Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

miércoles, 24 de julio de 2013

Capítulo 7: Atrapado en la nieve

Charlie se mantuvo firme. No es fácil escapar cuando llevas una jaula en una mano y una enorme caja de cartón en la otra, por no hablar del pato que le seguía. Solo quedaba una solución.
— ¡Judía, a por ellos!— ordenó Charlie.
El enorme perrazo no necesitaba ningún estímulo. Judía Corredora se lanzó sobre los Looms, ladrando furiosamente. Pero Albert y Alfred no habían entrenado a cuatro rottweilers en vano. Albert agarró a Judía Corredora por el collar y lo arrastró hacia un lado del callejón, donde Alfred lo encadenó firmemente a una farola. Frenético a causa de la furia, los aullidos de Judía Corredora eran lo suficientemente fuertes para despertar al resto de la ciudad, pero ningún policía amigable apareció y nadie se acercó a la puerta del Café de las Mascotas. Homero, sin embargo, era un ave de acción. Se precipitó desde el cielo y hundió sus garras en el rizado cabello de Dorcas.
— ¡Fuera! ¡Fuera!— gritaba Dorcas. Joshua agarró a Homero por el cuello y se lo apretó. Los ojos grises del loro sobresalían. Se ahogaba y escupía, sus garras arañaban el aire vacío cuando Joshua se lo quitó a Dorcas y lo sacudió de un lado a otro.
La boa dio un silbido furioso cuando su jaula cayó, y Charlie tuvo la tentación de dejarla en libertad, pero no podía arriesgarse a que otra criatura fuese herida. Poniendo la caja de conejos y jerbos al lado de la boa, Charlie corrió hacia Joshua.
— ¡Déjalo en paz!— gritó, intentando quitar los dedos de Joshua del cuello del loro. Charlie no tenía ninguna posibilidad. Alfred le inmovilizó, atrapándole los brazos detrás de la espalda, y luego Albert le dio un puñetazo en el estómago — ¡Aaaaaaaaaah!— Charlie cayó de rodillas, doblado por el dolor.
Albert cogió la jaula y abrió la marcha,  saliendo de la Calle de la Rana. Alfred le siguió con la caja. Avanzaron por el estrecho callejón, la pobre Nancy iba delante de ellos,  mientras Dorcas ayudaba a Joshua a meter a Homero en su mochila.
—Puedes quedarte con el perro— le gritó Alfred a Charlie —Por ahora— Sus pasos se detuvieron abruptamente. — ¿Pero qué...?— Su voz tembló un poco.
Charlie levantó la vista.
Al final de la Calle de la Rana,  tres siluetas brillantes habían aparecido.
—Las Llamas— susurró Charlie.
Un profundo sonido retumbó por el estrecho callejón: el furioso bufido de una criatura salvaje. Un segundo bufido se unió al primero, y a continuación un tercero, aumentado la intensidad. El terrible coro se hizo más fuerte. Joshua y los Looms  dieron un paso atrás.  Los gatos se movieron cada vez más rápido. Antes de que pudieran darse la vuelta, un rayo brillante como una llama, dividido en tres, voló hacia los chicos y aterrizó sobre sus hombros. Gritando de terror, Joshua y los Looms se sacudieron violentamente, intentando quitarse de encima a las deslumbrantes criaturas, las cuales estaban mordiendo sus cuellos.
— ¡Ayúdanos, Dorc!— gritó Albert.
 Sollozando pesarosa, Dorcas se fue sin mirar atrás. En aquel momento, Albert dejó caer la jaula y Alfred echó a un lado  la caja. El gato amarillo seguía aferrado a la mochila de Joshua. Lloriqueando por el miedo, el chico tiró de la mochila y salió corriendo detrás de los Looms, quienes huían por el callejón más rápido de lo que habían creído posible.
— ¿Qué ha sido todo eso?— dijo una voz detrás de Charlie.
El señor Onimoso estaba en la puerta del Café de las Mascotas.  Llevaba puesto un falso (o eso esperaba Charlie) albornoz de piel y guardaba un asombroso parecido con un topo. —Ni siquiera es la hora del desayuno— dijo —Y además es sábado. Estábamos durmiendo.
—Los Looms me atraparon— dijo Charlie poniéndose de pie y frotándose el estómago. —Ellos y ese rarito de Joshua Tilpin.
—Veo que tienes un pato, y un perro, oh, y nuestra boa azul. Onoria se pondrá  muy contenta.
Judía ladraba de alegría mientras Charlie le desataba.
—Creo que los tengo a todos— dijo Charlie, mirando en la caja. —Los conejos  de Olivia  y los jerbos de Gabriel.
—Esa mochila se está hablando a sí misma— observó el señor Onimoso  ansiosamente. Charlie la recogió y abrió el cierre. Homero salió disparado y voló por los aires, lanzando terribles juramentos. El señor Onimoso se tapó las orejas. —Menudo lenguaje tiene ese loro— protestó. — ¿Dónde aprendió esas asquerosas palabras?
—En el ejército— dijo Charlie. —Eso es lo que Lysander me dijo.
— ¡Tsk! ¡Tsk!— El señor Onimoso llevó la caja y la jaula a la cafetería mientras Charlie convencía a Nancy para que pasara a través de la puerta.  Judía Corredora no necesitaba ninguna persuasión. Se precipitó al café, sorteó la barra y se dirigió a la cocina, donde sabía que obtendría algo delicioso por lo menos. 
La señora. Onimoso, vestida con un kimono rosa, estaba friendo beicon cuando Charlie y su marido entraron. — ¡Los animales están de vuelta!— exclamó. —Oh, las mascotas, mis amores. Beicon para Judía, tostadas para Nancy, y algo especial para Boa. ¿Dónde los encontraste, Charlie?
Charlie fingió no haber oído. — ¿Podría darme un par de zanahorias para los conejos, y tal vez una manzana para los jerbos?
—Por supuesto, Charlie. Pero, ¿dónde estaban?— insistió la señora  Onimoso.
—Um. Es complicado.
Los Onimoso no hicieron más preguntas por el momento. Se dedicaron a alimentar a los animales y a  Charlie. La señora Onimoso se estaba sirviendo una segunda taza de té cuando una empalagosa voz salió de algún sitio del interior del café y dijo: — ¡Hola!
—Está cerrado— gritó la señora Onimoso, frunciendo el ceño. Bajando la voz, dijo: —No me gusta que  la gente me pille en kimono.
—Estoy seguro de que cerré la puerta, querida— El señor Onimoso salió de puntillas de la cocina, regresando unos segundos más tarde con la sorpresa en su rostro y un loro en la cabeza. —Debe de haber entrado volando antes de que cerrara la puerta— dijo el señor Onimoso. —Otro pico que alimentar, mi amor.
Pero Homero no esperó a ser servido, se abalanzó sobre la mesa y se llevó un trozo de pan tostado a lo alto de un estante, donde lo hizo pedazos, murmurando todo el tiempo.
—Qué grosero— dijo la señora Onimoso, probablemente refiriéndose a su comportamiento, aunque podría haber sido a su lenguaje.
Cuando todos los animales se hubieron instalado, el señor Onimoso le preguntó a Charlie una vez más dónde los había encontrado. Charlie se debatía en su interior. Sabía que podía confiar en los Onimoso, pero le había prometido a Bartholomew que no le hablaría a nadie sobre la casa del desierto.
—En el puente— dijo Charlie por fin. —Escuché los ladridos de Judía y – simplemente fui allí.
—Simplemente fuiste allí— dijo la señora Onimoso con suspicacia. —Y casualmente te  encontraste a todos los animales pertenecientes a tus amigos, pero no a otros, ¿no? ¿Ni gatitos, ni  ratones ni perritos  que  pertenecieran a alguien más?
—Eh… no— dijo Charlie.
—Déjalo estar, Onoria— dijo el señor Onimoso. —Creo que le ha hecho una promesa a alguien, ¿verdad, Charlie?
Charlie balanceó nerviosamente los pies. —Bueno, sí. Os contaría lo que pasó, de verdad que lo haría, pero no puedo,  ¿sabéis?
— ¿No confías en nosotros?— lloriqueó Onoria.
—No, no. Eso es, quiero decir, sí, por supuesto que sí, pero...
—Charlie, hijo, no te hagas un lío— dijo el señor Onimoso con dulzura. —Coge el perro y llévalo de vuelta con Benjamín, nosotros nos quedaremos con los demás hasta que tus amigos vengan a recogerlos. Cuidaremos bien de ellos, ¿verdad querida?— se volvió hacia su esposa.
—No estoy segura sobre el loro— la señora Onimoso alzó la vista. —Pero lo haré lo mejor que pueda.
— ¡Gracias! ¡Sois lo mejor!— Charlie agarró el collar de Judía Corredora y lo sacó fuera del café. Cuando llegaron a la calle Filbert, Charlie se mostró reacio a ir directo al número doce. Los padres de Benjamín se estaban comportando de un modo tan extraño, que se preguntó si sería bienvenido. —Pero tú eres el perro de Ben— le dijo Charlie a Judía Corredora —, así que, tal vez, será mejor que vayas a casa.
Un ladrido excitado del enorme perrazo decidió la cuestión.  La señora Brown le abrió la puerta a Charlie.
—Charlie, qué maravilla. Has encontrado al perro de Benjamín— La mujer sonrió ampliamente. Charlie no conseguía entenderlo, primero la señora Brown le ignoraba y luego le daba la bienvenida a su casa como si fuera lo mejor que había pasado desde que los móviles habían sido inventados. — ¡Benjamín, es Judía Corredora!— gritó.
— ¿Qué?— Charlie escuchó una exclamación emocionada. Al momento siguiente, Benjamín estaba medio cayendo, medio saltando por las escaleras, mientras Judía Corredora saltaba a su encuentro, aullando de alegría.
—Charlie, ¿lo encontraste tú? ¿Dónde estaba? Oh, gracias, Charlie. ¡Gracias, gracias, gracias! ¡Eres el mejor!— Perro y muchacho rodaron por las escaleras hacia al salón en donde estaba Charlie, quien no sabía muy bien qué decir. — ¿Dónde lo encontraste?— volvió a preguntar Benjamín.
—Oh, en la calle— dijo Charlie con torpeza. —Probablemente de camino hacia aquí.
— ¿En la calle?— los ojos grises de la señora Brown se estrecharon. — ¿Estás seguro?
—Por supuesto— a Charlie no le gustaba la forma con la que la madre de Benjamín lo miraba.
— ¿Y qué hay de los otros? No he oído ningún pájaro. Ni he visto ningún perro en la calle— la señora Brown sospechaba tanto de Charlie, que el niño volvió a sentirse mal recibido. Pero al minuto siguiente se encontró a sí mismo diciendo —Yo no sé nada acerca de los otros. Encontré a Judía Corredora, y lo traje de vuelta. Si eso no es suficientemente para usted, ¡pues mala suerte!— Se volvió hacia la puerta.
—Charlie— exclamó Benjamín, agarrando su brazo. —Por supuesto que es lo suficientemente bueno. Ven arriba, con Billy y conmigo.
—Sí, venga ven— gritó Billy desde lo alto de las escaleras.
Los labios de la señora Brown formaron una apretada y delgada línea y, sin decir una palabra, se dirigió a la cocina. Charlie se quitó las botas y salió corriendo escaleras arriba. Tan pronto como estuvo a salvo dentro de la habitación sobrecalentada  de Benjamín, arrojó la pesada chaqueta y estalló —Ben, ¿qué pasa con tu madre? ¿Sabías que ella y tu padre han estado trabajando en la Academia Bloor?
Benjamín parecía incómodo. —Billy me lo dijo, pero  te juro que yo no lo sabía. Cuando le pregunté a mamá sobre ello, ella simplemente dijo que era un trabajo como cualquier otro.
—Pero son detectives, Ben— dijo Charlie. —Deben estar  investigando algo.
—Sí, eso están haciendo— dijo Billy.
—Bueno, por casualidad, escuché algo— admitió Benjamín.
— ¿Qué? ¿Qué?— Charlie saltó de la cama de Billy a la de Benjamín. Rembrandt, que había estado durmiendo en la zapatilla de Benjamín, se despertó sobresaltado, y se escabulló bajo la cama; mientras Judía Corredora,  encantado al creer que la rata había decidido jugar, se lanzó tras ella, ladrando de alegría.
— ¡Déjala en paz!— gritó Billy desesperad —Te mataré si haces daño a mi rata, perro sarnoso.
— ¡Billy!— dijo Benjamín con voz sorprendida.
Antes de que la discusión fuera a más, y viendo que todo había calmado bajo de la cama, Charlie dijo rápidamente — ¿Entonces qué oíste, Ben?
—Bueno, yo estaba fuera de su dormitorio, así que no se oía demasiado bien, pero mamá dijo algo acerca de ilusiones. Billy me dijo que había habido en la Academia, así que me  acerqué un poco más y escuché a papá decir que tenía una idea. “Él fue a ellas” dijo. “Él sabía quién lo estaba haciendo, pero él sólo necesitaba una ilusión más para...”
— ¡Las ilusiones!— Charlie saltó de la cama. —Están intentando averiguar quién lo está haciendo, ese maldito...— se detuvo, dándose cuenta de lo que había dicho.
—No es culpa de mamá y papá— dijo Benjamín. —Sólo lo hacen por el dinero.
— ¿Eres tú, Charlie?— preguntó Billy. —Lo eres, ¿verdad?
—"No, no lo soy— Charlie negó con la cabeza. —No puedo crear ilusiones.
 —Pero tu sabes quién es, ¿verdad?— presiono Benjamín.
—No— respondió Charlie.
—No nos lo diría incluso si supiera quién es— dijo Billy.
 Charlie miró a Billy. —No, no lo haría.
 —No te culpo— dijo Billy, un poco triste.
Judía Corredora roncaba debajo de la cama y Rembrandt, aprovechando la oportunidad, se puso en movimiento otra vez. Apareció cerca de los pies de Charlie, masticando algo.
— ¿Qué tiene?— preguntó Benjamín.
—Mira, parece una foto— dijo Billy.
— ¿FOTO?— Charlie agarró a la rata. —No, no. Es mi foto. Mi única oportunidad.
Rembrandt, sorprendida por la mirada en los ojos de Charlie, abrió la boca, y el pequeño cuadrado de papel cayó al suelo. Charlie dejo caer la rata en el regazo de Billy y recogió la fotografía. Afortunadamente, sólo una esquina había sido masticada. Bartholomew tenía razón.  No estaba bien tomada. Una nube de nieve prácticamente ocultaba la figura solitaria del primer plano.
—Me olvidé de ella— Charlie abrazó la foto contra su pecho. — ¿Cómo pude? Él la puso en mi bolsillo, y seguramente se habrá caído cuando tiré mi chaqueta.
— ¿Quién la puso en tu bolsillo?— preguntó Benjamín.
— ¿Qué?— cogido por sorpresa, Charlie murmuró —Oh, nadie, en realidad. Quiero decir, yo la puse ahí.
Benjamín lo miró fijamente. —Estás siendo un poco reservado estos días— dijo. —Somos tus amigos, ¿no?
Antes de que Charlie pudiera responder, Rembrandt y Judía Corredora volvieron a la carga de nuevo. La rata saltó sobre un estante, y Judía Corredora, ladrando frenéticamente, se puso sobre sus patas traseras, tirando con las delanteras todo que había a lo largo del estante. Cayeron libros y juguetes; al minuto siguiente, la puerta se abrió de golpe, y una furiosa señora Brown entró en la habitación.
— ¡Benjamín!— gritó su madre. — ¿No puedes controlar a tu perro? Tu padre y yo estamos tratando de redactar nuestros informes y nuestros vocabularios están por todas partes.
Benjamín parpadeó. — ¿Te refieres a los diccionarios, mamá?— preguntó.
La señora Brown golpeó el suelo con el pie. — ¡Llévalo fuera!— la mujer dio un paso atrás y señaló las escaleras. — ¡Ahora!
Sin decir una palabra, los tres chicos se pusieron sus abrigos y bajaron a ponerse las botas. Billy tenía a Rembrandt escondido en el bolsillo, y Benjamín le puso a Judía Corredora la correa. Entonces todos salieron al aire helado.
Una furgoneta de aspecto elegante aceleró en la acera opuesta cuando salieron los chicos, pero Charlie no le dio importancia en ese momento. Les dijo a los demás que no podía ir al parque porque tenía un asunto urgente que atender, y, encogiéndose de hombros  con  resignación, sus amigos aceptaron que los problemas de Charlie eran más importantes que un juego en el parque.
Un suave murmullo de excitación le llegó de la cocina del número nueve. A pesar de lo ansioso que estaba por estudiar la foto de Bartholomew, Charlie se sintió atraído por él. Encontró a su familia reunida alrededor de una gran cesta de comida en la mesa de la cocina. La abuela Bone estaba sentada junto a la estufa, de espaldas a ellos.
—Mira, Charlie, ¡la entrega de comida de Paton!— dijo Maisie en un tono casi reverente. —Llegó hace cinco minutos.
La tapa había sido abierta,  y mostraba una enorme botella de champán, rodeada por un gran número de paquetes de comida exóticamente etiquetados.
—Hay una nota— dijo Amy, estaba entre una resplandeciente bolsa de nueces y un tarro de frutas confitadas. Sacó la tarjeta de bordes dorados y se la entregó al tío Paton.
—Escritura a mano y florida— comentó Paton, examinando la tarjeta.
Rodeado con un borde de brillantes plumas doradas, estaban las palabras:
“Estimado Sr. Yewbeam,
Una desanfortunada muertee retraso su Festival de los viernes.  Espero que esto no le causara ningún dolor.  Aquí es comida  para alegrar los corazones y establecer tode el rito.”
—Menuda ortografía— observó Charlie. —Yo podría hacerlo mejor en mi segundo año.
— ¿No somos los más inteligentes?— dijo la abuela Bone, sin molestarse siquiera en mirar por encima del hombro.
— ¡Oh, mira, langostinos!— dijo Maisie. —Todavía están congelados. Voy a ponerlos en el congelador, ¿qué opinas Paton?
—Mmm— El tío Paton se pasó la lengua por los labios. —Déjalos descongelarse. Me los tomaré a la hora de comer.
La cesta había llegado justo en el momento adecuado para Charlie. Mientras que Maisie y su madre comentaban asombradas cada bocado cuidadosamente envuelto, el niño se arrastró hasta su habitación, aliviado de que nadie le hubiese preguntado dónde había estado toda la mañana.
Tan pronto como cerró la puerta, sacó la fotografía y se sentó en su cama. Vio a un hombre de pie, que se daba media vuelta hacia la cámara. A pesar de la nieve que manchaba el primer plano, Charlie podía asegurar que era Bartholomew. Llevaba un gorro de lana, una chaqueta acolchada y botas de largos cordones.
Charlie acercó más la foto a su cara. La polilla blanca voló por la habitación y se posó en su brazo. —Mi padre tomó esta foto— le dijo Charlie a la polilla. —Él estaba justo ahí, mirando a través del visor a Bartholomew Bloor, y clic, lo capturó para siempre, como si nada.  Así que si entro, y me doy la vuelta para mirar a la cámara, lo veré, ¿verdad? ¿Tú qué crees?
La polilla voló protectoramente hasta su muñeca, y Charlie sonrió ante el roce suave de sus patitas. Estaba tan tenso por la emoción, que su mano empezó a temblar y la polilla voló otra vez, hasta que sus alas brillantes revolotearon en la punta del dedo índice de Charlie.
—Todo saldrá bien, ¿no es así?— Charlie ya podía oír el crujido de la nieve y la respiración de alguien, de manera regular, en su oído. Siempre disfrutaba del momento en que, justo después de que los sonidos llegaran, se encontraba flotando hacia el interior de  la imagen.
—Allá vamos— dijo. Su cuerpo se volvió ingrávido y el niño se vio envuelto en la espesa niebla del tiempo. Entonces, comenzó a caer en un lento remolino hacia la solitaria figura de Bartholomew y al hombre detrás de la cámara. Una risa. Una risa que era a la vez alegre y gentil. ¿Podría reconocer la voz? Charlie podía oír las profundas carcajadas de  Bartholomew,  pero la risa provenía de otra voz.
—Déjalo ya, Lyell. La nieve es demasiado gruesa.
No hubo respuesta.
—Vas a dejar caer la cámara. Ponte los guantes, se te van a congelar las manos.
No hubo respuesta. Solo la suave risa.
Charlie se preguntó si Bartholomew podía ver su cara en la gruesa capa de nieve.  Cuándo él "viajaba", su rostro podía ser visto por la gente a la que "visitaba", y esto podría ser un poco desconcertante.
Un viento helado hizo que le entrara nieve dentro de los ojos a Charlie. El chico intentó frotárselos, pero sus manos estaban entumecidas por el frío. — ¡Bartholomew!— gritó. Pero Bartholomew no podía oírle. El explorador se apartó, gritando, — ¡Vámonos, Lyell! Ya tienes tu foto.
Ahora era el momento ideal para que Charlie se diera la vuelta. Ahora, sin duda, iba a ver al hombre detrás de la cámara.
Se dio la vuelta.
Vio a un hombre con una capucha forrada de piel. Su mentón estaba metido en el cuello de su chaqueta acolchada, y el resto de su cara estaba oculta por la cámara.
— ¡Lyell!— le llamó de nuevo Bartholomew. —La luz se va. Debemos volver.
De nuevo le respondió aquella risa suave y luego, —Ya voy— ¿De quién era esa voz? ¿Sabría reconocerla Charlie? El hombre bajó la cámara y se la guardó en un bolsillo. La capucha cayó sobre los ojos del hombre. Se puso un par de guantes, manteniendo la cabeza baja.
— ¡Papá!— gritó Charlie. — ¡Papá!— El hombre caminó hacia adelante. Continuó, pasando al lado de  Charlie, con la cabeza inclinada en contra de la torrencial nieve. —¡Papá!— Charlie alargó la mano y cogió un puñado de hielo.
El hombre levantó el rostro hacia el cielo, como si hubiera oído una voz en el aire turbulento. Su capucha cayó hacia atrás, pero Charlie sólo vio un borrón, como un rostro detrás de un cristal helado. Y luego desapareció, tragado por la nieve.
— ¡Espera!— gritó Charlie. Cuando abrió la boca, pequeñas partículas de hielo se escaparon. Cayeron en la nieve con un campanilleo siniestro. Charlie sentía como si su  pecho estuviera relleno con cuchillos. — ¿A dónde voy a ir ahora?— graznó.
“De dónde has venido” dijo la voz de la razón, pero el cerebro de Charlie estaba tan aturdido por el frío que no podía pensar cómo llegar allí. “Me voy a morir de frío” pensó. Pero se dice que es una buena manera de irse. Cerró los ojos. Estaba tranquilo en la oscuridad. Pronto estaría dormido.
Algo mordió la mano de Charlie. El niño trató de apartarlo, pero ese algo se aferró a él. Ahora le estaba picando los dedos, arrastrándose sobre su cara, tirando de su pelo, mordiendo su barbilla. —Déjame dormir— se quejó Charlie. El frío lo envolvía como una manta  reconfortante.
“¡Vuelve!” El susurro parecía estar hecho de seda fina, suave y convincente. Charlie sintió cómo le levantaban. Rodó en el aire, cada vez más caliente, más y más caliente. Más cálido, más caliente, hasta que... abrió los ojos. Estaba tendido sobre su cama. La polilla rondaba encima de él, con las alas de plata más brillantes que nunca.
—Lo has hecho tú— dijo Charlie con incredulidad. —Tú me has traído de vuelta— La polilla se posó en su mano. No tenía voz, y sin embargo, un hilo de comprensión le permitió a Charlie escuchar una respuesta
“Yo lo hice.”
Charlie se sentó. —Así que, ¿si tú estás conmigo cuando viajo, siempre seré capaz de volver?
Para esto no hubo respuesta, porque un grito se elevó a través de la casa, un grito de angustia y de terror tal, que Charlie sintió que se le había parado el corazón.

Era la voz de su madre.

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