Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

miércoles, 24 de julio de 2013

Capítulo 10: Las cien cabezas

Si Charlie hubiera mirado por la ventana, habría visto un espectáculo asombroso.
El cielo estaba lleno de pájaros. Los animales no producían ningún sonido,  pero el aire vibraba con el batir de sus alas. Gradualmente, pequeños grupos empezaban a alejarse de la inmensa bandada.  Los pájaros se dirigían hacia el suelo  y se instalaban en las paredes, árboles, vallas y edificios. Una vez allí, metían la cabeza bajo las alas y se quedaban dormidos.
Al poco tiempo, solo los búhos  permanecieron despiertos.
Abajo, en la ciudad, los que tenían el sueño ligero se vieron atraídos hacia las ventanas, siendo recompensados con una imagen que nunca olvidarían. Columnas de solemnes y silenciosas criaturas avanzaban a través de la ciudad. Eran dirigidos por tres gatos cuyo pelaje era tan resplandeciente, que el aire alrededor de ellos brillaba con colores ardientes.  A medida que se abrían paso por las calles de la ciudad, los animales comenzaron a encontrar sus hogares. Saltaron por las ventanas y se adentraron en los jardines, perreras, y establos; los observadores, maravillados dejaron escapar un suspiro de alivio. La ciudad no se estaba muriendo después de todo.
La noticia corrió como la pólvora. Para el primer recreo, hasta los niños de la Academia Bloor habían oído hablar del gran retorno. Las risas se escuchaban en la cafetería y en las aulas, se veían sonrisas en los rostros de los niños que habían dicho que nunca volverían a sonreír. Charlie se sintió aliviado, a pesar de que algunos de sus compañeros de clase todavía lo miraban con recelo.
Justo cuando un problema se había resuelto, Charlie sabía que tenía otro por delante. Castigado. Estaba desesperado por saber si Maisie se había derretido, y por otra parte sentía que debería estar en casa para vigilar a su madre.
A la hora de la comida, Charlie encontró a Billy en la cafetería comiendo una de las nuevas especialidades de la Cocinera. Erizos de patata.
—No son erizos de verdad— dijo Billy con gravedad—Supongo que ha llamado al plato así porque se parece a las espinas de los erizos.
Mientras la Cocinera  le estaba sirviendo a Charlie, le dijo en voz baja—He oído que los animales están de vuelta. 
Charlie asintió con la cabeza —Las Llamas los trajeron. Pero yo tengo un castigo este fin de semana, así que...
— ¿Qué?—la Cocinera bajó la cuchara —No puede ser— se la veía muy sorprendida.
 Charlie estuvo  a punto de preguntar por qué, cuando, detrás de él, Gabriel dijo —Me estoy muriendo de hambre. Muévete, Charlie.
Charlie se llevó el plato de erizos a la mesa de Billy. En pocos minutos, Fidelio y Gabriel se unieron a ellos— ¿Sabéis lo que va a pasar este fin de semana?— le  preguntó Billy a los demás.
—Yo estoy castigado— dijo Charlie.
—No, no me refiero a eso— Billy irguió sus hombros y dijo dándose importancia —Es la cena de las Cien Cabezas el viernes y el Gran Baile el sábado. Escuché al doctor Bloor recordándoselo al ama de llaves. Estaba enfadado  porque ella te había castigado, Charlie,  y no quería a ningún niño en el edificio. Pero el ama de llaves dijo que estaba en contra de sus principios retirar castigos. El doctor Bloor se marchó hecho una furia, le dijo que tendría que mantenerte fuera de su vista. Supongo que se referiría a mí también, porque imagino que yo también estaré aquí si tú te quedas, ¿no crees, Charlie?
Charlie se quedó sin aliento cuando Billy finalmente terminó. Gabriel dijo—Billy, nunca te había oído decir tantas cosas al mismo tiempo.
Fidelio le preguntó—Entonces, ¿qué es la cena de las Cien Cabezas y el Gran Baile?
—Bueno— empezó Billy—Descubrí un poco más gracias a Manfred.
— ¡Gracias a Manfred!— exclamaron los demás, conmocionados.
—A él le gusta sentirse importante, así que pensé que se alegraría al contármelo— dijo Billy—, y así fue. Me contó que cada diez años hay una reunión. Los directores de un centenar de academias vienen aquí a hablar de sus alumnos y otras cosas.
— ¿Qué otras academias?— preguntó Charlie.
—A las que el resto de los niños dotados van—dijo Billy.
— ¿Hay más?—exclamó Charlie, sorprendido. 
—Por supuesto, tienen que haber más—reflexionó Gabriel— Si piensas en ello, deben haber cientos de niños como nosotros, en todo el mundo. Quiero decir, el Rey Rojo tuvo diez hijos, y si todos ellos tuvieron hijos, hace novecientos años...
— ¡Vaya!— Charlie se quedó con la boca  abierta— ¡Soy un estúpido! No todos podrían venir a la Academia Bloor, ¿no creéis? No si viven en China o África.
—O Escocia, o Irlanda— añadió Fidelio.
— ¡Uf! Nunca pensé en ello— Charlie sacudió la cabeza con asombro. Los niños se centraron en sus erizos, cada uno de ellos pensando sobre las otras academias, los otros niños y los otros directores.
—Voy a entrar en esa cena de las Cien Cabezas, de alguna manera —dijo Charlie—Hay muchas cosas que quiero averiguar.
—Yo también— le secundó Billy.
Charlie se tragó su último trozo de erizo y sonrió. El fin de semana no iba a ser tan malo, después de todo. Quizás su madre había encontrado la verbena, y cuando él llegara a casa, Maisie sería ella misma de nuevo.
Los alumnos de la Academia Bloor no tenían ninguna duda de que un acontecimiento trascendental  estaba a punto de tener lugar en el colegio. Para cuando llegó el viernes,  el techo del Gran Salón resplandecía con miles de lámparas. Espadas, ballestas, cimitarras, lanzas y muchas otras armas de aspecto impresionante habían sido rescatadas de cofres y armarios. Pulidas hasta el punto que su brillo cegaba, colgaban en las paredes revestidas de roble, desde donde sacaban exclamaciones de terror y admiración en aquellos que las contemplaban. Un ejército de limpiadores había pulido las losas del suelo hasta que alcanzaron un brillo resbaladizo, a los niños se les ordenó caminar solamente por los bordes de los pasillos.
En el comedor, la iluminación era más moderada, aunque los alumnos notaron que varios braseros de hierro habían sido fijados a las paredes. ¿Serían para colgar antorchas? ¿Se les serviría a los importantes visitantes a la luz del fuego?
Hasta las cocineras más simpáticas se estaban volviendo gruñonas, el volumen de trabajo adicional las estaba agotando. Durante todo el día se las podía ver corriendo por los pasillos con bandejas de plata que no habían visto la luz del día durante años. Platos de porcelana, copas de cristal y vajilla de oro fueron desenterrados de los sótanos y llevados hasta las cocinas para un espumoso lavado. Guirnaldas de luces blancas habían sido colgadas a lo largo del oscuro pasillo que conducía desde el Gran Salón a la cafetería y al comedor, y Charlie notó que algunos de los retratos habían sido decorados con cintas de oro. No todos, sin embargo. Tal vez solamente aquellos que estaban directamente relacionados con los visitantes de honor.
Charlie y Billy se sentaron en el dormitorio, viendo a los demás hacer sus maletas. Charlie se sentía extrañamente eufórico, intentó parecer triste a propósito cuando Bragger Braine y Rupe Small caminaron hacia la puerta, con sus bolsas colgadas con indiferencia sobre sus hombros, pero no pudo  evitar sonreír y que se  curvara la comisura de su boca.
— ¿Se puede saber por qué sonríes?— preguntó Bragger.
—La bolsa de Rupe es tan pesada que parece que se estuviera hundiendo. ¿Cuántas latas de Dulce Pétalo llevas ahí, Rupe?
Algunos de los demás soltaron una risita y Rupe gritó— ¡Cállate!
—Que tengas un mal fin de semana, Charlie Bone— le deseó Bragger, saliendo pavoneándose, con Rupe detrás de él.
Gabriel y Fidelio fueron los últimos en irse. Le desearon buena suerte a Charlie y prometieron verse el domingo.
—Llevaré jerbos extras— dijo Gabriel, saludando por última vez.
No mucho tiempo después de que el último alumno hubiera salido del colegio, Lucretia Yewbeam entró el dormitorio y les comunicó a Charlie y a Billy que tendrían una cena temprana.
—Quiero que ambos estéis aquí  de vuelta a las seis en punto—dijo—Luces fuera a las siete, y ninguno de vosotros dos abandonará esta habitación hasta la hora del desayuno.
— ¿Luces fuera a las siete?— se quejó Charlie— ¿Por qué?
— ¿Tú por qué crees? Es un castigo. Ahora a bañarse. La cena es en la cafetería a las cinco y media— con una malvada sonrisa, el ama de llaves salió de la habitación.
Cuando los chicos fueron a buscar a la Cocinera, la encontraron en la cocina, en un estado de máximo estrés. Frenéticos asistentes se movían alrededor de ella,  mientras que la mujer corría de los hornos gigantes a la cámara frigorífica y vuelta, murmurando—Un centenar de esto, un centenar de aquello, sopa de tortuga, pasteles de pichón, carne de res en esto y en aquello. Nada de carne para él, sin crema para ella...—sin levantar la vista, la mujer añadió — Hola chicos, me temo que solo hay alubias guisadas y tostadas para vosotros. Aquí tenéis.
La Cocinera repartió una cacerola de alubias entre dos platos con tostadas untadas con mantequilla, y los puso sobre una bandeja junto con dos platos de natillas.
— ¿A qué hora empieza  la cena?—preguntó Charlie.
—A las siete y media, y, a este paso, no terminaré nunca.
Un grupo de los frenéticos asistentes se acercó corriendo a la Cocinera y ella se despidió de los muchachos —Lo siento, mis amores, tengo que continuar.
Charlie llevó la bandeja a la cafetería y la puso sobre la mesa más alejada de la barra, el ruido de la cocina era tan fuerte que los chicos ni siquiera podían oír sus propios pensamientos. Devoraron sus cenas y salieron de la cafetería tan pronto como pudieron.
De vuelta en el dormitorio, se pusieron el pijama y luego se arrastraron hasta el rellano superior del recibidor. Acostados sobre sus estómagos, los niños se asomaron entre las rejas, dirigiendo su vista hacia el Gran Salón. Apenas reconocieron el lugar.
Fuertemente iluminado por los mil faroles, un mar de gente se movía lentamente por el recibidor. La mayoría de los visitantes llevaba trajes de etiqueta y vestidos, pero también había hombres con turbantes, otros llevaban capas con incrustaciones de oro, y otras personas chaquetas con los colores del arco iris. Había unos cuantos que vestían túnicas blancas con el objetivo de ser vistos, y un hombre estaba vestido de pies a cabeza en seda púrpura, con una vaina enjoyada atada a su cinturón. Mujeres con saris charlaban con otras con kimonos, y las personas con brillantes trajes nacionales se inclinaba hacia adelante con entusiasmo, intentando entender el idioma del otro.
El señor Ezequiel, con un abrigo de terciopelo negro y un gorro rojo, se impulsaba a sí mismo a través de la multitud, mientras eternas bengalas silbaban y chisporroteaban en la parte posterior de su silla, provocando que algunos de los invitados dieran un salto, alejándose, lamiendo sus brazos quemados y sus nudillos.
Camareras de cortos vestidos negros y gorras y delantales blancos se abrían paso entre la multitud, sosteniendo grandes platos de aperitivos del tamaño de un bocado, mientras los camareros con chalecos de color rojo y oro balanceaban cuidadosamente bandejas con champán burbujeante.
Al final de la escalera, una arpista con un deslumbrante vestido rosa pasaba los dedos por las cuerdas de un arpa de oro gigante. El suave sonido subía y bajaba a intervalos entre el murmullo de las conversaciones.
Billy acerco su cabeza a la de Charlie y le susurró—Solo los malvados permanecieron aquí.
— ¿De qué estás hablando?— susurró Charlie a su vez.
—Del Rey Rojo. Sus hijos buenos dejaron el castillo de su padre para siempre. Algunos incluso abandonaron el país. Así que la gente de allá abajo, bueno, tal vez los extranjeros, son descendientes de los hijos buenos.
Aquello no se le había ocurrido a Charlie, por lo que observó los rostros de allí abajo más atentamente. ¿Era su imaginación, o las expresiones de la mayoría de las personas con esmoquin y vestidos eran serias y cautas? Definitivamente, parecían más sombríos y decididos que los otros. La mayoría de los extranjeros parecían agradables y relajados. Sonreían con más facilidad e incluso se reían.
Charlie recordó de pronto mirar el reloj. Faltaban cinco minutos para las siete. Le dio un codazo en el brazo a Billy—El ama de llaves estará en el dormitorio en cinco minutos. Tan pronto como se vaya, correremos al salón y encontraremos un lugar para escondernos antes de que la cena comience.
Se alejaron gateando del rellano y corrieron de vuelta a su dormitorio. Un minuto después de que saltaran a sus camas, la puerta se abrió y el ama miró dentro. Era todo un espectáculo contemplar a la tía Lucretia llevando un largo vestido de noche, color verde esmeralda, y unos pendientes verdes que prácticamente rozaban su hombro. Su cabello gris blanquecino había sido llevado a lo alto de su cabeza y decorado con un enorme lazo verde—Luces fuera—dijo con frialdad—Y en el caso de que alguno de vosotros tenga pensado ir a vagar por ahí, que por favor recuerde que vuestro castigo sería mucho peor que éste.
—Sí, señora— respondió Charlie mansamente. El niño pensó que era bastante injusto que Billy fuera  incluido en el castigo, pero decidió no mencionarlo.
El ama de llaves apagó la luz, pero antes de cerrar la puerta, dijo—No le digas a tu tía abuela  lo preciosa que está, ¿eh?
—No, tía—aseguró Charlie—Quiero decir...
La mujer cerró de golpe la puerta. Charlie escuchó cómo se alejaron sus pisadas— No va a volver— dijo—No con ese aspecto.
—Apuesto a que se ha ido para atrapar a algún agradable y rico director—Billy soltó una risita.
Esperaron otros cinco minutos, luego, se pusieron las zapatillas y se deslizaron a lo largo de la escalera de servicio hasta a la planta baja. Ahora estaban en el pasillo que pasaba por las cafeterías e iba hasta el comedor subterráneo. Casi habían llegado al comedor manteniéndose en las sombras, cuando una de las camareras salió de la cocina verde. La mujer llevaba un carro cargado con platos de la cena. Los chicos se encogieron contra la pared, pero ella ya los había visto—Hola, chicos— saludó ella, mirando sus pijamas – ¿Qué estáis haciendo aquí?
—Bajamos a por un poco de agua— dijo Charlie rápidamente—Teníamos mucha sed y se supone que no debemos beber de los grifos de arriba, porque los tubos están oxidados, o algo así.
—Pobres niños. Entrad y servíos a vosotros mismos—la mujer señaló con la cabeza la puerta de la cafetería.
— ¡Gracias!— Charlie le dedicó su mejor sonrisa. Pero de ninguna manera iban a entrar en la cocina verde, donde la mujer del portero, la señora Weedon, mandaba. Era malvada, gruñona y una cocinera terrible; y, probablemente, llamaría su marido para que se llevara a los chicos de vuelta a su dormitorio.
La camarera pasó con su carro por delante de ellos y se dirigió a la cafetería azul—Platos equivocados—se quejó— ¡Qué lío!
Tan pronto como les dio la espalda, los muchachos corrieron hasta el comedor. Estaban a punto de deslizarse a través de las puertas cuando Billy preguntó — ¿Dónde vamos a escondernos?
—Debajo de una mesa— respondió Charlie.
—Pero podrían vernos.
Charlie no quería pensar en eso. Abrió la puerta levemente y echó un vistazo en el interior. ¡Menuda suerte! Cada mesa estaba cubierta con un enorme mantel blanco que colgaba casi hasta el suelo.  Una camarera estaba muy ocupada organizando las copas en la mesa de los profesores, pero las otras tres mesas ya estaban listas. Tarjetas plateadas, con los nombres impresos, estaban puestas en mantelitos individuales de terciopelo rojo, junto con platos, cuchillos, tenedores, cucharas y vasos. Eran tantos, que Charlie no podría contarlos ni aunque quisiera.
Los candentes braseros le daban a la resplandeciente superficie un peligroso brillo anaranjado, e incluso desde la puerta, Charlie podía sentir las olas de calor provenientes de las llamas. Eligiendo un momento en el que la camarera estaba ocupada con las copas y les daba la espalda, Charlie susurró—Vamos ¡Ahora!
Inclinándose hacia  abajo, los chicos medio corrieron, medio se arrastraron  hacia la mesa central, deslizándose debajo del mantel. Un terrible olor golpeó la nariz de Charlie y vio,  para su horror, que Bendito había elegido el mismo escondite.
Ya era demasiado tarde para cambiar de mesa. La puerta que se encontraba al lado de la plataforma se abrió, y dos camareros entraron con carritos con comida caliente.
Bajo la mesa, Bendito corrió hacia Billy, gimiendo suavemente.
—Dile que se calle— murmuró Charlie—o nos descubrirán por su culpa.
Billy dio varios gruñidos suaves, y Bendito se tendió junto a él, meneando su cola sin pelo.
— ¿Qué ha sido eso?— dijo uno de los camareros.
Billy  susurró, sin hacer casi ruido, en el oído de Bendito y el golpeteo se detuvo.
—Probablemente era una rata— respondió el otro camarero.
El primero de ellos se echó a reír—Espero que le muerda tobillo a alguien, estoy harto de este trabajo. He estado aquí desde las seis de la mañana, y la paga es malísima.
—No son más que un grupo de mezquinos— su compañero estuvo de acuerdo.
Los dos camareros hacían tanto ruido al pasar la comida de los carros a las mesas, que Charlie y Billy fueron capaces de gatear, sin ser detectados, hacia la plataforma.  Charlie quería estar en una buena posición para escuchar lo que se dijera en la mesa principal
Otros dos carritos más entraron, y no mucho tiempo después de eso,  los muchachos oyeron un gran murmullo de voces que se acercaba más y más,  hasta que se derramó dentro  del comedor. Un centenar de pares de pies eran arrastrados, marchando, pisando muy fuerte, y repiqueteando alrededor de la habitación, ya que los visitantes buscaban  sus lugares.
Agazapados en la oscuridad, Charlie y Billy escuchaban el masticar, sorber y tragar que estaba sucediendo sobre ellos. Charlie estaba atrapado entre dos pares de larguísimas piernas vestidas con pantalones  negros. Decidió trasladarse y retrocedió hacia Billy que, por desgracia, puso su mano sobre un pie en una zapatilla plateada.
— ¿Le importaría?— dijo una voz de mujer. 
— ¿Perdón?— respondió el hombre frente  a ella.
—Usted me ha dado una patada.
—Está equivocada. Fue otra persona.
Empujando a Bendito por delante de ellos, los muchachos se arrastraron lejos de la zapatilla plateada tan rápido como pudieron. Justo a tiempo. El mantel se levantó y la mujer de los zapatos plateados miró debajo de la mesa. Los muchachos contuvieron la respiración hasta que, con un gruñido de fastidio, la mujer dejó caer el mantel en su sitio.
La cena de las Cien Cabezas seguía y seguía. Bendito se quedó dormido y Billy empezó a bostezar; entonces un gran silencio cayó sobre el comedor mientras el doctor Bloor comenzaba a hablar.
Tras darles la bienvenida a sus invitados, se leyeron los nombres de todas las academias: Loth, Oranga, Mor-van, Derivere, Somphammer, Festyet, Ipakuk, Altabeeta... La lista parecía interminable. Los ojos de Charlie comenzaron a cerrarse, y luego, de repente, se despertó completamente. El doctor Bloor había pronunciado el nombre de Lyell Bone, y estaba relacionado con un delito. Charlie se sentó muy erguido, con su cabeza justo rozando la parte superior de la mesa.
—Aquellos de vosotros que estuvisteis aquí hace diez años recordaréis a mi abuelo, Ezekiel Bloor, como una persona activa y ágil de noventa años de edad. Hoy, por desgracia, está confinado a una silla de ruedas. Lyell Bone está lejanamente emparentado con nosotros, así que el delito fue doblemente impactante— el doctor Bloor hizo una pausa y se aclaró la garganta.
—Por favor— dijo una voz cerca de Charlie—, ¿podría decirnos cómo se cometió ese delito?
—Él me tiró al suelo— gritó Ezekiel —Intentó matarme. Empujándome. Mi cabeza golpeó una piedra y ¡Bingo! No podía moverme. ¡Derrotado por ese sinvergüenza!
Un grito de asombro onduló por la habitación.
— ¿Pero por qué?— preguntó otra voz, una mujer al mismo tiempo. — ¿Por qué hizo algo tan terrible?
—Algunos de vosotros— dijo el doctor Bloor, evitando la pregunta —, manejáis vuestros establecimientos de una manera diferente a nosotros. Pero al final todos actuáis por interés hacia nuestra gran familia. Al igual que vosotros, atraemos a los Hijos del Rey Rojo hacia nosotros. Les ofrecemos becas, enseñanza de primera clase y equipamiento. Tenemos que protegerlos, alimentarlos, prepararlos para las dificultades que puedan encontrar cuando son adultos.... Ocasionalmente, se hace necesario, por el bien del propio niño como comprenderéis, separarlo de sus padres.
— ¿Quiere decir que los robáis?— preguntó una voz indignada.
—Él dijo “separar”— gritó Ezekiel. —Robar no entra en ello. Por el bien de todos, debemos controlar a estos niños, y si sus padres parecen propensos a resistir, entonces, sí, debemos tomarlos por cualquier medio.
Un murmullo de aprobación corrió a lo largo de la mesa por encima de él, pero Charlie notó algunos sonidos de disidencia.
—Sin embargo— Ezekiel continuó —, en el caso de una determinada niña que podía volar, su padre, el doctor Tolly, estaba feliz  de entregarla. Fue Lyell Bone quien trató de impedirlo golpeándome contra el suelo. Su protesta no tuvo éxito y fue castigado debidamente.
— ¿Y fue justo el castigo a este crimen?— preguntó alguien con voz ronca.
—Sí, doctor Loth. Gracias a mi bisnieto, Manfred Bloor. Manfred, ¡levántate!
El roce de una silla distante pareció indicar que Manfred estaba sentado en la mesa principal. Alguien aplaudió y otros se le unieron. Charlie no podía imaginar por qué.
—Manfred podría ser el mayor hipnotizador que jamás haya existido— anunció Ezekiel con orgullo. —Con tan solo nueve años de edad, le borró la memoria a Lyell Bone con una sola mirada.  Ese hombre está ahora completamente indefenso. Ni siquiera sabe quién es.
Un profundo silencio siguió a esta observación, y por alguna razón, esto hizo que Ezekiel se echara a reír. Se rió tanto que casi se ahogó. Charlie encontró el sonido insoportable. Apenas podía contener su ira y tuvo que abrazarse las piernas con fuerza para evitar saltar fuera.
Con una voz marcada por la emoción, el doctor Bloor continuó —Manfred también sometió al bebé. Ella tenía dos años en ese entonces. Duró hasta que tenía diez años, y entonces, el confundido hijo de Lyell Bone la despertó.
Hubo un murmullo de sorpresa. Fragmentos de conversación llegaron a Charlie. — ¿Quién? ¿Cómo se hizo esto? ¿Te...? ¿Podría ser...?
—Damas y caballeros— tronó el doctor Bloor —, no os preocupéis. La niña todavía está aquí, y también lo está el hijo de Lyell, Charlie.  Estos dos niños dotados están unidos  como el pegamento. Charlie es un viajero de las imágenes, un don inestimable, como vosotros bien sabéis. Ha resultado ser un niño complicado, probablemente porque es hijo de su padre, pero está bien vigilado.
Estas encantadoras señoras a mi derecha son su abuela, Grizelda Bone, y sus tres tías abuelas, Lucrecia,  Eustacia, y Venetia Yewbeam. Todas ellas mantienen sus ojos  sobre Charlie Bone. ...
—Y un día— le interrumpió Ezekiel —, Charlie me llevará con él al pasado, en donde podré... reordenar la historia— el anciano volvió a reír.
El doctor Loth exclamó — ¡Bravo!— y otros le siguieron. Sin embargo, algunos se quedaron en silencio.
Billy, que había estado durmiendo sobre el lomo de Bendito, se despertó de repente y dio un pequeño estornudo. El mantel se levantó justo en frente de Charlie y apareció una cara del revés. Tenía barba y llevaba un turbante azul.
Charlie miró directamente a los ojos marrón oscuro del hombre, no sabía qué hacer. El hombre le devolvió la mirada. Charlie esperó a que algo sucediera. El hombre del turbante parecía estar esperando, también.
Así que Charlie hizo lo único que se le ocurrió. Se llevó un dedo a los labios.
El hombre le dedicó una amplia sonrisa y dejó caer el mantel de nuevo en su sitio. Charlie respiró aliviado, cuando de pronto, una voz fina y petulante gritó — ¡Huelo a niño!
— ¿Niño?— preguntaron varias voces.
—Los olores son lo mío— continuó la fina voz masculina. —Puedo oler un niño, posiblemente son dos. O tres.
Charlie y Billy se miraron con terror. Todo había terminado, estaban a punto de ser descubiertos. Y entonces Charlie tuvo una idea. Señaló a Bendito.
Billy gruñó en el oído del viejo perro y Bendito se puso de pie. Con un pequeño empujón de Billy, se tambaleó bajo el mantel y salió al comedor. A su paso, dejó escapar el peor hedor que Charlie había olido nunca.  Era tan malo y tan fuerte que estuvo a punto de desmayarse. Billy le había dicho a Bendito que se tirara el mayor pedo de toda su vida.
Gritos de horror y disguto resonaban por la habitación. —Uuuuurrgh ¿Qué es ese olor? Es un perro. Un perro viejo ¡Qué monstruo!
—Ese no es el olor de un niño, es el olor de un perro— dijo una irritada voz.
—Su nariz se está haciendo vieja, profesor Morvan— esta voz pertenecía a una mujer que sonaba alegre. —No puede distinguir a un niño de un perro.
Las risas siguieron, y el viejo Ezekiel gritó —No seáis groseros con mi perrito. No puede evitarlo.

—Creo que deberíamos dejarlo salir, doctor Bloor— sugirió alguien. —Estoy seguro de que quiere ir al..., es decir, irse.
—Una gran idea— coincidió el doctor Bloor. — ¿Podría alguien amablemente...?
—Y que sea rápido— agregó otra voz femenina.
Una silla rascó el suelo y alguien corrió a abrir la puerta. Bendito dio un ladrido de agradecimiento y caminó hacia el exterior. Más carcajadas.
Por suerte, el viejo perro había dejado un olor desagradable detrás de él, la nariz del Profesor Morvan se confundió completamente y no dijo nada más sobre el olor de los chicos.
Cuando la risa hubo amainado, el doctor Bloor tosió ruidosamente y dijo —Pido disculpas por la distracción, pero ahora me gustaría volver al desarrollo del suceso de suma importancia que hemos dejado entrever  en el momento en que os dimos la bienvenida aquí esta noche.  
—Somos todo oídos— dijo el doctor Loth.
—Gracias— el doctor Bloor esperó un completo silencio y luego siguió con emoción apenas contenida —En primer lugar, debo contaros una breve historia sobre alguien de quien  incluso yo  nunca había oído hablar, hasta la semana pasada. El conde Harken Badlock. 
Silencio. Obviamente, nadie sabía del conde Harken Badlock. Charlie escuchó con atención, consciente de que estaba a punto de aprender algo de inmensa importancia.
—El conde Harken tenía dieciocho años cuando llegó a España. Empezó a cortejar a la hermosa Berenice, hija de un caballero de Toledo.  El joven conde era un hechicero y muy pronto Berenice cayó bajo su hechizo. Ellos iban a casarse, y entonces...
—Seguramente,  Berenice se casó con el Rey Rojo— interrumpió una voz.
—De hecho, así fue— coincidió el doctor Bloor. —Pero hubo un duelo entre los dos hombres y el conde  Harken perdió. A pesar de su magia, de todo su encanto, no podía competir con la magia del Rey Rojo, y así él perdió  a la bella Berenice.
La audiencia del doctor Bloor esperaba en suspenso sus palabras para que la historia   continuara, como seguramente lo haría.
—Como todos sabéis, la reina Berenice murió cuando su décima hija, Amoret, nació. El rey, como era la costumbre de su pueblo, se fue  al bosque a llorar por su esposa. Sus hijos quedaron al cuidado de los sirvientes, hasta que el conde Harken apareció. Sí, mis amigos, él llegó a proteger a los hijos de su amada Berenice. Les enseñó todo lo que sabía, protegiéndoles de los extraños que los rondaban, y se casó con la hija mayor del rey, Lilith.
— ¿Cómo es que todo esto sale de repente a la luz, doctor Bloor?— preguntó alguien.
Hubo una pausa dramática. El cuero cabelludo de Charlie le picaba, y se imaginó al doctor Bloor inclinado hacia adelante, en una actitud de triunfo.
—Porque yo lo he oído del mismo conde— hubo un suspiro colectivo de incredulidad antes de que el doctor Bloor continuara —Sé que es difícil de creer que un hombre que vivió hace novecientos años esté con nosotros otra vez. Pero es la verdad. Estoy absolutamente convencido de ello.
Por encima de un coro de preguntas y protestas, el viejo Ezekiel grito —Él era una mera sombra en el retrato del Rey Rojo, pero alguien lo dejó salir.
Charlie agarró el brazo de Billy con tanta fuerza, que este dio un grito ahogado de dolor.  En la penumbra debajo de la mesa, Charlie pudo ver que los ojos de Billy estaban tan abiertos como los suyos.  La sombra, articuló con la boca. Charlie asintió con la cabeza.
La revelación de Ezekiel fue recibida con un profundo alboroto.
— ¿Quién lo dejó salir?
— ¿Dónde está ahora?  
Estas dos preguntas se oían por encima de todas las demás. El doctor Bloor suplicó silencio y cuando la conmoción se hubo calmado, respondió — ¿Dónde está él? Él está a salvo. Se ha aclimatado a este siglo de la manera más extraordinaria. Tardó diez minutos en aprender nuestro idioma, y una vez que lo logró fue capaz de familiarizarse
por sí mismo con nuestra política, nuestras finanzas, nuestra forma de vestir, nuestros hábitos, en fin…
—Pero entonces, él es un hechicero— apuntó Ezekiel.
—De hecho, sí— dijo el doctor Bloor. —Por desgracia, tuvo que ser un poco despiadado a la hora de encontrar un hogar y unos ingresos, pero estas cosas no siempre se pueden evitar— soltó una risa incómoda. —Llegados a este punto, debo pedir, queridos invitados, que no repitáis ni una palabra de lo que se os ha dicho fuera de este edificio. Estamos acostumbrados a guardar secretos, ¿no es así? Tenemos que hacerlo, o el mundo se volvería contra nosotros.
Hubo un murmullo de acuerdo y luego la voz del doctor Loth ahogaba la de los otros.  — ¿Quién es?— exigió. — ¿Quién dejó salir a la sombra y cómo?
—Ah— el doctor Bloor hizo una pausa. —El conde no esta seguro. Afirma que fue hecho con un espejo, que algunos llaman el Espejo de Amoret. Lo encontramos en la sala, durante una tormenta de nieve. La persona que lo puso en libertad había desaparecido.
—Pensábamos que había sido Venetia, quien está aquí a mi lado— dijo Ezekiel. —Ella es la más inteligente de nosotros. La  más malvada— se rió entre dientes.
—Bueno, pero no lo hice— dijo Venetia hoscamente. 
—Así que ya ve...— comenzó el doctor Bloor.
—Fui yo— dijo una voz. —Yo lo hice.
— ¿Tú?— el director parecía completamente sorprendido.
—Sí, yo. Yo encontré  el Espejo de Amoret.
Charlie se quedó helado. Cada nervio de su cuerpo empezó a temblar. Conocía esa voz. Venía de una de las últimas personas en el mundo que él habría esperado. 

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