Charlie se
mantuvo firme. No es fácil escapar cuando llevas una jaula en una mano y una enorme
caja de cartón en la otra, por no hablar del pato que le seguía. Solo quedaba
una solución.
— ¡Judía, a
por ellos!— ordenó Charlie.
El enorme
perrazo no necesitaba ningún estímulo. Judía Corredora se lanzó sobre los
Looms, ladrando furiosamente. Pero Albert y Alfred no habían entrenado a cuatro
rottweilers en vano. Albert agarró a Judía Corredora por el collar y lo
arrastró hacia un lado del callejón, donde Alfred lo encadenó firmemente a una
farola. Frenético a causa de la furia, los aullidos de Judía Corredora eran lo
suficientemente fuertes para despertar al resto de la ciudad, pero ningún
policía amigable apareció y nadie se acercó a la puerta del Café de las
Mascotas. Homero, sin embargo, era un ave de acción. Se precipitó desde el
cielo y hundió sus garras en el rizado cabello de Dorcas.
— ¡Fuera!
¡Fuera!— gritaba Dorcas. Joshua agarró a Homero por el cuello y se lo apretó.
Los ojos grises del loro sobresalían. Se ahogaba y escupía, sus garras arañaban
el aire vacío cuando Joshua se lo quitó a Dorcas y lo sacudió de un lado a otro.
La boa dio
un silbido furioso cuando su jaula cayó, y Charlie tuvo la tentación de dejarla
en libertad, pero no podía arriesgarse a que otra criatura fuese herida.
Poniendo la caja de conejos y jerbos al lado de la boa, Charlie corrió hacia
Joshua.
— ¡Déjalo en
paz!— gritó, intentando quitar los dedos de Joshua del cuello del loro. Charlie
no tenía ninguna posibilidad. Alfred le inmovilizó, atrapándole los brazos
detrás de la espalda, y luego Albert le dio un puñetazo en el estómago — ¡Aaaaaaaaaah!—
Charlie cayó de rodillas, doblado por el dolor.
Albert cogió
la jaula y abrió la marcha, saliendo de la Calle de la Rana. Alfred le siguió con la
caja. Avanzaron por el estrecho callejón, la pobre Nancy iba delante de
ellos, mientras Dorcas ayudaba a Joshua
a meter a Homero en su mochila.
—Puedes
quedarte con el perro— le gritó Alfred a Charlie —Por ahora— Sus pasos se
detuvieron abruptamente. — ¿Pero qué...?— Su voz tembló un poco.
Charlie
levantó la vista.
Al final de la Calle de la Rana , tres siluetas brillantes habían aparecido.
—Las Llamas—
susurró Charlie.
Un profundo sonido
retumbó por el estrecho callejón: el furioso bufido de una criatura salvaje. Un
segundo bufido se unió al primero, y a continuación un tercero, aumentado la
intensidad. El terrible coro se hizo más fuerte. Joshua y los Looms dieron un paso atrás. Los gatos se movieron cada vez más rápido.
Antes de que pudieran darse la vuelta, un rayo brillante como una llama,
dividido en tres, voló hacia los chicos y aterrizó sobre sus hombros. Gritando
de terror, Joshua y los Looms se sacudieron violentamente, intentando quitarse
de encima a las deslumbrantes criaturas, las cuales estaban mordiendo sus
cuellos.
— ¡Ayúdanos,
Dorc!— gritó Albert.
Sollozando pesarosa, Dorcas se fue sin mirar
atrás. En aquel momento, Albert dejó caer la jaula y Alfred echó a un lado la caja. El gato amarillo seguía aferrado a la
mochila de Joshua. Lloriqueando por el miedo, el chico tiró de la mochila y
salió corriendo detrás de los Looms, quienes huían por el callejón más rápido
de lo que habían creído posible.
— ¿Qué ha
sido todo eso?— dijo una voz detrás de Charlie.
El señor Onimoso
estaba en la puerta del Café de las Mascotas.
Llevaba puesto un falso (o eso esperaba Charlie) albornoz de piel y
guardaba un asombroso parecido con un topo. —Ni siquiera es la hora del
desayuno— dijo —Y además es sábado. Estábamos durmiendo.
—Los Looms
me atraparon— dijo Charlie poniéndose de pie y frotándose el estómago. —Ellos y
ese rarito de Joshua Tilpin.
—Veo que
tienes un pato, y un perro, oh, y nuestra boa azul. Onoria se pondrá muy contenta.
Judía
ladraba de alegría mientras Charlie le desataba.
—Creo que
los tengo a todos— dijo Charlie, mirando en la caja. —Los conejos de Olivia y los jerbos de Gabriel.
—Esa mochila
se está hablando a sí misma— observó el señor Onimoso ansiosamente. Charlie la recogió y abrió el
cierre. Homero salió disparado y voló por los aires, lanzando terribles
juramentos. El señor Onimoso se tapó las orejas. —Menudo lenguaje tiene ese
loro— protestó. — ¿Dónde aprendió esas asquerosas palabras?
—En el
ejército— dijo Charlie. —Eso es lo que Lysander me dijo.
— ¡Tsk! ¡Tsk!—
El señor Onimoso llevó la caja y la jaula a la cafetería mientras Charlie
convencía a Nancy para que pasara a través de la puerta. Judía Corredora no necesitaba ninguna
persuasión. Se precipitó al café, sorteó la barra y se dirigió a la cocina,
donde sabía que obtendría algo delicioso por lo menos.
La señora.
Onimoso, vestida con un kimono rosa, estaba friendo beicon cuando Charlie y su
marido entraron. — ¡Los animales están de vuelta!— exclamó. —Oh, las mascotas,
mis amores. Beicon para Judía, tostadas para Nancy, y algo especial para Boa.
¿Dónde los encontraste, Charlie?
Charlie
fingió no haber oído. — ¿Podría darme un par de zanahorias para los conejos, y
tal vez una manzana para los jerbos?
—Por
supuesto, Charlie. Pero, ¿dónde estaban?— insistió la señora Onimoso.
—Um. Es complicado.
Los Onimoso
no hicieron más preguntas por el momento. Se dedicaron a alimentar a los
animales y a Charlie. La señora Onimoso
se estaba sirviendo una segunda taza de té cuando una empalagosa voz salió de
algún sitio del interior del café y dijo: — ¡Hola!
—Está
cerrado— gritó la señora Onimoso, frunciendo el ceño. Bajando la voz, dijo: —No
me gusta que la gente me pille en kimono.
—Estoy
seguro de que cerré la puerta, querida— El señor Onimoso salió de puntillas de
la cocina, regresando unos segundos más tarde con la sorpresa en su rostro y un
loro en la cabeza. —Debe de haber entrado volando antes de que cerrara la
puerta— dijo el señor Onimoso. —Otro pico que alimentar, mi amor.
Pero Homero
no esperó a ser servido, se abalanzó sobre la mesa y se llevó un trozo de pan
tostado a lo alto de un estante, donde lo hizo pedazos, murmurando todo el
tiempo.
—Qué
grosero— dijo la señora Onimoso, probablemente refiriéndose a su comportamiento,
aunque podría haber sido a su lenguaje.
Cuando todos
los animales se hubieron instalado, el señor Onimoso le preguntó a Charlie una
vez más dónde los había encontrado. Charlie se debatía en su interior. Sabía
que podía confiar en los Onimoso, pero le había prometido a Bartholomew que no le
hablaría a nadie sobre la casa del desierto.
—En el
puente— dijo Charlie por fin. —Escuché los ladridos de Judía y – simplemente
fui allí.
—Simplemente
fuiste allí— dijo la señora Onimoso con suspicacia. —Y casualmente te encontraste a todos los animales
pertenecientes a tus amigos, pero no a otros, ¿no? ¿Ni gatitos, ni ratones ni perritos que
pertenecieran a alguien más?
—Eh… no—
dijo Charlie.
—Déjalo estar,
Onoria— dijo el señor Onimoso. —Creo que le ha hecho una promesa a alguien, ¿verdad,
Charlie?
Charlie balanceó
nerviosamente los pies. —Bueno, sí. Os contaría lo que pasó, de verdad que lo
haría, pero no puedo, ¿sabéis?
— ¿No confías
en nosotros?— lloriqueó Onoria.
—No, no. Eso
es, quiero decir, sí, por supuesto que sí, pero...
—Charlie,
hijo, no te hagas un lío— dijo el señor Onimoso con dulzura. —Coge el perro y
llévalo de vuelta con Benjamín, nosotros nos quedaremos con los demás hasta que
tus amigos vengan a recogerlos. Cuidaremos bien de ellos, ¿verdad querida?— se
volvió hacia su esposa.
—No estoy
segura sobre el loro— la señora Onimoso alzó la vista. —Pero lo haré lo mejor
que pueda.
— ¡Gracias! ¡Sois
lo mejor!— Charlie agarró el collar de Judía Corredora y lo sacó fuera del café.
Cuando llegaron a la calle Filbert, Charlie se mostró reacio a ir directo al
número doce. Los padres de Benjamín se estaban comportando de un modo tan
extraño, que se preguntó si sería bienvenido. —Pero tú eres el perro de Ben— le
dijo Charlie a Judía Corredora —, así que, tal vez, será mejor que vayas a
casa.
Un ladrido
excitado del enorme perrazo decidió la cuestión. La señora Brown le abrió la puerta a Charlie.
—Charlie,
qué maravilla. Has encontrado al perro de Benjamín— La mujer sonrió ampliamente.
Charlie no conseguía entenderlo, primero la señora Brown le ignoraba y luego le
daba la bienvenida a su casa como si fuera lo mejor que había pasado desde que
los móviles habían sido inventados. — ¡Benjamín, es Judía Corredora!— gritó.
— ¿Qué?— Charlie
escuchó una exclamación emocionada. Al momento siguiente, Benjamín estaba medio
cayendo, medio saltando por las escaleras, mientras Judía Corredora saltaba a
su encuentro, aullando de alegría.
—Charlie, ¿lo
encontraste tú? ¿Dónde estaba? Oh, gracias, Charlie. ¡Gracias, gracias,
gracias! ¡Eres el mejor!— Perro y muchacho rodaron por las escaleras hacia al
salón en donde estaba Charlie, quien no sabía muy bien qué decir. — ¿Dónde lo
encontraste?— volvió a preguntar Benjamín.
—Oh, en la
calle— dijo Charlie con torpeza. —Probablemente de camino hacia aquí.
— ¿En la
calle?— los ojos grises de la señora Brown se estrecharon. — ¿Estás seguro?
—Por
supuesto— a Charlie no le gustaba la forma con la que la madre de Benjamín lo
miraba.
— ¿Y qué hay
de los otros? No he oído ningún pájaro. Ni he visto ningún perro en la calle— la
señora Brown sospechaba tanto de Charlie, que el niño volvió a sentirse mal
recibido. Pero al minuto siguiente se encontró a sí mismo diciendo —Yo no sé
nada acerca de los otros. Encontré a Judía Corredora, y lo traje de vuelta. Si
eso no es suficientemente para usted, ¡pues mala suerte!— Se volvió hacia la
puerta.
—Charlie—
exclamó Benjamín, agarrando su brazo. —Por supuesto que es lo suficientemente
bueno. Ven arriba, con Billy y conmigo.
—Sí, venga
ven— gritó Billy desde lo alto de las escaleras.
Los labios
de la señora Brown formaron una apretada y delgada línea y, sin decir una
palabra, se dirigió a la cocina. Charlie se quitó las botas y salió corriendo
escaleras arriba. Tan pronto como estuvo a salvo dentro de la habitación
sobrecalentada de Benjamín, arrojó la
pesada chaqueta y estalló —Ben, ¿qué pasa con tu madre? ¿Sabías que ella y tu
padre han estado trabajando en la Academia Bloor?
Benjamín
parecía incómodo. —Billy me lo dijo, pero
te juro que yo no lo sabía. Cuando le pregunté a mamá sobre ello, ella
simplemente dijo que era un trabajo como cualquier otro.
—Pero son
detectives, Ben— dijo Charlie. —Deben estar
investigando algo.
—Sí, eso
están haciendo— dijo Billy.
—Bueno, por
casualidad, escuché algo— admitió Benjamín.
— ¿Qué?
¿Qué?— Charlie saltó de la cama de Billy a la de Benjamín. Rembrandt, que había
estado durmiendo en la zapatilla de Benjamín, se despertó sobresaltado, y se
escabulló bajo la cama; mientras Judía Corredora, encantado al creer que la rata había decidido
jugar, se lanzó tras ella, ladrando de alegría.
— ¡Déjala en
paz!— gritó Billy desesperad —Te mataré si haces daño a mi rata, perro sarnoso.
— ¡Billy!—
dijo Benjamín con voz sorprendida.
Antes de que
la discusión fuera a más, y viendo que todo había calmado bajo de la cama,
Charlie dijo rápidamente — ¿Entonces qué oíste, Ben?
—Bueno, yo
estaba fuera de su dormitorio, así que no se oía demasiado bien, pero mamá dijo
algo acerca de ilusiones. Billy me dijo que había habido en la Academia, así
que me acerqué un poco más y escuché a
papá decir que tenía una idea. “Él fue a ellas” dijo. “Él sabía quién lo estaba
haciendo, pero él sólo necesitaba una ilusión más para...”
— ¡Las
ilusiones!— Charlie saltó de la cama. —Están intentando averiguar quién lo está
haciendo, ese maldito...— se detuvo, dándose cuenta de lo que había dicho.
—No es culpa
de mamá y papá— dijo Benjamín. —Sólo lo hacen por el dinero.
— ¿Eres tú,
Charlie?— preguntó Billy. —Lo eres, ¿verdad?
—"No,
no lo soy— Charlie negó con la cabeza. —No puedo crear ilusiones.
—Pero tu sabes quién es, ¿verdad?— presiono
Benjamín.
—No— respondió
Charlie.
—No nos lo
diría incluso si supiera quién es— dijo Billy.
Charlie miró a Billy. —No, no lo haría.
—No te culpo— dijo Billy, un poco triste.
Judía
Corredora roncaba debajo de la cama y Rembrandt, aprovechando la oportunidad, se
puso en movimiento otra vez. Apareció cerca de los pies de Charlie, masticando
algo.
— ¿Qué
tiene?— preguntó Benjamín.
—Mira, parece
una foto— dijo Billy.
— ¿FOTO?—
Charlie agarró a la rata. —No, no. Es mi foto. Mi única oportunidad.
Rembrandt,
sorprendida por la mirada en los ojos de Charlie, abrió la boca, y el pequeño
cuadrado de papel cayó al suelo. Charlie dejo caer la rata en el regazo de
Billy y recogió la fotografía. Afortunadamente, sólo una esquina había sido
masticada. Bartholomew tenía razón. No
estaba bien tomada. Una nube de nieve prácticamente ocultaba la figura
solitaria del primer plano.
—Me olvidé
de ella— Charlie abrazó la foto contra su pecho. — ¿Cómo pude? Él la puso en mi
bolsillo, y seguramente se habrá caído cuando tiré mi chaqueta.
— ¿Quién la
puso en tu bolsillo?— preguntó Benjamín.
— ¿Qué?— cogido
por sorpresa, Charlie murmuró —Oh, nadie, en realidad. Quiero decir, yo la puse
ahí.
Benjamín lo
miró fijamente. —Estás siendo un poco reservado estos días— dijo. —Somos tus
amigos, ¿no?
Antes de que
Charlie pudiera responder, Rembrandt y Judía Corredora volvieron a la carga de
nuevo. La rata saltó sobre un estante, y Judía Corredora, ladrando
frenéticamente, se puso sobre sus patas traseras, tirando con las delanteras todo
que había a lo largo del estante. Cayeron libros y juguetes; al minuto
siguiente, la puerta se abrió de golpe, y una furiosa señora Brown entró en la
habitación.
— ¡Benjamín!—
gritó su madre. — ¿No puedes controlar a tu perro? Tu padre y yo estamos
tratando de redactar nuestros informes y nuestros vocabularios están por todas
partes.
Benjamín
parpadeó. — ¿Te refieres a los diccionarios, mamá?— preguntó.
La señora
Brown golpeó el suelo con el pie. — ¡Llévalo fuera!— la mujer dio un paso atrás
y señaló las escaleras. — ¡Ahora!
Sin decir
una palabra, los tres chicos se pusieron sus abrigos y bajaron a ponerse las
botas. Billy tenía a Rembrandt escondido en el bolsillo, y Benjamín le puso a
Judía Corredora la correa. Entonces todos salieron al aire helado.
Una
furgoneta de aspecto elegante aceleró en la acera opuesta cuando salieron los
chicos, pero Charlie no le dio importancia en ese momento. Les dijo a los demás
que no podía ir al parque porque tenía un asunto urgente que atender, y,
encogiéndose de hombros con resignación, sus amigos aceptaron que los
problemas de Charlie eran más importantes que un juego en el parque.
Un suave
murmullo de excitación le llegó de la cocina del número nueve. A pesar de lo ansioso
que estaba por estudiar la foto de Bartholomew, Charlie se sintió atraído por él.
Encontró a su familia reunida alrededor de una gran cesta de comida en la mesa
de la cocina. La abuela Bone estaba sentada junto a la estufa, de espaldas a
ellos.
—Mira,
Charlie, ¡la entrega de comida de Paton!— dijo Maisie en un tono casi
reverente. —Llegó hace cinco minutos.
La tapa
había sido abierta, y mostraba una enorme
botella de champán, rodeada por un gran número de paquetes de comida exóticamente
etiquetados.
—Hay una
nota— dijo Amy, estaba entre una resplandeciente bolsa de nueces y un tarro de
frutas confitadas. Sacó la tarjeta de bordes dorados y se la entregó al tío
Paton.
—Escritura a
mano y florida— comentó Paton, examinando la tarjeta.
Rodeado con un
borde de brillantes plumas doradas, estaban las palabras:
“Estimado Sr. Yewbeam,
Una desanfortunada muertee retraso su Festival de los viernes. Espero que esto no le causara ningún dolor. Aquí es comida para alegrar los corazones y establecer tode
el rito.”
—Menuda
ortografía— observó Charlie. —Yo podría hacerlo mejor en mi segundo año.
— ¿No somos
los más inteligentes?— dijo la abuela Bone, sin molestarse siquiera en mirar
por encima del hombro.
— ¡Oh, mira,
langostinos!— dijo Maisie. —Todavía están congelados. Voy a ponerlos en el
congelador, ¿qué opinas Paton?
—Mmm— El tío
Paton se pasó la lengua por los labios. —Déjalos descongelarse. Me los tomaré a
la hora de comer.
La cesta
había llegado justo en el momento adecuado para Charlie. Mientras que Maisie y
su madre comentaban asombradas cada bocado cuidadosamente envuelto, el niño se
arrastró hasta su habitación, aliviado de que nadie le hubiese preguntado dónde
había estado toda la mañana.
Tan pronto
como cerró la puerta, sacó la fotografía y se sentó en su cama. Vio a un hombre
de pie, que se daba media vuelta hacia la cámara. A pesar de la nieve que
manchaba el primer plano, Charlie podía asegurar que era Bartholomew. Llevaba
un gorro de lana, una chaqueta acolchada y botas de largos cordones.
Charlie acercó
más la foto a su cara. La polilla blanca voló por la habitación y se posó en su
brazo. —Mi padre tomó esta foto— le dijo Charlie a la polilla. —Él estaba justo
ahí, mirando a través del visor a Bartholomew Bloor, y clic, lo capturó para
siempre, como si nada. Así que si entro,
y me doy la vuelta para mirar a la cámara, lo veré, ¿verdad? ¿Tú qué crees?
La polilla voló
protectoramente hasta su muñeca, y Charlie sonrió ante el roce suave de sus
patitas. Estaba tan tenso por la emoción, que su mano empezó a temblar y la
polilla voló otra vez, hasta que sus alas brillantes revolotearon en la punta
del dedo índice de Charlie.
—Todo saldrá
bien, ¿no es así?— Charlie ya podía oír el crujido de la nieve y la respiración
de alguien, de manera regular, en su oído. Siempre disfrutaba del momento en
que, justo después de que los sonidos llegaran, se encontraba flotando hacia el
interior de la imagen.
—Allá vamos—
dijo. Su cuerpo se volvió ingrávido y el niño se vio envuelto en la espesa niebla
del tiempo. Entonces, comenzó a caer en un lento remolino hacia la solitaria
figura de Bartholomew y al hombre detrás de la cámara. Una risa. Una risa que
era a la vez alegre y gentil. ¿Podría reconocer la voz? Charlie podía oír las profundas
carcajadas de Bartholomew, pero la risa provenía de otra voz.
—Déjalo ya,
Lyell. La nieve es demasiado gruesa.
No hubo
respuesta.
—Vas a dejar
caer la cámara. Ponte los guantes, se te van a congelar las manos.
No hubo
respuesta. Solo la suave risa.
Charlie se
preguntó si Bartholomew podía ver su cara en la gruesa capa de nieve. Cuándo él "viajaba", su rostro
podía ser visto por la gente a la que "visitaba", y esto podría ser
un poco desconcertante.
Un viento
helado hizo que le entrara nieve dentro de los ojos a Charlie. El chico intentó
frotárselos, pero sus manos estaban entumecidas por el frío. — ¡Bartholomew!— gritó.
Pero Bartholomew no podía oírle. El explorador se apartó, gritando, — ¡Vámonos,
Lyell! Ya tienes tu foto.
Ahora era el
momento ideal para que Charlie se diera la vuelta. Ahora, sin duda, iba a ver
al hombre detrás de la cámara.
Se dio la
vuelta.
Vio a un
hombre con una capucha forrada de piel. Su mentón estaba metido en el cuello de
su chaqueta acolchada, y el resto de su cara estaba oculta por la cámara.
— ¡Lyell!— le
llamó de nuevo Bartholomew. —La luz se va. Debemos volver.
De nuevo le
respondió aquella risa suave y luego, —Ya voy— ¿De quién era esa voz? ¿Sabría
reconocerla Charlie? El hombre bajó la cámara y se la guardó en un bolsillo. La
capucha cayó sobre los ojos del hombre. Se puso un par de guantes, manteniendo
la cabeza baja.
— ¡Papá!— gritó
Charlie. — ¡Papá!— El hombre caminó hacia adelante. Continuó, pasando al lado
de Charlie, con la cabeza inclinada en
contra de la torrencial nieve. —¡Papá!— Charlie alargó la mano y cogió un
puñado de hielo.
El hombre
levantó el rostro hacia el cielo, como si hubiera oído una voz en el aire
turbulento. Su capucha cayó hacia atrás, pero Charlie sólo vio un borrón, como
un rostro detrás de un cristal helado. Y luego desapareció, tragado por la
nieve.
— ¡Espera!—
gritó Charlie. Cuando abrió la boca, pequeñas partículas de hielo se escaparon.
Cayeron en la nieve con un campanilleo siniestro. Charlie sentía como si su pecho estuviera relleno con cuchillos. — ¿A
dónde voy a ir ahora?— graznó.
“De dónde has
venido” dijo la voz de la razón, pero el cerebro de Charlie estaba tan aturdido
por el frío que no podía pensar cómo llegar allí. “Me voy a morir de frío”
pensó. Pero se dice que es una buena manera de irse. Cerró los ojos. Estaba
tranquilo en la oscuridad. Pronto estaría dormido.
Algo mordió
la mano de Charlie. El niño trató de apartarlo, pero ese algo se aferró a él.
Ahora le estaba picando los dedos, arrastrándose sobre su cara, tirando de su
pelo, mordiendo su barbilla. —Déjame dormir— se quejó Charlie. El frío lo
envolvía como una manta reconfortante.
“¡Vuelve!”
El susurro parecía estar hecho de seda fina, suave y convincente. Charlie
sintió cómo le levantaban. Rodó en el aire, cada vez más caliente, más y más
caliente. Más cálido, más caliente, hasta que... abrió los ojos. Estaba tendido
sobre su cama. La polilla rondaba encima de él, con las alas de plata más
brillantes que nunca.
—Lo has
hecho tú— dijo Charlie con incredulidad. —Tú me has traído de vuelta— La
polilla se posó en su mano. No tenía voz, y sin embargo, un hilo de comprensión
le permitió a Charlie escuchar una respuesta
“Yo lo hice.”
Charlie se
sentó. —Así que, ¿si tú estás conmigo cuando viajo, siempre seré capaz de
volver?
Para esto no
hubo respuesta, porque un grito se elevó a través de la casa, un grito de
angustia y de terror tal, que Charlie sintió que se le había parado el corazón.
Era la voz
de su madre.
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