Manfred Bloor estaba perdiendo su poder. Era consciente de
ello desde hacía un año, desde que Charlie Bone se las había ingeniado para
resistírsele. Charlie había reunido fotografías de su padre perdido, un hombre
al que Manfred había encontrado fácil de hipnotizar cuando tenía nueve años de
edad. Cuando Manfred tenía nueve, había estado en la cumbre de sus poderes,
ahora estaban decayendo.
Nadie había adivinado lo que le estaba sucediendo. Manfred
todavía era capaz de asustar a los niños cuando les dirigía una mirada
desagradable. Y el experimento del caballo había prácticamente restaurado su
confianza, ya que su actuación en el procedimiento había sido la más exitosa, o
quizás no. Quizás habían sido las apestosas pociones de Venetia Yewbeam las que
habían hecho el truco.
Otra cosa, ¿dónde estaba el caballo ahora?, ¿y cómo iban a
controlarlo? Manfred estaba secretamente asustado del caballo “no-muerto” y de
su brutal corazón. Necesitaba algo para protegerse.
Había sido fácil persuadir a Billy Raven para que robara la
varita de Charlie. Asustado de que esta única oportunidad de ser feliz le fuera
arrebatada en el último minuto, Billy había encontrado la varita y se la había
entregado.
El pequeño Billy había hecho mucho bien. Ahora estaba
atrapado en la Casa de Paso, y los amables padres con los que siempre había
soñado no eran más que unos fríos villanos con unos poderes extremadamente
desagradables.
“Oh, vaya un estúpido, Billy” canturreó Manfred mientras
daba vueltas en su oficina, girando el delgado palo blanco en sus manos. “Y
ahora, para la prueba, ¿qué vas a hacer para mí pequeño palito?” El chico vio a
una mosca que se arrastraba por su escritorio y la tocó con la punta de plata
de la varita. “Conviértete en una rana” demandó.
Manfred sintió un agudo pinchado en la palma de su mano y
soltó la varita, la mosca era todavía una mosca. El insecto voló hasta el techo
y ahí se quedó boca abajo y muy quieta. Manfred tuvo el desagradable
sentimiento de que se reía de él.
“Conviértete en una rana” gritó, tirando a varita al techo.
En el mismo momento en el que la varita dejaba su mano, un ardiente dolor bajó
por el brazo de Manfred. “¡Aaaaaaaaaaaaau!” gritó.
La varita golpeó a la mosca y cayó al suelo. La mosca voló
indemne y se posó en la ventana
.
“¡Convierte esa cosa en una rana!” gritó Manfred,
apoderándose de la varita y señalando con ella a la ventana. Esta vez, el dolor
que sacudió su mano se sentía como si la varita misma estuviera ardiendo. De
hecho, había una gran y delgada línea roja que cruzaba su palma.
Mientras Manfred gritaba, la mosca zumbaba detrás de la
cortina, y una vez más la varita cayó al suelo. No había ninguna duda en la
mente de Manfred de que la varita no trabajaría para él. De hecho, cuanto más
intentaba utilizarla, más daño le hacía por atreverse a intentarlo.
“Tú…tú…” sudando horriblemente, Manfred recogió la varita y
la puso en la chimenea vacía. Luego, reunió todo el papel que pudo encontrar y
lo colocó en la chimenea. Lo último que hizo Manfred fue encender todas las
cerillas que fue capaz y tirarlas sobre el papel.
Las llamas que rugieron en la chimenea fueron gratificantes,
pero hubo un momento de pánico de parte de Manfred cuando estas empezaron a
saltar a la habitación. Manfred se quitó su capa negra y la colocó sobre el
fuego, ahogando las llamas. La capa humeaba y una nube de apestoso humo empezó
a elevarse. Tosiendo y asfixiándose, Manfred subió hasta la ventana y la
mantuvo abierta.
En ese momento, Tantalus Ebony entró en la habitación,
riéndose alegremente, “¿Qué estás haciendo jovencito?”
Manfred se giró, tosiendo todavía y señaló al fuego. “La varita…ugh… la varita
de Charlie Bone…yo…ugh…la estoy quemando.” Manfred limpió su garganta
produciendo un sonido ronco y chirriante. “No trabajará para mí, así que la he
destruido. Al menos ese pequeño desgraciado ya no podrá usarla ahora.”
“¡Oooo!, que temperamento Manfred.” Rió Tantalus. “Tendrás
que aprender a controlarlo mi viejo amigo.”
“Yo no soy tu viejo amigo” replicó Manfred. “Me gustaría que
pudieras decidir quién eres.”
“Hoy soy…” Tantalus levantó su mirada hacia el techo. “Un
poco de Vincent Ebony, el cartero – llamaba a
todos viejo amigo – pero también
soy parte del severo director Tantalus Wright. No me había divertido tanto en
años.”
“Espero que no hayas olvidado la razón por la que estás
aquí” dijo Manfred con amargura.
“¡Oh, ESO!”
Tantalus entrecerró sus ojos de distinto color y se lamió su labios delgados.
“No, no me he olvidado de ESO.”
El fuego de la chimenea se estaba convirtiendo en una pila
de cenizas, y los dos hombres observaron con satisfacción cómo los restos de la
varita achicharrada finalmente se deshacían en polvo. Una súbita ráfaga de
viento proveniente de la ventana abierta levantó las cenizas, y una pequeña
nube de ellas flotó en la habitación. Poco a poco, la nube fue tomando la forma
de una polilla blanca con unas delicadas alas plateadas.
“¡Atrápala!” rugió Tantalus.
Manfred saltó, pero fue
demasiado tarde. La polilla salió flotando por la ventana, seguida muy de cerca
por la escurridiza mosca.
En el cuarto de baño del número nueve de la calle Filbert,
Charlie Bone, vestido con su pijama, se encontraba al lado del lavabo
sintiéndose muy enfermo. Su cuerpo entero parecía estar en llamas. ¿Sería la
gripe? Sentía que algo horrible acababa de pasar, ¿pero qué? Quizás uno de sus
amigos había tenido un accidente.
Charlie puso sus manos bajo el frío chorro de agua, de sus
dedos comenzó a elevarse vapor, como su fueran las placas de una plancha al
rojo vivo. “¡Au!” Charlie estaba temblando. “Ay, ¿qué está pasando?”
“En efecto, ¿qué está pasando?” dijo una voz gruñona desde
la puerta. La abuela Bone se encontraba ahí, fijando su mirada en Charlie. “Has
estado en el cuarto de baño durante veinte minutos. Las demás personas también
tenemos necesidades, ya sabes.”
“¡Sí…!” Charlie apretó los dientes mientras otra nube de
vapor se elevaba de las puntas de sus dedos.
“Pero tengo mucho calor, abuela.
¡Mira, vapor!”
“La maldad se pone de manifiesto” gruñó su abuela. “Llévate
tus desagradables manos a otro lado.”
Charlie abandonó el cuarto
de baño, sacudiendo sus humeantes dedos en el aire. Fue a su habitación, abrió
la ventana tanto como pudo y sostuvo sus manos en el frío aire. Era una noche
extraña. Una niebla otoñal se estaba extendiendo por la ciudad, amortiguando el
sonido del tráfico y difuminando el contorno de las murallas y las verjas.
Había un fuerte olor a flores en el aire.
Una brillante mota de polvo flotó en el cielo. A medida que
se acercaba, Charlie pudo distinguir dos alas blancas terminadas en plata, una
polilla blanca. La pequeña criatura voló hasta la mano extendida del niño y se
posó en su dedo índice.
“¡Wow!” dijo Charlie. “Eres
asombrosa.” Llevó la polilla al interior y la dejó ir hasta su mesilla de
noche, donde cerró sus alas y se sentó perfectamente quieta. Charlie tuvo la
impresión de que la polilla se sentía como en casa en su habitación. Se dio
cuenta además de que sus manos ya no le quemaban y que su fiebre había
desaparecido. Estaba perfectamente bien otra vez.
En una casa no muy lejana a la de Charlie, Olivia Vertigo
estaba sentada en el borde de su cama, pelando una manzana. Era la quinta
manzana que había intentado pelar aquel día, y este intento estaba resultando
igual de inútil que los demás. Cada vez que pensaba que había llegado al final,
otro centímetro de piel aparecía, y hasta ahora la hebra que colgaba de la
manzana tenía por lo menos un metro de largo
En un ataque de furia, Olivia tiró el cuchillo y lanzó la
manzana, que voló a través de la habitación. La chica escondió la cara entre
sus manos y se preguntó, “¿Qué me está pasando?”
La puerta se abrió y su madre asomó la cabeza. Vivienne
Vertigo (o Viva Valery, como la conocían en el mundo del espectáculo) podía ser
una estrella de cine, pero eso nunca había impedido que fuera una madre amable
y considerada. Siempre se las había arreglado para ayudar a su hija cuando
pasaba por uno de sus “enfados mágicos”, como ella los llamaba. Pero el estado
de ánimo de Olivia en las últimas veinticuatro horas estaba empezando de poder
con ella.
“Las flores son preciosas Olivia, ¡gracias!” dijo Vivienne.
Olivia no levantó la vista.
“Oh, pobre Livy.” La señora Vertigo fue hacia donde estaba
su hija y se sentó a su lado en la cama. “Yo también fallé en mi primera
audición, ya lo sabes. Simplemente no era el papel adecuado para ti. Habrá más
oportunidades, no tienes por qué estar tan cabizbaja.”
“No lo estoy” gruñó Olivia.
“¿Entonces qué te pasa?”
“Algo me está pasando mamá.”
“Estás creciendo, querida.”
“¡No es ESO!”
gritó Olivia. “Es algo diferente. Me está haciendo…oh, no lo sé, pero lo odio.
No quiero que suceda.”
La señora Vertigo se paró a sí misma antes de hacer un gesto
dramático. En cambio, se encogió de hombros modestamente y dijo. “No te
entiendo del todo, querida.”
Olivia suspiró profundamente. “Cuando vine con las flores,
me dieron muchas ganas de comerme una manzana, así que cogí una del cuenco de
la cocina. Pero no pude pelarla. Lo intenté cuatro veces más pero…la piel nunca
se acaba.”
“¿Y por qué no te comes la piel querida?” le preguntó la
señora Vertigo. “Se dice que es bueno para el pelo.”
“No me gusta la piel” gimió Olivia, exasperada por la falta
de comprensión de su madre. “Pero ese no es el punto. ¿Por qué la piel nunca se
acaba? Le he dado la vuelta a la manzana una y otra vez y NUNCA SE ACABA.”
Al final, la señora Vertigo dijo “Esas manzanas vienen del
árbol que hay al final del
jardín. Nunca antes había tenido problemas con ellas.”
Olivia se rindió y dejó de insistir en el tema de las
manzanas. “Y también están las flores.”
“Son preciosas” dijo su madre. “¿Dónde las encontraste?
Pensaba que estabas en el Café de las Mascotas. Me preocupé tanto cuando el
señor Onimoso me dijo que no habías estado ahí.”
“Esa es la cosa mamá. Las flores me encontraron. Había un
callejón que yo nunca había visto antes, y sentía que tenía que entrar ahí. Y
entonces, encontré la tienda de flores, Flores de Ángel. Cuando entré, la mujer
que había dentro dijo que me conocía, eso me dio mucho miedo porque yo no sabía
quién era. Su nombre es Alice Angel.”
“Alice Angel, Alice Angel” la señora Vertigo repitió el
nombre lentamente. “Por supuesto” dijo al final.
“Alice Angel hace las flores –
bodas, bautizos, celebraciones. Ella decoró la casa para tu bautizo, Livy. No
la había visto desde entonces, pero vive justo ahí abajo.”
“¿Dónde?” Olivia saltó de la cama y siguió la dirección que
señalaba el dedo de su madre hasta la ventana.
“¿Dónde?, ¿dónde?”
“Al otro lado de la pared hay un jardín, colinda con el
nuestro. Alice Angel vive en una casa que está al final de ese jardín, o al
menos vivía ahí.”
“Mamá, voy a echarle una mirada ahora mismo.”
“Está bien Livy.” La señora Vertigo estaba encantada de ver
que la triste cara de su hija volvía a la vida una vez más. “Pero por favor no
trepes por la muralla. La casa podría pertenecer a un extraño ahora.”
“No te preocupes” dijo Olivia alegremente. Bajó corriendo
las escaleras y salió al jardín.
Una niebla blanca de septiembre reposaba sobre el césped, el
aire era cálido y lleno de olor a flores. Olivia se acercó a los arbustos que
había al final del jardín. Podía ver la pared alzándose sobre ellos, pero antes
de que pudiera llegar a ella, tropezó con una manzana caída. Había más yaciendo
alrededor, de hecho, el suelo estaba cubierto con ellas. Pero no había manzanos
en el jardín de los Vertigo. La fruta venía de una larga rama que colgaba sobre
la muralla. El árbol nacía en el otro lado.
Olivia avanzó con dificultad a través de los densos
arbustos, no era lo suficientemente alta para ver por encima de la pared, así
que se subió a la muralla y se sentó en lo alto. Cuando le echó una mirada al
otro jardín, pensó que había habido una nevada súbita, aunque el blanco en
realidad era de las abundantes flores que lo cubrían todo. Trepaban por los
árboles, llenaban los bordes y se deslizaban por el estrecho camino de piedra.
Los pétalos blancos estaban por todas partes, como copos de nieve.
Al final del prado, una casa muy pequeña se encontraba sepultada
bajo una manta de rosas blancas. Solo la
puerta y una ventana podían ser vislumbradas.
Incluso la chimenea estaba atrapada en el verdor.
Olivia apenas había terminado de absorber aquella
extraordinaria escena cuando sus ojos fueron atraídos hacia una estructura
redonda de madera que a duras penas podía distinguir sobre el mar de flores.
Olivia entrecerró los ojos en la oscuridad, era una caravana, una caravana de gitanos
de verdad.
En ese momento la puerta de la casa se abrió y la luz inundó
el prado. Una figura se asomó, era pequeña y muy delgada; vestía un largo
abrigo con capucha. Arrastró los pies hasta el prado con la cabeza inclinada y
los hombros encorvados. Entonces abandonó el camino de piedra y caminó a través
de las flores hasta la llegar a la caravana. Olivia escuchó unos pies que
subían los escalones de madera, la niña entornó los ojos y se inclinó más por
encima del muro, intentando distinguir si la extraña figura era un hombre o una
mujer.
Dijo una voz “Duerme bien, querido*” Enmarcada en la entrada
de la casa cubierta de rosas se encontraba una mujer con un brillante pelo
blanco. Alice Angel.
“¡Que Dios te bendiga!” replicó la figura encapuchada, quien
entró en la caravana y cerró la puerta.
Alice recordó dónde estaba por un momento. Y luego dijo, “¿Olivia,
eres tú?”
Olivia se estremeció y saltó a su propio jardín.
*Por ahora no se sabe el género de la persona que vive en la caravana, lo he puesto en masculino por poner, ya que también puede ser una mujer.
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