—Billy Raven, ¿estás hablando?—Manfred Bloor entró en la habitación.
Llevaba con él un enorme y flamante maletín negro.
—Eh…en realidad no. Solo le estaba pidiendo a Charlie que moviera un libro
que me molestaba— los ojos rojos de Billy parpadearon nerviosamente.
—El silencio es sagrado, no lo olvides Billy— Manfred se sentó en el lado
opuesto de la mesa.
—Sí Man…señor— justo a tiempo, Billy recordó que ahora a Manfred había que
llamarle señor. Poco a poco, el Salón del Rey terminó de llenarse, Lysander fue
el último en entrar. Cerró la puerta dándole una patada más similar a una coz
que a cualquier otra cosa, provocando que Manfred exclamara:
—Por el amor de Dios, ¿no te puedes comportar con normalidad Lysander Sage?
—Depende de a lo que te refieras con normal— respondió Lysander con
ligereza. —Quiero decir, aquí ninguno de nosotros es normal, ¿verdad? Ni
siquiera tú— atacado con la guardia baja, Manfred observó a Lysander con una
expresión de horror. A pesar de todo, recuperó rápidamente la compostura y
gruñó:
—Ya he tenido suficiente de tu impertinencia por hoy, Sage. Ese comentario
te saldrá caro. Ahora siéntate y cállate de una vez— Encogiéndose de hombros, Lysander se sentó al
lado de Tancred, y observado por el resto de los alumnos en la habitación,
colocó sus libros en la mesa.
La opresiva atmósfera en el Salón del Rey se volvió cada vez peor. Para
Charlie, los niños sentados en el lado de Manfred lucían especialmente
presumidos aquel día. No paraban de enviarse miradas confidenciales unos a
otros, para luego observar por encima de la mesa a Charlie y a sus amigos.
Antes, Dorcas Loom era una chica
regordeta y sonrosada, con una perpetua sonrisa en sus labios. Ahora, era una
corpulenta niña de doce años, con el ceño siempre fruncido, el pelo rubio
enmarañado y una enfermiza palidez. Estaba sentada entre las gemelas Branko , Idith
e Inez, con su pelo negro y sus rostros de muñeca de porcelana en los que solo
se atisbaba alguna sonrisa cuando alguien estaba en problemas. Una de las
gemelas (quién sabe cuál) estaba observando a Charlie en aquel momento,
mientras su mirada se alzaba hacia el retrato del Rey Rojo.
El niño no se podía concentrar en sus deberes. El cambio de posición de la
siniestra sombra de la pintura ocupaba todos sus pensamientos. ¿Cómo había
pasado? ¿Y por qué? Manfred le había dicho que la sombra era Borlath, el hijo
mayor del rey y un tirano brutal. Pero el instinto de Charlie le decía que eso
no era cierto. Entonces, ¿de quién era la sombra?
— ¡Bone, haz tus deberes! — la voz de Manfred trajo a Charlie de vuelta a
la tierra.
—Ya…ya los estaba haciendo— tartamudeó.
—No es verdad, estabas mirando el cuadro otra vez. Siempre lo estás
haciendo. Más vale que te rindas, porque esa es una imagen en la que nunca,
absolutamente nunca, vas a entrar. ¿Entendido?
—Si tú lo dices— Charlie se inclinó sobre su trabajo. Había conseguido
resistir el ansia de mencionar la sombra, a pesar de que no podía esperar a
saber cómo reaccionarían los demás cuando supieran de su cambio. Aparte de
Billy, ¿se había dado cuenta alguno de ellos de que la sombra se había movido?
Tan pronto como se acabó el tiempo para hacer los deberes, Charlie recogió sus
libros y siguió rápidamente a Billy fuera de la habitación.
— ¿Has visto la sombra?— le preguntó a Billy mientras el pequeño niño
aceleraba por el pasillo. — ¿Es eso lo que me querías decir?
—No soy muy observador— dijo Billy con ligereza. Paró un momento y miró
sobre su hombro. — ¿A qué están esperando?— Al mirar hacia atrás, Charlie vio a
Gabriel, Emma, Tancred y Lysander parados delante de las puertas del Salón del
Rey.
— ¿Has visto eso?— le gritó Emma a Charlie.
— ¿El qué?— preguntó Charlie, irritado por la distracción y desesperado por
obtener más información de Billy.
—Asa vino y cerró la puerta nada más salir nosotros de la habitación— le
contó Emma.
—Y los demás todavía están dentro— añadió Gabriel. — ¿Qué se traerán entre
manos?
— ¿A quién le importa?— Lysander se alejó caminando de ellos.
—A mí me importa— la capa de Tancred revoloteó y una fuerte ráfaga de
viento silbó a través del pelo de los niños. — ¿Qué están haciendo? Quiero
saberlo— colocó su oreja sobre la puerta, la cual se abrió súbitamente
provocando que el chico se cayera hacia delante, justo encima de Asa Pike.
— ¡Piérdete espía!— siseó Asa, empujando a Tancred hacia atrás. Con un
grito de rabia, Tancred se balanceó hacia atrás, perdió el equilibrio y cayó
del golpe sentado sobre el suelo. —Y también es aplicable al resto de vosotros—
Asa observó a los niños del pasillo. —A menos por supuesto que queráis un
castigo— Cerró la puerta de golpe y se pudo oír claramente cómo corría el
cerrojo desde el interior. Tancred se puso de pie y estaba a punto de acercarse
otra vez al Salón del Rey cuando Emma posó su mano en el brazo del chico.
—No lo hagas, Tanc— dijo —No vale la pena— Charlie podía ver que Tancred
tenía unas ganas tremendas de hacer que esas enormes puertas se abrieran con
una explosión de viento, pero algo en la tranquila voz de Emma se lo impidió.
—Está bien, tienes razón Em. Solo haría lo que ellos quieren que haga— Emma
ayudó a Tancred a recoger los libros y los lápices que se le habían caído y con
un montón de deberes entre sus brazos, el chico de las tormentas se unió al
grupo, que avanzó hacia los dormitorios. Cuando cruzaron el rellano sobre el
vestíbulo, los dos chicos mayores se separaron de los demás y subieron unas
escaleras con dirección a los pisos superiores. Un poco más adelante, Emma se
dirigió a una segunda escalera que iba al dormitorio de las chicas.
—Buenas noches Em. Nos vemos…— Charlie se interrumpió.
— ¿Qué pasa?— Emma miró sobre su hombro. La luz en el pasillo era muy
tenue, y las puertas que daban a él eran apenas distinguibles, pero Charlie
sabía lo que había visto.
—Señor Brown— susurró. —El padre de Benjamín. Se ha metido en una de esas
clases que sirven de almacén. Nos ha estado siguiendo, estoy seguro de ello.
—Eso es raro— dijo Emma —, pero no podemos hacer nada para evitarlo— la
niña bostezó. —Estoy muerta, buenas noches chicos— Emma desapareció entre las
sombras en lo alto del siguiente piso. Charlie y Billy continuaron andando por
el siniestro pasillo hasta el dormitorio que habían compartido el trimestre
anterior. Habían clavado las listas en las puertas y pronto habían descubierto
que volverían a dormir juntos otra vez.
Gabriel ya estaba en el dormitorio. Estaba sentado en una de las camas,
olfateando el aire. —Hay un olor raro por aquí— dijo.
—Con olor o sin él, somos los primeros en llegar, así que tenemos la
oportunidad de escoger cama— Charlie consultó su reloj. —Hey, Manfred nos dejó
salir antes de tiempo.
—Para así poder tener su charla secreta con Asa y compañía sin duda alguna—
sugirió Gabriel. Entró en el cuarto de baño y dio un grito de sorpresa. — ¡Aaaaaaah!
Menuda peste. Es ese perro otra vez.
—Oh, pobre Bendito, me había olvidado de él— mientras Billy corría hacia el
cuarto de baño, casi se tropezó con el corto y gordo perro que salía corriendo
del cuarto de baño con sus andares de pato tan rápido como sus regordetas
piernas se lo permitían.
— ¿Qué está haciendo aquí?— exclamó Gabriel. — ¿Cómo es posible que no haya
desaparecido como el resto de los animales?
—Estaba a punto de decírtelo— Billy acarició la cabeza del anciano perro. —Entró
cuando estaba deshaciendo mi maleta, y de alguna manera, accidentalmente, le
dejé encerrado en el cuarto de baño cuando me fui al Salón del Rey para hacer
los deberes.
—Eso no explica cómo evitó el gran éxodo animal— dijo Gabriel mientras
volvía al cuarto de baño.
—Es viejo— señaló Charlie. —Muchos de los animales más ancianos no podían
conseguirlo, o quizás no sintió el temblor o lo que sea que fuera eso.
Billy alzó a Bendito y lo colocó en la cama que había escogido. —De hecho,
sí que sintió el temblor— le dijo a Charlie. —Pero estaba con la Cocinera y
ella le obligó a quedarse donde estaba. Cuando todo se acabó, salió y vio algo
que hizo que se asustara mucho. ¿Verdad que sí Bendito?— El anciano perro gruñó
varias veces y se acomodó en la almohada de Billy. Charlie se sentó al final de
la cama que había al lado de la de Billy. No podía entender cómo Billy podía
tolerar el terrible olor con el que Bendito debía estar impregnando la
almohada, por no hablar de la suciedad, el pelo y probablemente las pulgas.
—Y bien, ¿qué vio entonces?— le preguntó Charlie a Billy. El pequeño niño
albino bajó la voz.
—Vio a una bruja con dos sombras.
— ¡¿Qué!?— exclamó Charlie. Gabriel salió rápidamente del cuarto de baño.
— ¿Qué ha pasado?— Charlie repitió lo que Billy le había dicho.
— ¿A qué te refieres con una “bruja”?
—Esa es mi palabra para describirla— admitió Billy. —Las palabras de
Bendito serían más bien como “mujer-diablo”.
—Mujer-diablo— a Charlie empezó a picarle el cuello como si su pelo fuera
una zarza —Eso es peor.
— ¿Y qué es todo eso de las dos sombras?— preguntó Gabriel, esperando una
explicación racional que calmara sus nervios. — ¿Crees que estaba viendo doble?
Quiero decir, es un perro bastante anciano, ¿no?
—Su vista es tan buena como la mía— Billy ajustó sus gafas de montura
redonda y le habló a Bendito con una especie de murmullo quejumbroso. Bendito
respondió con un aullido preocupado, luego rodó sobre su espalda y emitió una
serie de ladridos musicales. —Definitivamente, dos sombras— dijo Billy el perro
acabó. —Porque una de ellas se transformó en otra cosa mientras que la sombra
de la mujer–diablo se quedaba con ella.
— ¿En qué se transformó?— preguntaron Charlie y Gabriel al unísono.
—Para ser un perro, lo ha descrito muy bien— apreció Billy. —Él estaba en
el vestíbulo, detrás del antiguo cofre. La mujer bajó por las escaleras
principales con las dos sombras extendidas por los escalones delante de ella. Y
cuando llegaron a las puertas principales, ella, la otra, de alguna manera se
puso de pie. Al principio era gris, como una nube de polvo, y luego era verde con
diseños dorados sobre ella— Billy observó a Bendito y bajó la voz. —Dice que
era un camisón, aunque yo creo que ser refiere a que era una especie de túnica
medieval larga— le dedicó a Bendito una amigable sonrisa. —No es culpa suya,
quiero decir, él nunca había visto antes una túnica medieval. Bueno, yo solo la
he visto en imágenes de…
— ¿Puedes continuar hablando sobre la sombra?— le rogó Charlie.
—Lo siento. Pero los sentimientos de los perros son importantes— Billy
tosió levemente. —En cualquier caso, ha dicho que tenía cara de hombre y pelo
castaño, casi por los hombros, y sus zapatos eran largos y puntiagudos y…
La puerta se abrió de golpe y una marabunta de niños entró en la
habitación. — ¡Puaj! Ese perro apestoso otra vez aquí no— dijo el primer chico,
un enorme y fornido personaje que se había ganado el nombre de ‘Presumido’
Braine. Bendito dio un quejido de consternación, se bajó de la cama y atravesó
la habitación tan rápido como pudo, saliendo por la puerta. —Es repugnante—
gruñó Presumido, haciéndose con la cama más alejada de la de Billy. —Ese perro
tiene el olor más apestoso de mundo.
—Se me ocurren algunos peores— dijo Fidelio, colocando su bolsa en la cama
que Charlie había reservado para él.
—Mi mami me ha dado un ambientador— Rupe Small, un niño diminuto de primer
año, alzó la voz. —Dentro de poco olerá mejor aquí, Presumido— sacó una enorme
lata rosa y procedió a pulverizarlo por la habitación con un olor peor al de
Perro Viejo. —Se llama Dulce Pétalo— exclamó felizmente Rupe mientras once
chicos se sumergían en sus camas, cubriendo sus caras con almohadas, pijamas y
cualquier cosa que cayera en sus manos. Gritos ahogados de “¡Para eso!” “¡Es
peor!” “¡Déjalo ya!” “¡Que alguien lo estrangule!” salían de las víctimas,
mientras Rupe seguía llenando alegremente el dormitorio con el sofocante olor a
Dulce Pétalo. Parecía que nada podría detener al determinado pulverizador,
hasta que una serie de gritos ensordecedores llegaron desde el piso de arriba.
Todavía pulverizando, Rupe se quedó boquiabierto y quieto como una estatua
mientras los demás niños saltaron de sus camas y pasaron por delante de él.
Charlie fue el primero en llegar al piso de las niñas. Se paró en lo alto de
las escaleras, balanceándose sobre sus pies – con demasiadas posibilidades de
que se cayera peligrosamente hacia atrás – mientras Gabriel, quien le estaba
empujando con ambas manos, asomaba la cabeza para ver lo que estaba pasando en
el pasillo.
— ¡OH DIOS MÍO!— gritó Gabriel, colapsando y cayendo sobre el grupo de
chicos que había detrás de él. Ignorando los gritos de dolor y de enfado de los
niños de abajo, Charlie observó, incrédulo, la criatura que tenía delante. Un
cocodrilo de un gris verdoso de gigantescas proporciones bloqueaba el pasillo
por completo. La criatura parpadeó sus enormes ojos amarillos y abrió su
cavernosa boca, repleta de los dientes más peligrosos y afilados que Charlie
había visto nunca, incluso en las películas de terror. El suelo detrás del
monstruo estaba plagado de cuerpos inertes y artículos de baño, mientras que
las chicas que todavía no se habían desmayado continuaban observando la escena
desde sus habitaciones, con los rostros desencajados por el pánico, gritando y
retirándose.
El pasillo retumbaba con los portazos que daban las chicas al cerrar sus
habitaciones apresuradamente. De repente, la gigantesca criatura dio un ronco
bramido y cargó con dirección a Charlie. Aferrándose a la barandilla de la
escalera e incapaz de moverse, Charlie gritó tan fuerte que la criatura paró su
carrera.
— ¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?— Charlie reconoció la voz de su tía abuela
Lucretia, el ama de llaves. Sabiendo lo mucho que le odiaba, el chico dudaba
seriamente que fuera a rescatarle, pero para su estupor, el monstruo empezó a
desmaterializarse. Empezando por la cola, la invisibilidad se deslizó por su
verrugosa espalda y sobre su cabeza nudosa hasta que fue completamente ingerido
por la nada. Para cuando Lucretia Yewbeam consiguió esquivar a los niños
damnificados por la caída de Gabriel y llegar hasta Charlie, el pasillo estaba
vacío, exceptuando por supuesto a las niñas inconscientes. Al ver la terrible
escena que había delante de ella, el ama gritó:
—CHARLIE BONE, EN NOMBRE DE TODOS LOS DIOSES, ¿QUÉ HAS HECHO?
— ¿Yo?— graznó Charlie. —Nada.
— ¿Llamas nada a esto?— El ama de llaves apuntó a las chicas caídas,
algunas de las cuales estaban recuperando la conciencia en aquel momento.
—Yo no he hecho eso— dijo Charlie.
—Sí que lo hizo— dijo una voz maliciosa. Dorcas Loom había salido de uno de
los dormitorios. —Él hizo el cocodrilo, bueno, más bien hizo la ilusión de uno.
—Yo no lo hice— exclamó Charlie. —Tú sabes que no lo hice. Llegué aquí
varios minutos después de que todas vosotras empezarais a gritar.
—Eso no significa que tú no lo hicieras— dijo Dorcas.
—Ve a ver al director ahora mismo— el ama de llaves bajó la mirada hasta
Charlie.
— ¿Por qué?— Preguntó Charlie,
genuinamente sorprendido.
—Para que le expliques lo que acabas de hacer.
—Pero…— Charlie alzó la mirada hacia el frío rostro que le observaba desde
arriba. Todas eran iguales, su abuela y sus tres tías abuelas. Siempre estarían
en contra suya, discutir era inútil. Estaba a punto de bajar las escaleras
cuando una voz gritó:
—Él no lo hizo, ama. Honestamente, sé que él no lo hizo— Charlie se giró
para ver a Olivia Vertigo corriendo por el pasillo. Llevaba el más increíble
pijama que Charlie hubiera visto jamás. Era de terciopelo negro, bordado con
unas enormes flores doradas, que combinaba a la perfección con su pelo, teñido
con rayas negras y doradas.
—Métete en tus propios asuntos, Olivia— ladró la matrona.
—Pero es mi asunto— protestó Olivia. —Dorcas está mintiendo, Charlie es
inocente.
—Inocente mi pie— el ama de llaves le dio un violento empujón a Olivia. —Vete
a la cama.
—Gracias por intentarlo, Liv— dijo Charlie. —Por cierto, estás fantástica.
—Te dije que fueras a ver al doctor Bloor— chilló tía Lucretia. —Ahora
¡VETE!— El ama cogió por el hombro a Charlie y le envió tropezando escaleras
abajo. Fidelio le estaba esperando fuera del dormitorio.
—Buena suerte— le gritó. Charlie sonrió.
—El doctor Bloor no me asusta— podían escuchar al ama de llaves caminando
por el pasillo encima de ellos, ladrando órdenes y levantando a chicas
quejumbrosas. —Pobrecitas— murmuró Charlie mientras dejaba el ruido atrás.
Cuando llegó a las escaleras principales escuchó unas ligeras pisadas por
debajo de él y miró hacia abajo. El pasillo parecía estar desierto. Charlie
empezó a descender. Estaba a medio camino cuando vio una figura precipitándose
en el guardarropa azul. El señor Brown, si Charlie no se equivocaba.
¿Sabría Benjamín que sus padres estaban trabajando para los Bloors?, se
preguntó Charlie. Había llegado a la pequeña puerta que daba al apartamento de
los Bloor en el ala oeste. Una solitaria y mortecina luz mostraba el camino
hacia la base de la torre oeste. Desde ahí, una escalera de caracol subía hasta
el torreón, pero en el primer piso, Charlie entró por una puerta rematada por
un arco que daba a un pasillo cubierto con una gruesa alfombra. Fue entonces
cuando empezó a escuchar su propio corazón latiendo dentro de su pecho. Odiaba
aquella parte de la Academia. Debido a su calidez y su comodidad, mucho mayor
que la de otras zonas del antiguo edificio, se sentía como un intruso. Empezó a
preguntarse cómo podría probar su inocencia sin revelar la identidad de la
verdadera culpable. Debía mantener el secreto a toda costa.
Olivia había descubierto su don el trimestre pasado. Solo Charlie, Fidelio
y Emma sabían de su existencia, y habían decidido mantenerla en secreto. Cuanta
menos gente supiera sobre ellos, mejor. Olivia había prometido utilizar su don
solo en las circunstancias más desesperadas, así que, ¿qué la había llevado a
conjurar un cocodrilo justo delante de los dormitorios de las chicas? Charlie
ya había llegado hasta la gran puerta de roble del despacho del doctor Bloor.
Llamó a la puerta cuidadosamente.
— ¡Entra!— la voz glacial del doctor Bloor le llegó desde la habitación.
Charlie entró y se paró justo al lado de la puerta. Su corazón se hundió en la
desesperanza cuando vio al viejo Ezekiel sentado al lado del fuego en su silla
de ruedas. Parecía tener aún más años de los que tenía, 101, con su cara de
calavera y su escaso cabella blanco. — ¿Qué te trae por aquí tan tarde, Charlie
Bone?— demandó el doctor Bloor.
—El ama de llaves me envía— las palabras se habían quedado atascadas en la
garganta de Charlie y al salir parecía como si el chico estuviera haciendo
gárgaras.
— ¿Qué?— Ezekiel puso su mano en la oreja. —Habla más alto chico.
—El ama de llaves me envía— gritó Charlie.
—No tienes porqué gritar— dijo el doctor Bloor. —No estamos sordos.
—No, señor.
— ¿Entonces? Vamos, ¿por qué te ha enviado el ama de llaves? ¿Qué has hecho
ahora?
—No puedes alejarte por una sola vez de los problemas, ¿eh Bone?— Ezekiel
le dedicó a Charlie una sonrisa llena de dientes negros.
—Lo intento— contestó Charlie —Pero a veces me acusan falsamente.
—Espero que no estés culpando a ningún miembro del personal— el directo
fulminó a Charlie con una de sus miradas heladas. Charlie tembló de los pies a
la cabeza.
—No exactamente.
—No exactamente, ¿de qué te han acusado, Bone?
—Me han acusado de hacer que las chicas se desmayaran, señor— el doctor
Bloor alzó una ceja.
— ¿Y cómo, si se puede saber, conseguiste eso?
—Ese es justo el problema señor, que no lo hice— le espetó Charlie —Había
un cocodrilo en el pasillo, una ilusión, y…
— ¿Qué?— Ezekiel empujó su silla, alejándose de la chimenea, y paró enfrente
de Charlie. —Así que eres tú. Tú has estado creando ilusiones, asustando a la
gente hasta la muerte.
—NO— gritó Charlie. —Yo no, no puedo. Si pudiera, lo habría hecho hace
siglos— los pequeños ojos negros de Ezekiel Bloor escrutaron el rostro de
Charlie, como si buscaran la verdad en el más ligero cambio de expresión.
—Él no lo hizo, abuelo— dijo el doctor Bloor. —Creo que ha sido alguien que
ha descubierto recientemente su don. Y Charlie sabe quién es.
— ¡Sí!— exclamó alegremente Ezekiel. —Sí. Él lo sabe. ¿Quién es Charlie?
—No lo sé.
— ¡Mentiroso!— el bastón del anciano hombre estaba escondido entre los
pliegues de su manta de lana y Charlie no lo vio hasta que, convertido una
mancha borrosa, le dio en las rodillas.
— ¡Au!— gritó Charlie.
—Tú sabes quién es— dijo Ezekiel —Y nosotros tenemos que saberlo. Debemos
saberlo, ¿comprendes? Todo aquel niño que esté dotado debe ser conocido por
nosotros.
—Bueno— empezó Charlie, pensando a toda velocidad mientras frotaba sus
doloridas rodillas. —No tengo ni idea. Ninguno de nosotros la tenemos. Nos tomó
completamente por sorpresa. Quiero decir que sabíamos que había doce de
nosotros – si incluimos a Manfred – así que imagínese cómo nos sentimos cuando
de la nada, alguien empezó a crear ilusiones— Charlie paró, preocupado por si
quizás, había ido demasiado lejos. —Quizás es alguno de los profesores.
— ¡No seas estúpido!— Ezequiel alzó su bastón pero Charlie se apartó de su
trayectoria justo a tiempo.
—Déjalo estar, abuelo— el doctor Bloor hablaba lentamente, con su voz
amenazante. —Ya lo descubriremos a su debido tiempo. Y entonces, querido niño,
recibirá su merecido. Repugnante, tramposo y cobarde niño. Y tú también serás
castigado, Charlie Bone, por mentir.
LEAN ESTOS CAPITULOS LENTAMENTE, DISFRUTENLOS ESTAN GENIALES
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