Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

miércoles, 24 de julio de 2013

Capítulo 8: Maisie es congelada

Charlie saltó por las escaleras, trastabillando, dando tumbos, tropezones, y brincando.  La  advertencia de las Llamas resonaba en sus oídos — ¡Vigila a tu madre!— No la había vigilado. La había creído a salvo en el interior de la casa. ¿Y cómo podría vigilarla a donde quiera que fuera?
El grito fue de Amy, pero era Maisie quién estaba en problemas. Cuando Charlie llegó a  la cocina, lo primero que vio fue a Maisie, de pie, muy quieta en el centro de la habitación. La mujer estaba frente a la puerta y parecía estar mirando fijamente a Charlie. Su boca estaba abierta y había una mirada de asombro en su rostro. Amy y el tío Paton estaban  uno a cada lado de ella. Amy  retorcía las manos nerviosamente, mientras que el tío Paton las tenía extendidas de ella, como si no supiera muy bien qué hacer con ellas.
— ¿Qué es eso?— gritó Charlie. — ¿Qué ha pasado?
—No estamos…muy seguros— dijo el tío Paton.
—Está congelada— gimió Amy. —Maisie está congelada.
 Incluso la abuela Bone se había levantado de su silla. — ¿Qué habrá hecho esa boba?  Seguramente habrá hecho algo que no debía.
—Por amor de Dios, Grizelda— rugió el tío Paton. —Maisie está en problemas.
— ¡Huh!— La abuela Bone le dio la espalda. —Será mejor que hagas algo al respecto. Está empezando a gotear.
Charlie tocó el brazo de Maisie. La mujer estaba vestida con un suéter de angora de color rosa y el material suave y peludo se había convertido en púas erizadas y heladas. Tuvo un pensamiento terrible. Un momento antes había estado viajando en un mundo lleno de nieve. ¿Y si, de alguna manera, se hubiera llevado a Maisie con él? Charlie le tocó la cara. Estaba tan fría y dura como un bloque de hielo.
—Charlie, no— sollozó su madre. —No la toques, es demasiado…horrible.
La abuela Bone estaba en lo cierto. Maisie, en efecto, estaba empezando a gotear. Un pequeño charco de agua se había formado alrededor de sus pies.
—Tal vez se está descongelando— dijo el tío Paton. —Vamos a acelerar el proceso. Acerquémosla a la estufa—  Con un poco de esfuerzo, Amy y el tío Paton llevaron a  Maisie hasta la estufa.  El tío Paton ajustó el dial, y el calor llenó la habitación.  En unos pocos minutos, hacía tanto calor, que todo el mundo estaba quitándose las chaquetas de punto y los suéteres, pero aunque Maisie continuaba goteando, seguía tan  dura como un iceberg.
—Es un hechizo— la madre de Charlie se cubrió la cara con las manos. —Tiene que serlo. Pero ¿por qué Maisie? Ella nunca le ha hecho daño a nadie.
—Charlie, ¿has estado visitando al hechicero ese otra vez?— El tono de tío Paton era severo.
 —N-no— dijo Charlie, un poco inseguro.
—Pero, ¿has estado viajando?"
Charlie asintió con la cabeza. Podía sentir los fríos ojos de la abuela Bone sobre él. —No he visitado a ningún hechicero— dijo en voz baja, —, pero sí fui a un lugar muy frío.
— ¿Dónde?— exigió la abuela Bone.
—Oh, sólo en una tarjeta de Navidad— dijo Charlie. —Solo por  diversión. No hay nada de malo en eso, ¿verdad?
—No debes usar tu don para la diversión— le espetó.
—Está bien, está bien— murmuró Charlie. Se dio cuenta de que la mesa estaba puesta para la comida. El contenido de la cesta había sido dispuesto por la mesa, y la comida favorita de cada persona puesta con esmero junto a su plato. Paté para la abuela Bone, pasteles de carne de venado para Maisie y Charlie, el atún para Amy, y langostinos para el tío Paton. La tapa del tarro de langostinos no estaba puesta y dos langostinos yacían sobre el mantel, como si hubieran caído accidentalmente.
—Tío Paton, ¿has comido algún langostino?— preguntó Charlie.
—No, yo...— Paton vio los langostinos. —Dios mío, ¿quien…?— Tío Paton se inclinó y miró en el interior de la boca abierta de Maisie. — ¡Un langostino!— exclamó. —Maisie ha comido de mis langostinos.
—Paton— le reprochó Amy. — ¡Por favor! No le negarás a mi pobre madre unos cuantos langostinos.
—Querida, me has malinterpretado— dijo Paton. —Maisie estaba comiendo langostinos cuando ella…cuando sucumbió a esta terrible dolencia."
Amy levantó la mirada. — ¿Está envenenada?— la mujer se quedó sin aliento.
—Un poco más que envenenada— dijo Paton. Se volvió hacia su hermana. —Grizelda, ¿sabes algo acerca de esto?
—No seas ridículo— cogiendo su plato de tostadas y paté, la abuela Bone salió de la cocina, gruñendo —No me pienso quedar aquí para ser insultada.
Nadie más se atrevió a tocar su comida. Pusieron hasta el último bocado de nuevo en la cesta, y Paton llamó a la tienda. Quince minutos más tarde, un joven llegó en la furgoneta que Charlie  había visto alejarse una hora antes. Paton le entregó la cesta en la puerta principal. —Un miembro de mi familia se ha puesto muy enfermo— le dijo al joven. —Creemos que sus langostinos han sido los responsables. Quiero que sean analizados lo más pronto posible.
—Es domingo— dijo el joven, parecía nervioso y confuso.
— ¡Alguien podría estar muriéndose!— rugió Paton. — ¡Hazlo!
—Sí, señor— murmuró el joven. —En el hospital quizás lo hagan— el chico bajó temblando la escalera, y colocó la canasta en el asiento del pasajero antes de empezar a conducir.
Charlie tuvo una idea. —Las Llamas— sugirió. —Ellos ayudaran—  Se puso el abrigo, salió corriendo y se dirigió al Café de las Mascotas. Los gatos no siempre se encontraban allí, pero no sabía dónde más buscar.
Antes de que Charlie hubiera llegado al final de la calle Filbert, sintió que las Llamas ya estaban cerca. Su mirada se vio atraída hasta el tejado de una casa por la que estaba pasando, y allí estaban, en el borde mismo, sus siluetas brillantes recortadas contra el cielo gris. Tan pronto como vieron a Charlie, saltaron uno a uno a un árbol cercano, y bajaron cuidadosamente a través del intrincado trazado de las ramas, hasta que llegaron a los pies de Charlie.
— ¡Llamas, necesito vuestra ayuda!— Charlie se volvió y corrió de vuelta al número nueve,  los gatos corrieron con él; Aries ligeramente al frente, como de costumbre, Leo y Sagitario a ambos lados.
Cuando los cuatro entraron al recibidor, la abuela Bone gritó —Esas espantosas criaturas aquí no. ¡Llévatelas de casa!— Las Llamas le gruñeron, y ella cerró la puerta con la punta de su brillante zapato negro. Charlie sonrió y guió a los gatos hasta la cocina, donde inmediatamente vieron lo que había que hacer. Corrieron hacia Maisie y la rodearon, maullando suavemente.
—Oh, Charlie, ¿de verdad pueden ayudar?— Amy tomó la mano de Charlie.
—Esos gatos pueden hacer milagros— dijo el tío Paton con confianza.
Los gatos parecían perplejos. Un gesto que sólo se podría describir como un ceño fruncido pasó por sus peludos rostros. Sus ojos dorados  recorrieron la forma inmóvil de Maisie hasta llegar a sus atónitos ojos congelados. Las Llamas maullaron de nuevo. Durante un minuto entero, los gatos estudiaron los dedos rígidos de Maisie, sus piernas regordetas, su suéter rosa helado, y sus ordenados rizos grises.  Se acercaron más y la olieron, arrugando sus hocicos negros en señal de desagrado.
Charlie contuvo el aliento. ¿Podrían las Llamas derretir a Maisie? Observó a Aries pararse de puntillas y arquear su espalda. El gato cobrizo comenzó a caminar alrededor de los pies de Maisie, calzados con sus nuevas zapatillas rojas. “Ella estaba tan orgullosa de ellas” pensó Charlie. Con suerte, ella todavía lo estaría.
Leo y Sagitario siguieron a Aries. Los suaves pasos de los gatos se hicieron más rápidos. Pronto, sus cuerpos empezaron a parecer llamas saltarinas. Maisie parecía estar dentro de un círculo de fuego. Chispas diminutas y brillantes volaban hasta el techo y Charlie podía oír el siseo y el crepitar de las llamas.
— ¡Ha parpadeado!—  la voz  de Amy estaba ronca por la emoción. — ¿Lo habéis visto?
Charlie miró la cara de Maisie. La mujer parpadeó dos veces.
— ¡Lo he visto!— gritó Charlie. —Ha parpadeado.
—Lo ha hecho, en efecto— estuvo de acuerdo el tío Paton.
—Se está derritiendo— suspiró Amy, feliz.
—Llamas listas. ¡Hurra!— dijo Charlie.
Maisie cerró la boca y algo parecido a una  sonrisa  hizo que las comisuras de sus labios se arrugaran.  Esperaron a que pasara algo más, pero no sucedió nada. El parpadeo se  detuvo, la boca se mantuvo cerrada, y el resto de los rasgos de Maisie se quedaron tercamente congelados.
Las Llamas comenzaron a perder su brillo mientras giraban. El giro frenético se hizo más lento; y los tres gatos, tomando sus verdaderas formas, dieron una, dos, tres vueltas alrededor de las robustas piernas de Maisie, y luego se sentaron. Parecían agotados. Aries levantó una pata y la lamió nerviosamente, por su parte, Leo y Sagitario se tumbaron uno a cada lado y miraron a Charlie, como si dijeran: “Lo intentamos. No podemos hacer nada más.”
—Lo habéis hecho lo mejor que habéis podido— dijo Charlie. —Sé que así ha sido.
—Maisie estuvo a punto de regresar— dijo su madre. —Si tan sólo lo pudieran intentar una vez más.
—No pueden— dijo Charlie. —Lo han dado todo, no pueden hacer nada más.
Charlie fue a la nevera y sacó un poco de jamón, lo cortó en cuadritos y los colocó en un plato. Puso el plato cerca de los gatos y ellos lo devoraron con avidez
El tío Paton se sentó y cruzó los brazos tristemente. —Eran para mí— dijo amargamente. —Estoy seguro de ello.  Yo soy el que come langostinos.  Alguien los manipuló, y tiene que haber sido uno de ellos, o mejor dicho, uno de nosotros, un dotado ¿Por qué si no...?— Paton levantó las manos y las dejó caer en su regazo.
—Debemos llevarla a un médico— dijo Amy. —Ahora, antes de que sea demasiado tarde.
El tío Paton asintió. —Debemos hacerlo. Pero tiene que ser alguien discreto.
Un rayo de esperanza iluminó el rostro de Amy. —Conozco a alguien. Pareciera si estuviera acostumbrado a guardar secretos. Compra una gran cantidad de verduras y un día me dio su tarjeta. Es el doctor... es algo poco común.
—Podría ser un doctor en matemáticas o en música— Charlie no quería despertar falsas esperanzas en su madre.
—Pero vale la pena intentarlo— Amy corrió hacia el teléfono en el pasillo.
Mientras Amy estaba al teléfono, la abuela Bone gritó — ¿Se han ido esas bestias?
Las Llamas gruñeron ante el sonido de su voz. Leo lamió una vez más el plato antes de lanzarse detrás de sus hermanos al pasillo. Llevaban las colas altas y las cabezas erguidas. Puede que hubieran fallado aquella vez, pero todavía tenían su orgullo. Charlie les dio las gracias en voz baja, y dejó que se fueran.
—Ya viene— Amy colgó el auricular. —Su nombre es doctor Tanaka.
El doctor Tanaka era un hombre joven, con un ancho rostro sonriente y un impoluto traje gris. A primera vista, no parecía ser en absoluto el tipo de persona que podría hacer frente a cualquier cosa fuera de lo común.  Pero Amy no se había equivocado. Cuando vio a Maisie congelada, el doctor Tanaka se limitó a levantar una ceja. — ¡Ah!— dijo. —Criogenia. Reducir la temperatura de una persona a bajo cero, en este caso, sobrenaturalmente.
— ¿Se va a morir?— preguntó Amy, casi incapaz de decir la última palabra.
—No necesariamente— contestó el médico con voz ligera y eficiente. —Cuando el poder se haya roto, ella regresará.
—El poder— murmuró Charlie.
El doctor Tanaka se volvió hacia él y sonrió. —El poder— repitió. —Alguien en esta ciudad es extraordinaria y sobrenaturalmente poderoso. Sé, por supuesto, que hay bastantes personas inusuales cerca. Los Hijos del Rey Rojo, creo que se les llama. De hecho, probablemente estoy en una casa donde se encuentra uno o dos, ¿no es así?— Paton inclinó la cabeza. —Según mi experiencia, no hay poder sobre la tierra que no pueda romperse— continuó el doctor alegremente. —Y dos dotados piensan mejor que uno.
—Mientras tanto— dijo Amy, echando un vistazo a Maisie — ¿Qué debemos hacer con mi madre?
—Hacer todo lo posible para que se encuentre cómoda— dijo el médico.
Se decidió que la bañera sería el mejor lugar para Maisie, debido a las gotas que  continuaban formando una piscina alrededor de sus pies. Antes de irse, el doctor Tanaka ayudó al tío Paton a transportar a la planta de arriba el cuerpo helado. Tuvieron que usar guantes y no fue tarea fácil maniobrar con ella en la bañera. Charlie empujó suavemente un cojín debajo de la cabeza de Maisie, y Amy la cubrió con una manta.
—Espero tener el placer de comprar muchos más vegetales en  su excelente tienda— dijo el doctor a Amy antes de irse.
—Yo también lo espero— dijo Amy, respondiéndole al médico con una elegante reverencia.
Tan pronto se hubo ido el doctor, una llamada telefónica de la tienda le informó a Paton  que  los langostinos no poseían ninguna sustancia tóxica. Habían sido utilizados como alimento para ratas del laboratorio, sin producir efectos negativos. De hecho, las ratas habían disfrutado de ellos completamente y, en cualquier caso, tenían la piel ligeramente más tupida y más brillante después de comerlos.
—Probablemente estaban muertos de hambre— murmuró Charlie.
—Sólo faltaba un langostino— declaró el tío Paton. —Y Maisie tuvo que comerlo. Apuesto a que fue Venetia.
—Pero la tía abuela Venetia solo envenena ropas— le recordó Charlie. —¿Por qué iba a cambiar a langostinos?
—No tengo ni idea— gruñó Paton.
Charlie se sentía incómodo yendo baño con Maisie dentro, así que subió al ultimo piso, donde su madre y Maisie dormían, y usó ese  baño.  Lo mismo hizo Paton.  Esa noche, la abuela Bone se quejó que hacía demasiado frío en la planta superior y que ella necesitaba bañarse. —Por favor, retirar a la persona congelada— exigió. Paton se negó y la abuela Bone tuvo que utilizar el baño que había al lado del sótano. Se durmió sin haberse bañado.
Charlie sintió que sus ojos se cerraron tan pronto como se metió en la cama. El chico recorrió adormilado los eventos del día, y de pronto, recordó a Naren. ¿Había cruzado esa misma mañana el puente hacia el desierto? ¿Qué había dicho ella? No cierres tus cortinas esta noche. Así que, ¿cuál podría ser su talento?  ¿Podría volar, o enviar mensajes mediante los rayos de la luna?
Rebosante de cansancio, salió tambaleándose de la cama y se dirigió a la ventana. La polilla blanca flotaba hasta una de las cortinas mientras las apartaba. Afuera, una capa de escarcha  brillaba en las ramas del castaño. Iba a ser una noche fría.
Charlie se subió a la cama y se quedó dormido. Se despertó para encontrar la habitación iluminada por la luna. Cuando miró a su alrededor, vio unas delgadas sombras negras serpenteando hacia su cama. Charlie se encogió contra las almohadas, mientras las sombras subían por el respaldo de la cama y reptaban a través de las sabanas.  Como pequeñas y curiosas criaturas, se abalanzaron sobre las manos de Charlie y corrieron bajo sus mangas, pero él no sintió nada.
“Sombras”, pensó. “Son solo sombras.”
Observó que las pequeñas siluetas se trasladaron a la pared que había detrás de él. Comenzaron a empujarse entre sí, casi como si estuviesen buscando el lugar adecuado en el remolino de sombras. Mientras Charlie miraba con asombro las sombras en movimiento, se dio cuenta de que las figuras que formaban eran letras. Poco a poco, su actividad febril comenzó a disminuir, y Charlie pudo distinguir las palabras del mensaje.
Soy yo, Naren. Esto es lo que puedo hacer. ¿Tuviste miedo cuando viste mis pequeñas sombras? Si susurras en la pared, te escucharé.
—Hola, Naren— susurró Charlie inseguro. Las letras se reorganizaron y Charlie leyó:
Hola, Charlie. Espero que regresaras a salvo. Si algo te preocupa, házmelo saber y se lo puedo contar a mi padre.  A pesar de que detesta entrar en la ciudad, te ayudará.
¿Por dónde empezar? se preguntó Charlie. El niño decidió hablarle a Naren sobre la congelación de Maisie. Cuando terminó de susurrar cada detalle de la terrible desgracia de su abuela, las sombras en la pared permanecieron inmóviles durante un minuto, como si Naren estuviera  tratando de entender el mensaje. Por fin las letras empezaron a moverse. Esta vez las palabras se formaron muy lentamente:
Lo que dices  acerca de tu abuela  es tan malo. Voy a hablar con Bartholomew mañana. Quizás él pueda darte algún consejo.
—Pero estaré en la Academia mañana por la noche, ¿cómo podrás...?— Charlie oyó unos pasos en el pasillo, fuera de su habitación. De repente la puerta se abrió, y él susurró algo más fuerte de lo que pretendía — ¡Adiós!
La abuela Bone entró.  — ¿Con quién estabas hablando?— preguntó.
—Con nadie, abuela— dijo Charlie. —Tal vez estaba hablando en sueños.
—Pero no estás dormido. Estás sentado en la cama. ¿Qué es eso en tu pared?— La abuela Bone observó la pared por encima de la cabeza de Charlie.
Charlie miró por encima del hombro, esperando desesperadamente que las letras de Naren hubieran desaparecido. Por suerte, ella debió comprender su apresurado adiós, porque las formas diminutas estaban empezando a desvanecerse.
—Son sombras, abuela— dijo Charlie rápidamente —, de las ramas del castaño.
— ¡Estúpido muchacho! Has dejado las cortinas abiertas. ¿Cómo puedes dormir con la luna iluminando de esa manera?— La abuela Bone cruzó la habitación y corrió las cortinas, juntándolas con fuerza. —Ahora, vete a dormir.
Charlie se acostó y cerró los ojos. Cuando la abuela Bone se hubo ido, los volvió a abrir brevemente. La habitación estaba tan oscura que ni siquiera podía ver la pared. Un segundo después, se quedó dormido.
A la mañana siguiente Charlie estaba tan cansado que se olvidó por completo que Maisie estaba congelada, y cuando se dirigió al cuarto de baño la vio allí, tirada. Su cara parecía más azul que el día anterior, ¿o era su imaginación? Descubrió que no podía ni cepillarse los dientes con la mirada congelada de Maisie penetrando su espalda, por lo que corrió arriba para usar el baño de la planta superior.
Amy todavía estaba en la cocina cuando Charlie bajó a desayunar. —Hoy no voy a ir a trabajar— le dijo a  Charlie. —No puedo salir con Maisie en ese estado. Oh, Charlie, ¿qué vamos a hacer?
Una maceta de perejil colocado en el alféizar de la ventana le dio a Charlie una idea. ——Verbena— murmuró. — ¿Te acuerdas, mamá, cuando el tío Paton fue hechizado el año pasado?
—Como si pudiera olvidarlo— dijo ella.
—Robé un poco de verbena del jardín de la tía abuela Eustacia, hicimos un poco de té y...
— ¡El tío Paton se curó!— gritó Amy.
—Bueno, la madre de Fidelio guardó un poco en una maceta para su uso futuro— continuó Charlie con entusiasmo. —Si vas a la casa de los Gunn, apuesto a que la señora Gunn seguirá teniendo algo. Fidelio dice que ella lo pone en sus emparedados, a veces, como una especie de ‘escógeme-a-mi’.
—Charlie, ¡eres un genio!— Su madre le dio tal abrazo, que se tragó la mitad de su tostada de una sola vez.
—Voy a ir directamente a ver a la señora Gunn, después del desayuno— dijo Amy alegremente. —De hecho, voy a ir ahora mismo— Amy miró por la ventana. —Billy Raven  está fuera. Guardarás el pequeño problema de Maisie en secreto ¿verdad Charlie?
—Por supuesto— murmuró Charlie. Como si él quisiera que  alguien más supiera que  su abuela estaba ocupando permanentemente el cuarto de baño.
Amy corrió hacia el pasillo y cogió el abrigo. Mientras ella salía fuera, Charlie escuchó al pequeño Billy preguntándole si le importaba que entrara.
—Por supuesto que no, Billy, ¡pasa, pasa!— dijo Amy. La puerta principal se cerró de golpe y al minuto siguiente Billy estaba de pie en la cocina, mirándolo tímidamente.
—Benjamín no tiene que ir  a su colegio hasta dentro de otra media hora— dijo Billy, abatido —, así que la señora Brown, dijo que sería mejor que fuera contigo, para que pudiéramos coger el autobús de la Academia Bloor juntos.
— ¿No podía llevarte ella?—  Charlie extendió miel en su segunda tostada.
Billy se encogió de hombros. —No creo que ella vaya hoy.
—Bueno, tenemos otros tres minutos— dijo Charlie alegremente. — ¿Quieres un poco de cereal? Viene con fresas.
—No, gracias— sin embargo, Billy se acercó y se sentó en la mesa de la cocina. Llevaba una capa azul que parecía demasiado pequeña para él.
— ¿Tuviste un buen fin de semana, entonces?— preguntó Charlie. Billy miró con tristeza las tostadas de Charlie. —Bueno, sí, en cierto modo. Pero Rembrandt no fue muy feliz. ¿Puedo quedarme contigo el próximo fin de semana, Charlie?
—Claro— Charlie se tragó el último trozo de tostada y se lamió los dedos. —Será mejor que nos  pongamos en marcha.
Billy se levantó y se dirigió hacia la puerta. — ¿Puedo usar tu baño?
— ¡NO!— gritó Charlie. —Es decir, sí. Usa el que esta después del sótano.
Billy permaneció inmóvil junto a la puerta. — ¿Qué le pasa a tu baño de arriba?
—Se ha atascado— dijo Charlie.
Mientras corrían juntos hasta la calle Filbert, Charlie intentó conseguir más información de Billy. ¿Por qué no había disfrutado de su estancia con los Browns? ¿Y qué le había pasado a Rembrandt?
—Disfruté la mayoría del tiempo— jadeó Billy. —Pero la madre y el padre de Benjamín me hicieron un montón de preguntas, y Judía Corredora y Rembrandt no pararon de discutir,  y es realmente agotador escuchar a los animales discutir.
—Seguramente— dijo Charlie con simpatía.
—Judía Corredora es tan ruidoso— continuó Billy. —Rembrandt está bastante agotado.
— ¿Le dejaste con los Browns?
—No, está en mi bolsillo.
Charlie dejó de correr. —Billy, no  puedes dejar a la rata en el dormitorio.
Billy se detuvo al lado de él. —Lo sé, lo sé. Se la daré a la Cocinera cuando  vayamos a la cafetería— Charlie pensó que aquello podría ser peligroso, pero no dijo nada.
—Judía Corredora  no es un perro muy agradable, ¿sabes?— murmuró Billy cuando empezaron a correr de nuevo.
—Es un perro grande— dijo Charlie. —Tú lo estas mirando desde el punto de vista de la rata.
— ¿No ves qué no puedo verlo de  otra forma?— sostuvo Billy.
El autobús azul de la Academia llegó a lo alto de la calle Filbert y los dos niños corrieron hacia él. Cuando llegaron a la escuela,  se encontraron con que Dorcas Loom había hecho lo peor que podía hacer.
La historia de Charlie y los animales se había extendido por toda la Academia.  En todos guardarropas no se hablaba de otra cosa. Charlie Bone había sido visto con los animales domésticos de todos sus amigos, así que ¿dónde estaban los otros?
En el primer recreo, cuando Charlie salió fuera,  una gran bandada de gente se acercó a él. Vio a Dorcas y a Joshua con las gemelas Branko, una a cada lado de ellos. Y el viejo enemigo de Charlie, Damian Smerk, estaba allí, con Bragger Braine y Rupe Small  detrás de él. Había por lo menos otras diez personas, algunos de ellos de cuarto y quinto  año a quien Charlie sólo conocía de vista. El magnetismo de Joshua obviamente les había acercado. No eran la clase de personas  que normalmente se molestarían  en dirigirle la mirada a un alumno de segundo año, como Charlie.
Asa Pike se abrió paso al frente del grupo. —Entonces, Charlie Bone, ¿qué tienes  que decir en tu defensa?— gruñó.

Antes de que Charlie pudiera hablar, un golpe de viento corrió por sus tobillos, y Asa se tambaleó hacia atrás cuando una corriente de aire frío casi le hizo perder el equilibrio. Detrás de Charlie, una voz familiar dijo —Él no tiene nada que decir. ¡Así que perdeos de vista!

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