La
nieve llenaba el aire; espesa y rápidamente se acumulaba
sobre la ciudad dormida, casi como si estuviera tratando de mantenerla segura. Una manta de plumas para
sofocar la maldad que alguien estaba decidido a dejar suelta.
Era la segunda semana de enero, una época en que
la nieve no es poco común,
y sin embargo, no se trataba de una
nevada ordinaria. En una colina sobre
la ciudad, un niño estaba de pie con los brazos abiertos, como si se estuviera preparando
para alzar el vuelo. Cuando
el viento golpeaba su cuerpo, las nubes
de nieve hinchaban sus
anchas mangas y continuaba su camino bajo
la capa verde que llevaba.
Tancred Torsson podía convocar la lluvia, el
viento, el trueno y el relámpago, pero
esta era la primera vez que se atrevía con la nieve. ¿Y
por qué habría de estar aquí,
en la oscuridad de la noche,
llamando a la nieve?
Debido a que tres gatos habían subido al alféizar de su
ventana y le habían despertado con
sus llamadas. Deslizando una capa
sobre el pijama, Tancred se había precipitado hacia la oscuridad.
Los gatos se reunieron con él en la puerta principal de su casa, y mientras sus
padres dormían en su habitación (los tormentosos
ronquidos de su padre se podían escuchar por toda la casa), él había seguido a
las tres brillantes criaturas por un
callejón oscuro hasta una ventosa colina desde la cual podía
ver las luces de la ciudad
parpadeando debajo de él. Una vez allí,
los gatos miraron fijamente a Tancred hasta
que le hicieron comprender sus
deseos.
Tancred no tenía el don de la
comprensión de los animales, pero
al ser un descendiente del Rey
Rojo, podía, a veces, seguir la esencia
de sus maullidos — ¿Nieve?—
preguntó. — ¿Es eso lo que
queréis?
Unos fuertes
ronroneos salieron de los gatos, sus voces se mezclaban
musicalmente —Nunca
antes lo he hecho— Tancred rascó su espeso
pelo rubio —Pero, bueno, voy a intentarlo—
Los gatos ronronearon de
satisfacción. Mientras Tancred se preparaba para realizar su trabajo, los gatos
corrieron colina abajo en dirección a la ciudad. El primer gato era del color
de una puesta de sol cobriza, el segundo como una llama anaranjada y el tercero
parecía una estrella. Trotaron con ligereza por los callejones, a través de los
jardines y sobre murallas de piedra y vallas, su patas apenas dejaban marca en
la nieve fresca. Los altos edificios de la ciudad estaban empezando a
desaparecer en un velo de silencio blanco. Aquella era
una hora como ninguna otra. Un momento en el que los vivos
estaban tan silenciosos como los muertos. Una hora moribunda.
Los gatos corrieron por la calle Filbert. Casi habían
llegado a su destino cuando un
coche apareció, moviéndose lentamente
por la calle en su dirección. Se
detuvo fuera del número doce y tres figuras salieron a trompicones. Un hombre, una
mujer y un niño. Gruñendo y exclamando en
aquella tormenta de nieve repentina, soltaron bolsas y maletas en la acera.
—Llegamos justo a tiempo— dijo la mujer— Otros diez minutos y hubiera sido demasiado fuerte para el coche—. Subió los escalones hasta la
puerta principal.
— ¡Menuda bienvenida!— murmuró el hombre. —Mejor nos
volvemos a Hong Kong— Soltó una risa ronca y cerró la puerta del coche.
El niño subió dos maletas por las
escaleras, luego se volvió, como si sintiera que algo lo observaba. Miró al otro lado de la calle y vio a los tres gatos —Son las Llamas— dijo —Frente a la casa de Charlie. Me
pregunto qué querrán.
—No te
quedes ahí, Benjamín— dijo su madre— Entra.
Benjamín la ignoró— ¡Hola, Llamas!— saludó en voz baja— Soy yo, Benjamín. Estoy de vuelta— Un rugido gutural salió de los gatos.
Un gruñido de bienvenida que también tenía una nota de queja. "Ya era hora", parecían decir.
—Nos vemos pronto— dijo
Benjamín mientras su madre tiraba de él y de las
maletas a través de la
puerta.
Los gatos vieron cerrarse la puerta. Cuando se encendieron las luces en el interior del número doce, centraron
su atención en la casa que estaba detrás de ellos. En frente de la casa se encontraba un castaño sin hojas, y
rápidamente se subieron a una ancha rama
que colgaba frente a una de las ventanas oscuras. Sentados en una fila, los gatos empezaron a cantar.
Al otro lado de la ventana, Charlie Bone se
agitó en sus sueños. Alguien
estaba llamándole. ¿Ha sido un sueño?
Sus ojos se abrieron. Un sonido conocido llegó
flotando a través de la ventana. — ¿Llamas?— murmuró. Ahora estaba completamente
despierto. Saltó de la cama, apartó las cortinas y
abrió la ventana.
La visión de
tres criaturas brillantes, veladas por la nieve, dejó sin
aliento a Charlie. Cuando consiguió convencerse a sí
mismo de que no estaba soñando, preguntó—Aries, Leo, Sagitario, ¿sois realmente
vosotros?
No se molestaron en contestar. Con unos suaves golpes aterrizaron en la alfombra, seguidos de una nube de nieve.
Charlie cerró la ventana.
—Será mejor que vengáis
abajo— susurró. —Es
una noche ideal para una taza de
leche caliente y tal vez una
rebanada de pavo—. Echó un
vistazo a la cama que había al otro lado de la habitación, donde un muchacho dormía, con su pelo tan blanco como la almohada.
Los gatos siguieron a Charlie sin hacer ningún ruido mientras este se deslizaba
con sumo cuidado escaleras abajo. En la cocina, calentó una olla de leche y la
vertió en tres platos. Los ronroneos, profundos y encantados, llenaron la
habitación mientras los gatos lamían la leche. En cuanto se la acabaron,
Charlie dejó rebanadas de pavo en los platos vacíos. Los copos de nieve giraban
frente la ventana de la cocina, desprovista de cortina, parpadeando debido al
haz de luz de la lámpara de la cocina.
—Hay algo diferente en esa nieve— observó Charlie. — ¿Debo
sumar dos y dos y adivinar por qué habéis
venido?— Observó a los gatos limpiarse vigorosamente. —Cumplí doce años la semana pasada ¿donde estabais entonces? Las fiestas
no os deben interesar mucho ¿no?
Leo, el
gato naranja, detuvo su
aseo y devolvió la mirada de Charlie. No muchos gatos
podrían mirarte a los
ojos de esa manera.
La mirada de
Leo ardía con el conocimiento, la fiereza y los recuerdos con los que la mayoría de los mortales sólo podía soñar. Leo tenia novecientos años de edad, al igual que sus hermanos. Aries y Sagitario añadieron ahora su intensa mirada a
la de Leo. Charlie tuvo la impresión de que querían decirle
algo. Tendría que despertar al niño que estaba arriba si quería entender lo que los
gatos estaban tratando de decirle.
Tres pares de
ojos de oro siguieron a
Charlie fuera de la habitación. Todavía podía sentirlos en su espalda mientras subía las escaleras. — ¡Billy! ¡Billy, despierta!— Charlie sacudió suavemente
el hombro del chico de pelo blanco.
— ¿Qué? ¿Qué
pasa?— Billy abrió sus redondos ojos color rubí.
— ¡Ssh! Las Llamas
están aquí. Quiero que vengas a hablar con ellos.
Billy bostezó. —Oh. Está
bien— Pero al intentar levantarse, se cayó
de la cama, todavía no estaba completamente despierto. —Tienes que
ser silencioso— le advirtió Charlie
—O la abuela Bone nos escuchará— Billy asintió con la cabeza y buscó sus gafas.
Billy tenía ocho años de edad y era una cabeza más bajo que Charlie. Podía comunicarse con
los animales, pero sólo si estos se lo permitían. Siempre le había tenido un poco de miedo a Las Llamas.
Ellas sabían cuando estaba mintiendo.
—Vamos— susurró Charlie
con urgencia.
—Tengo
que encontrar mis gafas— dijo Billy, —O me caeré. Ah. Aquí están—.
Se las colocó sobre la
nariz y se deslizó detrás
de Charlie.
Los gatos observaron a los dos chicos entrar en la cocina. Tres pares de orejas se movieron hacia Billy cuando este se sentó; con las piernas cruzadas ante la estufa,
los gatos estaban limpios y alertas. Charlie cerró la puerta y se tendió al lado del niño pequeño.
—Vamos, habla— dijo Charlie. Un sonido salió de la garganta de Billy: un maullido suave y cadencioso.
“¿Tenéis noticias para nosotros?”
Aries respondió con un gruñido que crecía en intensidad
cuanto más tiempo lo sostenía.
Los otros gatos se
unieron a el y Charlie se preguntó si Billy podría entender la información del coro de maullidos y lamentos que venían de tres voces diferentes. Billy no
profirió sonido alguno. Con sus brazos escondidos dentro de sus piernas
cruzadas y su barbilla reposando en sus manos apretadas, escuchaba atentamente.
Charlie miraba ansiosamente la puerta. No se atrevía a silenciar a los gatos,
pero le preocupaba que la abuela Bone pudiera escuchar los maullidos.
Billy frunció el ceño mientras los gatos siguieron con sus voces cadenciosas y ansiosas. Cuando,
por fin, su discurso hubo terminado, los ojos de Billy estaban muy abiertos a
causa de la alarma. Se volvió hacia Charlie. —Es una advertencia.
— ¿Una advertencia?— preguntó
Charlie. — ¿Qué tipo de advertencia?
—Aries dice que algo podría despertar
si no pueden impedir…impedir... eh... que otra cosa
sea encontrada. Y Sagitario dice que si eso
ocurre, tú debes estar alerta, Charlie.
— ¿Alerta? Pero, ¿qué se supone que debo vigilar?
Billy vaciló. —A una mujer -
Creo que a tu...— La siguiente
palabra se atascó en su garganta.
— ¿Mi qué?— Exigió Charlie.
—A tu madre.
—Mi...— Charlie miró fijamente a Billy y luego a los gatos.
— ¿Por qué?— Su voz sonó ronca a causa del temor.
— ¿Alguien va a hacerla
desaparecer – como a mi padre?
Billy preguntó a los gatos y Leo
respondió con un maullido de disculpa. —Leo dice que desearía poder decir algo más— tradujo Billy. —Él te ayudará a vigilar— Leo dio varios maullidos fuertes. —Dice que si la sombra se ha movido, entonces sabrás que ha sido liberado.
— ¿Qué es lo que
se habrá liberado?— suplicó Charlie, tirando de su indómito cabello.
— ¿No podéis ser un poco más específicos?
En ese momento
se abrió la puerta y una voz dijo — ¿Habrá alguien que amablemente
apague esa luz?— Charlie
se levantó de un salto para
darle al interruptor, y tan pronto como la lámpara sobre la mesa se hubo apagado,
apareció un hombre alto con una bata de
baño rojo. Paton tenía en la mano una vela encendida en un candelero de bronce. —Veo que tienes visitantes—.
El tío abuelo de Charlie asintió con la cabeza en dirección a los gatos. —Buenos días, Llamas.
Los gatos maullaron un saludo y Charlie dijo
— ¿Es realmente por la mañana?
—Es casi la una de la mañana— dijo el tío Paton, que
no parecía en absoluto sorprendido
de ver abajo a Charlie y a Billy
a una hora tan temprana. —Tengo hambre—. Cruzó la habitación y abrió la nevera. —Detecto un aire de misterio.
¿Qué ha pasado?
—Las Llamas
han venido para avisarme— le explicó
Charlie a su tío —Acerca
de mamá.
— ¿Tu madre?— El tío Paton
se apartó de la nevera con el ceño fruncido. — ¿Has dicho tu madre?
—Sí.
—Y algo
acerca de una sombra— añadió Billy.
El tío Paton dejo
el candelabro. —Quiero
saber más— dijo.
—Billy,
dile a los gatos que se expliquen—
suplicó Charlie. —Pregúntales qué es la sombra—.
Pero los gatos estaban ansiosos por marcharse. Se estiraron y salieron corriendo hacia la
puerta.
— ¡Esperad!—
dijo Charlie. —No
nos habéis hablado de la sombra—. Aries maulló
y Leo arañó
la puerta. Charlie no tenía más remedio que abrirla. Y entonces los gatos estarían fuera y
saltando por el pasillo. — ¿Qué
sombra?— susurró Charlie con fiereza
mientras seguía a los gatos. Sagitario gruñó. Charlie
no podía decir si era una
respuesta o una demanda.
—Deja que
se vayan, Charlie— Billy corrió a abrir
la puerta principal. —Tienen que ir a
otra parte, y rápido. Para ver si
encuentran la cosa.
Con un repentino coro de
maullidos, las Llamas se precipitaron por la puerta y de pronto, ya
estaban lejos de la calle,
tres llamas brillantes tragadas
por el remolino de nieve. —No nos lo han explicado— se
quejó Charlie. —Ahora nunca lo sabremos.
—Lo han hecho—dijo
Billy. —Ellos....— empezó a decir el pequeño niño albino.
Antes de que pudiera decir nada más,
una voz desde lo alto de la escalera
gritó: — ¿Qué
significa todo esto?—. La abuela
Bone era una visión desagradable en la mejor de las situaciones,
y después de la media noche no
era precisamente una de esas situaciones ideales, por lo que se
veía lo peor de
ella. Su delgada figura estaba
envuelta en un albornoz peludo, gris, y sus grandes
pies se encontraban embutidos en unas zapatillas de lana verde.
Una larga cola de
caballo blanca colgaba sobre su hombro, y su rostro cetrino tenía manchas
de crema blanca por todos lados.
—Hola, abuela— dijo
Charlie, intentando mejorar la situación.
—No seas insolente— A la abuela Bone no le gustaba la gente que estaba alegre por la noche. — ¿Por qué no estás en la cama?
—Teníamos hambre.
—Basura— Para ella, todo lo que
Charlie decía era una mentira. —He escuchado gatos—. Empezó a bajar las escaleras.
—Estaban fuera,
abuela— dijo Charlie
rápidamente.
La abuela se detuvo y se quedó
mirando por el tragaluz de cristal que había encima de la puerta principal. — ¿Qué tipo de nieve es esa? No parece normal—. Tenía razón.
Había algo diferente en los giros de los copos de
nieve, pero Charlie no podía decir lo que era.
—Es fría, blanca y húmeda— dijo el tío Paton, saliendo de la cocina. — ¿Qué más necesitas?
— ¡Tú!— gruñó la abuela Bone. — ¿Por qué no enviaste a los chicos
de vuelta a la cama?
—Porque tenían hambre— respondió su hermano con un tono de superioridad. —Vete a la
cama, Grizelda.
—No me des órdenes.
—Haz lo que
quieras— Paton volvió a entrar a la cocina. Por un momento, la abuela Bone se mantuvo en las escaleras, mirando hacia Charlie.
—Voy a
buscar un vaso de agua, abuela, y luego nos iremos
directamente a la cama—
Charlie miró a Billy. —Lo haremos, ¿verdad, Billy?
—Oh,
sí— Para un huérfano como Billy,
las extrañas peleas de la familia de Charlie eran fascinantes.
El niño asintió enfáticamente mientras
miraba a la abuela Bone y agregó —Lo prometo— De la abuela Bone
salió un sonido inclasificable lleno de duda y se fue
arrastrando los pies escaleras arriba.
Charlie llamó a Billy a la cocina de nuevo y le preguntó en un susurro: — ¿Qué han dicho ellas, Billy? Las
Llamas. Acerca de la sombra.
—Sólo dijeron una palabra—
respondió Billy. —No sé lo que es, era algo
así como “hark”.
— ¿Hark?—
repitió el tío Paton— Significa “escuchad” en galés.
—Pues a mí me daba la impresión de que era el nombre de
alguien.
—Eso apenas es un sustantivo, querido muchacho— El
tío Paton mordió un
trozo de queso cheddar. —Se trata más bien de una orden. Tal vez has oído mal.
—No lo hice— dijo Billy
gravemente.
En aquel momento, los tres gatos
ya habían cruzado la ciudad y pisaban suavemente sobre la nieve que golpeaba con fuerza contra las paredes de la Academia Bloor. Pasaron las dos
torres que estaban a ambos lados de los escalones
de la entrada y continuaron su camino a lo largo del
edificio, hasta llegar al final, donde un alto muro de piedra comenzaba. La hiedra
había echado raíces en las antiguas piedras, los gatos subieron por
la enredadera y se
dejaron caer en un campo cubierto de nieve.
En el otro
extremo del campo, se
vislumbraban las paredes rojo oscuro del castillo en ruinas. Los gatos
se volvieron más cautelosos.
Se pasearon cuidadosamente a través del blanco campo, sus oídos atentos
a cualquier sonido que pudiera salir de la ruina.
Y entonces, oyeron el grito.
—Sé lo que estáis haciendo— gritó
una voz de mujer. —Pero no me podéis parar, idiotas. ¿Pensabais
que la nieve me lo impediría? Por supuesto, me
ha ralentizado, pero nunca me detendrá.
Los gatos se acercaron. A través del gran arco en el castillo, pudieron ver una figura oscura, doblada por la mitad,
con los brazos cubiertos de nieve hasta
los codos. La figura se balanceaba de un lado a otro, tirando, estirando y gimiendo a causa del esfuerzo.
Con un repentino y profundo gemido, una gran
piedra plana se alzó hasta quedar en posición vertical,
pero volvió a caer en la nieve.
La mujer paró un momento y buscó a tientas en la tierra. Con un grito de triunfo, levantó algo y lo sostuvo en el helado aire, con las manos rotas y sangrantes por la lucha. — ¡Mío! ¡Es mío!
La mujer paró un momento y buscó a tientas en la tierra. Con un grito de triunfo, levantó algo y lo sostuvo en el helado aire, con las manos rotas y sangrantes por la lucha. — ¡Mío! ¡Es mío!
Un pequeño
temblor atravesó la
tierra, un movimiento imperceptible
para los humanos pero suficiente para
enviar un pequeño escalofrío de
miedo a través de todas las
criaturas de la región. Las aves
se despertaron y gritaron,
pequeños roedores corrían frenéticos, desesperados por su seguridad, y el lúgubre aullido de
los perros era transportado
por el amargo aire.
Con sus ojos brillando por la alarma, los gatos observaron a la mujer salir
trastabillando de la ruina. El dobladillo de su abrigo negro pesaba a causa de
la nieve y su lámpara se balanceaba violentamente a causa del viento congelado.
Llegó hasta una puerta en el gran edificio gris que era la Academia Bloor y
desapareció. Unos pocos minutos después una brillante luz apareció en una de
las ventanas más altas. Los gatos miraron la ventana temiéndose lo peor.
La mujer estaba de pie delante de un
retrato enmarcado en oro del Rey Rojo, su lámpara iluminaba la gruesa y agrietada
pintura.
—Lo tengo— susurró. La mujer no se estaba dirigiendo al rey. Con la mano libre sacó un objeto de entre los pliegues de su abrigo. A
primera vista parecía un círculo imperfecto de metal
oxidado, de no más
de quince centímetros de diámetro. Lo sostuvo con
unas gruesas pinzas. El rey
miraba el exterior de su retrato con
sus ojos oscuros y magnéticos. Un
círculo de oro brillaba en
su pelo negro y
su capa roja parecía terciopelo
de verdad.
A medida que la mujer giraba el círculo de metal, este atrapaba los rayos de la lámpara, y un repentino destello, brillante, iluminó la
pintura. Una sombra se podía ver detrás del hombro del rey. Poco a poco, la sombra empezó a definirse, su contorno era cada vez más nítido y brillante....
—Despierta, mi señor— instó la mujer en una voz
cargada de nostalgia. —He encontrado el Espejo de
Amoret.
La sombra se movió lentamente. Se deslizaba por detrás del rey y
se movía hacia adelante, más y más cerca.
La mujer dio
un grito de éxtasis. Suspiró y se tambaleó, su lámpara giró,
el círculo brillaba, y la luz en la pintura bailaba y relampagueaba. Una repentina y atronadora explosión provocó que el retrato se
estrellase contra el suelo y que la
mujer gritara.
Una sombra surgió del marco y se acercó a ella.
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