Charlie
saltó por las escaleras, trastabillando, dando tumbos, tropezones, y
brincando. La advertencia de las Llamas resonaba en sus
oídos — ¡Vigila a tu madre!— No la había vigilado. La había creído a salvo en
el interior de la casa. ¿Y cómo podría vigilarla a donde quiera que fuera?
El grito fue
de Amy, pero era Maisie quién estaba en problemas. Cuando Charlie llegó a la cocina, lo primero que vio fue a Maisie,
de pie, muy quieta en el centro de la habitación. La mujer estaba frente a la
puerta y parecía estar mirando fijamente a Charlie. Su boca estaba abierta y
había una mirada de asombro en su rostro. Amy y el tío Paton estaban uno a cada lado de ella. Amy retorcía las manos nerviosamente, mientras
que el tío Paton las tenía extendidas de ella, como si no supiera muy bien qué
hacer con ellas.
— ¿Qué es
eso?— gritó Charlie. — ¿Qué ha pasado?
—No estamos…muy
seguros— dijo el tío Paton.
—Está
congelada— gimió Amy. —Maisie está congelada.
Incluso la abuela Bone se había levantado de
su silla. — ¿Qué habrá hecho esa boba? Seguramente
habrá hecho algo que no debía.
—Por amor de
Dios, Grizelda— rugió el tío Paton. —Maisie está en problemas.
— ¡Huh!— La abuela
Bone le dio la espalda. —Será mejor que hagas algo al respecto. Está empezando
a gotear.
Charlie tocó
el brazo de Maisie. La mujer estaba vestida con un suéter de angora de color
rosa y el material suave y peludo se había convertido en púas erizadas y
heladas. Tuvo un pensamiento terrible. Un momento antes había estado viajando
en un mundo lleno de nieve. ¿Y si, de alguna manera, se hubiera llevado a
Maisie con él? Charlie le tocó la cara. Estaba tan fría y dura como un bloque
de hielo.
—Charlie,
no— sollozó su madre. —No la toques, es demasiado…horrible.
La abuela
Bone estaba en lo cierto. Maisie, en efecto, estaba empezando a gotear. Un
pequeño charco de agua se había formado alrededor de sus pies.
—Tal vez se
está descongelando— dijo el tío Paton. —Vamos a acelerar el proceso. Acerquémosla
a la estufa— Con un poco de esfuerzo,
Amy y el tío Paton llevaron a Maisie hasta
la estufa. El tío Paton ajustó el dial,
y el calor llenó la habitación. En unos
pocos minutos, hacía tanto calor, que todo el mundo estaba quitándose las
chaquetas de punto y los suéteres, pero aunque Maisie continuaba goteando, seguía
tan dura como un iceberg.
—Es un
hechizo— la madre de Charlie se cubrió la cara con las manos. —Tiene que serlo.
Pero ¿por qué Maisie? Ella nunca le ha hecho daño a nadie.
—Charlie,
¿has estado visitando al hechicero ese otra vez?— El tono de tío Paton era
severo.
—N-no— dijo Charlie, un poco inseguro.
—Pero, ¿has
estado viajando?"
Charlie
asintió con la cabeza. Podía sentir los fríos ojos de la abuela Bone sobre él.
—No he visitado a ningún hechicero— dijo en voz baja, —, pero sí fui a un lugar
muy frío.
— ¿Dónde?—
exigió la abuela Bone.
—Oh, sólo en
una tarjeta de Navidad— dijo Charlie. —Solo por
diversión. No hay nada de malo en eso, ¿verdad?
—No debes
usar tu don para la diversión— le espetó.
—Está bien,
está bien— murmuró Charlie. Se dio cuenta de que la mesa estaba puesta para la
comida. El contenido de la cesta había sido dispuesto por la mesa, y la comida
favorita de cada persona puesta con esmero junto a su plato. Paté para la
abuela Bone, pasteles de carne de venado para Maisie y Charlie, el atún para
Amy, y langostinos para el tío Paton. La tapa del tarro de langostinos no
estaba puesta y dos langostinos yacían sobre el mantel, como si hubieran caído
accidentalmente.
—Tío Paton,
¿has comido algún langostino?— preguntó Charlie.
—No, yo...—
Paton vio los langostinos. —Dios mío, ¿quien…?— Tío Paton se inclinó y miró en
el interior de la boca abierta de Maisie. — ¡Un langostino!— exclamó. —Maisie
ha comido de mis langostinos.
—Paton— le reprochó
Amy. — ¡Por favor! No le negarás a mi pobre madre unos cuantos langostinos.
—Querida, me
has malinterpretado— dijo Paton. —Maisie estaba comiendo langostinos cuando
ella…cuando sucumbió a esta terrible dolencia."
Amy levantó
la mirada. — ¿Está envenenada?— la mujer se quedó sin aliento.
—Un poco más
que envenenada— dijo Paton. Se volvió hacia su hermana. —Grizelda, ¿sabes algo
acerca de esto?
—No seas
ridículo— cogiendo su plato de tostadas y paté, la abuela Bone salió de la
cocina, gruñendo —No me pienso quedar aquí para ser insultada.
Nadie más se
atrevió a tocar su comida. Pusieron hasta el último bocado de nuevo en la
cesta, y Paton llamó a la tienda. Quince minutos más tarde, un joven llegó en
la furgoneta que Charlie había visto alejarse
una hora antes. Paton le entregó la cesta en la puerta principal. —Un miembro
de mi familia se ha puesto muy enfermo— le dijo al joven. —Creemos que sus
langostinos han sido los responsables. Quiero que sean analizados lo más pronto
posible.
—Es domingo—
dijo el joven, parecía nervioso y confuso.
— ¡Alguien podría
estar muriéndose!— rugió Paton. — ¡Hazlo!
—Sí, señor—
murmuró el joven. —En el hospital quizás lo hagan— el chico bajó temblando la
escalera, y colocó la canasta en el asiento del pasajero antes de empezar a
conducir.
Charlie tuvo
una idea. —Las Llamas— sugirió. —Ellos ayudaran— Se puso el abrigo, salió corriendo y se dirigió
al Café de las Mascotas. Los gatos no siempre se encontraban allí, pero no
sabía dónde más buscar.
Antes de que
Charlie hubiera llegado al final de la calle Filbert, sintió que las Llamas ya
estaban cerca. Su mirada se vio atraída hasta el tejado de una casa por la que
estaba pasando, y allí estaban, en el borde mismo, sus siluetas brillantes
recortadas contra el cielo gris. Tan pronto como vieron a Charlie, saltaron uno
a uno a un árbol cercano, y bajaron cuidadosamente a través del intrincado
trazado de las ramas, hasta que llegaron a los pies de Charlie.
— ¡Llamas,
necesito vuestra ayuda!— Charlie se volvió y corrió de vuelta al número nueve, los gatos corrieron con él; Aries ligeramente
al frente, como de costumbre, Leo y Sagitario a ambos lados.
Cuando los
cuatro entraron al recibidor, la abuela Bone gritó —Esas espantosas criaturas
aquí no. ¡Llévatelas de casa!— Las Llamas le gruñeron, y ella cerró la puerta
con la punta de su brillante zapato negro. Charlie sonrió y guió a los gatos
hasta la cocina, donde inmediatamente vieron lo que había que hacer. Corrieron
hacia Maisie y la rodearon, maullando suavemente.
—Oh,
Charlie, ¿de verdad pueden ayudar?— Amy tomó la mano de Charlie.
—Esos gatos
pueden hacer milagros— dijo el tío Paton con confianza.
Los gatos
parecían perplejos. Un gesto que sólo se podría describir como un ceño fruncido
pasó por sus peludos rostros. Sus ojos dorados
recorrieron la forma inmóvil de Maisie hasta llegar a sus atónitos ojos
congelados. Las Llamas maullaron de nuevo. Durante un minuto entero, los gatos
estudiaron los dedos rígidos de Maisie, sus piernas regordetas, su suéter rosa
helado, y sus ordenados rizos grises. Se
acercaron más y la olieron, arrugando sus hocicos negros en señal de desagrado.
Charlie
contuvo el aliento. ¿Podrían las Llamas derretir a Maisie? Observó a Aries
pararse de puntillas y arquear su espalda. El gato cobrizo comenzó a caminar
alrededor de los pies de Maisie, calzados con sus nuevas zapatillas rojas. “Ella
estaba tan orgullosa de ellas” pensó Charlie. Con suerte, ella todavía lo estaría.
Leo y
Sagitario siguieron a Aries. Los suaves pasos de los gatos se hicieron más
rápidos. Pronto, sus cuerpos empezaron a parecer llamas saltarinas. Maisie
parecía estar dentro de un círculo de fuego. Chispas diminutas y brillantes
volaban hasta el techo y Charlie podía oír el siseo y el crepitar de las
llamas.
— ¡Ha
parpadeado!— la voz de Amy estaba ronca por la emoción. — ¿Lo
habéis visto?
Charlie miró
la cara de Maisie. La mujer parpadeó dos veces.
— ¡Lo he
visto!— gritó Charlie. —Ha parpadeado.
—Lo ha hecho,
en efecto— estuvo de acuerdo el tío Paton.
—Se está
derritiendo— suspiró Amy, feliz.
—Llamas listas.
¡Hurra!— dijo Charlie.
Maisie cerró
la boca y algo parecido a una
sonrisa hizo que las comisuras de
sus labios se arrugaran. Esperaron a que
pasara algo más, pero no sucedió nada. El parpadeo se detuvo, la boca se mantuvo cerrada, y el
resto de los rasgos de Maisie se quedaron tercamente congelados.
Las Llamas
comenzaron a perder su brillo mientras giraban. El giro frenético se hizo más
lento; y los tres gatos, tomando sus verdaderas formas, dieron una, dos, tres vueltas
alrededor de las robustas piernas de Maisie, y luego se sentaron. Parecían
agotados. Aries levantó una pata y la lamió nerviosamente, por su parte, Leo y
Sagitario se tumbaron uno a cada lado y miraron a Charlie, como si dijeran: “Lo
intentamos. No podemos hacer nada más.”
—Lo habéis hecho
lo mejor que habéis podido— dijo Charlie. —Sé que así ha sido.
—Maisie
estuvo a punto de regresar— dijo su madre. —Si tan sólo lo pudieran intentar una
vez más.
—No pueden— dijo
Charlie. —Lo han dado todo, no pueden hacer nada más.
Charlie fue
a la nevera y sacó un poco de jamón, lo cortó en cuadritos y los colocó en un
plato. Puso el plato cerca de los gatos y ellos lo devoraron con avidez
El tío Paton
se sentó y cruzó los brazos tristemente. —Eran para mí— dijo amargamente. —Estoy
seguro de ello. Yo soy el que come
langostinos. Alguien los manipuló, y tiene
que haber sido uno de ellos, o mejor dicho, uno de nosotros, un dotado ¿Por qué
si no...?— Paton levantó las manos y las dejó caer en su regazo.
—Debemos llevarla
a un médico— dijo Amy. —Ahora, antes de que sea demasiado tarde.
El tío Paton
asintió. —Debemos hacerlo. Pero tiene que ser alguien discreto.
Un rayo de
esperanza iluminó el rostro de Amy. —Conozco a alguien. Pareciera si estuviera
acostumbrado a guardar secretos. Compra una gran cantidad de verduras y un día
me dio su tarjeta. Es el doctor... es algo poco común.
—Podría ser
un doctor en matemáticas o en música— Charlie no quería despertar falsas
esperanzas en su madre.
—Pero vale
la pena intentarlo— Amy corrió hacia el teléfono en el pasillo.
Mientras Amy
estaba al teléfono, la abuela Bone gritó — ¿Se han ido esas bestias?
Las Llamas
gruñeron ante el sonido de su voz. Leo lamió una vez más el plato antes de
lanzarse detrás de sus hermanos al pasillo. Llevaban las colas altas y las
cabezas erguidas. Puede que hubieran fallado aquella vez, pero todavía tenían
su orgullo. Charlie les dio las gracias en voz baja, y dejó que se fueran.
—Ya viene—
Amy colgó el auricular. —Su nombre es doctor Tanaka.
El doctor
Tanaka era un hombre joven, con un ancho rostro sonriente y un impoluto traje
gris. A primera vista, no parecía ser en absoluto el tipo de persona que podría
hacer frente a cualquier cosa fuera de lo común. Pero Amy no se había equivocado. Cuando vio a
Maisie congelada, el doctor Tanaka se limitó a levantar una ceja. — ¡Ah!— dijo.
—Criogenia. Reducir la temperatura de una persona a bajo cero, en este caso, sobrenaturalmente.
— ¿Se va a
morir?— preguntó Amy, casi incapaz de decir la última palabra.
—No
necesariamente— contestó el médico con voz ligera y eficiente. —Cuando el poder
se haya roto, ella regresará.
—El poder—
murmuró Charlie.
El doctor
Tanaka se volvió hacia él y sonrió. —El poder— repitió. —Alguien en esta ciudad
es extraordinaria y sobrenaturalmente poderoso. Sé, por supuesto, que hay
bastantes personas inusuales cerca. Los Hijos del Rey Rojo, creo que se les
llama. De hecho, probablemente estoy en una casa donde se encuentra uno o dos,
¿no es así?— Paton inclinó la cabeza. —Según mi experiencia, no hay poder sobre
la tierra que no pueda romperse— continuó el doctor alegremente. —Y dos dotados
piensan mejor que uno.
—Mientras
tanto— dijo Amy, echando un vistazo a Maisie — ¿Qué debemos hacer con mi madre?
—Hacer todo
lo posible para que se encuentre cómoda— dijo el médico.
Se decidió que
la bañera sería el mejor lugar para Maisie, debido a las gotas que continuaban formando una piscina alrededor de
sus pies. Antes de irse, el doctor Tanaka ayudó al tío Paton a transportar a la
planta de arriba el cuerpo helado. Tuvieron que usar guantes y no fue tarea
fácil maniobrar con ella en la bañera. Charlie empujó suavemente un cojín
debajo de la cabeza de Maisie, y Amy la cubrió con una manta.
—Espero
tener el placer de comprar muchos más vegetales en su excelente tienda— dijo el doctor a Amy antes
de irse.
—Yo también
lo espero— dijo Amy, respondiéndole al médico con una elegante reverencia.
Tan pronto
se hubo ido el doctor, una llamada telefónica de la tienda le informó a
Paton que los langostinos no poseían ninguna sustancia
tóxica. Habían sido utilizados como alimento para ratas del laboratorio, sin producir
efectos negativos. De hecho, las ratas habían disfrutado de ellos completamente
y, en cualquier caso, tenían la piel ligeramente más tupida y más brillante
después de comerlos.
—Probablemente
estaban muertos de hambre— murmuró Charlie.
—Sólo faltaba
un langostino— declaró el tío Paton. —Y Maisie tuvo que comerlo. Apuesto a que
fue Venetia.
—Pero la tía
abuela Venetia solo envenena ropas— le recordó Charlie. —¿Por qué iba a cambiar
a langostinos?
—No tengo ni
idea— gruñó Paton.
Charlie se
sentía incómodo yendo baño con Maisie dentro, así que subió al ultimo piso,
donde su madre y Maisie dormían, y usó ese
baño. Lo mismo hizo Paton. Esa noche, la abuela Bone se quejó que hacía
demasiado frío en la planta superior y que ella necesitaba bañarse. —Por favor,
retirar a la persona congelada— exigió. Paton se negó y la abuela Bone tuvo que
utilizar el baño que había al lado del sótano. Se durmió sin haberse bañado.
Charlie
sintió que sus ojos se cerraron tan pronto como se metió en la cama. El chico
recorrió adormilado los eventos del día, y de pronto, recordó a Naren. ¿Había
cruzado esa misma mañana el puente hacia el desierto? ¿Qué había dicho ella? No
cierres tus cortinas esta noche. Así que, ¿cuál podría ser su talento? ¿Podría volar, o enviar mensajes mediante los
rayos de la luna?
Rebosante de
cansancio, salió tambaleándose de la cama y se dirigió a la ventana. La polilla
blanca flotaba hasta una de las cortinas mientras las apartaba. Afuera, una
capa de escarcha brillaba en las ramas
del castaño. Iba a ser una noche fría.
Charlie se
subió a la cama y se quedó dormido. Se despertó para encontrar la habitación
iluminada por la luna. Cuando miró a su alrededor, vio unas delgadas sombras negras
serpenteando hacia su cama. Charlie se encogió contra las almohadas, mientras
las sombras subían por el respaldo de la cama y reptaban a través de las
sabanas. Como pequeñas y curiosas criaturas,
se abalanzaron sobre las manos de Charlie y corrieron bajo sus mangas, pero él
no sintió nada.
“Sombras”,
pensó. “Son solo sombras.”
Observó que
las pequeñas siluetas se trasladaron a la pared que había detrás de él.
Comenzaron a empujarse entre sí, casi como si estuviesen buscando el lugar
adecuado en el remolino de sombras. Mientras Charlie miraba con asombro las
sombras en movimiento, se dio cuenta de que las figuras que formaban eran
letras. Poco a poco, su actividad febril comenzó a disminuir, y Charlie pudo
distinguir las palabras del mensaje.
Soy yo, Naren. Esto es lo que puedo hacer. ¿Tuviste miedo cuando viste
mis pequeñas sombras? Si susurras en la pared, te escucharé.
—Hola,
Naren— susurró Charlie inseguro. Las letras se reorganizaron y Charlie leyó:
Hola, Charlie. Espero que regresaras a salvo. Si algo te preocupa,
házmelo saber y se lo puedo contar a mi padre.
A pesar de que detesta entrar en la ciudad, te ayudará.
¿Por dónde
empezar? se preguntó Charlie. El niño decidió hablarle a Naren sobre la
congelación de Maisie. Cuando terminó de susurrar cada detalle de la terrible
desgracia de su abuela, las sombras en la pared permanecieron inmóviles durante
un minuto, como si Naren estuviera
tratando de entender el mensaje. Por fin las letras empezaron a moverse.
Esta vez las palabras se formaron muy lentamente:
Lo que dices acerca de tu
abuela es tan malo. Voy a hablar con Bartholomew
mañana. Quizás él pueda darte algún consejo.
—Pero estaré
en la Academia mañana por la noche, ¿cómo podrás...?— Charlie oyó unos pasos en
el pasillo, fuera de su habitación. De repente la puerta se abrió, y él susurró
algo más fuerte de lo que pretendía — ¡Adiós!
La abuela
Bone entró. — ¿Con quién estabas
hablando?— preguntó.
—Con nadie,
abuela— dijo Charlie. —Tal vez estaba hablando en sueños.
—Pero no
estás dormido. Estás sentado en la cama. ¿Qué es eso en tu pared?— La abuela
Bone observó la pared por encima de la cabeza de Charlie.
Charlie miró
por encima del hombro, esperando desesperadamente que las letras de Naren
hubieran desaparecido. Por suerte, ella debió comprender su apresurado adiós,
porque las formas diminutas estaban empezando a desvanecerse.
—Son
sombras, abuela— dijo Charlie rápidamente —, de las ramas del castaño.
— ¡Estúpido muchacho!
Has dejado las cortinas abiertas. ¿Cómo puedes dormir con la luna iluminando de
esa manera?— La abuela Bone cruzó la habitación y corrió las cortinas,
juntándolas con fuerza. —Ahora, vete a dormir.
Charlie se
acostó y cerró los ojos. Cuando la abuela Bone se hubo ido, los volvió a abrir
brevemente. La habitación estaba tan oscura que ni siquiera podía ver la pared.
Un segundo después, se quedó dormido.
A la mañana
siguiente Charlie estaba tan cansado que se olvidó por completo que Maisie
estaba congelada, y cuando se dirigió al cuarto de baño la vio allí, tirada. Su
cara parecía más azul que el día anterior, ¿o era su imaginación? Descubrió que
no podía ni cepillarse los dientes con la mirada congelada de Maisie penetrando
su espalda, por lo que corrió arriba para usar el baño de la planta superior.
Amy todavía
estaba en la cocina cuando Charlie bajó a desayunar. —Hoy no voy a ir a
trabajar— le dijo a Charlie. —No puedo
salir con Maisie en ese estado. Oh, Charlie, ¿qué vamos a hacer?
Una maceta
de perejil colocado en el alféizar de la ventana le dio a Charlie una idea.
——Verbena— murmuró. — ¿Te acuerdas, mamá, cuando el tío Paton fue hechizado el
año pasado?
—Como si
pudiera olvidarlo— dijo ella.
—Robé un
poco de verbena del jardín de la tía abuela Eustacia, hicimos un poco de té
y...
— ¡El tío
Paton se curó!— gritó Amy.
—Bueno, la
madre de Fidelio guardó un poco en una maceta para su uso futuro— continuó
Charlie con entusiasmo. —Si vas a la casa de los Gunn, apuesto a que la señora
Gunn seguirá teniendo algo. Fidelio dice que ella lo pone en sus emparedados, a
veces, como una especie de ‘escógeme-a-mi’.
—Charlie, ¡eres
un genio!— Su madre le dio tal abrazo, que se tragó la mitad de su tostada de
una sola vez.
—Voy a ir
directamente a ver a la señora Gunn, después del desayuno— dijo Amy alegremente.
—De hecho, voy a ir ahora mismo— Amy miró por la ventana. —Billy Raven está fuera. Guardarás el pequeño problema de
Maisie en secreto ¿verdad Charlie?
—Por
supuesto— murmuró Charlie. Como si él quisiera que alguien más supiera que su abuela estaba ocupando permanentemente el
cuarto de baño.
Amy corrió
hacia el pasillo y cogió el abrigo. Mientras ella salía fuera, Charlie escuchó al
pequeño Billy preguntándole si le importaba que entrara.
—Por
supuesto que no, Billy, ¡pasa, pasa!— dijo Amy. La puerta principal se cerró de
golpe y al minuto siguiente Billy estaba de pie en la cocina, mirándolo
tímidamente.
—Benjamín no
tiene que ir a su colegio hasta dentro
de otra media hora— dijo Billy, abatido —, así que la señora Brown, dijo que
sería mejor que fuera contigo, para que pudiéramos coger el autobús de la Academia Bloor juntos.
— ¿No podía
llevarte ella?— Charlie extendió miel en
su segunda tostada.
Billy se
encogió de hombros. —No creo que ella vaya hoy.
—Bueno,
tenemos otros tres minutos— dijo Charlie alegremente. — ¿Quieres un poco de
cereal? Viene con fresas.
—No,
gracias— sin embargo, Billy se acercó y se sentó en la mesa de la cocina.
Llevaba una capa azul que parecía demasiado pequeña para él.
— ¿Tuviste
un buen fin de semana, entonces?— preguntó Charlie. Billy miró con tristeza las
tostadas de Charlie. —Bueno, sí, en cierto modo. Pero Rembrandt no fue muy
feliz. ¿Puedo quedarme contigo el próximo fin de semana, Charlie?
—Claro—
Charlie se tragó el último trozo de tostada y se lamió los dedos. —Será mejor
que nos pongamos en marcha.
Billy se
levantó y se dirigió hacia la puerta. — ¿Puedo usar tu baño?
— ¡NO!— gritó
Charlie. —Es decir, sí. Usa el que esta después del sótano.
Billy
permaneció inmóvil junto a la puerta. — ¿Qué le pasa a tu baño de arriba?
—Se ha
atascado— dijo Charlie.
Mientras
corrían juntos hasta la calle Filbert, Charlie intentó conseguir más
información de Billy. ¿Por qué no había disfrutado de su estancia con los
Browns? ¿Y qué le había pasado a Rembrandt?
—Disfruté la
mayoría del tiempo— jadeó Billy. —Pero la madre y el padre de Benjamín me
hicieron un montón de preguntas, y Judía Corredora y Rembrandt no pararon de discutir, y es realmente agotador escuchar a los
animales discutir.
—Seguramente—
dijo Charlie con simpatía.
—Judía
Corredora es tan ruidoso— continuó Billy. —Rembrandt está bastante agotado.
— ¿Le
dejaste con los Browns?
—No, está en
mi bolsillo.
Charlie dejó
de correr. —Billy, no puedes dejar a la
rata en el dormitorio.
Billy se
detuvo al lado de él. —Lo sé, lo sé. Se la daré a la Cocinera cuando vayamos a la cafetería— Charlie pensó que
aquello podría ser peligroso, pero no dijo nada.
—Judía Corredora no es un perro muy agradable, ¿sabes?— murmuró Billy cuando empezaron a correr de nuevo.
—Judía Corredora no es un perro muy agradable, ¿sabes?— murmuró Billy cuando empezaron a correr de nuevo.
—Es un perro
grande— dijo Charlie. —Tú lo estas mirando desde el punto de vista de la rata.
— ¿No ves
qué no puedo verlo de otra forma?—
sostuvo Billy.
El autobús
azul de la Academia
llegó a lo alto de la calle Filbert y los dos niños corrieron hacia él. Cuando
llegaron a la escuela, se encontraron
con que Dorcas Loom había hecho lo peor que podía hacer.
La historia
de Charlie y los animales se había extendido por toda la Academia. En todos guardarropas no se hablaba de otra
cosa. Charlie Bone había sido visto con los animales domésticos de todos sus
amigos, así que ¿dónde estaban los otros?
En el primer
recreo, cuando Charlie salió fuera, una
gran bandada de gente se acercó a él. Vio a Dorcas y a Joshua con las gemelas
Branko, una a cada lado de ellos. Y el viejo enemigo de Charlie, Damian Smerk,
estaba allí, con Bragger Braine y Rupe Small
detrás de él. Había por lo menos otras diez personas, algunos de ellos
de cuarto y quinto año a quien Charlie
sólo conocía de vista. El magnetismo de Joshua obviamente les había acercado.
No eran la clase de personas que
normalmente se molestarían en dirigirle
la mirada a un alumno de segundo año, como Charlie.
Asa Pike se
abrió paso al frente del grupo. —Entonces, Charlie Bone, ¿qué tienes que decir en tu defensa?— gruñó.
Antes de que
Charlie pudiera hablar, un golpe de viento corrió por sus tobillos, y Asa se tambaleó
hacia atrás cuando una corriente de aire frío casi le hizo perder el equilibrio.
Detrás de Charlie, una voz familiar dijo —Él no tiene nada que decir. ¡Así que perdeos
de vista!
No hay comentarios:
Publicar un comentario