Un desierto. La palabra estaba en
la mente de todo el mundo, pero nadie iba a decirla en alto, todavía no. En
aquel momento, la ciudad estaba repleta de hombres y mujeres que gastaban su
sábado en hacer compras. Cuando los cuatro niños salieron del Café de las
Mascotas, se dirigieron a la tranquila calle que llevaba a la librería
Ingledew. Cada fin de semana, Emma
ayudaba en la tienda, donde
vivía con su tía Julia.
La tía de Emma era
sabia y amable. Había leído
casi todos los libros raros y antiguos de sus estantes, y su conocimiento sobre la ciudad y su pasado era
prodigioso. Ella tenía que
saber algo sobre el desierto al otro lado del río. También había una gran
posibilidad de que el tío de Charlie, Paton, estuviera en
la tienda. Y así, sin siquiera discutirlo, los niños se dirigieron hacia las dos personas que podrían ser capaces de
decirles lo que le había sucedido a
sus animales.
Agotado por
su largo viaje, Rembrandt había caído en
un profundo sueño. Se
quedó enroscado en el bolsillo
de Billy, incapaz de pronunciar otro chillido.
Cuando se acercaron a la tienda, el
ruido de la ciudad disminuyó
y se dieron cuenta de que algo andaba mal. Ninguno de ellos
podía decir lo que era, pero de un modo u otro todos
se sentían muy inquietos.
—Esto da un poco de miedo— Benjamín arrugó la nariz.
—No solía ser así.
—No hay pájaros— dijo Emma —Todos se han ido.
Habían llegado
a la amplia plaza
adoquinada frente a la catedral, donde, por lo general, al menos una docena
de mirlos podían ser vistos,
pavoneándose sobre los adoquines, o piando
desde los tejados. Hoy, no había siquiera
una paloma.
—No hay
gatos, tampoco— observó
Charlie. —Siempre hay un gato buscando algún ratón alrededor de la
catedral.
—Ni
perros— Benjamín giró sobre sus talones, mirando alrededor de la plaza. —Los sábados la gente suele pasear a
sus perros por aquí. Así que,
¿dónde están?
Billy pronunció las palabras que estaban en la mente de todos —En
el desierto.
Charlie sintió un hormigueo en
la parte posterior de su cuello. Alguien
los estaba observando. Charlie se dio la vuelta, justo a
tiempo para ver una figura vestida de amarillo desaparecer en un callejón. —Nos están siguiendo—
dijo en voz baja —Acabo de ver una
cosa amarilla, flotando ahí abajo.
Nadie miró hacia donde apuntaba Charlie. Todos corrieron hacia la
librería como si un monstruo
los estuviera persiguiendo.
Charlie les siguió, tropezando con los escalones de la tienda y
chocando con Benjamín,
quien dejó escapar un grito de advertencia. Distraído por la súbita conmoción, Paton Yewbeam se
balanceó precariamente en lo alto de una escalera de tijera, empezó a mecerse
peligrosamente y el montón de libros que estaba colocando en un alto estante
casi se le cayó de los brazos.
— ¡Paton, cuidado!— Julia Ingledew corrió a través de la habitación y estabilizó la escalera.
— ¿Cuál es el
problema?— El tío Paton depositó los libros y bajó de la escalera. Los cuatro niños empezaron a
hablar a la vez, provocando que el tío
Paton se tapara los oídos y exclamara —Por
el amor de Dios, uno a la vez.
—Será mejor que
hagamos un descanso— sugirió la señorita Ingledew.
Se amontonaron en la pequeña
sala de estar en la parte posterior de la tienda, y mientras
los chicos se acomodaban entre los libros, en las sillas y el sofá, Emma describió su mañana, desde que descubrió que la casa para patos de Nancy estaba vacía, hasta la ausencia de aves y animales en la ciudad.
—Sabía que algo
no iba bien— dijo el tío Paton,
pensativo. —Pero no encontraba la causa del mal. Se me pasan algunos detalles cuando voy con las gafas oscuras.
—Pero, ¿sabes algo acerca del desierto que está al otro lado del río?— le preguntó Charlie a su tío.
—Nunca me he aventurado tan lejos— dijo el tío Paton con pesar. —Y por qué los animales escogieron ir allí, no tengo ni idea.
—Estaban asustados— dijo Charlie.
—Pero no sabemos
por qué— añadió Emma.
—Sí que lo sabemos— interrumpió
Billy. —Rembrandt nos lo dijo.
Algo se despertó y la tierra tembló.
—Nunca volveré a
ver a Judía Corredora de nuevo— se quejó Benjamín.
—Oh, ¿por qué no pudo haber esperado un poco más hasta que yo llegara?— la señorita Ingledew, quien había
estado arreglando un poco la sala, se detuvo de pronto y miró fijamente a Billy.
— ¿Tembló? ¿Has dicho
que tembló?— le preguntó a Billy.
—En realidad, Rembrandt lo dijo— contestó Billy.
—Ah. Tienes una teoría sobre que lo sucedió ¿verdad, Julia?— El tío Paton se sentó con una
sonrisa.
Todos esperaron a
que la señorita Ingledew se explicara.
—Puedes reírte de mí, pero tengo mis razones— se
inclinó sobre su escritorio y empezó a meter
papeles en un cajón.
Después de un intervalo
corto y ansioso, Charlie le rogó:
—Por favor, háblenos de su teoría, señorita Ingledew. No vamos a burlarnos de ella.
La señorita
Ingledew apartó un exuberante mechón
de pelo castaño de su cara y se enderezó. —Muy
bien, pero estoy segura de que
ya habéis escuchado lo que voy a decir antes, Charlie— Se sentó en el brazo
del sillón de Paton. —Como ya sabéis, el Rey Rojo, de quien todos descendéis, a excepción de ti, por supuesto, Benjamín, bueno, cuando la reina
murió y el rey se fue a llorar a solas en el bosque, sus diez hijos lucharon entre sí hasta que cinco de ellos abandonaron el castillo para siempre. Pero la lucha no se detuvo, sino
que continuó durante siglos, sí, durante
siglos.
Hubo un murmullo de sorpresa
mientras los niños lanzaban exclamaciones como: ¡Vaya! ¿Cientos
de años? ¿Quiere decir cientos y cientos de años?”
Charlie dijo —Es
lo que está sucediendo ahora, ¿no? Quiero decir, con los
Bloor tratando de controlar a todos, y el tío Paton
luchando contra ellos cuando
van demasiado lejos…
—Y tu horrible abuela siempre en contra de ti— añadió Benjamín.
— ¡Silencio!—
El tío Paton alzó
su mano. —Si queréis
escuchar lo que la señorita Ingledew
tiene que decir, tened la amabilidad de dejar que continúe.
Los niños se callaron inmediatamente. La señorita Ingledew les sonrió a todos.
—Como he dicho, la matanza se prolongó durante siglos. Las tierras alrededor del castillo eran un campo de batalla
constante, hasta que en el siglo XVIII, un
incendio destruyó casi todos los
edificios de la ciudad. Sólo una pequeña área en los alrededores de la catedral se
salvó, todo lo demás tuvo que ser
reconstruido. Fue en ese
momento cuando la familia Bloor erigió una gran
mansión en los terrenos del
castillo en ruinas.
— ¡La Academia Bloor!— proclamó
Charlie.
—Exacto—
confirmó la señorita Ingledew. —Aunque en ese momento se llamaba la Casa
Bloor, creo.
Benjamín,
quien estaba frunciendo el ceño con
impaciencia, dijo —No veo qué
tiene que ver todo esto con los temblores.
—No,
por supuesto que no. Lo siento. Voy a explicarme— dijo la señorita Ingledew. —Tiene que ver con lo sucedido a lo largo de la historia: de todas las vidas turbulentas, el odio, el miedo, todo sepultado bajo las cenizas, bajo la tierra, y bajo la ciudad, todo…—
presionó los dedos de una mano contra la palma de la otra.
—Todos contenidos y sin
embargo...— la señorita Ingledew miró el
rostro ceniciento de Billy. —Oh
querido, te estoy asustando.
—No, no lo está"— exclamó
Billy. —Por favor, continúe.
La señorita Ingledew continuó, vacilante. —Bueno,
se me ocurrió que
algunos de los espíritus más malvados
podrían ser – eh, inquietos....
—Como alguien que da vueltas en su tumba— sugirió Charlie con impaciencia.
—Es una manera de decirlo— La mujer soltó una pequeña risa.
—Pero en realidad, Charlie, quiero decir que algo, o
alguien, podría haberlos despertado.
—Y es por eso que la tierra tembló— interrumpió
Billy. —Las Llamas me dijeron que tenían que evitar
que algo fuera encontrado.
—Una
llave, sin duda— dijo el tío Paton con un
bostezo pequeño.
Charlie sabía que el tono ligeramente aburrido de su tío desmentía
su curiosidad y le preguntó — ¿No te referirás a una llave de
verdad, no?
—No, Charlie. Más bien un artefacto, un elemento que conectaría a un antiguo espíritu con nuestro mundo.
Billy se levantó
de un salto de pronto. —Los animales pueden sentir las cosas, sabéis. Es por eso que todos se han
ido. Si algo del pasado se ha
despertado, ha traído recuerdos con él: las batallas, los incendios, el dolor y los
momentos terribles. No hay duda de que han huido.
— ¡No veo
cómo puede ayudarme todo eso!— exclamó Benajmín. —Quiero decir, quizás nunca
encuentre a mi perro— La terrible perspectiva de una ciudad sin animales de
ningún tipo se instaló en todos al mismo tiempo.
—Es como estar bajo una
maldición— comentó Emma. El tío
Paton no era tan pesimista.
—Estáis siendo
demasiado pesimistas— dijo. —Estoy seguro de que la situación es
temporal. Muy pronto esa rata se despertará y dirá adónde se han ido todos.
Pero Rembrandt no se despertó. Se
quedó en el bolsillo de Billy todo el día, la única
señal de vida que
emitía eran unos latidos muy débiles. El domingo, el viento del norte empujó
nubes de nieve helada sobre la ciudad, solamente los tontos se aventurarían a salir fuera. Charlie y Billy se dedicaron a jugar videojuegos mientras Rembrandt,
metido en la cama de Billy, emitía unos débiles y molestos ronquidos.
Una ráfaga de viento particularmente
violenta arrancó varias
tejas de pizarra, que terminaron estrelladas en la carretera,
Charlie se asomo a la ventana. Allí, refugiándose bajo el castaño sin hojas, vio de nuevo a la figura de amarillo. Estaba bastante seguro
de que era la misma persona que había visto metiéndose en un callejón el día anterior. Pero esta vez, a pesar de la nieve, consiguió
distinguirla mejor que el día anterior. Si no estaba equivocado, era asiática. Su capa era
del color del sol. Llevaba la
capucha sin atar y apartaba su pelo negro, largo hasta
los hombros, lejos de la
cara con un clip con una brillante mariposa.
Cuando la niña vio a Charlie, sonrió y alzó la mano. Charlie le devolvió el saludo. Tan pronto como lo hizo, la sonrisa de la chica se amplió, y luego, se fue corriendo.
— ¡Espera!— gritó Charlie.
— ¿A quién le estás hablando?— preguntó Billy.
—A esa chica—
Charlie salió corriendo de la habitación. Bajó las escaleras saltándose varios escalones y corrió por el pasillo. Dejando abierta la puerta, le gritó — ¡Espera!,
¿quién eres?— Pero la chica de la capa del color del sol siguió
corriendo hasta que se perdió de
vista.
— ¿Qué
chica?— preguntó Billy cuando Charlie regresó.
—Solo era una
chica. Parecía conocerme, pero salió corriendo—
Rembrandt dio un repentino
chillido y se incorporó.
—Mira, está despierto— Billy cogió a la rata y comenzó a hablarle en aquella lengua tan extraña y aguda.
Rembrandt parecía estar escuchando. Cuando Billy se quedó en silencio, la rata respondió con unos pocos
chillidos cansados.
Billy frunció el ceño. —Dice que no recuerda nada.
— ¡Que! ¿No recuerda cómo llegó al santuario, o lo sea que fuera?— Billy habló con Rembrandt de nuevo. Le respondió con los mismos tonos débiles de
una rata agotada.
—Tiene una imagen del sitio en su cabeza, pero
se ha olvidado completamente de cómo se llega hasta ahí.
—Entonces,
¿cómo vamos a encontrar
a los otros animales?— demandó
Charlie.
—No lo
sé. Pero Rembrandt no podría caminar todo el camino
de nuevo, incluso si quisiera— Billy levantó una de
las patas de la rata. —Mira,
sus almohadillas están muy adoloridas, y ha perdido una uña.
Charlie observó los pequeños pies de la rata. Estos ciertamente parecían estar peor de
lo normal. Se dejó caer tristemente en su cama y pensó en Benjamín, esperando siete largos meses para
ver a Judía Corredora,
solo para descubrir que el perro al que idolatraba había desaparecido.
Charlie se sintió responsable. Tal vez si hubiera cuidado mejor a Judía, no se habría escapado.
—No es culpa tuya, Charlie— dijo Billy con
suavidad. —La abuela Bone habría matado o enviado a un
refugio de animales a Judía Corredora. Y de todos modos, él era feliz en el Café de las Mascotas.
—Me pregunto si
los animales volverán— murmuró Charlie
—O si se han ido todos para siempre.
Más
tarde, esa misma noche, Maisie fue
a por Rembrandt. Les dijo a los
muchachos que mantendría la rata en su cuarto, a
salvo de la abuela Bone, y
que se la devolvería al señor
Onimoso el lunes.
Mientras tanto,
Charlie y Billy tuvieron que
guardar sus cosas para volver otra vez a la Academia. Mientras trabajaban en silencio,
doblando sus capas azules y las camisas blancas, metiendo los libros,
los zapatos y los calcetines en el fondo
de sus bolsas, cada uno de ellos
reflexionaba sobre el nuevo trimestre que tenían
por delante. Charlie se preguntaba cual sería
la situación en el Salón del Rey, donde los
descendientes del Rey Rojo celebraban sus batallas silenciosas durante las horas escolares. Al final del anterior trimestre, Charlie y sus amigos
parecían tener la ventaja,
pero sabían que la paz era temporal. Los otros cinco se habían
revelado como poderosos enemigos. Estaban
destinados a formar parte en otro conflicto entre los Hijos del Rey Rojo.
A la mañana siguiente, cuando
Charlie entró a través de las enormes
puertas de la Academia Bloor, se dio cuenta que muchos de los niños parecían deprimidos. La regla del silencio no era la única causa de la melancólica atmósfera. Muchos
llevaban los hombros encorvados, los
ojos bajos y emitían unos
enormes suspiros mientras recorrían
su camino a través de la multitud
en dirección a los vestuarios correspondientes.
— ¡Vaya!
Menudo oleada de desesperación— Manfred Bloor se abría paso a empujones a través
de la multitud. — ¿Qué os pasa a todos vosotros? ¡Regálanos una sonrisa, Emma! Gabriel
Silk, parece como si estuvieras en un funeral. Apartaos de mi camino, idiotas.
Manfred se
encontró de pronto cara a cara con Lysander
Sage. Charlie notó que su amigo era ahora casi tan alto como el hijo del director.
Lysander, con una
expresión de sombría
determinación en su rostro, se mantuvo firme silenciosamente.
— ¡Muévete!—
bramó Manfred.
—Di “por favor”.
Los niños alrededor de los dos jóvenes retrocedieron al instante,
dejando a Manfred y Lysander
aislados en el centro de la sala. El pálido rostro
de Manfred se había vuelto
de un rojo brillante. Frunció el ceño mirando
a Lysander, sus ojos negros se entrecerraron
y sus cejas dibujaron una furiosa línea por
encima de su larga nariz.
Charlie contuvo el aliento. Si Lysander no se movía rápidamente,
sería hipnotizado. Todos en la sala eran conscientes
del peligro. Muchos de ellos incluso ya habían sido víctimas de la mirada paralizante
de Manfred.
“Muévete, Sander, muévete” le imploró Charlie en silencio a su amigo.
Pero Lysander no iba a apartarse.
Manfred abrió la
boca. Un horrible gorgoteo salió.
Estaba intentando amenazarlo
con un castigo, pero
con un bufido de desprecio,
Lysander se escabulló antes de que pudiera decir nada y entró en el vestuario verde.
Charlie se mantuvo inmóvil, sorprendido por lo que acababa de ver. Manfred Bloor no había logrado hipnotizar
o intimidar a Lysander, y ahora parecía estar en shock. Su mirada se perdió en la lejanía, con el horror y la incredulidad escrita en su huesudo rostro.
Billy tiró
de la capa de Charlie. —Será
mejor que salgamos de aquí—
susurró.
Su advertencia llegó demasiado tarde.
— ¿Qué miras con
esa cara de bobo, Bone?— gritó Manfred aún más furioso que antes.
—Nada... es que... pensé que había perdido algo.
—Tu ingenio, lo más probable— Manfred se giró bruscamente y se dirigió a la habitación de los prefectos.
Charlie sintió ganas de gritarle algo desagradable a su espalda, pero Billy tiró de él hasta el vestuario azul. Fueron recibidos por
el murmullo de la conversación. Al menos diez niños habían perdido a sus mascotas. Gabriel Silk parecía más triste que
de costumbre. Veinte de sus jerbos
habían desaparecido, también tres
patos y la mascota de su madre, una cabra.
—Eso no es
tan malo como perder a tu perro— exclamó
Gwyneth Howells, una quejica como ninguna otra.
—Perder
un gato es peor que perder un perro— argumentó una niña pequeña con una capa dos tallas
más grande que la que debería
llevar.
Fidelio Gunn estaba afinando su violín, ajeno a la conversación que discurría a su alrededor.
—Fido, ¿qué pasó con tu gata?
Pudding, ¿no es así?— Charlie se sentó en el banco
al lado de su amigo.
—Pudding
¿Qué pasa con ella?— Fidelio se inclinó sobre su violín y apretó una cuerda.
—Está bien. Sorda como una tapia, por supuesto.
—Está bien. Sorda como una tapia, por supuesto.
—Debes
de haber oído algo sobre lo que ha pasado.
Las mascotas de todo el mundo...— Charlie se
detuvo, asaltado por una idea repentina. —Por supuesto, tu gata es sorda— Se imaginó la casa de Fidelio, repleta de niños musicales, rasgueando y tamborileando, cantando y golpeando. La casa Gunn se habría visto positivamente
sacudida con el sonido, pero sin
duda, no a medianoche.
— ¿Pasó algo especial en tu casa el sábado por la noche?— preguntó Charlie.
—Sí—
Fidelio tarareaba una nota. —Félix
se ha unido a su banda otra vez. Estaban en el sótano, pero aún así hacían un montón de ruido. Papá
los echó en torno a la una de la mañana.
—Eso lo
explica todo— dijo Charlie. —Pudding no habría sentido nada con una
banda haciendo vibrar los cimientos de la casa—
Se puso de pie, consciente de que el vestuario
estaba vacío. —Vamos, llegaremos
tarde a la sala de actos.
En el primer
recreo, una atmósfera de tristeza cubría el campo de juegos. Charlie estaba
sorprendido por el gran número de niños que tenían una mascota de algún tipo.
Pasó por pequeños grupos de dueños abatidos discutiendo sobre sus animales
perdidos: perros, gatos, conejos, incluso iguanas, serpientes y camaleones.
¿Adónde se habían ido y por qué? ¿Volverían algún día?, y si era así, ¿cuándo? Charlie
no tenía ninguna duda de que el dedo de la sospecha finalmente recaería sobre
los Hijos del Rey Rojo.
Solían acusarlos de ser los causantes de los
acontecimientos inusuales.
La señorita
Chrystal, la profesora
de violín, saludó alegremente a Charlie desde la puerta.
— ¿Va todo bien, Charlie?— le dijo. —Pareces perdido.
—Estaba buscando a Fidelio, señorita Chrystal— respondió Charlie.
—Ah. Estará
esperando su clase de música.
Llego tarde— la
señorita Chrystal entró de nuevo en el castillo. Charlie
envidiaba a Fidelio.
Tenía a la profesora de música
más joven y bonita
de la Academia. Charlie
tenía al viejo señor Paltry, con su mal
carácter y su tos de fumador.
— ¡Hola, Charlie!
Charlie se volvió para ver a Tancred y a Lysander caminando
juntos por el campo. Tancred le hizo una seña. Cuando Charlie corrió
hacia ellos, notó que la habitual sonrisa de bienvenida de
Lysander estaba ausente. El chico miraba melancólicamente
a lo lejos, como si Charlie no
estuviera allí.
—Oye, fue genial que te enfrentaras a
Manfred así— dijo Charlie alentadoramente,
intentando subirle el ánimo. Aún así, no hubo
ni una sonrisa.
—Sí— Lysander miró sombríamente el horizonte.
—Su loro se ha ido— explicó Tancred. —Ya sabes, Homero.
—Todos los
animales se han ido— dijo Charlie. —Se fueron durante
la tormenta de nieve del sábado. Pero los vamos a recuperar, sé que lo
haremos.
Tancred
dijo rápidamente —Acerca de la nieve, Charlie. Fui yo. Yo la traje, pero te juro que no tuvo nada que ver con los animales.
— ¡Tú!— dijo Charlie. —No me
sorprende. Pensé que había algo
extraño acerca de eso.
Tancred parecía un poco ofendido. —Yo pienso que hice un trabajo
bastante bueno, en realidad.
— ¿Pero, por qué nieve? — preguntó Charlie.
—Las Llamas me obligaron a hacerlo— Tancred pasó la mano por su pelo
rubio, que como siempre estaba de punta. —No estoy seguro de por qué.
—A mí también me
vinieron a ver— dijo Charlie, casi para sí mismo. —Quizás
estaban intentando evitar que algo fuera encontrado, y la nieve ayudó por
un tiempo, pero al final alguien llegó al
objeto que conecta nuestro mundo a una
especie de… espíritu antiguo— Charlie suspiró. Los dos chicos mayores lo miraban con una mezcla de fascinación e incredulidad.
—Continúa— dijo Lysander.
—Bueno, cuando eso sucedió, la tierra se estremeció. Al
menos eso es lo que Rembrandt le dijo a Billy. Los animales sintieron el temblor y estaban todos tan
asustados, que huyeron.
— ¿A dónde? — Demandó Lysander —Mi loro se ha ido y yo lo quiero de vuelta. Lo
necesito.
Charlie se encogió de hombros, derrotado. —Rembrandt dijo que todos se fueron al
otro lado del río. Volvió, pero ahora no puede recordar cómo llegó a donde todos se fueron.
—Rata inútil— gruñó Lysander.
Charlie se decepcionó al encontrar a un personaje tan duro como Lysander tan dependiente de un loro. Estaba a
punto de defender a Rembrandt cuando sonó el cuerno que
indicaba el final del recreo y los chicos volvieron al colegio.
Mientras un grupo
de niños desfilaban por la puerta del jardín, Charlie se sorprendió al ver una figura familiar caminando entre ellos. Era la madre de Benjamín, la
señora Brown.
—Esa es la madre de tu amigo, Charlie— observó Tancred. — ¿Va a
venir Benjamín a la Academia Bloor?
Charlie negó con la cabeza. —No. Me lo habría
dicho. ¿Qué está haciendo aquí?
—Bueno, es una investigadora privada, por lo que probablemente está investigando— dijo Lysander. —Hey, tal
vez ha venido a investigar sobre
de los animales desaparecidos. Probablemente piensan que ha sido obra de alguno nosotros— El chico
soltó una risa amarga.
La señora Brown miró de repente por encima del hombro y se encontró con la mirada de Charlie. Rápidamente
se dio la vuelta y salió por la puerta.
—Está actuando como si no me conociera— dijo Charlie
con incredulidad.
—Estás bajo sospecha, Charlie Bone— dijo Tancred con una sonrisa burlona. —Nos vemos más
tarde, evaporador de animales—
Voló tras de Lysander, que ya estaba varios pasos por
delante.
— ¿Qué...? — Charlie se quedó con
la boca abierta. Tancred estaba bromeando, por supuesto, pero no era una broma para él que la madre de su amigo más antiguo lo evitara deliberadamente.
—Siempre puedo
contar contigo para que seas
el último— dijo Asa
Pike, ahora prefecto, quien sonrió a Charlie desde el interior de la sala. —Voy a cerrar esta puerta en diez segundos…
— ¡NO! — Charlie
saltó por encima de los escalones y patinó
hasta detenerse junto a Asa.
— ¿Has
tenido unas vacaciones de Navidad
agradables? — Los comentarios de Asa escondían un profundo desprecio.
Charlie decidió ignorar el desprecio
y respondió —Pues la verdad es
que sí, gracias. ¿Y tú?
La cara
de comadreja de Asa
se crispó. Se metió un mechón
de pelo grasiento naranja detrás de la oreja y dijo —Por supuesto. Muévete o llegarás tarde a clase.
Charlie aceleró a través del vestíbulo dejando
a Asa cerrando la puerta. Había algo inusual en el comportamiento del
prefecto, parecía nervioso
e intranquilo. Asa era el estudiante más
antiguo de la escuela y debería
haber sido el jefe de los niños, pero al haber suspendido todos los exámenes del
año pasado, había sido
suplantado por Riley Burns, un mandón sabe-lo-todo y atleta campeón. ¿Tendría algo
que ver la humillación de Asa con su nerviosismo? Charlie no estaba seguro. Y
luego, un pensamiento le golpeó. Cuando la noche caía sobre la ciudad, Asa
cambiaba de forma para convertirse en una criatura lobuna, con el hocico largo
y la espalda torcida. Quizás, como los otros animales, también había sentido el
temblor de la tierra. Charlie decidió dedicarse a observar al prefecto durante
los deberes, cuando todos se sentaran en la misma mesa en el Salón del Rey.
Esa tarde,
Charlie fue la primera persona en atravesar las negras puertas
del Salón del Rey. Dirigió su mirada por la sala circular, de altos techos, con
las paredes curvadas llenas de estantes
de libros encuadernados en piel. Solo había espacio para una sola imagen, un enorme cuadro de marco
dorado del Rey Rojo. A Charlie le gustaba sentarse
donde podía ver la pintura. Mientras organizaba sus
libros en la gran mesa redonda,
los otros niños dotados comenzaron a llegar.
Primero vino Joshua Tilpin,
un pequeño niño con una cara de ratón, grandes orejas y los dientes torcidos. Como de costumbre, llevaba
la capa llena de tiza, papel, hojas y ramitas; Joshua era magnético
en más de un sentido. Luego vinieron las gemelas
telequinéticas, Idith e Inez, y luego Billy Raven hizo una entrada furtiva. Sigilosamente
le susurró a Charlie —Tengo algo que
decirte.
Pero Charlie
apenas le escuchó. Estaba mirando el retrato del Rey. Lo conocía muy bien, había mirado una infinidad
de veces el oscuro rostro, sus rasgos estaban
ligeramente borrosos por las grietas de la antigua pintura. El rey llevaba una corona delgada, de oro y un manto
rojo, sus pliegues profundos se habían ido oscureciendo y tiñendo
con el paso del tiempo.
Charlie había deseado durante mucho tiempo poder
entrar en la pintura y caminar por
el mundo distante del Rey Rojo, pero siempre había algo que se lo impedía. Una sombra oscura
estaba detrás del rey,
una figura misteriosa que bloqueaba todos los intentos de Charlie para llegar a su antepasado. Pero ahora,
los ojos de Charlie se abrieron por la
sorpresa. Mareado por
el shock, se aferró a la parte posterior de la silla. La
sombra se había movido. Sólo un poco, pero Charlie conocía la pintura tan bien que era
obvio para él. Antes,
la sombra era una forma
borrosa y permanente detrás del rey. Ahora parecía ser más grande y más definida, como si hubiera dado un paso adelante.
—La sombra— Charlie suspiró.
Inclinándose
cerca de él, Billy dijo suavemente —Eso
es lo que te iba a decir.
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