En el primer día del semestre, Charlie Bone bajó corriendo a desayunar con un peine atascado en el pelo.
“¿Qué crees que estás haciendo?” le preguntó la abuela Bone desde su asiento al lado de la estufa.
“¿Disfrazarme de dinosaurio?” sugirió Charlie “He tirado y tirado, pero el peine no ha salido”
“Tienes el pelo hecho un desastre” gruñó su esquelética abuela “Arréglate niño, en la Academia Bloor no toleran el desorden”.
“Ven aquí, pequeño” la abuela más amable de Charlie dejó su taza de té en la mesa y tiró del peine. Este salió con un mechón del pelo de Charlie.
“¡Maisie! ¡Ay!” gritó Charlie.
“Lo siento pequeño” dijo Maisie “Pero tenía que hacerlo”.
“Está bien” Charlie se frotó su adolorida cabeza. Se sentó en la mesa de la cocina y se sirvió un tazón de cereales.
“Estás retrasado. Perderás el autobús del colegio” dijo la abuela Bone. “El Doctor Bloor es un maniático de la puntualidad”
Charlie se metió una cucharada de cereal en la boca y dijo, “¿Y qué?”
“No hables con la boca llena”, dijo la abuela Bone.
“Déjale en paz, Grizelda,” dijo Maisie. “Tiene derecho a un buen desayuno. Probablemente no volverá a tener una comida decente en cinco días.”
La abuela Bone resopló y comió un poco de su plátano. No había sonreído en tres meses, desde que la casa de la tía Venetia se quemó.
Charlie se bebió su taza de té, cogió su chaqueta y subió los escalones para coger sus cosas del colegio.
“¡La capa!” dijo para sí mismo recordando que su capa azul continuaba colgando en el armario. Charlie tiró de la capa y una pequeña fotografía cayó al suelo. Charlie la recogió. “Benjamín Brown,” dijo con una sonrisa. “¿Dónde estás?”
La fotografía mostraba a un chico rubio arrodillado al lado de un gran perrazo amarillo. Charlie había tomado la foto él mismo, justo antes del décimo cumpleaños de Benjamín. No había ninguna razón para que Charlie usara su don para entrar en aquella fotografía. No le podría contar nada que no supiera ya.
En su afán por utilizar su extraño talento, Charlie solía olvidar que la gente que él “visitaba” podía verlo también. Independientemente de donde estuvieran cuando Charlie miraba sus fotos, ellos verían su cara flotando en algún lugar cercano. Así que Benjamín, quien estaba tomando una bebida en Hong Kong, vio la cara sonriente de Charlie en su zumo de naranja.
Benjamín aceptó con normalidad la aparición mágica de Charlie, pero Judía Corredora, su perro, nunca podría acostumbrarse.
El enorme perro estaba a punto de desayunar en el Café de las Mascotas cuando la cara de Charlie le miró desde su tazón de comida.
Judía Corredora dio un salto aullando; esto hizo que una rata negra se metiera bajo un armario, que una serpiente azul se deslizara de nuevo hasta su canasta, y provocó que a una mujer muy alta llamada Onoria Onimoso se le cayera un plato lleno de bollos recién horneados. Sin embargo, los tres coloridos gatos que descansaban en lo alto de una nevera bostezaron y cerraron los ojos.
Charlie puso la foto en su bolsillo, metió la capa azul en su bolsa y corrió escaleras abajo.
“No te olvides de…,” gritó Maisie, pero Charlie salió de la casa por la puerta principal y corrió hasta lo alto de la calle Filbert.
Un autobús de colegio azul estaba a punto de irse, cuando la puerta se abrió súbitamente y un niño con una mata de cabello castaño rizado, asomó la cabeza fuera. “Te vi venir,” dijo el chico “El conductor dijo que no podía esperar, pero yo conseguí que lo hiciera”
“Gracias, Fido.” Charlie le pasó una de sus bolsas a su amigo Fidelio y subió los escalones del autobús.
“¿Tienes tu capa?” le preguntó Fidelio.
Charlie tiró de la capa arrugada y la sacó de su mochila. “Odio llevarla cuando camino por la calle Filbert. La gente se ríe de mí. Hay un chico en el número veinte que siempre grita “¡Ahí viene, el Pequeño Niño Azul, listo para irse a la Academia Bloor, como una cacatúa!” Pero yo nunca quise ir a la Academia Bloor.”
“No eres una cacatúa,” dijo Fidelio riendo. “Apuesto a que se te olvidó peinarte el pelo esta mañana otra vez”
“Lo intenté.”
El autobús había llegado a la parada, por lo que los dos niños saltaron a una plaza empedrada y se unieron a la multitud de niños. Pasaron por delante de la fuente de los cisnes de piedra y llegaron hasta las escaleras que conducían a la Academia Bloor.
Cuando Charlie atravesó la sombra de la Torre de Música, se encontró observando el último piso de la torre. Se había convertido en un hábito y no sabía porque lo hacía. Una vez, su madre le había dicho que había sentido como alguien la miraba desde la pequeña ventana bajo los aleros. Charlie se estremeció involuntariamente y siguió a Fidelio a través del gran arco de la entrada.
Rodeado de niños con capas de color azul, púrpura y verde, Charlie buscó a Emma Tolly y Olivia Vertigo. Vio a Emma con su capa verde, su largo pelo rubio peinado en dos limpias trenzas, pero se quedó momentáneamente desconcertado por la chica que tenía a su lado. Conocía su cara, pero… ¿podría ser Olivia? Llevaba una capa púrpura, como todos en teatro, pero la cara de Olivia solía estar cubierta de maquillaje, y siempre teñía su pelo de un color chillón. Esta chica tenía una apariencia normal: mejillas sonrosadas, ojos grises y pelo corto y castaño.
“Deja de observarme, Charlie Bone”, dijo la chica del pelo castaño mientras caminaba hacia él.
“¿Olivia?” exclamó Charlie. “¿Qué te ha pasado?”
“Estoy haciendo una audición para una película,” le contó Olivia. “Tengo que parecer más joven de lo que soy en realidad.”
Subieron otro grupo de escalones de piedra, y pasaron por dos enormes puertas tachonadas con figuras de bronce. Cuando los niños estuvieron dentro, Weedon, el jardinero, cerró y bloqueó las puertas. Estas continuarían cerradas hasta la tarde del viernes, cuando los niños podrían volver a sus casas durante el fin de semana.
Charlie entró al enorme vestíbulo enlosado de la Academia Bloor “¿De qué va la película?” le preguntó a Olivia.
“¡Shhh!” siseó una voz desde algún lugar cercano a la oreja de Charlie.
Charlie descubrió un par de ojos negros como el carbón y por poco pegó un salto por la sorpresa. Pensaba que Manfred Bloor había dejado el colegio.
“¡Espero que no te hayas olvidado de las reglas, Charlie Bone!” ladró Manfred.
“N-no, Manfred” Charlie no sonó demasiado seguro.
“Vamos, entonces…”Manfred chasqueó los dedos y miró a Charlie, quien bajó la mirada hasta sus pies. No le gustaba luchar contra la mirada hipnotizadora de Manfred a una hora tan temprana.
“Vamos ¿Cuáles son las reglas?” demandó Manfred.
“Eh…Silencio en el vestíbulo, no se puede hablar, no se puede llorar o llamar, incluso si te caes…Eh…” Charlie no podía recordar la última regla.
“¡Escríbelo cien veces y tráemelo a mi oficina después de la hora del descanso!” Manfred sonrió malvadamente.
Charlie no sabía que Manfred tenía una oficina, pero no tenía intención de prologar aquella conversación tan desagradable. “Sí, Manfred,” masculló.
“Deberías avergonzarte de ti mismo. Ahora estás en tu segundo año. No eres muy buen ejemplo para los nuevos, ¿verdad Charlie Bone? ”
“No” Charlie alcanzó a ver como Olivia rodaba los ojos, y se las arregló para contener la risa. Afortunadamente, Manfred le estaba gritando a uno que iba sin capa, por lo que aprovechó la situación para alejarse.
Olivia había desaparecido entre un mar de capas moradas cuyos dueños se apretujaban para pasar por la puerta que se encontraba bajo las dos máscaras de bronce. Más allá de la puerta abierta, Charlie vislumbró un caos de colores que se acumulaba en el guardarropa de teatro. Se apresuró a entrar a la habitación a la que conducía la puerta bajo el símbolo de las dos trompetas cruzadas.
Fidelio le estaba esperando dentro del guardarropa azul. “¡Vaya! ¡Qué shock!” exclamó Fidelio. “Pensé que Manfred se había ido.”
“Yo también” dijo Charlie. “Eso era una de las cosas buenas de volver a la Academia Bloor. Pensé que al menos Manfred ya no estaría aquí.” ¿Cuál era el nuevo rol de Manfred? ¿Estaría permanentemente en sus talones, observando, escuchando e hipnotizando?
Los dos chicos discutieron el problema de Manfred mientras caminaban hacia la asamblea. En el primer día de todos los años, la asamblea se realizaba en el teatro, el único sitio que era lo suficientemente grande para los 300 estudiantes. Charlie no se había unido a la Academia Bloor hasta mediados del último semestre; esto era una nueva experiencia para él.
“Porras, debería darme prisa” dijo Fidelio, mirando su reloj. “Debería estar preparándome.”
El Dr. Saltweather, jefe del área de música, le dirigió a Fidelio una mirada severa cuando este subió al escenario y se colocó en su lugar de la orquesta. Charlie se colocó al final de la segunda fila y se encontró justo detrás de Billy Raven. El chico se giró con el ceño fruncido.
“Tengo que estar en primer año otros doce meses,” le susurró a Charlie, “pero ya lo he hecho dos veces.”
“¡Qué mala suerte! Pero es que solo tienes ocho años.” Charlie observó la fila de niños nuevos que tenía delante. Todos parecían normales, pero no podías asegurarlo. Alguno de ellos podría estar dotado, como él o Billy, descendientes del Rey Rojo.
Durante el resto de la mañana, Charlie caminó por el enorme y sombrío edificio, encontrando sus nuevas aulas, recogiendo libros y buscando al señor Paltry, quien supuestamente tenía que darle su clase de trompeta.
Para cuando el cuerno de caza sonó avisando que era la hora de la comida, Charlie estaba completamente exhausto. Se dirigió al comedor, evitando mirar los retratos que colgaban en el poco iluminado pasillo – por si acaso querían mantener una conversación con él – y llegó al comedor azul.
Charlie se unió a la fila. La pequeña y fornida mujer tras el mostrador le guiñó el ojo. “¿Todo bien Charlie?” preguntó.
“Sí, gracias Cocinera,” dijo Charlie. “Pero me tomará un tiempo acostumbrarme al segundo año.”
“Probablemente,” dijo la Cocinera. “Pero ya sabes dónde encontrarme si me necesitas. ¿Guisantes Charlie?”
Charlie aceptó un plato de macarrones con queso y guisantes, y caminó por las mesas hasta que encontró a Fidelio, sentado junto a Billy Raven y Gabriel Silk. El pelo castaño de Gabriel colgaba delante de su cara, casi tapándola por completo.
“¿Qué tal, Gabriel?” preguntó Charlie. “¿Tu jerbos están bien?”
Gabriel levantó la mirada tristemente. “No puedo tomar clases de piano este semestre. El señor Pilgrim se ha ido.”
“¿Ido?” Charlie estaba inesperadamente consternado. “¿Por qué?, ¿A dónde?”
Gabriel se encogió de hombros. “Sé que el señor Pilgrim era peculiar; pero, bueno, él era brillante.”
Ninguno pudo negarlo. El sonido del piano del señor Pilgrim se solía escuchar por la torre de Música. Charlie se dio cuenta de que iba a echarlo de menos. Y también echaría de menos ver al señor Pilgrim mirando al vacío, con su pelo negro cayendo sobre sus ojos.
Fidelio se giró hacia Billy. “¿Qué tal estuvo tu verano, Billy?” le preguntó cuidadosamente. ¿Cómo podía pasarse uno todas las vacaciones de verano en la Academia Bloor sin volverse loco?
“Mejor que los demás”, dijo Billy alegremente “La Cocinera cuidó de Rembrandt como prometió, y pude verlo todos los días. Además, Manfred se fue algunos días, así que estuve bien realmente, excepto…”- una sombra atravesó su cara- “algo sucedió la última noche. Algo muy raro.”
“¿Qué pasó?” preguntaron los otros tres.
“Vi a un caballo en el cielo.”
“¿Un caballo?” Fidelio alzó las cejas. “¿Te refieres a una nube que parecía un caballo?”
“No. Definitivamente era un caballo.” Billy se quitó las gafas y las limpió con su servilleta. Sus ojos rojos se posaron sobre Charlie. “Estaba flotando de alguna manera, fuera de la ventana, y luego desapareció.”
“Las estrellas pueden hacer eso,” dijo Gabriel, quien se había animado un poco. “Las estrellas pueden crear ilusiones y parecer animales o cosas.”
Billy lo negó con la cabeza. “NO. Era un CABALLO.” Volvió a colocarse las gafas y frunció el ceño ante su plato. “No estaba muy lejos. Estaba justo afuera de la ventana. Se puso a dos patas y pateó el aire, como si estuviera luchando por escapar, y luego solo – desapareció.”
Charlie se encontró diciendo, “Quizás se estaba yendo a otro mundo.”
“Puede ser,” dijo Billy entusiasmado “Tú me crees, ¿no Charlie?”
Charlie asintió con la cabeza lentamente “Me pregunto dónde estará ahora.”
“¿Vagando por la ruina con el resto de los fantasmas?” preguntó irónicamente Fidelio. “Venga, vamos a tomar un poco de aire fresco. Quizás veamos al caballo galopando por el jardín.”
Por supuesto, él solo bromeaba, pero cuando los cuatro chicos caminaron a través de la puerta del jardín, Fidelio se dio cuenta de que sus palabras eran fantasmalmente ciertas. Él era el único de los cuatro que no estaba dotado. Fidelio podía ser un músico brillante, pero su don no podía considerarse como mágico.
Fue Charlie el que se dio cuenta primero, un débil sonido sordo en la hierba seca. Miró a Gabriel. “¿Puedes oírlo?”
Gabriel negó con la cabeza. No podía oír nada, pero había una presencia en el aire que no podía definir.
Billy era el más afectado. Dio un paso hacia atrás, y de repente una brisa que solo él pudo sentir le erizó el cabello. Levantó la mano como para protegerse de un golpe “él vino directo del pasado,” susrró.
Fidelio dijo, “¿Estás de broma, no?”
“Me temo que no,” dijo Charlie. “Quizás solo quería que supiéramos que estaba aquí, pero ahora se ha ido.”
Empezaron a cruzar la gran extensión de hierba a la cual el doctor Bloor le gustaba llamar “el jardín”. En realidad, no era más que una colina rodeada por un impenetrable bosque. Al final de la colina, las rojas piedras de la ruina se vislumbraban entre los árboles: el castillo del Rey Rojo. Los cuatro chicos dirigieron sus pasos instintivamente hacia los altos muros rojos.
El tío de Charlie, Paton, le había contado, como tras la muerte de la Reina Berenice, cinco de los hijos del Rey Rojo se vieron forzados a dejar el reino de su padre para siempre. Con el corazón roto, el Rey se exilió a los bosques del norte, y Borlath, su primogénito, tomó el castillo. Él controló el reino con una crueldad barbárica, que provocó que muchos de sus habitantes murieran o huyeran poseídos por el terror.
“Bueno” comentó Fidelio. “¿Crees que el fantasma del caballo está aquí?”
Charlie dirigió la vista a los enormes muros. “No lo sé.” Se volvió hacia Billy.
“Sí,” susurró “Está aquí.”
Los chicos escucharon con atención. Podían oír a la distancia los gritos y risas de los niños en la colina, el golpeteo de los balones de fútbol, la llamada de los pájaros carpinteros, pero nada más.
“¿Estás seguro Billy?” preguntó Charlie.
Billy se abrazó a sí mismo. Estaba temblando. “Yo pienso que le gustaría hablar, pero está atrapado en el lugar equivocado.”
“¿Qué lugar equivocado?” preguntó Fidelio.
Billy frunció el ceño. “No lo puedo explicar.”
Charlie se dio cuenta de que alguien estaba parado detrás de ellos. Se giró justo a tiempo para ver como una pequeña figura se daba la vuelta y se unía a un grupo de niños nuevos que jugaban al fútbol.
“¿Quién era ese?” preguntó Gabriel.
“Un chico nuevo” dijo Charlie.
Era imposible averiguar si el chico estaba en arte, teatro o música ya que no estaba llevando su capa. Hoy hacía un día cálido y soleado, el verano todavía no se había ido.
El sonido del cuerno, les llegó del otro lado de la colina y los cuatro chicos corrieron de regreso al colegio.
Para Charlie, la tarde no fue mejor que la mañana. Al final encontró al señor Paltry, pero llegó tarde a su clase. “¿Cómo es posible que vengas a la clase sin la trompeta?” gruñó el viejo profesor. “Eres una pérdida de tiempo, Charlie Bone. Dotado, y un cuerno. ¿Por qué no usas lo que tú llamas “talento” para localizar tu trompeta? Ahora vete, y no vuelvas hasta que la encuentres.”
Charlie se largó rápidamente. Tenía una idea sobre dónde mirar. “¿La torre de Música?” se preguntó a sí mismo. A lo mejor uno de los limpiadores había encontrado su trompeta y la había puesto en la sala del señor Pilgrim, en lo alto de la torre.
El pasadizo que llevaba a la torre de la Música le condujo hasta una pequeña puerta cerrada con aspecto antiguo, que daba al jardín. Charlie se preparó, abrió la puerta y comenzó a bajar el largo y húmedo pasaje. Estaba tan oscuro que apenas podía ver sus pies. Mantuvo sus ojos en la distante ventana de la pequeña habitación al final del pasadizo.
A medida que se acercaba a la habitación, comenzó a oír voces muy enfadadas – hombres discutiendo. Había un sonido de pisadas. Charlie se detuvo hasta que cualquiera que estuviese ahí llegó al final de la larga escalera de caracol. Una figura apareció al final del pasadizo y alzó sus alas moradas hacia Charlie, bloqueando el paso de la luz.
En medio de la oscuridad, Charlie gritó.