En una playa con olas plateadas muy, muy lejos de los
problemas de sus amigos, Charlie se encontraba en una situación difícil. Billy
se había enfadado y asustado mucho cuando escuchó la historia del príncipe
Amadis. Con la cabeza agachada y las manos metidas profundamente en sus
bolsillos, el chico de pelo blanco paseaba por la playa, pateando la arena y
las conchas. “¿Por qué no me lo contaste?” gimió acusatoriamente. “¿Por qué no
me hablaste sobre mi guardián y el libro y todas esas cosas terribles que
pasaron – ahí fuera?”
“Lo siento Billy. Mi tío dijo que sería más seguro para ti
que no lo supieras. Y luego conocimos a la reina, y de alguna manera, fue
demasiado tarde.” Charlie mantenía un ojo vigilando el mar. La marea estaba
subiendo rápidamente, y pronto no habría ninguna forma de salir de la playa.
Estaban en una pequeña bahía que tenía unas paredes de rocas con apariencia
peligrosa en ambos lados y con un acantilado prácticamente vertical detrás de
ellos. Y había otro problema. ¿Cómo llegarían a la isla?
Ignorando a Billy por el momento, Charlie empezó a buscar
algún bote o embarcación en las rocas y en la base del acantilado. Porqué había
de haber uno en un lugar tan apartado, no lo consideró. Lento pero seguro, el
mar reptaba sobre la arena.
“¡Charlie!” gritó Billy, súbitamente consciente del
acercamiento del agua. “¿Qué está pasando?”
“La marea está subiendo” Charlie estaba investigando una
profunda cueva. Era tan oscura, que no podía ver dónde acababa. Si solo tuviera
un poco de luz…Pero ni siquiera había traído una caja de cerillas. Una suave
luz flotó sobre su cabeza y flotó hacia el fondo de la cueva. Era muy débil,
pero le permitió a Charlie vislumbrar algo que semejaba a un bote, yaciendo de
lado en lo alto de una pared inclinada. La luz se movió, atravesando la cueva,
revelando una brillante pared negra a causa del agua.
“¡Charlie!, ¿qué vamos a hacer?” gritó la voz dominada por
el pánico de Billy.
“Ven y ayuda” gritó Charlie. “He encontrado un bote.”
Billy llegó a su lado en un momento. “¿Cómo lo encontraste?”
“Hay una luz” Charlie observó la brillante silueta, tenía
alas terminadas en plata. “Es la polilla blanca.”
“Tu varita” exclamó Billy “y mira, está sentada en algo.”
“Un remo” dijo Charlie. “Hay dos.”
Era una embarcación pequeña, pero necesitaron todas sus
fuerzas para deslizarlo por el suelo resbaladizo de la cueva y sacarlo a la
plaza. Para cuando llegaron al exterior, el agua ya llegaba hasta la boca de la
cueva.
Después de quitarse los zapatos y los calcetines, Charlie
enrolló sus pantalones para que no se le mojaran y le dijo a Billy que hiciera
lo mismo.
“¿A dónde vamos?” le preguntó Billy.
“¿A dónde crees? A la isla”
“¡N-n-noooooo!”
gimió Billy. “No quiero ir. No iré. Habrá fantasmas ahí después de lo
que pasó. Por favor, no me hagas ir.”
“No seas idiota” dijo Charlie en un alarde de tacto. “No hay
a dónde más ir. Nos ahogaremos si esperamos más tiempo.”
El bote ya estaba empezando a flotar mientras lo empujaban
hacia la playa, y Charlie le ordenó a Billy que saltara antes de que fuera
demasiado tarde. Todavía temblando, Billy se encaramó por un lado mientras
Charlie mantenía estable el bote, y pronto, Charlie estuvo dentro también.
Sentado al lado contrario de Billy metió los remos en sus argollas y empezó a
remar alejándose del acantilado.
“¿Sabes remar?” le preguntó Billy removiéndose en su
estrecho asiento.
“Como un campeón” dijo Charlie. “Mi bisabuelo vive al lado
del mar.”
“¡Oh!” exclamó Billy con un deje de admiración.
Era cierto. Charlie se había convertido en un excelente
remero durante sus visitas al mar con su tío Paton. Pero nunca había cubierto
una distancia tan larga como la que tenía por delante. Se colocó contra la
marea y el mar se embraveció. Una y otra vez las grandes olas chocaban contra
los lados de la barca y provocaban que Billy gritara de terror. Intentando
esconder su propio miedo, Charlie le ordenó a Billy que mantuviera sus ojos cerrados
hasta que estuvieran a salvo.
“¿Estaremos alguna vez seguros?” la aterrada voz de Billy
estaba empezando a poner a Charlie de los nervios.
“Si no puedes animarme, ¡entonces cállate!” le ladró.
Dándose cuenta de que su vida estaba en manos de Charlie,
Billy no volvió a abrir la boca. Los brazos de Charlie le quemaban ya de tal
manera que pensó que no duraría hasta que llegara a la isla. Cada vez que
miraba sobre su hombro, la silueta azul grisácea con su corona de cristal
parecía estar a la misma distancia. En cualquier caso, parecía estar
retrocediendo y Charlie empezó a dudar de su existencia. Quizás era un
espejismo que nunca alcanzarían – una broma cruel que lo mantenía remando,
alejándose más y más del continente y adentrándose más y más en el océano
abierto.
Charlie decidió que no volvería a mirar atrás hasta que
hubiera contado hasta quinientos. Hizo un pequeño descanso, respiró
profundamente y luego vio a la polilla blanca descansando en su manga.
Recordando que su transformada varita necesitaba instrucciones en galés,
Charlie dijo “¡Helpi vee!,
¡Ayúdame!”
No estaba seguro de qué tenía que esperar, pero no pasó nada
milagroso. Las olas gigantes todavía chocaban contra el bote y rompían sobre la
borda, lanzando chorros de agua sobre la
espalda de Charlie. Pero mucho antes de que hubiera llegado a los quinientos,
el bote chocó sobre la roca, y esta vez, cuando Charlie miró sobre su hombro,
estaban ahí.
Observando cuidadosamente la roca, Charlie bajó del bote,
ordenándole a Billy que se mantuviera sentado mientras él tiraba de la
embarcación por el agua poco profunda.
Los ojos de Billy estaba abiertos ahora, y no pudo esperar a
bajarse de bote. Produciendo una enorme salpicadura, aterrizó al lado de
Charlie, metido en el agua hasta la cintura.
El alivio hizo que ambos empezaran a reír. Empujaron el bote
fuera del agua hasta un banco de hierba, agitados por la risa y temblando por
el frío.
“Secaremos nuestra ropa en el castillo” dijo Charlie. “No
quiero llegar vestido solo con mi ropa interior.”
“No es como si el rey fuera a estar ahí” remarcó Billy con
otra risa.
Fue una suerte que sus zapatos estuvieran secos, ya que el
suelo estaba cubierto con piedras y guijarros. Según el Libro de Amadis, los
campos que rodeaban al castillo habían estado llenos de cultivos bien cuidados.
Pero ahora, el tosco césped crecía casi hasta la cintura. Era como moverse por
un mar espinoso.
El suelo empezaba a inclinarse hasta una colina rocosa
poblada de pequeños árboles. Alzándose sobre los árboles, las brillantes
paredes de cristal cortaban el cielo produciendo unas extrañas dentelladas. Si
hubiera alguna ventana en el misterioso edificio, debía estar hecha del mismo
cristal reflectante, ya que no se veía nada que recordara siquiera que
recordara a una.
Los chicos empezaron a andar a través de los árboles sin
hojas, retorcidos por la fuerza del viento, mientras el sol calentaba sus
espaldas y secaba sus ropas. Cada vez más cerca, se dirigieron al castillo.
Cada vez más alto. Charlie se dio cuenta de que estaba temblando a causa de la
aprensión. Un nudo se había formado en su garganta y no confiaba en su capacidad
para hablar.
De pronto, Billy aceleró y corrió hacia el castillo. Tocó la
brillante pared y dijo sin aliento “Está realmente hecha de cristal.”
Rodearon el castillo, buscando alguna entrada, pero solo se
veían a ellos mismos reflejados en las murallas de espejos. El castillo era
mucho más grande de lo que Charlie se había imaginado, y se dio cuenta de que
solo habían llegado a las paredes exteriores. Dentro tendría que haber un gran
patio de armas y luego el castillo en sí. Solo podía ver lo alto de una enorme
torre a una distancia de la muralla.
Casi habían llegado al punto desde el que había empezado
cuando Billy, que iba unos metros por delante de Charlie, desapareció
súbitamente.
Charlie avanzó corriendo y gritando, “¿Billy, dónde estás?”
“¡Aquí!” dijo una voz.
Prácticamente a sus pies, Charlie notó un agujero que previamente
había sido cubierto con una áspera maleza. Se arrodilló y al observar en el
interior, descubrió el pálido rostro de Billy sonriéndole.
“Estoy bien” dijo Billy. “Hay un pasadizo y puedo ver una
luz al final.”
Charlie se introdujo en el agujero y se deslizó en la
oscuridad. Era muy emocionante flotar sobre una superficie tan brillante y
resbaladiza, por ello aterrizar en una basta roca en el fondo fue un poco
sorprendente.
“¡Ay!” Charlie se incorporó y golpeó su cabeza contra el
bajo techo. “¡Ay otra vez!” Estaba de pie en un pequeño espacio bajo tierra con
apenas el espacio suficiente para los dos.
“¡Mira, mira!” demandó Billy. “Un pasadizo.”
Charlie se giró y vio un sombrío hueco en la roca. Se
inclinó y miró dentro. Un estrecho túnel llevaba a un distante destello de luz.
“No es un pasadizo, es un túnel” le corrigió Charlie.
“Es lo mismo.”
“No, no lo es. Vamos a tener que gatear.”
“Gateemos entonces.” Billy se arrodilló y empezó a gatear
por el túnel. Su resistencia a visitar el castillo se había desvanecido y ahora
estaba incluso más entusiasmado que Charlie.
Cuando estaban a mitad de camino por el túnel, Charlie
empezó a escuchar el sonido de un piano. Su corazón latió a toda velocidad y
dudó antes de trepar fuera del túnel. Estaba asustado de lo que quizás vería.
Finalmente, emergió de la oscuridad, y se encontró a sí mismo en un vasto patio,
cubierto con brillantes y relucientes piedras. La música provenía de una torre
cuadrada ubicada en el centro del patio. Un tramo de estrechos escalones
llevaba a una puerta rematada con un arco en la torre; tanto la puerta como los
escalones estaban hechos de un cristal negro y tosco.
Los escalones eran
tan rugosos como lija y fáciles de subir. Billy fue primero y cuando llegaron a
lo alto, llamó educadamente a la puerta.
La música paró pero nadie apareció. Charlie empujó
cuidadosamente la puerta y esta se balanceó hacia el interior. Juntos, los
niños entraron en la habitación.
La primera visión que tuvo Charlie del hombre que estaba
dentro fue un reflejo fragmentado, las paredes de la habitación estaban
cubiertas con rectángulos de cristal nebuloso y su ocupante estaba detrás del
niño. Muy lentamente, Charlie se giró. Vio a un hombre de media altura con pelo
negro y grandes ojos verdes. Tenía una larga nariz aquilina y una gran boca. Su
piel estaba cetrina y parecía como si hubiera pasado un largo tiempo en el
interior. Había algo familiar en aquel hombre que le dio a Charlie un brote de
esperanza.
El extraño sonrió tentativamente “¿Qué me habéis traído?”
les preguntó.
“Nada” Charlie estaba a cuadros. “¿Estabas esperando algo?”
“A veces, ellos envían comida” el hombre se sentó en una de
aspecto desvencijado silla y suspiró. “Un chico la trae del continente.”
Consciente de que su padre había perdido la memoria, Charlie
le preguntó “¿Cómo le llaman, señor?”
“Me llaman Albert Tuccini pero, por supuesto, ese no es mi
nombre real.”
“¿Sabe usted…sabe su nombre real?”
Albert Tuccini negó con la cabeza. “No puedo ayudarte en ese
sentido.”
Charlie se acercó un paso al hombre. “Creo que le conozco
señor.”
El hombre agachó la cabeza. “Mucha gente me conoce, soy un
famoso pianista.”
“¿Entonces por qué está usted aquí señor?” le preguntó Billy.
“Ah” Albert Tuccini puso un dedo sobre sus labios. “No es
seguro para mí estar fuera. Yo no pertenezco aquí, ¿sabes? He perdido mi país,
mi hogar y mi nombre.”
Charlie pensó que había detectado un acento extranjero en el
habla de Albert, pero se dijo a sí mismo que aquello podía ser explicado por
aquel hombre que no sabía quién era. Se acercó a Albert Tuccini y tocó su
hombro. “Creo que sé cuál es su verdadero nombre, señor. Quizás yo pudo
ayudarle a recordar.”
“¿En serio?” un pequeño destello de esperanza brilló en los
tristes ojos verdes del hombre.
“Creo que su nombre
es Lyell Bone.”
“Lyell Bone” repitió el hombre. “Es un buen nombre.”
“Y yo soy Charlie, tu hijo” dijo Charlie apresuradamente.
Billy tiró de su manga. “Tú eso no lo sabes” dijo en voz
baja.
“Lo sé” dijo Charlie. “Estoy seguro de ello.”
El hombre parecía sorprendido. “¿Un hijo?” preguntó lleno de
dudas. “No es posible”
“¡Sí, sí!” gritó Charlie, totalmente convencido de que aquel
era, de hecho, su padre. “Y ahora que te he encontrado, todo va a salir bien.
Te llevaré a casa, y volverás a ver al tío Paton otra vez. ¿Te acuerdas de él?
Paton Yewbeam.”
“¿Paton?” repitió el hombre “Me acuerdo de Yewbeam. Fue la
señorita Yewbeam la que me trajo aquí. La señorita Eustacia Yewbeam. Es ella la
que a veces me trae comida.”
“¡Por supuesto!” Charlie estaba tan emocionado que apenas
podía mantener la cabeza fría. “Hay tres señoritas Yewbeam. Son mis tías
abuelas, y sé que ellas te hicieron desaparecer.”
El hombre dijo “Bien, bien” y negó con la cabeza. “Por
favor, ¿podrías llamarme Albert por ahora? Estoy acostumbrado a ello.”
“Solo por ahora” accedió Charlie.
Súbitamente, Billy dijo “¡No puedo vivir en este lugar! No
si las Yewbeam vienen aquí.”
Charlie se dio cuenta de que la situación de Billy era tan
mala como siempre. “Encontraremos otro lugar” le dijo a Billy “tan pronto como
podamos.”
Pero mientras hablaban, había habido un cambio dramático en
el tiempo. Un viento del norte había empezado a aullar alrededor del castillo,
y ráfagas de granizo golpeaban las paredes de
cristal. Una travesía a través del mar sería demasiado peligrosa. Tendrían que
esperar hasta que la tormenta se calmara.
Albert les ofreció a los chicos una comida. Cargando con la
tapa de una gran bandeja de roble, sacó una gran cantidad de latas y las vació
en una sartén. Un pequeño hornillo de parafina se encontraba en la esquina de
la habitación y Albert procedió a calentar la comida. Cuando acabó, Billy y
Charlie terminaron sujetando dos cuencos de judías asadas y dos cucharas.
“Yo usaré la sartén” dijo alegremente su anfitrión hundiendo
una cuchara de madera en las judías restantes. “La comida de lata puede estar
muy buena, ¿sabéis?”
“Sí” dijo Charlie, mientras se preguntaba si su padre vivía
solo a base de judías.
Los niños se sentaron en la cubierta de paja que tapaba parcialmente
el suelo de duro cristal y el señor Tuccini se sentó en la única silla.
Mientras comía, Charlie le echó un vistazo a la habitación con paredes de
espejos. Estaba escasamente amueblada. Contra una de las paredes había un colchón
con una pila de mantas en lo alto. Una maltratada vitrina se encontraba al lado
del colchón, y Charlie asumió que contenía todas las posesiones de su dueño,
aunque no se veía ninguna, excepto por unos pocos libros, algunos platos y
cucharas, y una pila de papel en una mesa redonda. Debajo de la mesa había un
gran cuenco, un cántaro y varias jarras. Un gramófono había sido colocado en el
suelo justo al lado de la puerta.
A un lado de la puerta, un tramo de altos escalones llevaba
a lo alto de la torre. Billy había estado observando aquellos escalones todo el
rato durante la comida; de hecho, no podía apartar sus ojos de ellos. “¿A dónde
llevan?” preguntó, señalándolos con la cabeza.
“Llevan a las paredes de la historia” dijo Albert. “Yo ya he
estado ahí pero las paredes no me dijeron nada. A veces, escucho risas y
canciones, alguna que otra palabra que no puedo entender y – sonidos de los que
prefiero no hablar.”
“¿Fantasmas?” preguntó Charlie.
“Quizás” dijo Albert evasivamente.
“Me gustaría subir hasta ahí” dijo Billy.
Pero cuando hubieron terminando la comida, los ojos de los
niños empezaron a cerrarse y pronto se quedaron dormidos.
Cuando Charlie se levantó, la habitación de los espejos
brillaba con las luces de las velas que se reflejaban en la pared. Yacía
cubierto con una manta con Billy al lado suyo, todavía dormido.
“Estabais cansados” dijo Albert, bajando la mirada hacia
Charlie. “Habéis hecho un largo viaje.”
“Muy largo” dijo Charlie. “Te lo contaré si te apetece.”
“Me gustaría mucho. Escuchar tu voz sienta tan bien.” Albert
se acercó y se sentó en el borde del colchón.
Antes de que Charlie describiera su viaje con la reina
Berenice, sintió que Albert debía saber sobre los hijos del Rey Rojo y la
Academia Bloor. Albert giró levemente du cabeza cuando Charlie mencionó la Academia,
como si el nombre despertaba algo en su interior. Después de ello, el oyente de
Charlie se sentó muy recto, dedicándole a Charlie una mirada de pensativa
concentración.
“Supongo que suena todo un poco difícil de creer” dijo
Charlie cuando llegaron a la parte en la que la polilla blanca había
descubierto el bote.
“Nada es imposible para alguien que no recuerda su propia
vida” dijo Albert con una triste sonrisa. “Y mira, ahí está tu polilla.”
Charlie vio a la polilla posada cerca de la cabeza blanca de
Billy.
“Ha estado ahí todo el rato mientras dormíais” le dijo
Albert a Charlie “como si estuviera en guardia.”
Billy se despertó y automáticamente echó de menos sus gafas.
Podía distinguir muy pocas cosas sin ellas, siempre se sentía perdido hasta que
estaban firmemente asentadas sobre su nariz.
“Pensaba que había estado soñando” dijo Billy mientras se
sentaba. “Pero todo es verdad, ¿no?”
“Todo es verdad. Estamos en el Castillo de los Espejos”
aseguró Charlie.
Billy inmediatamente dirigió su mirada a la escalera que
había al lado de la puerta. “Y yo iba a subir por ahí, ¿no? Realmente es más
como que siento que tengo que subir por ahí.” Tiró de su manta y se puso de
pie, todavía con la vista clavada en los escalones, que parecían atraerle como
un imán.
“Iré contigo” dijo Charlie.
Albert le alcanzó a Billy una de las muchas velas que
reposaban en latas vacías por toda la habitación. “Necesitaréis esto, está
oscuro ahí arriba” dijo.
“Mis ancestros vivieron aquí” dijo Billy orgullosamente “y
Charlie cree que seré capaz de verlos. Estaba asustado ayer, pero ya no.” Se
dirigió a los escalones y los empezó a subir. Charlie le siguió más lentamente.
Los peldaños estaban espaciados desigualmente y se sentían
rugosos bajo sus pies. Charlie los consideró difíciles de subir. La escalera se
retorcía a medida que ascendían, volviéndose más empinada y los escalones más
estrechos al mismo tiempo. Charlie perdió de vista a Billy, pero podía escuchar
sus pasos subiendo por la torre. La luz de la vela se hacía cada vez más débil
mientras Billy se alejaba; al poco tiempo, Charlie solo tenía el sonido de los
pasos de Billy para guiarse. “¡Billy, no puedo ver!” le gritó.
Billy había llegado a las paredes de la historia. Apenas
notó el grito de su amigo, y Charlie tuvo que subir guiándose con las manos
para no caerse hasta que consiguió llegar a la extraordinaria habitación de lo
alto. Aquí, los paneles de cristal reflectante que formaban la pared reflejaban
el pelo blanco de Billy, sus brillantes gafas y la vacilante llama de la vela
en cientos de sitios diferentes. Cuando Charlie se colocó al lado del pequeño
niño, su reflejo lucía débil y sombrío.
“Están viniendo” susurró Billy. Se mantuvo en la entrada,
con la mirada fija en la pared de cristal.
Charlie empezó a vislumbrar unas formas indistinguibles
detrás del reflejo de Billy. “¿Qué ves?” le preguntó suavemente.
“Gente” dijo Billy en voz baja. “Una familia entera. Un
hombre – con una especie de armadura – pero sin el yelmo. Y una dama rubia,
riendo. Están sentados a la mesa y – comen – sí, es un festín. Están
hambrientos y felices. Uno de ellos es igual a mí – pero igualito. ¿Puedes
escucharlos, Charlie?”
“No, no escucho nada.”
“Escucho nombres. Y alguien está cantando.”
“¿Qué nombres?” le preguntó Charlie.
“La dama rubia llama al hombre Amadis – y al niño que es
igual a mí le llama Owain. Y luego Amadis dice ‘Otra vez Amoret. Me encanta esa
canción.’”
“¡Amoret!” gritó Charlie.
“¡Shhh! Los asustarás.”
“¿Amoret?” dijo Charlie, bajando la voz. “¿Estás seguro de
que ha dicho Amoret?”
“Sí” susurró Billy. “La dama que canta es Amoret. Tiene el
pelo negro y es muy hermosa.”
Charlie observó las paredes de la historia, observó y
observó, obligándose a ver a alguien, alguien que pudiera ayudarle a entrar. Al
final, empezó a escuchar una canción distante y se encontró a sí mismo flotando
hacia un rostro pálido enmarcado con unos rizos negros.
“¡Charlie!” gritó Billy. “No vas a entrar, ¿no? ¡No lo
hagas, no! ¡Nunca volverás a salir!”
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