Si Charlie
hubiera mirado por la ventana, habría visto un espectáculo asombroso.
El cielo
estaba lleno de pájaros. Los animales no producían ningún sonido, pero el aire vibraba con el batir de sus
alas. Gradualmente, pequeños grupos empezaban a alejarse de la inmensa
bandada. Los pájaros se dirigían hacia
el suelo y se instalaban en las paredes,
árboles, vallas y edificios. Una vez allí, metían la cabeza bajo las alas y se
quedaban dormidos.
Al poco
tiempo, solo los búhos permanecieron
despiertos.
Abajo, en la
ciudad, los que tenían el sueño ligero se vieron atraídos hacia las ventanas,
siendo recompensados con una imagen que nunca olvidarían. Columnas de solemnes
y silenciosas criaturas avanzaban a través de la ciudad. Eran dirigidos por
tres gatos cuyo pelaje era tan resplandeciente, que el aire alrededor de ellos
brillaba con colores ardientes. A medida
que se abrían paso por las calles de la ciudad, los animales comenzaron a
encontrar sus hogares. Saltaron por las ventanas y se adentraron en los jardines,
perreras, y establos; los observadores, maravillados dejaron escapar un suspiro
de alivio. La ciudad no se estaba muriendo después de todo.
La noticia
corrió como la pólvora. Para el primer recreo, hasta los niños de la Academia Bloor
habían oído hablar del gran retorno. Las risas se escuchaban en la cafetería y
en las aulas, se veían sonrisas en los rostros de los niños que habían dicho
que nunca volverían a sonreír. Charlie se sintió aliviado, a pesar de que
algunos de sus compañeros de clase todavía lo miraban con recelo.
Justo cuando
un problema se había resuelto, Charlie sabía que tenía otro por delante.
Castigado. Estaba desesperado por saber si Maisie se había derretido, y por
otra parte sentía que debería estar en casa para vigilar a su madre.
A la hora de
la comida, Charlie encontró a Billy en la cafetería comiendo una de las nuevas
especialidades de la Cocinera. Erizos de patata.
—No son
erizos de verdad— dijo Billy con gravedad—Supongo que ha llamado al plato así
porque se parece a las espinas de los erizos.
Mientras la
Cocinera le estaba sirviendo a Charlie,
le dijo en voz baja—He oído que los animales están de vuelta.
Charlie
asintió con la cabeza —Las Llamas los trajeron. Pero yo tengo un castigo este
fin de semana, así que...
— ¿Qué?—la
Cocinera bajó la cuchara —No puede ser— se la veía muy sorprendida.
Charlie estuvo
a punto de preguntar por qué, cuando, detrás de él, Gabriel dijo —Me
estoy muriendo de hambre. Muévete, Charlie.
Charlie se
llevó el plato de erizos a la mesa de Billy. En pocos minutos, Fidelio y
Gabriel se unieron a ellos— ¿Sabéis lo que va a pasar este fin de semana?— le preguntó Billy a los demás.
—Yo estoy
castigado— dijo Charlie.
—No, no me
refiero a eso— Billy irguió sus hombros y dijo dándose importancia —Es la cena
de las Cien Cabezas el viernes y el Gran Baile el sábado. Escuché al doctor
Bloor recordándoselo al ama de llaves. Estaba enfadado porque ella te había castigado, Charlie, y no quería a ningún niño en el edificio. Pero
el ama de llaves dijo que estaba en contra de sus principios retirar castigos. El
doctor Bloor se marchó hecho una furia, le dijo que tendría que mantenerte
fuera de su vista. Supongo que se referiría a mí también, porque imagino que yo
también estaré aquí si tú te quedas, ¿no crees, Charlie?
Charlie se
quedó sin aliento cuando Billy finalmente terminó. Gabriel dijo—Billy, nunca te
había oído decir tantas cosas al mismo tiempo.
Fidelio le
preguntó—Entonces, ¿qué es la cena de las Cien Cabezas y el Gran Baile?
—Bueno—
empezó Billy—Descubrí un poco más gracias a Manfred.
— ¡Gracias a
Manfred!— exclamaron los demás, conmocionados.
—A él le
gusta sentirse importante, así que pensé que se alegraría al contármelo— dijo
Billy—, y así fue. Me contó que cada diez años hay una reunión. Los directores
de un centenar de academias vienen aquí a hablar de sus alumnos y otras cosas.
— ¿Qué otras
academias?— preguntó Charlie.
—A las que
el resto de los niños dotados van—dijo Billy.
— ¿Hay
más?—exclamó Charlie, sorprendido.
—Por supuesto,
tienen que haber más—reflexionó Gabriel— Si piensas en ello, deben haber
cientos de niños como nosotros, en todo el mundo. Quiero decir, el Rey Rojo
tuvo diez hijos, y si todos ellos tuvieron hijos, hace novecientos años...
— ¡Vaya!— Charlie
se quedó con la boca abierta— ¡Soy un
estúpido! No todos podrían venir a la Academia Bloor, ¿no creéis? No si viven
en China o África.
—O Escocia,
o Irlanda— añadió Fidelio.
— ¡Uf! Nunca
pensé en ello— Charlie sacudió la cabeza con asombro. Los niños se centraron en
sus erizos, cada uno de ellos pensando sobre las otras academias, los otros
niños y los otros directores.
—Voy a
entrar en esa cena de las Cien Cabezas, de alguna manera —dijo Charlie—Hay muchas
cosas que quiero averiguar.
—Yo también—
le secundó Billy.
Charlie se
tragó su último trozo de erizo y sonrió. El fin de semana no iba a ser tan
malo, después de todo. Quizás su madre había encontrado la verbena, y cuando él
llegara a casa, Maisie sería ella misma de nuevo.
Los alumnos
de la Academia Bloor
no tenían ninguna duda de que un acontecimiento trascendental estaba a punto de tener lugar en el colegio.
Para cuando llegó el viernes, el techo
del Gran Salón resplandecía con miles de lámparas. Espadas, ballestas,
cimitarras, lanzas y muchas otras armas de aspecto impresionante habían sido rescatadas
de cofres y armarios. Pulidas hasta el punto que su brillo cegaba, colgaban en
las paredes revestidas de roble, desde donde sacaban exclamaciones de terror y
admiración en aquellos que las contemplaban. Un ejército de limpiadores había
pulido las losas del suelo hasta que alcanzaron un brillo resbaladizo, a los
niños se les ordenó caminar solamente por los bordes de los pasillos.
En el
comedor, la iluminación era más moderada, aunque los alumnos notaron que varios
braseros de hierro habían sido fijados a las paredes. ¿Serían para colgar antorchas?
¿Se les serviría a los importantes visitantes a la luz del fuego?
Hasta las cocineras
más simpáticas se estaban volviendo gruñonas, el volumen de trabajo adicional
las estaba agotando. Durante todo el día se las podía ver corriendo por los
pasillos con bandejas de plata que no habían visto la luz del día durante años.
Platos de porcelana, copas de cristal y vajilla de oro fueron desenterrados de
los sótanos y llevados hasta las cocinas para un espumoso lavado. Guirnaldas de
luces blancas habían sido colgadas a lo largo del oscuro pasillo que conducía
desde el Gran Salón a la cafetería y al comedor, y Charlie notó que algunos de
los retratos habían sido decorados con cintas de oro. No todos, sin embargo.
Tal vez solamente aquellos que estaban directamente relacionados con los
visitantes de honor.
Charlie y
Billy se sentaron en el dormitorio, viendo a los demás hacer sus maletas.
Charlie se sentía extrañamente eufórico, intentó parecer triste a propósito cuando
Bragger Braine y Rupe Small caminaron hacia la puerta, con sus bolsas colgadas
con indiferencia sobre sus hombros, pero no pudo evitar sonreír y que se curvara la comisura de su boca.
— ¿Se puede
saber por qué sonríes?— preguntó Bragger.
—La bolsa de
Rupe es tan pesada que parece que se estuviera hundiendo. ¿Cuántas latas de Dulce
Pétalo llevas ahí, Rupe?
Algunos de
los demás soltaron una risita y Rupe gritó— ¡Cállate!
—Que tengas
un mal fin de semana, Charlie Bone— le deseó Bragger, saliendo pavoneándose,
con Rupe detrás de él.
Gabriel y
Fidelio fueron los últimos en irse. Le desearon buena suerte a Charlie y
prometieron verse el domingo.
—Llevaré jerbos
extras— dijo Gabriel, saludando por última vez.
No mucho
tiempo después de que el último alumno hubiera salido del colegio, Lucretia
Yewbeam entró el dormitorio y les comunicó a Charlie y a Billy que tendrían una
cena temprana.
—Quiero que
ambos estéis aquí de vuelta a las seis
en punto—dijo—Luces fuera a las siete, y ninguno de vosotros dos abandonará
esta habitación hasta la hora del desayuno.
— ¿Luces
fuera a las siete?— se quejó Charlie— ¿Por qué?
— ¿Tú por
qué crees? Es un castigo. Ahora a bañarse. La cena es en la cafetería a las
cinco y media— con una malvada sonrisa, el ama de llaves salió de la habitación.
Cuando los
chicos fueron a buscar a la
Cocinera , la encontraron en la cocina, en un estado de máximo
estrés. Frenéticos asistentes se movían alrededor de ella, mientras que la mujer corría de los hornos
gigantes a la cámara frigorífica y vuelta, murmurando—Un centenar de esto, un
centenar de aquello, sopa de tortuga, pasteles de pichón, carne de res en esto
y en aquello. Nada de carne para él, sin crema para ella...—sin levantar la
vista, la mujer añadió — Hola chicos, me temo que solo hay alubias guisadas y
tostadas para vosotros. Aquí tenéis.
— ¿A qué
hora empieza la cena?—preguntó Charlie.
—A las siete
y media, y, a este paso, no terminaré nunca.
Un grupo de
los frenéticos asistentes se acercó corriendo a la Cocinera y ella se
despidió de los muchachos —Lo siento, mis amores, tengo que continuar.
Charlie
llevó la bandeja a la cafetería y la puso sobre la mesa más alejada de la
barra, el ruido de la cocina era tan fuerte que los chicos ni siquiera podían
oír sus propios pensamientos. Devoraron sus cenas y salieron de la cafetería
tan pronto como pudieron.
De vuelta en
el dormitorio, se pusieron el pijama y luego se arrastraron hasta el rellano
superior del recibidor. Acostados sobre sus estómagos, los niños se asomaron
entre las rejas, dirigiendo su vista hacia el Gran Salón. Apenas reconocieron
el lugar.
Fuertemente
iluminado por los mil faroles, un mar de gente se movía lentamente por el recibidor.
La mayoría de los visitantes llevaba trajes de etiqueta y vestidos, pero
también había hombres con turbantes, otros llevaban capas con incrustaciones de
oro, y otras personas chaquetas con los colores del arco iris. Había unos
cuantos que vestían túnicas blancas con el objetivo de ser vistos, y un hombre
estaba vestido de pies a cabeza en seda púrpura, con una vaina enjoyada atada a
su cinturón. Mujeres con saris charlaban con otras con kimonos, y las personas con
brillantes trajes nacionales se inclinaba hacia adelante con entusiasmo,
intentando entender el idioma del otro.
El señor
Ezequiel, con un abrigo de terciopelo negro y un gorro rojo, se impulsaba a sí
mismo a través de la multitud, mientras eternas bengalas silbaban y
chisporroteaban en la parte posterior de su silla, provocando que algunos de
los invitados dieran un salto, alejándose, lamiendo sus brazos quemados y
sus nudillos.
Camareras de
cortos vestidos negros y gorras y delantales blancos se abrían paso entre la
multitud, sosteniendo grandes platos de aperitivos del tamaño de un bocado,
mientras los camareros con chalecos de color rojo y oro balanceaban cuidadosamente
bandejas con champán burbujeante.
Al final de
la escalera, una arpista con un deslumbrante vestido rosa pasaba los dedos por
las cuerdas de un arpa de oro gigante. El suave sonido subía y bajaba a
intervalos entre el murmullo de las conversaciones.
Billy acerco
su cabeza a la de Charlie y le susurró—Solo los malvados permanecieron aquí.
— ¿De qué
estás hablando?— susurró Charlie a su vez.
—Del Rey
Rojo. Sus hijos buenos dejaron el castillo de su padre para siempre. Algunos
incluso abandonaron el país. Así que la gente de allá abajo, bueno, tal vez los
extranjeros, son descendientes de los hijos buenos.
Aquello no
se le había ocurrido a Charlie, por lo que observó los rostros de allí abajo
más atentamente. ¿Era su imaginación, o las expresiones de la mayoría de las personas
con esmoquin y vestidos eran serias y cautas? Definitivamente, parecían más
sombríos y decididos que los otros. La mayoría de los extranjeros parecían
agradables y relajados. Sonreían con más facilidad e incluso se reían.
Charlie
recordó de pronto mirar el reloj. Faltaban cinco minutos para las siete. Le dio
un codazo en el brazo a Billy—El ama de llaves estará en el dormitorio en cinco
minutos. Tan pronto como se vaya, correremos al salón y encontraremos un lugar
para escondernos antes de que la cena comience.
Se alejaron
gateando del rellano y corrieron de vuelta a su dormitorio. Un minuto después
de que saltaran a sus camas, la puerta se abrió y el ama miró dentro. Era todo
un espectáculo contemplar a la tía Lucretia llevando un largo vestido de noche,
color verde esmeralda, y unos pendientes verdes que prácticamente rozaban su
hombro. Su cabello gris blanquecino había sido llevado a lo alto de su cabeza y
decorado con un enorme lazo verde—Luces fuera—dijo con frialdad—Y en el caso de
que alguno de vosotros tenga pensado ir a vagar por ahí, que por favor recuerde
que vuestro castigo sería mucho peor que éste.
—Sí, señora—
respondió Charlie mansamente. El niño pensó que era bastante injusto que Billy
fuera incluido en el castigo, pero
decidió no mencionarlo.
El ama de
llaves apagó la luz, pero antes de cerrar la puerta, dijo—No le digas a tu tía
abuela lo preciosa que está, ¿eh?
—No, tía—aseguró
Charlie—Quiero decir...
La mujer
cerró de golpe la puerta. Charlie escuchó cómo se alejaron sus pisadas— No va a
volver— dijo—No con ese aspecto.
—Apuesto a
que se ha ido para atrapar a algún agradable y rico director—Billy soltó una
risita.
Esperaron
otros cinco minutos, luego, se pusieron las zapatillas y se deslizaron a lo
largo de la escalera de servicio hasta a la planta baja. Ahora estaban en el
pasillo que pasaba por las cafeterías e iba hasta el comedor subterráneo. Casi
habían llegado al comedor manteniéndose en las sombras, cuando una de las
camareras salió de la cocina verde. La mujer llevaba un carro cargado con
platos de la cena. Los chicos se encogieron contra la pared, pero ella ya los
había visto—Hola, chicos— saludó ella, mirando sus pijamas – ¿Qué estáis haciendo aquí?
—Bajamos a
por un poco de agua— dijo Charlie rápidamente—Teníamos mucha sed y se supone
que no debemos beber de los grifos de arriba, porque los tubos están oxidados,
o algo así.
—Pobres niños.
Entrad y servíos a vosotros mismos—la mujer señaló con la cabeza la puerta de
la cafetería.
— ¡Gracias!—
Charlie le dedicó su mejor sonrisa. Pero de ninguna manera iban a entrar en la
cocina verde, donde la mujer del portero, la señora Weedon, mandaba. Era
malvada, gruñona y una cocinera terrible; y, probablemente, llamaría su marido
para que se llevara a los chicos de vuelta a su dormitorio.
La camarera
pasó con su carro por delante de ellos y se dirigió a la cafetería azul—Platos
equivocados—se quejó— ¡Qué lío!
Tan pronto
como les dio la espalda, los muchachos corrieron hasta el comedor. Estaban a
punto de deslizarse a través de las puertas cuando Billy preguntó — ¿Dónde
vamos a escondernos?
—Debajo de
una mesa— respondió Charlie.
—Pero
podrían vernos.
Charlie no
quería pensar en eso. Abrió la puerta levemente y echó un vistazo en el
interior. ¡Menuda suerte! Cada mesa estaba cubierta con un enorme mantel blanco
que colgaba casi hasta el suelo. Una
camarera estaba muy ocupada organizando las copas en la mesa de los profesores,
pero las otras tres mesas ya estaban listas. Tarjetas plateadas, con los
nombres impresos, estaban puestas en mantelitos individuales de terciopelo rojo,
junto con platos, cuchillos, tenedores, cucharas y vasos. Eran tantos, que
Charlie no podría contarlos ni aunque quisiera.
Los
candentes braseros le daban a la resplandeciente superficie un peligroso brillo
anaranjado, e incluso desde la puerta, Charlie podía sentir las olas de calor provenientes
de las llamas. Eligiendo un momento en el que la camarera estaba ocupada con
las copas y les daba la espalda, Charlie susurró—Vamos ¡Ahora!
Inclinándose
hacia abajo, los chicos medio corrieron,
medio se arrastraron hacia la mesa
central, deslizándose debajo del mantel. Un terrible olor golpeó la nariz de
Charlie y vio, para su horror, que
Bendito había elegido el mismo escondite.
Ya era
demasiado tarde para cambiar de mesa. La puerta que se encontraba al lado de la
plataforma se abrió, y dos camareros entraron con carritos con comida caliente.
Bajo la
mesa, Bendito corrió hacia Billy, gimiendo suavemente.
—Dile que se
calle— murmuró Charlie—o nos descubrirán por su culpa.
Billy dio
varios gruñidos suaves, y Bendito se tendió junto a él, meneando su cola sin
pelo.
— ¿Qué ha
sido eso?— dijo uno de los camareros.
Billy susurró, sin hacer casi ruido, en el oído de
Bendito y el golpeteo se detuvo.
—Probablemente
era una rata— respondió el otro camarero.
El primero
de ellos se echó a reír—Espero que le muerda tobillo a alguien, estoy harto de
este trabajo. He estado aquí desde las seis de la mañana, y la paga es malísima.
—No son más
que un grupo de mezquinos— su compañero estuvo de acuerdo.
Los dos
camareros hacían tanto ruido al pasar la comida de los carros a las mesas, que
Charlie y Billy fueron capaces de gatear, sin ser detectados, hacia la
plataforma. Charlie quería estar en una
buena posición para escuchar lo que se dijera en la mesa principal
Otros dos
carritos más entraron, y no mucho tiempo después de eso, los muchachos oyeron un gran murmullo de
voces que se acercaba más y más, hasta
que se derramó dentro del comedor. Un
centenar de pares de pies eran arrastrados, marchando, pisando muy fuerte, y
repiqueteando alrededor de la habitación, ya que los visitantes buscaban sus lugares.
Agazapados
en la oscuridad, Charlie y Billy escuchaban el masticar, sorber y tragar que estaba
sucediendo sobre ellos. Charlie estaba atrapado entre dos pares de larguísimas
piernas vestidas con pantalones negros. Decidió
trasladarse y retrocedió hacia Billy que, por desgracia, puso su mano sobre un
pie en una zapatilla plateada.
— ¿Le
importaría?— dijo una voz de mujer.
— ¿Perdón?—
respondió el hombre frente a ella.
—Usted me ha
dado una patada.
—Está
equivocada. Fue otra persona.
Empujando a
Bendito por delante de ellos, los muchachos se arrastraron lejos de la
zapatilla plateada tan rápido como pudieron. Justo a tiempo. El mantel se levantó
y la mujer de los zapatos plateados miró debajo de la mesa. Los muchachos
contuvieron la respiración hasta que, con un gruñido de fastidio, la mujer dejó
caer el mantel en su sitio.
La cena de
las Cien Cabezas seguía y seguía. Bendito se quedó dormido y Billy empezó a
bostezar; entonces un gran silencio cayó sobre el comedor mientras el doctor
Bloor comenzaba a hablar.
Tras darles
la bienvenida a sus invitados, se leyeron los nombres de todas las academias:
Loth, Oranga, Mor-van, Derivere, Somphammer, Festyet, Ipakuk, Altabeeta... La
lista parecía interminable. Los ojos de Charlie comenzaron a cerrarse, y luego,
de repente, se despertó completamente. El doctor Bloor había pronunciado el
nombre de Lyell Bone, y estaba relacionado con un delito. Charlie se sentó muy
erguido, con su cabeza justo rozando la parte superior de la mesa.
—Aquellos de
vosotros que estuvisteis aquí hace diez años recordaréis a mi abuelo, Ezekiel
Bloor, como una persona activa y ágil de noventa años de edad. Hoy, por
desgracia, está confinado a una silla de ruedas. Lyell Bone está lejanamente
emparentado con nosotros, así que el delito fue doblemente impactante— el
doctor Bloor hizo una pausa y se aclaró la garganta.
—Por favor— dijo una voz cerca de Charlie—,
¿podría decirnos cómo se cometió ese delito?
—Él me tiró
al suelo— gritó Ezekiel —Intentó matarme. Empujándome. Mi cabeza golpeó una
piedra y ¡Bingo! No podía moverme. ¡Derrotado por ese sinvergüenza!
Un grito de
asombro onduló por la habitación.
— ¿Pero por
qué?— preguntó otra voz, una mujer al mismo tiempo. — ¿Por qué hizo algo tan
terrible?
—Algunos de
vosotros— dijo el doctor Bloor, evitando la pregunta —, manejáis vuestros
establecimientos de una manera diferente a nosotros. Pero al final todos
actuáis por interés hacia nuestra gran familia. Al igual que vosotros, atraemos
a los Hijos del Rey Rojo hacia nosotros. Les ofrecemos becas, enseñanza de
primera clase y equipamiento. Tenemos que protegerlos, alimentarlos,
prepararlos para las dificultades que puedan encontrar cuando son adultos.... Ocasionalmente,
se hace necesario, por el bien del propio niño como comprenderéis, separarlo de
sus padres.
— ¿Quiere
decir que los robáis?— preguntó una voz indignada.
—Él dijo
“separar”— gritó Ezekiel. —Robar no entra en ello. Por el bien de todos,
debemos controlar a estos niños, y si sus padres parecen propensos a resistir,
entonces, sí, debemos tomarlos por cualquier medio.
Un murmullo
de aprobación corrió a lo largo de la mesa por encima de él, pero Charlie notó
algunos sonidos de disidencia.
—Sin
embargo— Ezekiel continuó —, en el caso de una determinada niña que podía
volar, su padre, el doctor Tolly, estaba feliz
de entregarla. Fue Lyell Bone quien trató de impedirlo golpeándome
contra el suelo. Su protesta no tuvo éxito y fue castigado debidamente.
— ¿Y fue
justo el castigo a este crimen?— preguntó alguien con voz ronca.
—Sí, doctor
Loth. Gracias a mi bisnieto, Manfred Bloor. Manfred, ¡levántate!
El roce de
una silla distante pareció indicar que Manfred estaba sentado en la mesa principal.
Alguien aplaudió y otros se le unieron. Charlie no podía imaginar por qué.
—Manfred podría
ser el mayor hipnotizador que jamás haya existido— anunció Ezekiel con orgullo.
—Con tan solo nueve años de edad, le borró la memoria a Lyell Bone con una sola
mirada. Ese hombre está ahora
completamente indefenso. Ni siquiera sabe quién es.
Un profundo
silencio siguió a esta observación, y por alguna razón, esto hizo que Ezekiel
se echara a reír. Se rió tanto que casi se ahogó. Charlie encontró el sonido insoportable.
Apenas podía contener su ira y tuvo que abrazarse las piernas con fuerza para evitar
saltar fuera.
Con una voz
marcada por la emoción, el doctor Bloor continuó —Manfred también sometió al
bebé. Ella tenía dos años en ese entonces. Duró hasta que tenía diez años, y
entonces, el confundido hijo de Lyell Bone la despertó.
Hubo un
murmullo de sorpresa. Fragmentos de conversación llegaron a Charlie. — ¿Quién?
¿Cómo se hizo esto? ¿Te...? ¿Podría ser...?
—Damas y
caballeros— tronó el doctor Bloor —, no os preocupéis. La niña todavía está
aquí, y también lo está el hijo de Lyell, Charlie. Estos dos niños dotados están unidos como el pegamento. Charlie es un viajero de
las imágenes, un don inestimable, como vosotros bien sabéis. Ha resultado ser un
niño complicado, probablemente porque es hijo de su padre, pero está bien
vigilado.
Estas
encantadoras señoras a mi derecha son su abuela, Grizelda Bone, y sus tres tías
abuelas, Lucrecia, Eustacia, y Venetia
Yewbeam. Todas ellas mantienen sus ojos
sobre Charlie Bone. ...
—Y un día—
le interrumpió Ezekiel —, Charlie me llevará con él al pasado, en donde podré...
reordenar la historia— el
anciano volvió a reír.
El doctor
Loth exclamó — ¡Bravo!— y otros le siguieron. Sin embargo, algunos se quedaron
en silencio.
Billy, que
había estado durmiendo sobre el lomo de Bendito, se despertó de repente y dio
un pequeño estornudo. El mantel se levantó justo en frente de Charlie y
apareció una cara del revés. Tenía barba y llevaba un turbante azul.
Charlie miró
directamente a los ojos marrón oscuro del hombre, no sabía qué hacer. El hombre
le devolvió la mirada. Charlie esperó a que algo sucediera. El hombre del
turbante parecía estar esperando, también.
Así que
Charlie hizo lo único que se le ocurrió. Se llevó un dedo a los labios.
El hombre le
dedicó una amplia sonrisa y dejó caer el mantel de nuevo en su sitio. Charlie respiró
aliviado, cuando de pronto, una voz fina y petulante gritó — ¡Huelo a niño!
— ¿Niño?— preguntaron
varias voces.
—Los olores
son lo mío— continuó la fina voz masculina. —Puedo oler un niño, posiblemente
son dos. O tres.
Charlie y
Billy se miraron con terror. Todo había terminado, estaban a punto de ser
descubiertos. Y entonces Charlie tuvo una idea. Señaló a Bendito.
Billy gruñó
en el oído del viejo perro y Bendito se puso de pie. Con un pequeño empujón de
Billy, se tambaleó bajo el mantel y salió al comedor. A su paso, dejó escapar
el peor hedor que Charlie había olido nunca.
Era tan malo y tan fuerte que estuvo a punto de desmayarse. Billy le había
dicho a Bendito que se tirara el mayor pedo de toda su vida.
Gritos de
horror y disguto resonaban por la habitación. —Uuuuurrgh ¿Qué es ese olor? Es
un perro. Un perro viejo ¡Qué monstruo!
—Ese no es
el olor de un niño, es el olor de un perro— dijo una irritada voz.
—Su nariz se
está haciendo vieja, profesor Morvan— esta voz pertenecía a una mujer que
sonaba alegre. —No puede distinguir a un niño de un perro.
Las risas
siguieron, y el viejo Ezekiel gritó —No seáis groseros con mi perrito. No puede
evitarlo.
—Creo que
deberíamos dejarlo salir, doctor Bloor— sugirió alguien. —Estoy seguro de que
quiere ir al..., es decir, irse.
—Una gran
idea— coincidió el doctor Bloor. — ¿Podría alguien amablemente...?
—Y que sea
rápido— agregó otra voz femenina.
Una silla
rascó el suelo y alguien corrió a abrir la puerta. Bendito dio un ladrido de agradecimiento
y caminó hacia el exterior. Más carcajadas.
Por suerte,
el viejo perro había dejado un olor desagradable detrás de él, la nariz del
Profesor Morvan se confundió completamente y no dijo nada más sobre el olor de
los chicos.
Cuando la
risa hubo amainado, el doctor Bloor tosió ruidosamente y dijo —Pido disculpas
por la distracción, pero ahora me gustaría volver al desarrollo del suceso de
suma importancia que hemos dejado entrever
en el momento en que os dimos la bienvenida aquí esta noche.
—Somos todo
oídos— dijo el doctor Loth.
—Gracias— el
doctor Bloor esperó un completo silencio y luego siguió con emoción apenas
contenida —En primer lugar, debo contaros una breve historia sobre alguien de
quien incluso yo nunca había oído hablar, hasta la semana pasada.
El conde Harken Badlock.
Silencio.
Obviamente, nadie sabía del conde Harken Badlock. Charlie escuchó con atención,
consciente de que estaba a punto de aprender algo de inmensa importancia.
—El conde
Harken tenía dieciocho años cuando llegó a España. Empezó a cortejar a la
hermosa Berenice, hija de un caballero de Toledo. El joven conde era un hechicero y muy pronto
Berenice cayó bajo su hechizo. Ellos iban a casarse, y entonces...
—Seguramente, Berenice se casó con el Rey Rojo— interrumpió
una voz.
—De hecho, así
fue— coincidió el doctor Bloor. —Pero hubo un duelo entre los dos hombres y el
conde Harken perdió. A pesar de su
magia, de todo su encanto, no podía competir con la magia del Rey Rojo, y así
él perdió a la bella Berenice.
La audiencia
del doctor Bloor esperaba en suspenso sus palabras para que la historia continuara, como seguramente lo haría.
—Como todos
sabéis, la reina Berenice murió cuando su décima hija, Amoret, nació. El rey,
como era la costumbre de su pueblo, se fue
al bosque a llorar por su esposa. Sus hijos quedaron al cuidado de los
sirvientes, hasta que el conde Harken apareció. Sí, mis amigos, él llegó a
proteger a los hijos de su amada Berenice. Les enseñó todo lo que sabía, protegiéndoles
de los extraños que los rondaban, y se casó con la hija mayor del rey, Lilith.
— ¿Cómo es
que todo esto sale de repente a la luz, doctor Bloor?— preguntó alguien.
Hubo una
pausa dramática. El cuero cabelludo de Charlie le picaba, y se imaginó al doctor
Bloor inclinado hacia adelante, en una actitud de triunfo.
—Porque yo
lo he oído del mismo conde— hubo un suspiro colectivo de incredulidad antes de
que el doctor Bloor continuara —Sé que es difícil de creer que un hombre que vivió
hace novecientos años esté con nosotros otra vez. Pero es la verdad. Estoy
absolutamente convencido de ello.
Por encima
de un coro de preguntas y protestas, el viejo Ezekiel grito —Él era una mera
sombra en el retrato del Rey Rojo, pero alguien lo dejó salir.
Charlie
agarró el brazo de Billy con tanta fuerza, que este dio un grito ahogado de
dolor. En la penumbra debajo de la mesa,
Charlie pudo ver que los ojos de Billy estaban tan abiertos como los suyos. La sombra, articuló con la boca. Charlie
asintió con la cabeza.
La
revelación de Ezekiel fue recibida con un profundo alboroto.
— ¿Quién lo
dejó salir?
— ¿Dónde
está ahora?
Estas dos
preguntas se oían por encima de todas las demás. El doctor Bloor suplicó
silencio y cuando la conmoción se hubo calmado, respondió — ¿Dónde está él? Él
está a salvo. Se ha aclimatado a este siglo de la manera más extraordinaria. Tardó
diez minutos en aprender nuestro idioma, y una vez que lo logró fue capaz de
familiarizarse
por sí mismo con nuestra política, nuestras finanzas, nuestra forma de vestir, nuestros hábitos, en fin…
por sí mismo con nuestra política, nuestras finanzas, nuestra forma de vestir, nuestros hábitos, en fin…
—Pero
entonces, él es un hechicero— apuntó Ezekiel.
—De hecho,
sí— dijo el doctor Bloor. —Por desgracia, tuvo que ser un poco despiadado a la
hora de encontrar un hogar y unos ingresos, pero estas cosas no siempre se
pueden evitar— soltó una risa incómoda. —Llegados a este punto, debo pedir,
queridos invitados, que no repitáis ni una palabra de lo que se os ha dicho
fuera de este edificio. Estamos acostumbrados a guardar secretos, ¿no es así?
Tenemos que hacerlo, o el mundo se volvería contra nosotros.
Hubo un
murmullo de acuerdo y luego la voz del doctor Loth ahogaba la de los
otros. — ¿Quién es?— exigió. — ¿Quién
dejó salir a la sombra y cómo?
—Ah— el
doctor Bloor hizo una pausa. —El conde no esta seguro. Afirma que fue hecho con
un espejo, que algunos llaman el Espejo de Amoret. Lo encontramos en la sala,
durante una tormenta de nieve. La persona que lo puso en libertad había
desaparecido.
—Pensábamos
que había sido Venetia, quien está aquí a mi lado— dijo Ezekiel. —Ella es la
más inteligente de nosotros. La más
malvada— se rió entre dientes.
—Bueno, pero
no lo hice— dijo Venetia hoscamente.
—Así que ya
ve...— comenzó el doctor Bloor.
—Fui yo—
dijo una voz. —Yo lo hice.
— ¿Tú?— el
director parecía completamente sorprendido.
—Sí, yo. Yo encontré el Espejo de Amoret.
Charlie se
quedó helado. Cada nervio de su cuerpo empezó a temblar. Conocía esa voz. Venía
de una de las últimas personas en el mundo que él habría esperado.
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