Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Capítulo 16: Las paredes de la historia


En una playa con olas plateadas muy, muy lejos de los problemas de sus amigos, Charlie se encontraba en una situación difícil. Billy se había enfadado y asustado mucho cuando escuchó la historia del príncipe Amadis. Con la cabeza agachada y las manos metidas profundamente en sus bolsillos, el chico de pelo blanco paseaba por la playa, pateando la arena y las conchas. “¿Por qué no me lo contaste?” gimió acusatoriamente. “¿Por qué no me hablaste sobre mi guardián y el libro y todas esas cosas terribles que pasaron – ahí fuera?”
“Lo siento Billy. Mi tío dijo que sería más seguro para ti que no lo supieras. Y luego conocimos a la reina, y de alguna manera, fue demasiado tarde.” Charlie mantenía un ojo vigilando el mar. La marea estaba subiendo rápidamente, y pronto no habría ninguna forma de salir de la playa. Estaban en una pequeña bahía que tenía unas paredes de rocas con apariencia peligrosa en ambos lados y con un acantilado prácticamente vertical detrás de ellos. Y había otro problema. ¿Cómo llegarían a la isla?
Ignorando a Billy por el momento, Charlie empezó a buscar algún bote o embarcación en las rocas y en la base del acantilado. Porqué había de haber uno en un lugar tan apartado, no lo consideró. Lento pero seguro, el mar reptaba sobre la arena.
“¡Charlie!” gritó Billy, súbitamente consciente del acercamiento del agua. “¿Qué está pasando?”
“La marea está subiendo” Charlie estaba investigando una profunda cueva. Era tan oscura, que no podía ver dónde acababa. Si solo tuviera un poco de luz…Pero ni siquiera había traído una caja de cerillas. Una suave luz flotó sobre su cabeza y flotó hacia el fondo de la cueva. Era muy débil, pero le permitió a Charlie vislumbrar algo que semejaba a un bote, yaciendo de lado en lo alto de una pared inclinada. La luz se movió, atravesando la cueva, revelando una brillante pared negra a causa del agua.
“¡Charlie!, ¿qué vamos a hacer?” gritó la voz dominada por el pánico de Billy.
“Ven y ayuda” gritó Charlie. “He encontrado un bote.”
Billy llegó a su lado en un momento. “¿Cómo lo encontraste?”
“Hay una luz” Charlie observó la brillante silueta, tenía alas terminadas en plata. “Es la polilla blanca.”
“Tu varita” exclamó Billy “y mira, está sentada en algo.”
“Un remo” dijo Charlie. “Hay dos.”
Era una embarcación pequeña, pero necesitaron todas sus fuerzas para deslizarlo por el suelo resbaladizo de la cueva y sacarlo a la plaza. Para cuando llegaron al exterior, el agua ya llegaba hasta la boca de la cueva.
Después de quitarse los zapatos y los calcetines, Charlie enrolló sus pantalones para que no se le mojaran y le dijo a Billy que hiciera lo mismo.
“¿A dónde vamos?” le preguntó Billy.
“¿A dónde crees? A la isla”
“¡N-n-noooooo!” gimió Billy. “No quiero ir. No iré. Habrá fantasmas ahí después de lo que pasó. Por favor, no me hagas ir.”
“No seas idiota” dijo Charlie en un alarde de tacto. “No hay a dónde más ir. Nos ahogaremos si esperamos más tiempo.”
El bote ya estaba empezando a flotar mientras lo empujaban hacia la playa, y Charlie le ordenó a Billy que saltara antes de que fuera demasiado tarde. Todavía temblando, Billy se encaramó por un lado mientras Charlie mantenía estable el bote, y pronto, Charlie estuvo dentro también. Sentado al lado contrario de Billy metió los remos en sus argollas y empezó a remar alejándose del acantilado.
“¿Sabes remar?” le preguntó Billy removiéndose en su estrecho asiento.
“Como un campeón” dijo Charlie. “Mi bisabuelo vive al lado del mar.”
“¡Oh!” exclamó Billy con un deje de admiración.
Era cierto. Charlie se había convertido en un excelente remero durante sus visitas al mar con su tío Paton. Pero nunca había cubierto una distancia tan larga como la que tenía por delante. Se colocó contra la marea y el mar se embraveció. Una y otra vez las grandes olas chocaban contra los lados de la barca y provocaban que Billy gritara de terror. Intentando esconder su propio miedo, Charlie le ordenó a Billy que mantuviera sus ojos cerrados hasta que estuvieran a salvo.
“¿Estaremos alguna vez seguros?” la aterrada voz de Billy estaba empezando a poner a Charlie de los nervios.
“Si no puedes animarme, ¡entonces cállate!” le ladró.
Dándose cuenta de que su vida estaba en manos de Charlie, Billy no volvió a abrir la boca. Los brazos de Charlie le quemaban ya de tal manera que pensó que no duraría hasta que llegara a la isla. Cada vez que miraba sobre su hombro, la silueta azul grisácea con su corona de cristal parecía estar a la misma distancia. En cualquier caso, parecía estar retrocediendo y Charlie empezó a dudar de su existencia. Quizás era un espejismo que nunca alcanzarían – una broma cruel que lo mantenía remando, alejándose más y más del continente y adentrándose más y más en el océano abierto.
Charlie decidió que no volvería a mirar atrás hasta que hubiera contado hasta quinientos. Hizo un pequeño descanso, respiró profundamente y luego vio a la polilla blanca descansando en su manga. Recordando que su transformada varita necesitaba instrucciones en galés, Charlie dijo “¡Helpi vee!, ¡Ayúdame!”
No estaba seguro de qué tenía que esperar, pero no pasó nada milagroso. Las olas gigantes todavía chocaban contra el bote y rompían sobre la borda, lanzando  chorros de agua sobre la espalda de Charlie. Pero mucho antes de que hubiera llegado a los quinientos, el bote chocó sobre la roca, y esta vez, cuando Charlie miró sobre su hombro, estaban ahí.
Observando cuidadosamente la roca, Charlie bajó del bote, ordenándole a Billy que se mantuviera sentado mientras él tiraba de la embarcación por el agua poco profunda.
Los ojos de Billy estaba abiertos ahora, y no pudo esperar a bajarse de bote. Produciendo una enorme salpicadura, aterrizó al lado de Charlie, metido en el agua hasta la cintura.
El alivio hizo que ambos empezaran a reír. Empujaron el bote fuera del agua hasta un banco de hierba, agitados por la risa y temblando por el frío.
“Secaremos nuestra ropa en el castillo” dijo Charlie. “No quiero llegar vestido solo con mi ropa interior.”
“No es como si el rey fuera a estar ahí” remarcó Billy con otra risa.
Fue una suerte que sus zapatos estuvieran secos, ya que el suelo estaba cubierto con piedras y guijarros. Según el Libro de Amadis, los campos que rodeaban al castillo habían estado llenos de cultivos bien cuidados. Pero ahora, el tosco césped crecía casi hasta la cintura. Era como moverse por un mar espinoso.
El suelo empezaba a inclinarse hasta una colina rocosa poblada de pequeños árboles. Alzándose sobre los árboles, las brillantes paredes de cristal cortaban el cielo produciendo unas extrañas dentelladas. Si hubiera alguna ventana en el misterioso edificio, debía estar hecha del mismo cristal reflectante, ya que no se veía nada que recordara siquiera que recordara a una.
Los chicos empezaron a andar a través de los árboles sin hojas, retorcidos por la fuerza del viento, mientras el sol calentaba sus espaldas y secaba sus ropas. Cada vez más cerca, se dirigieron al castillo. Cada vez más alto. Charlie se dio cuenta de que estaba temblando a causa de la aprensión. Un nudo se había formado en su garganta y no confiaba en su capacidad para hablar.
De pronto, Billy aceleró y corrió hacia el castillo. Tocó la brillante pared y dijo sin aliento “Está realmente hecha de cristal.”
Rodearon el castillo, buscando alguna entrada, pero solo se veían a ellos mismos reflejados en las murallas de espejos. El castillo era mucho más grande de lo que Charlie se había imaginado, y se dio cuenta de que solo habían llegado a las paredes exteriores. Dentro tendría que haber un gran patio de armas y luego el castillo en sí. Solo podía ver lo alto de una enorme torre a una distancia de la muralla.
Casi habían llegado al punto desde el que había empezado cuando Billy, que iba unos metros por delante de Charlie, desapareció súbitamente.
Charlie avanzó corriendo y gritando, “¿Billy, dónde estás?”
“¡Aquí!” dijo una voz.
Prácticamente a sus pies, Charlie notó un agujero que previamente había sido cubierto con una áspera maleza. Se arrodilló y al observar en el interior, descubrió el pálido rostro de Billy sonriéndole.
“Estoy bien” dijo Billy. “Hay un pasadizo y puedo ver una luz al final.”
Charlie se introdujo en el agujero y se deslizó en la oscuridad. Era muy emocionante flotar sobre una superficie tan brillante y resbaladiza, por ello aterrizar en una basta roca en el fondo fue un poco sorprendente.
“¡Ay!” Charlie se incorporó y golpeó su cabeza contra el bajo techo. “¡Ay otra vez!” Estaba de pie en un pequeño espacio bajo tierra con apenas el espacio suficiente para los dos.
“¡Mira, mira!” demandó Billy. “Un pasadizo.”
Charlie se giró y vio un sombrío hueco en la roca. Se inclinó y miró dentro. Un estrecho túnel llevaba a un distante destello de luz. “No es un pasadizo, es un túnel” le corrigió Charlie.
“Es lo mismo.”
“No, no lo es. Vamos a tener que gatear.”
“Gateemos entonces.” Billy se arrodilló y empezó a gatear por el túnel. Su resistencia a visitar el castillo se había desvanecido y ahora estaba incluso más entusiasmado que Charlie.
Cuando estaban a mitad de camino por el túnel, Charlie empezó a escuchar el sonido de un piano. Su corazón latió a toda velocidad y dudó antes de trepar fuera del túnel. Estaba asustado de lo que quizás vería. Finalmente, emergió de la oscuridad, y se encontró a sí mismo en un vasto patio, cubierto con brillantes y relucientes piedras. La música provenía de una torre cuadrada ubicada en el centro del patio. Un tramo de estrechos escalones llevaba a una puerta rematada con un arco en la torre; tanto la puerta como los escalones estaban hechos de un cristal negro y tosco.
Los  escalones eran tan rugosos como lija y fáciles de subir. Billy fue primero y cuando llegaron a lo alto, llamó educadamente a la puerta.
La música paró pero nadie apareció. Charlie empujó cuidadosamente la puerta y esta se balanceó hacia el interior. Juntos, los niños entraron en la habitación.
La primera visión que tuvo Charlie del hombre que estaba dentro fue un reflejo fragmentado, las paredes de la habitación estaban cubiertas con rectángulos de cristal nebuloso y su ocupante estaba detrás del niño. Muy lentamente, Charlie se giró. Vio a un hombre de media altura con pelo negro y grandes ojos verdes. Tenía una larga nariz aquilina y una gran boca. Su piel estaba cetrina y parecía como si hubiera pasado un largo tiempo en el interior. Había algo familiar en aquel hombre que le dio a Charlie un brote de esperanza.
El extraño sonrió tentativamente “¿Qué me habéis traído?” les preguntó.
“Nada” Charlie estaba a cuadros. “¿Estabas esperando algo?”
“A veces, ellos envían comida” el hombre se sentó en una de aspecto desvencijado silla y suspiró. “Un chico la trae del continente.”
Consciente de que su padre había perdido la memoria, Charlie le preguntó “¿Cómo le llaman, señor?”
“Me llaman Albert Tuccini pero, por supuesto, ese no es mi nombre real.”
“¿Sabe usted…sabe su nombre real?”
Albert Tuccini negó con la cabeza. “No puedo ayudarte en ese sentido.”
Charlie se acercó un paso al hombre. “Creo que le conozco señor.”
El hombre agachó la cabeza. “Mucha gente me conoce, soy un famoso pianista.”
“¿Entonces por qué está usted aquí señor?” le preguntó Billy.
“Ah” Albert Tuccini puso un dedo sobre sus labios. “No es seguro para mí estar fuera. Yo no pertenezco aquí, ¿sabes? He perdido mi país, mi hogar y mi nombre.”
Charlie pensó que había detectado un acento extranjero en el habla de Albert, pero se dijo a sí mismo que aquello podía ser explicado por aquel hombre que no sabía quién era. Se acercó a Albert Tuccini y tocó su hombro. “Creo que sé cuál es su verdadero nombre, señor. Quizás yo pudo ayudarle a recordar.”
“¿En serio?” un pequeño destello de esperanza brilló en los tristes ojos verdes del hombre.
“Creo  que su nombre es Lyell Bone.”
“Lyell Bone” repitió el hombre. “Es un buen nombre.”
“Y yo soy Charlie, tu hijo” dijo Charlie apresuradamente.
Billy tiró de su manga. “Tú eso no lo sabes” dijo en voz baja.
“Lo sé” dijo Charlie. “Estoy seguro de ello.”
El hombre parecía sorprendido. “¿Un hijo?” preguntó lleno de dudas. “No es posible”
“¡Sí, sí!” gritó Charlie, totalmente convencido de que aquel era, de hecho, su padre. “Y ahora que te he encontrado, todo va a salir bien. Te llevaré a casa, y volverás a ver al tío Paton otra vez. ¿Te acuerdas de él? Paton Yewbeam.”
“¿Paton?” repitió el hombre “Me acuerdo de Yewbeam. Fue la señorita Yewbeam la que me trajo aquí. La señorita Eustacia Yewbeam. Es ella la que a veces me trae comida.”
“¡Por supuesto!” Charlie estaba tan emocionado que apenas podía mantener la cabeza fría. “Hay tres señoritas Yewbeam. Son mis tías abuelas, y sé que ellas te hicieron desaparecer.”
El hombre dijo “Bien, bien” y negó con la cabeza. “Por favor, ¿podrías llamarme Albert por ahora? Estoy acostumbrado a ello.”
“Solo por ahora” accedió Charlie.
Súbitamente, Billy dijo “¡No puedo vivir en este lugar! No si las Yewbeam vienen aquí.”
Charlie se dio cuenta de que la situación de Billy era tan mala como siempre. “Encontraremos otro lugar” le dijo a Billy “tan pronto como podamos.”
Pero mientras hablaban, había habido un cambio dramático en el tiempo. Un viento del norte había empezado a aullar alrededor del castillo, y ráfagas de granizo golpeaban las paredes de cristal. Una travesía a través del mar sería demasiado peligrosa. Tendrían que esperar hasta que la tormenta se calmara.
Albert les ofreció a los chicos una comida. Cargando con la tapa de una gran bandeja de roble, sacó una gran cantidad de latas y las vació en una sartén. Un pequeño hornillo de parafina se encontraba en la esquina de la habitación y Albert procedió a calentar la comida. Cuando acabó, Billy y Charlie terminaron sujetando dos cuencos de judías asadas y dos cucharas.
“Yo usaré la sartén” dijo alegremente su anfitrión hundiendo una cuchara de madera en las judías restantes. “La comida de lata puede estar muy buena, ¿sabéis?”
“Sí” dijo Charlie, mientras se preguntaba si su padre vivía solo a base de judías.
Los niños se sentaron en la cubierta de paja que tapaba parcialmente el suelo de duro cristal y el señor Tuccini se sentó en la única silla. Mientras comía, Charlie le echó un vistazo a la habitación con paredes de espejos. Estaba escasamente amueblada. Contra una de las paredes había un colchón con una pila de mantas en lo alto. Una maltratada vitrina se encontraba al lado del colchón, y Charlie asumió que contenía todas las posesiones de su dueño, aunque no se veía ninguna, excepto por unos pocos libros, algunos platos y cucharas, y una pila de papel en una mesa redonda. Debajo de la mesa había un gran cuenco, un cántaro y varias jarras. Un gramófono había sido colocado en el suelo justo al lado de la puerta.
A un lado de la puerta, un tramo de altos escalones llevaba a lo alto de la torre. Billy había estado observando aquellos escalones todo el rato durante la comida; de hecho, no podía apartar sus ojos de ellos. “¿A dónde llevan?” preguntó, señalándolos con la cabeza.
“Llevan a las paredes de la historia” dijo Albert. “Yo ya he estado ahí pero las paredes no me dijeron nada. A veces, escucho risas y canciones, alguna que otra palabra que no puedo entender y – sonidos de los que prefiero no hablar.”
“¿Fantasmas?” preguntó Charlie.
“Quizás” dijo Albert evasivamente.
“Me gustaría subir hasta ahí” dijo Billy.
Pero cuando hubieron terminando la comida, los ojos de los niños empezaron a cerrarse y pronto se quedaron dormidos.
Cuando Charlie se levantó, la habitación de los espejos brillaba con las luces de las velas que se reflejaban en la pared. Yacía cubierto con una manta con Billy al lado suyo, todavía dormido.
“Estabais cansados” dijo Albert, bajando la mirada hacia Charlie. “Habéis hecho un largo viaje.”
“Muy largo” dijo Charlie. “Te lo contaré si te apetece.”
“Me gustaría mucho. Escuchar tu voz sienta tan bien.” Albert se acercó y se sentó en el borde del colchón.
Antes de que Charlie describiera su viaje con la reina Berenice, sintió que Albert debía saber sobre los hijos del Rey Rojo y la Academia Bloor. Albert giró levemente du cabeza cuando Charlie mencionó la Academia, como si el nombre despertaba algo en su interior. Después de ello, el oyente de Charlie se sentó muy recto, dedicándole a Charlie una mirada de pensativa concentración.
“Supongo que suena todo un poco difícil de creer” dijo Charlie cuando llegaron a la parte en la que la polilla blanca había descubierto el bote.
“Nada es imposible para alguien que no recuerda su propia vida” dijo Albert con una triste sonrisa. “Y mira, ahí está tu polilla.”
Charlie vio a la polilla posada cerca de la cabeza blanca de Billy.
“Ha estado ahí todo el rato mientras dormíais” le dijo Albert a Charlie “como si estuviera en guardia.”
Billy se despertó y automáticamente echó de menos sus gafas. Podía distinguir muy pocas cosas sin ellas, siempre se sentía perdido hasta que estaban firmemente asentadas sobre su nariz.
“Pensaba que había estado soñando” dijo Billy mientras se sentaba. “Pero todo es verdad, ¿no?”
“Todo es verdad. Estamos en el Castillo de los Espejos” aseguró Charlie.
Billy inmediatamente dirigió su mirada a la escalera que había al lado de la puerta. “Y yo iba a subir por ahí, ¿no? Realmente es más como que siento que tengo que subir por ahí.” Tiró de su manta y se puso de pie, todavía con la vista clavada en los escalones, que parecían atraerle como un imán.
“Iré contigo” dijo Charlie.
Albert le alcanzó a Billy una de las muchas velas que reposaban en latas vacías por toda la habitación. “Necesitaréis esto, está oscuro ahí arriba” dijo.
“Mis ancestros vivieron aquí” dijo Billy orgullosamente “y Charlie cree que seré capaz de verlos. Estaba asustado ayer, pero ya no.” Se dirigió a los escalones y los empezó a subir. Charlie le siguió más lentamente.
Los peldaños estaban espaciados desigualmente y se sentían rugosos bajo sus pies. Charlie los consideró difíciles de subir. La escalera se retorcía a medida que ascendían, volviéndose más empinada y los escalones más estrechos al mismo tiempo. Charlie perdió de vista a Billy, pero podía escuchar sus pasos subiendo por la torre. La luz de la vela se hacía cada vez más débil mientras Billy se alejaba; al poco tiempo, Charlie solo tenía el sonido de los pasos de Billy para guiarse. “¡Billy, no puedo ver!” le gritó.
Billy había llegado a las paredes de la historia. Apenas notó el grito de su amigo, y Charlie tuvo que subir guiándose con las manos para no caerse hasta que consiguió llegar a la extraordinaria habitación de lo alto. Aquí, los paneles de cristal reflectante que formaban la pared reflejaban el pelo blanco de Billy, sus brillantes gafas y la vacilante llama de la vela en cientos de sitios diferentes. Cuando Charlie se colocó al lado del pequeño niño, su reflejo lucía débil y sombrío.
“Están viniendo” susurró Billy. Se mantuvo en la entrada, con la mirada fija en la pared de cristal.
Charlie empezó a vislumbrar unas formas indistinguibles detrás del reflejo de Billy. “¿Qué ves?” le preguntó suavemente.
“Gente” dijo Billy en voz baja. “Una familia entera. Un hombre – con una especie de armadura – pero sin el yelmo. Y una dama rubia, riendo. Están sentados a la mesa y – comen – sí, es un festín. Están hambrientos y felices. Uno de ellos es igual a mí – pero igualito. ¿Puedes escucharlos, Charlie?”
“No, no escucho nada.”
“Escucho nombres. Y alguien está cantando.”
“¿Qué nombres?” le preguntó Charlie.
“La dama rubia llama al hombre Amadis – y al niño que es igual a mí le llama Owain. Y luego Amadis dice ‘Otra vez Amoret. Me encanta esa canción.’”
“¡Amoret!” gritó Charlie.
“¡Shhh! Los asustarás.”
“¿Amoret?” dijo Charlie, bajando la voz. “¿Estás seguro de que ha dicho Amoret?”
“Sí” susurró Billy. “La dama que canta es Amoret. Tiene el pelo negro y es muy hermosa.”
Charlie observó las paredes de la historia, observó y observó, obligándose a ver a alguien, alguien que pudiera ayudarle a entrar. Al final, empezó a escuchar una canción distante y se encontró a sí mismo flotando hacia un rostro pálido enmarcado con unos rizos negros.
“¡Charlie!” gritó Billy. “No vas a entrar, ¿no? ¡No lo hagas, no! ¡Nunca volverás a salir!”

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