El tío Paton dijo que sería muy estúpido usar la casa de la
calle Filbert para un encuentro y que la librería Ingledew era bastante mejor.
El nuevo talento de Olivia debía mantenerse en secreto. Nadie pensaría que era
raro o inusual que entrara en la tienda de libros. Emma era su amiga y solían
pasar los fines de semana juntas.
En la tarde del sábado, Charlie y el tío Paton se dirigieron
a la librería. La abuela Bone no les prestó atención. Ya tenían la partida
ganada, pensó. Charlie y sus problemáticos amigos ya habían aprendido la
lección, Billy Raven estaba bajo el poder de los Bloor de nuevo y Charlie
estaba bajo el suyo – más o menos.
Fidelio insistió en estar dentro del plan, y cuando Charlie
y su tío entraron en la acogedora habitación trasera de la señorita Ingledew,
Fidelio ya estaba ahí, sentado en el sofá entre las dos chicas. Charlie se
sentó al lado de Olivia apretándose como pudo y
el tío Pato se adueñó de uno de los grandes sillones. La señorita Ingledew
entró con un plato de galletas y se sentó en el reposabrazos del sillón de
Paton.
El encuentro empezó.
“El tiempo es el aspecto más importante de este plan” dijo
el tío Paton. “¿Tienes todo claro, Olivia?”
Olivia dijo “Mi reloj nunca se equivoca” y alzó su muñeca
para que todo el mundo pudiera admirar su gran reloj plateado con su moderna
pantalla.
“Muy bonito” remarcó el tío Paton “siempre y cuando puedas
consultarlo en el momento adecuado.”
“Sí” dijo Olivia dócilmente.
“Y ahora tienes que estar completamente segura de la
posición de todo el mundo en el Salón del Rey. Charlie, describe como suele
lucir la habitación usualmente cuando estáis todos haciendo vuestros deberes.”
Charlie describió la posición de todo el mundo como mejor
pudo.
“Depende de ti y de Emma asegurarte de que todos están en
sus puestos correctos, para que Olivia pueda visualizarlos” dijo el tío Paton severamente.
“¿Está bien?”
“Bien” dijeron Charlie y Emma.
El tío Paton continuó explicando
la siguiente parte del plan. Una hora después, el encuentro se acabó. Felix
Gunn llegó para llevarse a Fidelio a casa, mientras Charlie y el tío Paton
caminaban de vuelta a la calle Filbert. Olivia iba a quedarse a dormir con
Emma. Necesitaba estudiar alguno de los libros de historia de la señorita
Ingledew.
“Espero que los Bloor no adivinen
lo que estamos haciendo” dijo Charlie mientras su tío y él subían los escalones
del número nueve.
“Charlie,
nunca lo adivinarán” dijo Charlie confiadamente “Ni en un millón de años.”
Charlie encontraba muy difícil
actuar de una manera normal el lunes. El pavoneo emocionado de Fidelio le ponía
nervioso. “Se supone que debemos lucir deprimidos” le dijo a su amigo.
“Tú quizás” dijo Fidelio. “Pero yo
no soy una de las víctimas dotadas. En cualquier caso, yo siempre actúo así.”
Había una persona a la que Charlie
tenía que alertar. Lysander no había estado en el encuentro, pero Charlie
sentía que tenía que avisarle sobre lo qué quizás iba a pasar.
Desgraciadamente, no pudo hablar a solas con Lysander hasta después de la cena
cuando estaban subiendo las escaleras hasta el Salón del Rey. Charlie tiró los
libros de los brazos de Lysander deliberadamente y dejaron de subir.
“¿Qué te ha llevado a hacer eso, so
torpe?” gruñó irónicamente Lysander, mientras se agachaba para recoger los
libros.
Charlie se inclinó junto a él para
ayudarle. “Tenía que advertirte” le susurró.
“¿Advertirme?”
“¡Shhhh!” le silenció Charlie.
“Algo le va a pasar a Joshua en unos minutos. Tancred se va a asustar bastante
de él, pero no es real, ¿está bien? Es solo una ilusión.”
“¿Qué…?” empezó Lysander.
“¿Os vais a mover o voy a tener
que pasar por encima de vosotros?” Dorcas Loom los observó desde el fondo de la
escalera.
“Tranquila, Dorc” dijo Lysander
alzando sus libros.
Los dos chicos terminaron de subir
las escaleras seguidos por Dorcas, quien estaba resoplando como una máquina de
vapor.
Charlie le echó un rápido vistazo
al Salón del Rey antes de sentarse. Se quedó muy aliviado al descubrir que todo
el mundo estaba en los sitios que le había descrito a Olivia. La cara de Asa
estaba cubierta con moratones, notó.
Charlie miró a Emma, que estaba al
lado suyo, pero ella reusó a hacer contacto visual. Probablemente no se
atrevía. Ahora todo dependía de Olivia.
El reloj sonó, como siempre hacía.
El Rey Rojo los observó desde su retrato, como siempre hacía, y – era la
imaginación de Charlie, ¿o los ojos del rey estaban más brillantes esa noche?,
¿y había un brillo extra en su corona?
“El rey no puede ayudarte, Bone”
le ladró Manfred.
Charlie bajó la mirada. Asa soltó
una risilla malévola y Joshua le sonrió a Tancred. Una fuerte lluvia cayó en el
libro abierto de Charlie, y luego otra. Tiró su libro, alejándolo y un charco
se formó en la mesa delante de él. Charlie lo limpió con la manga de su jersey.
Lysander dijo “¡Para ya Tanc!” y se
vio recompensado con una ráfaga de aire que le lanzó sus papeles a la cara.
Vamos Olivia, pensó Charlie. ¡Hazlo
ahora!
El bolígrafo de Emma empezó a gotear.
La tinta se derramó por una página escrita con su preciosa y limpia letra.
Tenía tinta en las manos, en su capa y en su cara. Idith e Inez tenían su
mirada fija en ella.
Emma les devolvió la mirada.
“¡Para ya!” gritó.
Dorcas empezó a reírse y le dio un
codazo a Joshua. Súbitamente, se apartó de él. Charlie vio una gran araña negra
arrastrarse por lo alto de la cabeza de Joshua. Otra más reptó sobre su hombro.
Tancred se puso de pie gritando. Corrió hacia la puerta mientras Manfred
gritaba “Torsson, ¿te has vuelto loco?”
La sonrisa de Joshua empezó a
desaparecer. Sus dos mangas estaban cubiertas con arañas. Se puso de pie e
intentó sacudírselas de encima, pero todo el mundo había visto las arañas. El
Salón del Rey se vio lleno de gritos y todo el mundo corrió hacia la puerta. Joshua
tropezó y las gemelas corrieron sobre él mientras el niño yacía gimiendo en el
suelo. Un poderoso viento atravesó la habitación mientras los dedos temblorosos
de Tancred luchaban contra el pestillo de la puerta. Al final, las puertas se
abrieron y nueve niños se abalanzaron al pasillo.
Manfred intentó mantener la
compostura, pero al final incluso él se vio inmerso en el pánico.
Tancred estaba ahora completamente
fuera de control. El viento y la lluvia recorrían el edificio, los truenos
retumbaban sobre sus cabezas y los rayos atravesaban las ventanas. Los deberes
se terminaron mientras el personal de la Academia corría con trapos, fregonas y
cubos.
Cuando terminó, Charlie corrió a
toda velocidad hasta el comedor. La habitación estaba a oscuras, pero a lo
lejos, pudo escuchar un profundo redoble. El suelo del comedor estaba estremeciéndose;
las sillas y las mesas se deslizaban por el suelo chocando unos contra otros. Y
luego, hubo silencio.
Charlie estaba a punto de entrar
en la cocina cuando la Cocinera emergió, sujetando una vela.
“¿Eres tú, Charlie?” preguntó
mientras observaba la oscuridad.
“Sí, Cocinera. ¿Eres tú verdad?”
“Por supuesto. No sé cómo lo has
hecho, Charlie, pero el equilibrio ha vuelto. Mi suelo está perfecto y recto.”
“Vaya. Esas son buenas noticias.”
“¿Verdad que sí?”
“Perdóname Cocinera, pero hay algo
que tengo que descubrir.”
“Adelante, ¡bendito seas!”
En la cumbre de la conmoción, un
fuerte estruendo proveniente de las puertas principales pudo ser escuchado.
El señor Weedon, confundido por el
caos, se olvidó de todo y abrió las puertas. Una alta figura entró en el
recibidor.
“Quiero ver al señor Ezekiel
Bloor” demandó el extraño.
“No puede hacer eso” dijo el señor
Weedon gritó más alto que el viento. “Está prohibido.”
“No sea estúpido” el tío Paton
pasó sobre Weedon y se dirigió hacia la puerta del ala oeste.
Olivia, asomándose en el recibidor desde el guardarropa morado, consultó
su reloj.
Ezekiel y el doctor Bloor estaban
disfrutando un una copa de oporto en la habitación en la que Billy Raven se
había visto forzado a firmar el juramento. Los dos hombres ignoraban lo que
estaba pasando ya que no escuchaban el ruido que retumbaba por toda la
academia. Estaban sentados cerca de la ventana, en la que se veía una magnífica
puesta de sol. Al otro lado de la larga mesa, la cabeza blanca de Billy Raven
estaba inclinada sobre sus deberes.
El doctor Bloor se puso de pie
mientras Paton atravesaba la puerta. “¿Qué demonios estás haciendo aquí,
Yewbeam?” rugió el director.
“He traído unos documentos para
que los firmes” dijo Paton.
“¿Documentos?” chilló Ezekiel.
“¿Qué documentos?”
“Conciernen a Billy Raven. Quiero
que le des permiso para pasar los fines de semana dónde y con quién él quiera.”
“Estás loco” se burló el doctor
Bloor.
“No del todo” Paton colocó dos
papeles delante de ellos. “Firmar aquí y aquí” señaló al fondo de los dos
documentos.
“¿Y qué te hace pensar que
firmaré?” dijo el doctor Bloor, empujando los papeles lejos de él.
Paton acarició su barbilla.
“Doctor Bloor, su abuelo hizo recientemente un pequeño experimento.”
Una sombra cruzó el rostro de
Ezekiel, este se relamió sus labios.
“¿Y qué pasa con eso?” preguntó el
director.
“Pensé que le gustaría saber que
fue todo un éxito – excepto por un pequeño detalle. La criatura – por llamarla
de alguna manera – está ahora bajo mi control.”
“¿Qué? ¿Cómo…?” Ezekiel intentó
levantarse de la silla.
“¡Pruébalo!” ordenó el doctor
Bloor.
“Muy bien” Paton abrió la puerta.
No había ninguna duda de que la
imaginación de Olivia era realmente maravillosa. Enmarcado por los bordes de la
puerta, había un enorme caballo de guerra negro. Alzando su gran cabeza, dio un
aterrador bramido y empezó a entrar en la habitación. El guerrero que iba
encima suyo tuvo que agachar la cabeza para pasar por la puerta. Cuando se
volvió a alzar, Ezekiel Bloor se desplomó hacia delante en un desmayo mortal.
Paton observó al caballero con
armadura con admiración. Llevaba un gran yelmo plateado con una asombrosa
visera y la parte inferior de su cara estaba cubierta con una espesa barba
negra. Sus bastas mejillas estaban cubiertas con sangre, mientras que su traje era
una brillante cota de malla. En su mano no llevaba una elegante espada, sino
una enorme y muy sangrienta hacha.
“¡HAAAAAA!” rugió el terrible guerrero, alzando su arma.
Billy emitió un chillido de
terror, pero Paton, girándolo rápidamente, le guiñó el ojo.
El doctor Bloor, a punto de perder
la conciencia, preguntó débilmente “¿Dónde tengo que firmar?”
Paton, sorprendido por la
velocidad a la que se desarrollaban los eventos, sacó un bolígrafo y lo sujetó
firmemente entre los dedos temblorosos del doctor Bloor. “Mejor firma dos
veces. Tu abuelo parece estar fuera de batalla.”
Con el rostro más blanco que una hoja de papel,
el director se las arregló para firmar ambos documentos antes de dejar caer el
bolígrafo y colapsar sobre la mesa.
“¡Ouch!” dijo Paton al ver que la
cabeza del doctor Bloor golpeaba contra la mesa. “Gracias príncipe, ¡puedes
irte ahora!” Se despidió agitando la mano a la horrible aparición y el guerrero
y su caballo desaparecieron gentilmente.
“¿Qué…qué ha sido eso?” tartamudeó
Billy.
“Un ilusión” susurró Paton. Palmeó
la cabeza de Billy. “Nos vemos el viernes, Billy.”
Charlie estaba sentado en el
recibidor cuando su tío volvió del ala oeste. Paton alzó los papeles sobre su
cabeza. “Todo ha salido a la perfección” declaró triunfantemente “Ha
funcionado.”
“¡Hurra!” exclamó Charlie haciendo
caso omiso de las reglas. Después de todo, había tanto ruido en el edificio,
¿que quién se daría cuenta de unas pocas palabras dichas en el recibidor?
“Tengo que encontrar a Billy y contarle las buenas noticias.”
“Ya las sabe, querido niño. Ya las
sabe” dijo el tío Paton.
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