Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

miércoles, 24 de julio de 2013

Capítulo 3: La chica de la capa del color del sol

Un desierto. La palabra estaba en la mente de todo el mundo, pero nadie iba a decirla en alto, todavía no. En aquel momento, la ciudad estaba repleta de hombres y mujeres que gastaban su sábado en hacer compras. Cuando los cuatro niños salieron del Café de las Mascotas, se dirigieron a la tranquila calle que llevaba a la librería Ingledew. Cada fin de semana, Emma ayudaba en la tienda, donde vivía con su tía Julia. La tía de Emma era sabia y amable. Había leído casi todos los libros raros y antiguos de sus estantes, y su conocimiento sobre la ciudad y su pasado era prodigioso. Ella tenía que saber algo sobre el desierto al otro lado del ríoTambién había una gran posibilidad de que el tío de Charlie, Paton, estuviera en la tienda. Y así, sin siquiera discutirlo, los niños se dirigieron hacia las dos personas que podrían ser capaces de decirles lo que le había sucedido a sus animales.

Agotado por su largo viaje, Rembrandt había caído en un profundo sueño. Se quedó enroscado en el bolsillo de Billy, incapaz de pronunciar otro chillido. Cuando se acercaron a la tienda, el ruido de la ciudad disminuyó y se dieron cuenta de que algo andaba mal. Ninguno de ellos podía decir lo que era, pero de un modo u otro todos se sentían muy inquietos.

Esto da un poco de miedo— Benjamín arrugó la nariz. —No solía ser así.

—No hay pájaros— dijo Emma —Todos se han ido.

Habían llegado a  la amplia plaza adoquinada frente a la catedral, donde, por lo general, al menos una docena de mirlos podían ser vistos, pavoneándose sobre los adoquines, o piando desde los tejados. Hoy, no había siquiera una paloma.

No hay gatos, tampoco— observó Charlie. —Siempre hay un gato buscando algún ratón  alrededor de la catedral.

Ni perros— Benjamín giró sobre sus talones, mirando alrededor de la plaza. Los sábados la gente suele pasear a sus perros por aquí. Así que, ¿dónde están?

Billy pronunció las palabras que estaban en la mente de todosEn el desierto.

Charlie sintió un hormigueo en la parte posterior de su cuello. Alguien los estaba observando. Charlie se dio la vuelta, justo a tiempo para ver una figura vestida de amarillo desaparecer en un callejón. Nos están siguiendo— dijo en voz baja —Acabo de ver una cosa amarilla, flotando  ahí abajo.

Nadie miró hacia donde apuntaba Charlie. Todos corrieron hacia la librería como si un monstruo los estuviera persiguiendo. Charlie les siguió, tropezando con los escalones  de la tienda y chocando con Benjamín, quien dejó escapar un grito de advertencia. Distraído por la súbita conmoción, Paton Yewbeam se balanceó precariamente en lo alto de una escalera de tijera, empezó a mecerse peligrosamente y el montón de libros que estaba colocando en un alto estante casi se le cayó de los brazos.

 — ¡Paton, cuidado!— Julia Ingledew corrió a través de la habitación y estabilizó la escalera.

— ¿Cuál es el problema?— El tío Paton depositó los libros y bajó de la escalera.  Los cuatro niños empezaron a hablar a la vez, provocando que el tío Paton se tapara los oídos y exclamara —Por el amor de Dios, uno a la vez.

—Será mejor que hagamos un descanso— sugirió la señorita Ingledew.

Se amontonaron en la pequeña sala de estar en la parte posterior de la tienda, y mientras los chicos se acomodaban entre los libros, en las sillas y el sofá, Emma describió su mañana, desde que descubrió que la casa para patos de Nancy estaba vacía, hasta la ausencia de aves y animales en la ciudad.
                                                                   
—Sabía que algo no iba bien— dijo el tío Paton, pensativo. —Pero no encontraba la causa del mal. Se me pasan algunos detalles cuando voy con las gafas oscuras.

Pero, ¿sabes algo acerca del desierto que está al  otro lado del río?— le preguntó Charlie a su tío.

 —Nunca me he aventurado tan lejos— dijo el tío Paton con pesar. Y por qué los animales escogieron ir allí, no tengo ni idea.

Estaban asustados— dijo Charlie.

—Pero no sabemos por qué— añadió Emma.

—Sí que lo sabemos— interrumpió Billy. —Rembrandt nos lo dijo. Algo se despertó y la tierra tembló.

Nunca volveré a ver a Judía Corredora de nuevo— se quejó Benjamín. —Oh, ¿por qué no pudo haber esperado un poco más hasta que yo llegara?— la señorita Ingledew, quien había estado arreglando un poco la sala, se detuvo de pronto y miró fijamente  a Billy.

— ¿Tembló? ¿Has dicho  que tembló?— le preguntó a Billy.

—En realidad, Rembrandt lo dijo— contestó Billy.

Ah. Tienes una teoría sobre que lo sucedió ¿verdad, Julia?El tío Paton se sentó con una sonrisa.

Todos esperaron a que la señorita Ingledew se explicara.

—Puedes reírte de mí, pero tengo mis razones— se inclinó sobre su escritorio  y empezó a meter papeles en un cajón.

Después de un intervalo corto y ansioso, Charlie le rogó: —Por favor, háblenos de su  teoría, señorita Ingledew. No vamos a burlarnos de ella.
                                                                                                              
La señorita Ingledew apartó un exuberante mechón de pelo castaño de su cara y se enderezó. —Muy bien, pero estoy segura de que ya habéis escuchado lo que voy a decir antes, Charlie—  Se sentó en el brazo del sillón de Paton.  —Como ya sabéis, el Rey Rojo, de quien todos descendéis, a excepción de ti, por supuesto, Benjamín,  bueno, cuando la reina murió y el rey se fue a llorar a solas en el bosque, sus diez hijos lucharon entre sí hasta que cinco de ellos abandonaron el castillo para siempre. Pero la lucha no se detuvo, sino que continuó durante siglos, sí, durante siglos.

Hubo un murmullo de sorpresa mientras los niños lanzaban exclamaciones como: ¡Vaya! ¿Cientos de años? ¿Quiere decir cientos y cientos de años?”

Charlie dijo —Es lo que está sucediendo ahora, ¿no? Quiero decir, con los Bloor tratando de controlar a todos, y el tío Paton luchando contra ellos cuando van demasiado lejos…

—Y tu horrible abuela siempre en contra de ti— añadió Benjamín.

— ¡Silencio!— El tío Paton alzó su mano. —Si queréis escuchar lo que la señorita Ingledew tiene que decir, tened la amabilidad de dejar que continúe.                                                                       

Los niños se callaron inmediatamente. La señorita Ingledew les sonrió a todos. —Como he dicho, la matanza se prolongó durante siglos. Las tierras alrededor del castillo eran un campo de batalla constante, hasta que en el siglo XVIII, un incendio destruyó casi todos los edificios de la ciudad. Sólo una pequeña área en los alrededores de la catedral se salvó, todo lo demás tuvo que ser reconstruido. Fue en ese momento cuando la familia Bloor erigió una gran mansión en los terrenos del castillo en ruinas.

— ¡La Academia Bloor!proclamó Charlie.

—Exacto— confirmó la señorita Ingledew. —Aunque en ese momento se llamaba la Casa Bloor, creo.

Benjamín, quien estaba frunciendo el ceño con impaciencia, dijo —No veo qué tiene que ver todo esto con los temblores.

No, por supuesto que no. Lo siento. Voy a explicarme— dijo la señorita IngledewTiene que ver con lo sucedido a lo largo de la historia: de todas las vidas turbulentas, el odio, el miedo, todo sepultado bajo las cenizas, bajo la tierra, y bajo la ciudad, todo…— presionó los dedos de una mano contra la palma de la otra. Todos contenidos y sin embargo...la señorita Ingledew miró el rostro ceniciento de Billy.  —Oh  querido, te estoy asustando.

—No, no lo está"exclamó Billy. —Por favor, continúe.

La señorita Ingledew continuó, vacilante. —Bueno, se me ocurrió  que algunos de los espíritus más malvados podrían ser – eh, inquietos....


—Como alguien que da vueltas en su tumba— sugirió Charlie con impaciencia.

—Es una manera de decirlo— La mujer soltó una pequeña risa. —Pero en realidad, Charlie, quiero decir que algo, o alguien, podría haberlos despertado.

—Y es por eso que la tierra tembló— interrumpió Billy. —Las  Llamas me dijeron que tenían que evitar que algo fuera encontrado.

—Una llave, sin duda— dijo el tío Paton con un bostezo pequeño.

Charlie sabía que el tono ligeramente aburrido de su tío desmentía su curiosidad y le preguntó — ¿No te referirás a una llave de verdad, no?

—No, Charlie. Más bien un artefacto, un elemento que conectaría a un antiguo espíritu con nuestro mundo.

Billy se levantó de un salto de pronto. —Los animales pueden sentir las cosas, sabéis. Es por eso que todos se han ido. Si algo del pasado se ha despertado, ha traído recuerdos con él: las batallas, los incendios, el dolor y los momentos terribles. No hay duda de que han huido.

— ¡No veo cómo puede ayudarme todo eso!— exclamó Benajmín. —Quiero decir, quizás nunca encuentre a mi perro— La terrible perspectiva de una ciudad sin animales de ningún tipo se instaló en todos al mismo tiempo.

—Es como estar bajo una maldición— comentó Emma. El tío Paton no era tan pesimista.

 Estáis siendo demasiado pesimistasdijo. —Estoy seguro de que la situación es temporal. Muy pronto esa rata se despertará y dirá adónde se han ido todos.

Pero Rembrandt no se despertó. Se quedó en el bolsillo de Billy todo el día, la única señal de vida que emitía eran unos latidos muy débiles. El domingo, el viento del norte empujó nubes de nieve helada sobre la ciudad, solamente los tontos se aventurarían a salir fuera. Charlie y Billy se dedicaron a jugar videojuegos mientras Rembrandt, metido en la cama de Billy, emitía unos débiles y molestos ronquidos.

Una ráfaga de viento particularmente violenta arrancó varias tejas de pizarra, que terminaron estrelladas en la carretera, Charlie se asomo a la ventana. Allí, refugiándose bajo el castaño sin hojas, vio de nuevo a la figura de amarillo. Estaba bastante seguro de que era la misma persona que había visto metiéndose en un callejón el día anterior. Pero esta vez, a pesar de la nieve, consiguió distinguirla mejor que el día anterior. Si no estaba equivocado, era asiática. Su capa era del color del sol. Llevaba la capucha sin atar y apartaba su pelo negro, largo hasta los hombros, lejos de la cara con un clip con una brillante mariposa.

Cuando la niña vio a Charlie, sonrió y alzó la mano. Charlie le devolvió el saludo. Tan pronto como lo hizo, la sonrisa de la chica se amplió, y luego, se fue corriendo.

— ¡Espera!gritó Charlie.

— ¿A quién le estás hablando?preguntó Billy.

 —A esa chicaCharlie salió corriendo de la habitación. Bajó las escaleras saltándose varios escalones y corrió por el pasillo. Dejando abierta la puerta, le gritó — ¡Espera!, ¿quién eres?— Pero la chica de la capa del color del sol siguió corriendo hasta que se perdió de vista.

¿Qué chica?— preguntó Billy cuando Charlie regresó.

—Solo era una chica. Parecía conocerme, pero salió corriendo— Rembrandt dio un repentino chillido y se incorporó.

Mira, está despiertoBilly cogió a la rata comenzó a hablarle en aquella lengua tan extraña y aguda. Rembrandt parecía estar escuchando. Cuando Billy se quedó en silencio, la rata respondió con  unos pocos chillidos cansados.

Billy frunció el ceño. —Dice que no recuerda nada.

— ¡Que! ¿No recuerda cómo llegó al santuario, o lo sea que fuera?— Billy habló con Rembrandt de nuevo. Le respondió con los mismos tonos débiles de una rata agotada.

—Tiene una imagen del sitio en su cabeza, pero se ha olvidado completamente de cómo se llega hasta ahí.

—Entonces, ¿cómo vamos a encontrar a los otros animales?— demandó Charlie.

No lo sé. Pero Rembrandt no podría caminar todo el camino de nuevo, incluso si quisieraBilly levantó una de las patas de la rata. —Mira, sus almohadillas están muy adoloridas, y ha perdido una uña.

Charlie observó los pequeños pies de la rata. Estos  ciertamente parecían estar peor de lo normal. Se dejó caer tristemente en su cama y pensó en Benjamín, esperando siete largos meses para ver a Judía Corredora, solo para descubrir que el perro al que idolatraba había desaparecido. Charlie se sintió responsable. Tal vez si hubiera cuidado mejor a Judía, no se habría escapado.

No es culpa tuya, Charlie— dijo Billy con suavidad. —La abuela Bone habría matado o enviado a un refugio de animales a Judía Corredora. Y de todos modos, él era feliz en el Café de las Mascotas.

—Me pregunto si los animales volverán— murmuró Charlie —O si se han ido todos para siempre.

Más tarde, esa misma noche, Maisie fue a por Rembrandt. Les dijo a los muchachos que mantendría la rata en su cuarto, a salvo de la abuela Bone, y que se la devolvería al señor Onimoso el lunes.

Mientras tanto, Charlie y Billy tuvieron que guardar sus cosas para volver otra vez a la Academia. Mientras trabajaban en silencio, doblando sus capas azules y las camisas blancas,  metiendo los libros, los zapatos y los calcetines en el fondo de sus bolsas, cada uno de ellos reflexionaba sobre el nuevo trimestre que tenían por delante. Charlie se preguntaba  cual sería la situación en el Salón del Rey,  donde los descendientes del Rey Rojo celebraban sus batallas silenciosas durante las horas escolares. Al final del anterior  trimestre, Charlie y sus amigos parecían tener la ventaja, pero sabían que la paz era temporal. Los otros cinco se habían revelado como poderosos enemigos. Estaban destinados a formar parte en otro conflicto entre los Hijos del Rey Rojo.

                                                                            
A la mañana siguiente, cuando Charlie  entró a través de las enormes puertas de la Academia Bloor, se dio cuenta que muchos de los niños parecían deprimidos. La regla del silencio no era la única causa de la melancólica atmósfera. Muchos llevaban los hombros encorvados, los ojos bajos y emitían unos enormes suspiros mientras recorrían su camino a través de la multitud en dirección a los  vestuarios  correspondientes.


— ¡Vaya! Menudo oleada de desesperación— Manfred Bloor se abría paso a empujones a través de la multitud. ¿Qué os pasa a todos vosotros? ¡Regálanos una sonrisa, Emma! Gabriel Silk, parece como si estuvieras en un funeral. Apartaos de mi camino, idiotas.

Manfred se encontró de pronto cara a cara con Lysander Sage. Charlie notó que su amigo era ahora casi tan alto como el hijo del director. Lysander, con una expresión de sombría determinación en su rostro, se mantuvo firme silenciosamente.

¡Muévete!— bramó Manfred.

—Di “por favor”.

Los niños alrededor de los dos jóvenes retrocedieron al instante, dejando a Manfred y Lysander aislados en el centro de la sala. El pálido rostro de Manfred se había vuelto de un rojo brillante. Frunció el ceño mirando a Lysander, sus ojos negros se entrecerraron y sus cejas dibujaron una furiosa línea por encima de su larga nariz.

Charlie contuvo el aliento. Si Lysander no se movía rápidamente, sería hipnotizado. Todos en la sala eran conscientes del peligro. Muchos de ellos  incluso ya habían sido víctimas de la mirada paralizante de Manfred.

“Muévete,  Sander,  muévete” le imploró Charlie en silencio a su amigo.

Pero Lysander no iba a apartarse.

Manfred abrió la boca. Un horrible gorgoteo salió. Estaba intentando amenazarlo con un castigo, pero con un bufido de desprecio, Lysander se escabulló antes de que pudiera decir nada y entró en el vestuario verde.

Charlie se mantuvo inmóvil, sorprendido por lo que acababa de ver. Manfred Bloor no había logrado hipnotizar o intimidar a Lysander, y ahora parecía estar en shock. Su mirada se perdió en la lejanía, con el horror y la incredulidad escrita en su huesudo rostro.

Billy tiró de la capa de Charlie. —Será mejor que salgamos de aquí— susurró.

Su advertencia llegó demasiado tarde.

— ¿Qué miras con esa cara de bobo, Bone?— gritó Manfred aún más furioso que antes.

—Nada... es que...  pensé que había perdido algo.

Tu ingenio, lo más probableManfred se giró bruscamente y se dirigió a la habitación de los prefectos.

Charlie sintió ganas de gritarle algo desagradable a su espalda, pero Billy tiró de él  hasta el vestuario azul. Fueron recibidos por el murmullo de la conversación. Al menos diez niños habían perdido a sus mascotas. Gabriel Silk parecía más triste que de costumbre. Veinte de sus jerbos habían desaparecido,  también tres patos y la mascota de su madre, una cabra.

—Eso no es tan malo como perder a tu perro— exclamó Gwyneth Howells, una quejica como ninguna otra.

Perder un gato es peor que perder un perro— argumentó una niña pequeña con una capa dos tallas más grande que la que debería llevar.

Fidelio Gunn estaba afinando su violín, ajeno a la conversación que discurría a su alrededor.

Fido, ¿qué pasó con tu gata? Pudding, ¿no es así?— Charlie se sentó en el banco al lado de su amigo.

Pudding ¿Qué pasa con ella?— Fidelio se inclinó sobre su violín y apretó una cuerda.
Está bien. Sorda como una tapia, por supuesto.

Debes de haber oído algo sobre lo que ha pasado. Las mascotas de todo el mundo... Charlie se detuvo, asaltado por una idea repentina. —Por supuesto, tu gata es sorda— Se imaginó la casa de Fidelio, repleta de niños musicales, rasgueando y tamborileando, cantando y golpeando. La casa Gunn se habría visto positivamente sacudida con el sonido, pero sin duda, no a medianoche.

¿Pasó algo especial en tu casa el sábado por la noche?— preguntó Charlie.

—Sí— Fidelio tarareaba una nota. —Félix se ha unido a su banda otra vez. Estaban en el sótano, pero aún así hacían un montón de ruido. Papá los echó en torno a la una de la mañana.

Eso lo explica todo— dijo Charlie. Pudding no habría sentido nada con una banda haciendo vibrar los cimientos de la casa—  Se puso de pie, consciente de que el vestuario estaba vacío. Vamos, llegaremos tarde a la sala de actos.

En el primer recreo, una atmósfera de tristeza cubría el campo de juegos. Charlie estaba sorprendido por el gran número de niños que tenían una mascota de algún tipo. Pasó por pequeños grupos de dueños abatidos discutiendo sobre sus animales perdidos: perros, gatos, conejos, incluso iguanas, serpientes y camaleones. ¿Adónde se habían ido y por qué? ¿Volverían algún día?, y si era así, ¿cuándo? Charlie no tenía ninguna duda de que el dedo de la sospecha finalmente recaería sobre los Hijos del Rey Rojo.

Solían acusarlos de ser los causantes de los acontecimientos inusuales.

La señorita Chrystal, la profesora de violín, saludó alegremente a Charlie desde la puerta. ¿Va todo bien, Charlie?— le dijo. —Pareces perdido.

—Estaba buscando a Fidelio, señorita Chrystal— respondió Charlie.  

—Ah. Estará esperando su clase de música. Llego tarde  la señorita Chrystal entró de nuevo en el castillo. Charlie envidiaba a Fidelio. Tenía a la profesora de música más joven y bonita de la Academia. Charlie tenía al viejo señor Paltry, con su mal carácter y su tos de fumador.

— ¡Hola, Charlie!

Charlie se volvió para ver a Tancred y a Lysander caminando juntos por el campo. Tancred le hizo una seña. Cuando Charlie corrió hacia ellos, notó que la habitual sonrisa de bienvenida de Lysander estaba ausente. El chico miraba melancólicamente a lo lejos,  como si Charlie no estuviera  allí.

—Oye, fue genial que te enfrentaras a Manfred así— dijo Charlie alentadoramente, intentando subirle el ánimo. Aún así, no hubo ni una sonrisa.

Sí—  Lysander miró sombríamente el horizonte.

—Su loro se ha ido—  explicó Tancred. —Ya sabes, Homero.

—Todos los animales se han ido— dijo Charlie. —Se fueron durante la tormenta de nieve del sábado. Pero los vamos a recuperar, sé que lo haremos.

Tancred dijo rápidamente Acerca de la nieve, Charlie. Fui yo. Yo la traje, pero te juro que no tuvo nada que ver con los animales.

— ¡Tú!— dijo Charlie. —No me sorprende. Pensé que había algo extraño acerca de eso.

Tancred parecía un poco ofendido. —Yo pienso que hice un trabajo bastante bueno, en realidad.

¿Pero, por qué nieve? preguntó Charlie.

Las  Llamas me obligaron a hacerlo— Tancred pasó la mano por su pelo rubio, que como siempre estaba de punta. —No estoy seguro de por qué.

—A mí también me vinieron a ver— dijo Charlie, casi para sí mismo. Quizás estaban intentando evitar que algo fuera encontrado, y la nieve ayudó por un tiempo, pero al final alguien llegó al objeto que conecta nuestro mundo a una especie deespíritu antiguo Charlie suspiró. Los dos chicos mayores lo miraban con una mezcla de fascinación e incredulidad.

Continúa dijo Lysander.

—Bueno, cuando eso sucedió, la tierra se estremeció. Al menos eso es lo que Rembrandt le dijo a Billy. Los animales sintieron el temblor y estaban todos tan asustados, que huyeron.

— ¿A dónde? — Demandó Lysander —Mi loro se ha ido y yo lo quiero de vuelta. Lo necesito.

Charlie se encogió de hombros, derrotado. —Rembrandt dijo que todos se  fueron al otro lado del río. Volvió, pero ahora no puede recordar cómo llegó a donde todos se fueron.

—Rata inútil— gruñó Lysander.

Charlie se decepcionó al encontrar a un personaje tan duro como Lysander tan dependiente de un loro. Estaba a punto de defender a Rembrandt cuando sonó el cuerno que indicaba el final del recreo y los chicos volvieron al colegio.

Mientras un grupo de niños desfilaban por la puerta del jardín, Charlie se sorprendió al ver una figura familiar caminando entre ellos. Era la madre de Benjamín, la señora Brown.

—Esa es la madre de tu amigo, Charlie— observó Tancred. ¿Va a venir Benjamín a la Academia Bloor?
 
Charlie negó con la cabeza. —No. Me lo habría dicho. ¿Qué está haciendo aquí?

—Bueno, es una investigadora privada, por lo que probablemente está investigando— dijo Lysander. —Hey, tal vez ha venido a investigar sobre de los animales desaparecidos. Probablemente piensan que ha sido obra de alguno nosotros— El chico soltó una risa amarga.

La señora Brown miró de repente por encima del hombro y se encontró con la mirada de Charlie. Rápidamente se dio la vuelta y salió por la puerta.

Está actuando como si  no me conociera dijo Charlie con incredulidad.

Estás bajo sospecha, Charlie Bone— dijo Tancred con una sonrisa burlona. —Nos vemos más tarde, evaporador de animales— Voló tras de Lysander, que ya estaba varios pasos por delante.

— ¿Qué...? Charlie se quedó con la boca abierta. Tancred estaba bromeando, por supuesto, pero no era una broma para él que la madre de su amigo más antiguo lo evitara deliberadamente.

—Siempre puedo contar contigo para que seas el último dijo Asa Pike, ahora prefecto, quien sonrió a Charlie desde el interior de la sala. —Voy a cerrar esta puerta en diez segundos

— ¡NO! Charlie saltó por encima de los escalones y patinó hasta detenerse junto a Asa.

¿Has tenido unas vacaciones de Navidad agradables? Los comentarios de Asa escondían un profundo desprecio.

Charlie decidió ignorar el desprecio y respondió Pues la verdad es que sí, gracias. ¿Y tú?

La cara de comadreja de Asa se crispó. Se metió un mechón de pelo grasiento naranja detrás de la oreja y dijo Por supuesto. Muévete o llegarás tarde a clase.

Charlie aceleró a través del vestíbulo dejando a Asa cerrando la puerta. Había algo inusual en el comportamiento del prefecto, parecía nervioso e intranquilo. Asa era el estudiante más antiguo de la escuela y debería haber sido el jefe de los niños, pero al haber suspendido todos los exámenes del año pasado, había sido suplantado por Riley Burns,  un mandón sabe-lo-todo y atleta campeón. ¿Tendría algo que ver la humillación de Asa con su nerviosismo? Charlie no estaba seguro. Y luego, un pensamiento le golpeó. Cuando la noche caía sobre la ciudad, Asa cambiaba de forma para convertirse en una criatura lobuna, con el hocico largo y la espalda torcida. Quizás, como los otros animales, también había sentido el temblor de la tierra. Charlie decidió dedicarse a observar al prefecto durante los deberes, cuando todos se sentaran en la misma mesa en el Salón del Rey.

Esa tarde, Charlie fue la primera persona en atravesar las negras puertas del Salón del Rey. Dirigió su mirada por la sala circular, de altos techos, con las paredes curvadas llenas de estantes de libros encuadernados en piel. Solo había espacio para una sola imagen, un enorme cuadro de marco dorado del Rey Rojo. A Charlie le gustaba sentarse donde podía ver la pintura. Mientras organizaba sus libros en la gran mesa redonda, los otros niños dotados comenzaron a llegar.

Primero vino Joshua  Tilpin, un pequeño niño con una cara de ratón, grandes orejas y los dientes torcidos. Como de costumbre, llevaba la capa llena de tiza, papel, hojas y ramitas; Joshua era magnético en más de un sentido. Luego vinieron las gemelas telequinéticas, Idith e Inez, y luego Billy Raven hizo una entrada furtiva. Sigilosamente le susurró a Charlie —Tengo algo que decirte.

Pero Charlie apenas le escuchó. Estaba mirando el retrato del Rey. Lo conocía muy bien, había mirado una infinidad de veces el oscuro rostro, sus rasgos estaban ligeramente borrosos por las grietas de la antigua pintura. El rey llevaba una corona delgada, de oro y un manto rojo, sus pliegues profundos se habían ido oscureciendo y tiñendo con el paso del tiempo.

Charlie había deseado durante mucho tiempo poder entrar en la pintura y caminar por el mundo distante del Rey Rojo, pero siempre había algo que se lo impedía. Una sombra oscura estaba detrás del rey, una figura misteriosa que bloqueaba todos los intentos de Charlie para llegar a su antepasado. Pero ahora, los ojos de Charlie se abrieron por la sorpresa. Mareado por el shock, se aferró a la parte posterior de la silla. La sombra se había movido. Sólo un pocopero Charlie conocía la pintura tan bien que era obvio para él. Antes, la sombra era una forma borrosa y  permanente detrás del rey. Ahora parecía ser más grande y más definida, como si hubiera dado un paso adelante.

—La sombra— Charlie suspiró.

Inclinándose cerca de él, Billy dijo suavemente —Eso es lo que te iba a  decir.

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