuera de la Casa de Paso. Quizás ellas tenían la clave para el escape de Billy.
Billy estaba viendo su tele cuando escuchó al perro. Al principio, el sonido era solo una serie de ladridos angustiados, pero entonces Billy empezó a reconocer la voz de Judía Corredora y a entender lo que decía el perro.
“¡Puerta fantasma!” ladró Judía Corredora. “¡Pared de hielo!, ¡pared de fuego!, ¡muralla dañina!, ¡ha sido un truco del gato! ¡Dolor!, ¡Charlie, ayúdame!”
Billy saltó de la cama y corrió hacia la ventana, todo lo que podía ver a través de la espesa niebla era una muralla de piedra gris. Su ventana estaba cerrada con llave y no tenía ninguna oportunidad de abrirla. Salió al pasillo fuera de su habitación y caminó de puntillas hasta el rellano. Mirando hacia el recibidor, llegó justo a tiempo para ver cómo Usher de Grey cerraba la puerta de golpe. Billy corrió de vuelta al pasillo y permaneció con su espalda pegada a la pared, apenas atreviéndose a respirar. Charlie estaba fuera, ¿le traería problemas su visita? Solo pensar en más dolor hizo que el niño cerrara los ojos lleno de miedo.
“¡Billy!” dijo una voz suave.
Billy abrió los ojos y vio a la pequeña gata negra en sus pies. “Amigos” dijo con la voz más baja.
Billy se deslizó hacia su habitación, seguida por la gata. Sin hacer sonido alguno, cerró con cuidado la puerta.
“Lamento haberle hecho daño al perro” dijo la gata. “Clawdia tenía que mostrarle el peligro a los amigos de Billy. Tenía que enseñarles la pared secreta de Usher. Por favor, dile al perro que Clawdia lo lamenta.”
“Se lo diré si alguna vez lo vuelvo a ver,” dijo Billy.
“Mis amigos están ahí” la pequeña gata continuó. “Todavía están. Ayudarán a Billy a escapar. Esta noche, Billy debe estar listo.”
“¿Esta noche?” Billy sacudió su cabeza lleno de miedo. Y sin embargo, el deseo de escapar era tan grande, el pensamiento de la libertad era tan embriagador, que empezó a reír con emoción.
“¡Shhh!” le silenció la gata. “Todavía no.”
“¿A dónde iré?” preguntó Billy. “Si dejo este lugar.”
“Mis amigos te enseñarán.”
“¿Quiénes son tus amigos?”
“Gatos, naturalmente. Pelaje cobrizo, pelaje naranja y pelaje dorado.”
“¡Las Llamas!” jadeó Billy.
“Llamas, sí. Clawdia se va ahora.”
Billy abrió la puerta y la gata negra salió al rellano. “No te olvides” dijo. “Esta noche.”
“¿Cómo iba a olvidarme?” susurró Billy.

*Crook significa ladrón, luego el Pasaje de Crook se traduciría como el Pasaje del Ladrón

jueves, 12 de julio de 2012

Capitulo 10: El pájaro enjaulado.


Charlie encontró el botón negro el viernes al final del recreo de la comida. Gabriel lo había tirado más lejos de lo que había pensado, porque estaba entre dos piedras que cubrían el interior del gran arco de la ruina.
Mientras Charlie introducía el botón en su bolsillo, una voz dijo “¿Qué es eso, Bone?” Asa Pike estaba vigilando alrededor del arco.
“¿Qué es qué?” preguntó inocentemente Charlie.
“Has cogido algo.”
“¡Oh, eso!” Charlie metió su mano en el bolsillo y descubrió que por un golpe de suerte se había dejado una canica dentro. “Es solo una canica” La sacó fuera y la sostuvo a contraluz. “¿Lo ves? Estábamos jugando aquí ayer y rodó hacia una grieta. Pensaba que nunca la sacaría de ahí.”
Asa observó la canica, “¿De dónde la has sacado?”
“No puedo recordarlo, la he tenido por años. Es como una mascota.”
“Hmm” Asa se giró y se alejó del chico. La extraña manera de caminar de Asa siempre le daba escalofríos a Charlie, y tuvo la desagradable visión de Asa convertido en bestia, cavando en la ruina. ¿Dónde encontró el corazón?, se preguntó Charlie. ¿Y tenían la total certeza de que se trataba del corazón de Borlath?
Charlie se estremeció involuntariamente y abandonó la ruina. Mientras deslizaba la canica en su bolsillo, sus dedos tocaron el botón negro, y brotó en él una oleada de esperanza. Quizás, por fin, se estaba acercando a su padre.
Cuando estaba en la fila del autobús por la tarde, Charlie le pidió a Gabriel que se reuniera con él en el Café de las Mascotas el sábado. “He encontrado el botón” le susurró. “¿Podrías intentarlo otra vez, Gabriel?”
Gabriel se encogió de hombros enigmáticamente. “No estoy seguro de que quiera encontrarme otra vez con ese caballo.”
“El botón no tiene nada que ver con el caballo” dijo Charlie. “Confía en mí, te lo explicaré mañana.”
“Más te vale” dijo Fidelio. “Y todavía no nos has contado por qué llegaste tarde a la hora de acostarte ayer.”
“Todo será revelado” prometió Charlie.
El tío Paton había adquirido últimamente el hábito de ordenar comida deliciosa de un restaurante elegante de la ciudad. La herencia de uno de los ricos familiares franceses de su madre había hecho eso posible, y se aseguraba de que todos en el número nueve de la calle Filbert se beneficiaran de su buena fortuna.
Por supuesto, esto solo le daba a las hermanas Yewbeam otra razón para odiar a su hermano. Pero mientras la abuela Bone hervía de indignación en privado, no paraba de disfrutar de las delicias. A Grizelda Bone le encantaba la buena comida, especialmente el foie gras y el caviar. Aquel día, mientras Paton, Maisie y Julia Ingledew estaban sentados en la cocina comiendo pastel de venado, la abuela Bone, reclinada en su mecedora del salón, comía caviar con tostadas y tomaba un vaso de oporto. No le gustaba comer con las visitas, especialmente con la señorita Ingledew, quien ella imaginaba estaba persiguiendo a su hermano, aunque cualquiera le podría haber dicho que a la inversa.
“¡Vaya!” exclamó Charlie al entrar a la cocina. “Que olor tan delicioso, ¿puedo tomar un poco de lo que sea que lo haya causado?”
El tío Paton le cortó una gran rebanada de pastel, y Maisie empujó una olla con salsa picante en su dirección.
“Prueba un poco. Es mejor que lo que solemos comer” dijo Maisie con un guiño. “Tiene ron.”
Charlie se dio cuenta de que su tío llevaba una chaqueta nueva. “¿Vas a algún sitio especial?” le preguntó.
Paton puso un dedo en sus labios. “¡Shhh! No queremos que cierta persona lo sepa.”
“De hecho planeábamos llevarte con nosotros” dijo Julia en voz baja.
No se dijo nada más sobre el asunto, y aunque Charlie ardía en curiosidad se dio cuenta de que todo el mundo estaba esperando a que la abuela Bone se fuera a dormir la siesta. Unos minutos después Amy Bone volvió de trabajar y se unió a los demás en la cocina. Le dijeron a Charlie que llevara la botella de oporto al salón.
“Charlie – qué agradable – ¿me traes más oporto?”
Charlie reprimió a duras penas una sonrisa al escuchar la dificultad con la que la abuela Bone arrastraba las palabras. Claramente, ya había bebido más de un vaso de oporto. Llenó cuidadosamente el vaso y le preguntó si le gustaría un poco de pastel de venado.
“Pastel – mmm – vale.” La abuela Bone se relamió los labios y puso los pies en el sofá.
Charlie volvió a la cocina, colocó una porción de pastel en un plato y lo cubrió con abundante salsa de ron y albaricoque. “Está cabeceando” dijo suavemente.
Diez minutos más tarde, escucharon unos enormes ronquidos provenientes del salón.
“Estará fuera de combate por horas” dijo Maisie. “Yo me iría ahora si fuera vosotros.”
“¿A dónde vais?” preguntó Amy.
“Ah…a una casa cerca de aquí” le dijo Paton. “Y nos gustaría llevarnos a Charlie.”
“¿Por qué?” preguntó Amy. “No…no es peligroso, ¿verdad?”
“Oh, mamá. Claro que no” dijo Charlie, quien no tenía ninguna idea de si era peligroso o no.
“¿Y tú cómo lo sabes?” su madre le dirigió a Paton una mirada cautelosa.
Paton se rascó la cabeza. “Bueno, no debería ser peligroso.” Consultó una nota que había sacado de su bolsillo. “Está a solo unos bloques de aquí y hasta donde yo sé, es un vecindario muy tranquilo.”
“Hasta donde tú sabes” murmuró Amy, “Paton, tú siempre estás yendo a sitios peligrosos.”
“Mamá por favor” le rogó Charlie.
“Vamos a conocer a un familiar de Billy Raven” explicó la señorita Ingledew. “El pobre hombre lo está pasando mal. Ha tenido que mandarme unas cartas destinadas a Paton para evitar que cayeran en las manos equivocadas.”
Amy sonrió a regañadientes. “Está bien Charlie.”
Todavía no había la oscuridad suficiente para que el tío Paton se arriesgara a salir, pero tras esperar otra media hora, una atenta nube negra empezó a cubrir el cielo. Para cuando la pequeña expedición dejó el número nueve, pesadas gotas de lluvia caían en la calle.
El tío Paton abrió un gran paraguas azul, que los cubría a él y a la señorita Ingledew, pero que dejaba que a Charlie le mojaran la mayoría de las gotas. Despreocupado, Charlie corrió hacia delante. Siguiendo la calle hacia el parque, giraron a la izquierda como decían las instrucciones. Aquí, una avenida de altos plataneros le otorgó un poco más de protección de la lluvia, que se había vuelto muy fuerte. Caminaron otros quinientos metros antes de que el tío Paton gritara “Hay que girar a la derecha. Es el número quince.”
Charlie rodeó una esquina que daba a parar a un camino que casi podría describirse como una calle de pueblo. Frondosas ramas se arrastraban por el pavimento y la mayoría de las casa estaban escondidas detrás de altos arbustos.
La puerta del jardín del número quince necesitaba urgentemente una mano de pintura y le faltaba una bisagra. Charlie apenas podía ver la casa – estaba cubierta de hiedra y rosas blancas. Un aroma delicioso flotaba desde el jardín, y la señorita Ingledew declaró que era el aroma más delicioso del mundo.
“Lo tendré que embotellar para ti” dijo el tío Paton afectuosamente.
Empujaron la desvencijada puerta y caminaron por el sendero hasta una puerta blanca. No había ninguna campana o aldaba, así que Charlie tiró de una cadena que colgaba al lado de la puerta. Una campanilla se oyó al otro lado de la puerta.
Poco después, Alice Angel estaba en el marco de la puerta. “Charlie, tú también has venido” dijo. “Oh, estoy tan contenta.”
Charlie estaba sin palabra, nadie le había dicho que iban a ver a Alice Angel, estaba bastante confuso. Pero el tío Paton y la señorita Ingledew entraron a la casa y se presentaron como si Alice fuera una persona perfectamente normal, así que Charlie decidió seguirles.
Alice tomó sus húmedos abrigos y chaquetas y los condujo a un bonito salón. Debido a todas las plantas que cubrían las ventanas, la habitación estaba casi a oscuras, y Alice buscó inmediatamente el interruptor de la luz.
“¡No lo haga!” gritó Paton.
Su grito llegó demasiado tarde. Las bombillas de la pequeña araña de luces que colgaba en el centro de la habitación explotaron una a una y una ducha de cristal cayó sobre la alfombra, sin tocar a Alice por centímetros.
“Lo lamento tanto” se disculpó Paton. “Tendría que haberla advertido, qué tonto, qué negligente.”
“Ha sido totalmente mi culpa” dijo Alice. “Esto está demasiado oscuro. Iré a traer el recogedor mientras ustedes hablan con Christopher.”
Charlie miró la penumbra, intentando localizar a Christopher, mientras el tío Paton y la señorita Ingledew discutían con Alice sobre quién debería barrer los cristales rotos. Alice insistía en que los invitados tenían que ponerse cómodos mientras ella buscaba el recogedor.
Mientras ellos tomaban sus asientos, una suave risa vino de una esquina de la habitación, luego una voz dijo “Así que es usted un elevador de voltaje señor Yewbeam. Siempre he querido conocer a uno.”
Todos miraron hacia la esquina y vieron a un hombre pequeño y delgado con pelo escaso y una ropa que le venía grande. El extraño se puso de pie y avanzó hacia ellos, extendiendo su mano. “Christopher Crowquill” dijo “Sé quiénes son ustedes.”
Mientras se estrechaban las manos, Alice volvió con un recogedor y una escoba, que Paton le arrebató enseguida. Empezó a barrer el suelo y Alice volvió a la cocina a por tarta y velas. Cuando estuvieron todos sentados confortablemente en la habitación iluminada por velas y con un pedazo de tarta, Christopher Crowquill empezó a preguntar por Billy Raven.
“Billy está enfermo, señor Crowquill” dijo Charlie.
“¿Enfermo?” Christopher parecía alarmado.
“Acababa de enseñarnos un botón que había encontrado, cuando súbitamente empezó rodar por el suelo presa de una horrible agonía. No paraba de murmurar sobre un juramento y de que no lo había roto. Lo llevaron a la enfermería y no lo he visto desde entonces.”
“¡Los juramentos son mortales!” declaró Christopher. “Florence tiene una bolsa llena de ellos. La mayoría los firmó gente que pidió prestado dinero. Desgraciadamente, una vez que un juramento ha sido firmado Florence nunca los devuelve, incluso cuando el dinero ha sido devuelto. Si alguien rompe un juramento, experimenta un horrible dolor. A veces, la agonía es tan grande que la víctima se queda lisiada de por vida. El papel es sumergido en veneno y luego imbuido en lo que yo creo que es un espíritu malvado. A Billy le han hecho firmar un juramento, apostaría mi vida por ello.”
“Por eso le asustaba tanto contarme algo” dijo Charlie pensativamente. “Pero creo que sé el nombre de su nuevo hogar. Se llama la Casa de Paso.”
“¡La Casa de Paso!” Christopher se llevó la mano a la cabeza. “Dios mío, la Casa de Paso nunca podría ser descrita como un hogar. Los Bloors la utilizan de vez en cuando para sus huéspedes ocasionales: gente que necesita algún lugar en el que esconderse u otros que los Bloors quieren esconder. Si Usher de Grey está involucrado, entonces Billy no podrá dejar la casa a menos que Usher decida permitir que se vaya. Oh, el pobre niño, debo ayudarle.”
“¿Pero cómo puede Usher mantener al niño prisionero?” preguntó indignada la señorita Ingledew.
“Querida mía, puede crear campos de fuerza.” Christopher miró sus manos arrugadas y agitó su cabeza. “Su don es muy poderoso, además de desagradable. El pobre Billy nunca será capaz de escapar, la pared invisible de Usher es más fuerte que el hierro.”
Aquella información hizo que todo el mundo se sintiera pesimista, un silencio absoluto se instaló en la habitación hasta el tío Paton dijo súbitamente “El botón Charlie, ¿cuál es su importancia?”
Charlie explicó que Billy había encontrado el botón en la Casa de Paso y sentía curiosidad  por saber si el botón diría algo. “Tenemos un amigo llamado Gabriel” le explicó a Alice y Christopher, ya que ambos parecían un poco descolocados. “Gabriel puede sentir cosas, también puede ver cosas si se pone la ropa de otra persona. Le aflige mucho, así que se mantiene alejado de la ropa vieja y todo eso la mayoría del tiempo. Al principio, no pensábamos que funcionaría con un botón, porque no te lo puedes poner, ¿no? Pero sí que funcionó.”
Había un ambiente de expectación, eventualmente roto por el tío Paton, quien dijo “¿Y…?”
“Y…” Charlie se sentía inesperadamente avergonzado. “Vio un hombre con el pelo oscuro, atrapado dentro de murallas de cristal – espejos – y escuchó un piano, pero no pudo verlo. Y luego…luego…” Charlie describió la terrorífica experiencia del caballo fantasma y el terrible experimento en el laboratorio de Ezekiel.
La habitación se llenó de inmediato con exclamaciones de horror y consternación. De hecho, las indignadas voces se volvieron tan altas y tan fieras, que Charlie se sintió abrumado y preguntó si tenía permiso para salir y tomar un poco de aire fresco.
Alice le enseñó la puerta trasera, y Charlie se adentró en un calmado mar de flores. Había parado de llover por fin y un maravilloso vapor perfumado llenaba el jardín.
“¡Vaya! Y eso que no les he contado que el caballo va detrás de mí,” murmuró Charlie.
La vista de una caravana de gitanos de verdad sacó su mente de sus problemas inmediatos, Charlie se metió por las flores hasta que llegó a unos escalones de madera que subían a la puerta de la caravana. Estaba a punto de subir los escalones cuando un movimiento al final del jardín llamó su atención. Para su sorpresa, vio a Olivia mirándole desde lo alto de una gran pared.
“¡Liv!” la llamó. “Olivia, ¿qué estás haciendo ahí?”
Olivia saltó al otro lado.
“¡Que sea así, entonces!” gritó Charlie. Saltando por las plantas empapadas por la lluvia, llegó hasta la pared y la llamó otra vez. “¿Liv, estás ahí?, ¿qué estás haciendo?” Charlie se elevó hasta lo alto de la pared y miró hacia el otro jardín, este despojado de flores. La suave ladera verde terminaba en una gran casa blanca que Charlie reconoció inmediatamente. La casa pertenecía a los Vertigo. Alice Angel era la vecina de Olivia. Qué raro que Olivia no la conociera.
No había ni rastro de Olivia, así que Charlie saltó la muralla, cogió una brillante manzana roja y caminó hasta el interior de la casa de Alice.
“Ah, has encontrado una manzana” Alice le sonrió a Charlie cuando este entró “Esas manzanas son tan buenas.”
Las cosas se habían calmado un poco, aunque el tío Paton y Christopher Crowquill estaban ahora discutiendo algo en un tono bajo aunque agitado.
“Vi a mi amiga Olivia” le contó Charlie. “No sabía que vivía al otro lado de tu pared. No ha querido hablar conmigo.”
“Está teniendo una crisis” dijo Alice gravemente. “A veces pasa cuando la gente pelea en contra de su verdadera naturaleza. Espero que acepte esto pronto. Marcaría tanto la diferencia – para todos vosotros.”
“¿De verdad?” Charlie estaba desconcertado. “¿Cómo lo?…Quiero decir, ¿está usted dotada, señorita Angel?”
“Alice por favor” sus ojos grises parpadearon. “Sí, estoy dotada.”
A Charlie le habría gustado poder hacerle una cuantas preguntas, pero en aquel momento, el tío Paton se puso de pie, limpiándose los restos de de tarta de sus pantalones, y dijo “Debemos irnos”
Mientas se iban, Christopher Crowquill les agradeció su visita y les estrechó cálidamente las manos. “No puedo deciros lo que significa esto para mí” dijo. “Me quedan pocos amigos en esta ciudad desdichada, y haber sido un pájaro enjaulado me ha enseñado quienes son. Alice Angel es fiel a su nombre, ella ha sido como un ángel. No ha habido una semana durante mi larga estancia en la cárcel en la que no haya venido a visitarme. Ella me dio esperanza y ahora me está dando cobijo. Pero os ruego que mantengáis mi localización en secreto, o ella estará en mucho más peligro de lo que estoy yo.”
Ellos prometieron no contarle a ningún alma nada sobre si visita, tío Paton de una manera mucho más vehemente que los demás. “Estaremos en contacto” le dijo a Christopher “No pierdas la esperanza.”
La puerta blanca se cerró firmemente detrás de Paton, seguido por Charlie y la señorita Ingledew hacia el camino. La calle estaba desierta, pero Christopher no quería correr riesgos.
La farolas se habían encendido, y aunque había parado de llover, el tío Paton tuvo la precaución de esconder su cabeza debajo del paraguas por si había otro accidente. El paraguas cubría también a Julia, por eso ninguno de los dos vio la extraña figura gris que se lanzó hacia los arbustos al otro lado de la rejas del parque. Charlie tampoco estaba seguro de haberlo visto, pero empezó a estar más y más seguro de que había sido real y que no era un zorro o un perro, sino una bestia gris y contrahecha. Espiar era la ocupación favorita de Asa Pike, así que si los había seguido, el número quince de Park Avenue era ahora una casa marcada.
Charlie se dijo a sí mismo que Asa probablemente no había adivinado porqué él y su tçío habían visitado a Alice Angel. Para cuando llegaron a la calle Filbert, se sentía seguro, pero había algo que necesitaba saber, y le preguntó a su tío porqué el señor Crowquill había llamado a la ciudad “desgraciada.”
“Imagino que para él será una ciudad desgraciada porque él fue enviado a prisión” dijo el tío Paton. “Es algo terrible que te pase cuando eres inocente.”
“No, es mucho más que eso” añadió Julia en voz baja “Pensar en todas las tragedias que han tenido lugar aquí, desde el mismo momento en el que los hijos del Rey Rojo empezaron a matarse unos a otros. Tengo más de cien libros antiguos que describen la eterna lucha que se ha llevado a cabo aquí a través de los siglos. La gente buena pierde y los malvados prevalecen.” Ella sonrió “Pero aún así amo esta ciudad. Creo que es porque al sobrevivir entre todos esos hechos oscuros, el bien adquiere mucha más fuerza y vigor.”
Charlie pensó en su padre, derrotado y perdido porque intentó luchar contra los Bloor “Tú encontraste el Libro de Amadis” dijo. “¿Piensas que era mi padre a quién Gabriel vio cautivo en el Castillo de los Espejos? Sé que él tenía el cabello oscuro y sé que está atrapado en algún lugar, y también está la música del piano.”
“No te lo puedo asegurar Charlie” dijo amablemente Julia “Pero es posible.”
Habían llegado al número nueve, y Paton cerró el paraguas mientras Charlie corría a apagar la luz del recibidor y muchas otras que podían suponer un riesgo.
La abuela Bone se había despertado “¿Dónde habéis estado?” gritó desde el comedor.
“Paseando” dijo Paton.
“¿Paseando?, ¿está aquí esa mujer de nuevo?”
“Si te refieres a Julia, sí está aquí” dijo Paton enfadado. “Vamos a tomarnos una taza de té, y luego voy a acompañarla andando hasta su casa.”
“Será mejor que tengas cuidado con las luces” su hermana se rio desagradablemente.
“No creo que vaya a quedarme a tomar té” dijo Julia rápidamente. “Emma está en casa de una amiga, pero volverá dentro de poco.”
El tío Paton acompañó a la señorita Ingledew hasta las escaleras, ella gritó antes de irse “Emma tiene una nueva mascota, Charlie.”
“¿Qué es?” preguntó Charlie.
“Lo descubrirás mañana” dijo la señorita Ingledew, cogiendo el brazo de Paton. “Cuando lo lleve al Café de las Mascotas.”