Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

sábado, 14 de julio de 2012

Capítulo 12: Rompiendo el campo de fuerza.


Billy siempre cenaba solo en su habitación. Cuando hubiera terminado, llevaría su plato a la cocina, y luego tendría que fregar todos los platos mientras los de Grey, sentados en la mesa, trabajaban en sus asuntos.
En la noche en la que Billy esperaba escapar, se dio cuenta de que Florence tenía una pila de documentos delante de ella. Ojeaba los papeles, lamiendo su pulgar y sonriendo con satisfacción.
Juramentos, pensó Billy. Se dio cuenta de que de alguna manera, tendría que destruir su propio juramento si quería escapar de verdad de los de Grey. Pero, ¿dónde estaba la bolsa en la que se guardaban los juramentos? Tendría que descubrirlo.
Billy secó el último plato y lo colocó en la vitrina. “¡Buenas noches mamá!, buenas noches papá” dijo (No conseguía llamarles por sus nombres de pila como le habían demandado) “Gracias por mi deliciosa cena” añadió.
“¿Qué era?” preguntó Florence sin levantar la vista.
“Un sándwich” dijo Billy.
“¿Y qué tenía?” preguntó Usher.
Billy tuvo que pensar un rato para responder a esa pregunta. “Creo que era margarina” dijo.
“¿Se ha ido ya el dolor, querido?” Florence le dedicó una mirada cursi.
“Sí, gracias mamá.”
“Esperemos que no vuelvas a enfermar otra vez” dijo Florence, revisando uno de sus papeles.
“Sí, buenas noches.”
Ninguno de los de Grey le prestó atención alguna a Billy cuando dejó la cocina. Caminó a través del recibidor de azulejos, diciéndole a sus pies que se comportaran con normalidad, pero en su cabeza había semejante revuelo que ni siquiera podía recordar cómo caminaba usualmente. Una vez que llegó a las escaleras, subió saltando dos escalones al mismo tiempo, dispuesto a hacer los preparativos para la noche que tenía por delante.
Los de Grey nunca vigilaban a Billy por la noche, pero solo por si acaso, se puso uno de sus pijamas sobre su ropa normal. En vez de meterse en la cama, se deslizó hasta el rellano y esperó a que Florence dejara la cocina. A las siete en punto, salió llevando su bolsa gris. Billy se escondió en las sombras mientras ella cruzaba el recibidor y entraba en un pequeño despacho al otro lado. Salió sin la bolsa.
Billy caminó de puntillas de vuelta a su habitación. Dejando la puerta entreabierta, se quitó sus gafas, las dejó en su mesilla de noche y luego se metió en su cama. Fue la noche más larga que Billy había pasado nunca. El reloj de la catedral dio las doce, luego la una, las dos y las tres. Habiendo perdido toda esperanza de que le rescataran, Billy cayó en un sueño irregular.
Mientras Billy dormía, las nubes nocturnas se alejaron, revelando un cielo de suave y perlado gris. La ciudad se encontraba todavía inmersa en le niebla, solo los tejados de los edificios más altos podían ser vistos desde arriba, con su pizarra húmeda brillando con la luz del amanecer.
Desde la masa de hojas amarillas que coronaban un fresno, un gato naranja emergió. Con una agilidad asombrosa saltó hasta un tejado alejado por  varios metros, seguido por un gato amarillo y luego otro gato, del color de una llama oscura. Los tres gatos aceleraron por los tejados hasta que llegaron a un tragaluz abierto. Uno detrás de otro, los tres gatos saltaron a una habitación vacía en lo alto de la Casa de Paso.
Usher de Grey tenía tanta confianza en su campo de fuerza que nunca se había molestado en cerrar con llave las puertas. Las Llamas no tuvieron ningún problema al abrirse camino a través de la casa, pero eran conscientes de que el sitio estaba atado con una peligrosa magia. Para ellos, de todas maneras, romper un campo de fuerza era tan fácil como pasar a través del papel.
La pequeña gata negra estaba esperando a sus amigos en el rellano “Iré a por el chico” dijo.
Billy se despertó de golpe cuando Clawdia saltó a su cama.
“¡Es hora de irse Billy!” le susurró. El chico se frotó sus ojos y se puso las gafas. Luego,  tras deslizarse fuera de la cama, se quitó el pijama. Súbitamente, la enormidad de lo que iba a hacer le hizo temblar con aprensión. Le echó un vistazo al cuarto, a la televisión, el ordenador, los libros y los juegos, todo suyo si se quedaba ahí para siempre. Se estaba adentrando en lo desconocido debido a una pequeña gata, ¿podía confiar en ella?
Cuando vio a las Llamas los nervios de Billy se tranquilizaron por sus reconfortantes ronroneos y sus cálidos colores, ahora, sentía que podía hacer cualquier cosa.
Florence y Usher de Grey dormían muy ruidosamente probando que el viejo dicho “El mal nunca descansa” no era demasiado cierto. Cuando Billy y los gatos pasaron por delante de su habitación, continuaron durmiendo, disfrutando alegremente la clase de sueños que la mayoría de las personas habrían considerado como pesadillas.
Gracias al extraordinario brillo de los gatos, Billy podía ver el campo de fuerza de Usher. Centelleantes líneas azules se entrecruzaban por el recibidor como los hilos de una telaraña gigante. Las líneas azules eran especialmente gruesas cuando cubrían las puertas, y el corazón de Billy se hundió cuando vio la puerta de la habitación en la que Florence había dejado los juramentos.
Los gatos bajaron dando saltos las escaleras, y cuando llegaron a la primera hebra negra la atravesaron, dejando los extremos rotos colgando en el aire.
“Vamos Billy, ¡es seguro!” dijo Aries.
Billy corrió al recibidor y siguió cuidadosamente a los gatos por el camino que habían abierto a través del campo de fuerza. “Antes de irme tengo que entrar en esa habitación” señaló el despacho.
Los tres gatos dirigieron su mirada dorada hacia aquella puerta. Fue Sagitario, el gato amarillo, quien se movió el primero. Apoyado en sus patas traseras, rasgó los hilos que cubrían la puerta del despacho. Billy alcanzó el picaporte y la puerta se abrió. La bolsa gris estaba en el suelo, justo delante de él. Cuando Billy la cogió, notó que el cierre se abrió tan pronto como lo presionó. Obviamente, Florence confiaba en el poder de su marido para proteger su colección de juramentos.
Billy buscó rápidamente en los papeles de la bolsa, y al encontrar los documentos que él había firmado, los sacó. Los iba a poner debajo de su jersey cuando notó la mirada de los gatos clavada en él. Levantó la mirada, dándose cuenta de lo que querían de él.
“Debería llevármelos todos, ¿no?” preguntó. “Así todos serían libres.”
“Sí Billy” replicaron los gatos al unísono. “Todos.”
“Date prisa” añadió Leo. “Se despertarán dentro de poco.”
Mientras salía corriendo de la habitación Billy volvió a poner sus documentos en la bolsa gris y la colocó debajo de sus brazos. Las Llamas ya estaban rompiendo todas las hebras que cubrían la puerta principal. Cuando rompieron todos los hilos, Billy alcanzó la manija. Un gritó espeluznante se oyó por toda la casa cuando abrió de golpe la puerta y la gata negra gritó “¡Volar amigos, se ha despertado!”
Billy se abalanzó hacia la calle con el furioso rugido de Usher en sus oídos. “¡El chico está fuera! ¡Levántate!, ¡levántate!”
Corriendo por las rugosas piedras del pasaje de Crook, Billy se alegró de tener la brillante luz de las Llamas para mostrarle el camino, aunque seguía terriblemente asustado. ¿A dónde iría ahora?, ¿y cómo iba a llegar?
“Coraje” dijo Leo, quien corría detrás de él.
Sagitario, el más brillante abría camino, mientras que Aries cerraba la marcha, girando de vez en cuando la cabeza para observar el callejón oscuro detrás de ellos.
Ahora estaban la calle principal corriendo hacia la catedral. Mientras aceleraban por la plaza adoquinada, el reloj de la gran cúpula marcó las cinco en punto y una bandada de grajos se elevó, graznando en el cielo. Billy miró nostálgicamente la librería Ingledew: sabía que Emma vivía ahí, pero Leo le advirtió “No pares Billy, no estás seguro todavía.”
Al bajar por la calle Mayor y corriendo por la ciudad, el corazón de Billy estaba latiendo con fuerza y empezó a pensar que si el juramento no lo mataba, aquella carrera probablemente sí lo haría. El murmullo de un motor se escuchaba cada vez más cerca, segundo a segundo. Sin disminuir la velocidad  de su carrera, Billy se giró y vio un coche gris emergiendo de la niebla detrás de él. Los de Grey.
“¡Por aquí!” le ordenó Sagitario, entrando en un callejón.
Cómo llegaron al camino a Los Altos, Billy nunca lo supo. Nunca había sido un buen corredor, pero aún así no había dejado de correr desde que dejó la Casa de Paso. ¿Le habían dado los gatos parte de su fuerza mientras le guiaban a través de las calles llenas de niebla?
Leo respondió esa pregunta no formulada. “Es la fuerza del Rey Rojo, Billy.”
Cuando empezaron a subir por el camino que llevaba a Los Altos, pasaron por una casa de ladrillos rojos con una alta muralla y una puerta enorme y protegida. “LOOMVILLA” decía la señal en la puerta. Billy estaba a solo unas yardas de la casa cuando la puerta del jardín se abrió y cuatro perros negros aparecieron en la carretera. En vez de correr más rápido, Billy se paró, demasiado aterrorizado para moverse. Los salvajes ojos negros de los perros estaban fijos en él  y sus grandes mandíbulas se abrían, revelando unos largos y peligrosos dientes.
Las Llamas rodearon a Billy silbando peligrosamente y los perros bajaron sus cabezas y gruñeron.
“Sigue corriendo Billy” dijo Aries.
Billy retrocedió arrastrando los pies, sus rodillas temblorosas apenas podían soportarlo. Justo cuando pensaba que le iban a dejar pasar definitivamente, un violento trueno hizo que los perros pararan por completo. Un rayo iluminó el cielo y los perros se dirigieron a toda velocidad a su casa, aullando de terror.
“¡Ahora Billy, corre por tu vida!” dijo Leo.
Billy podía ver los rallos crepitando a través de la niebla, y agarrando con fuerza la bolsa de los juramentos, corrió. La carretera se volvió más empinada, pero eso no impisió que siguiera corriendo. Su corazón golpeaba su pecho, su cabeza le daba vueltas y sus piernas temblaban pero él estaba corriendo por su vida, y ahora no podía parar. El coche seguía viniendo, cada vez más cerca a través de la niebla. Pronto los habría alcanzado.
La lluvia caía sobre la carretera, los truenos retumbaban sobre su cabeza y las lágrimas de Billy se mezclaban con las gotas de lluvia que caían por su rostro. “No puedo ir más rápido que un coche” sollozó. “No puedo, no puedo. Van a atraparme.”
“No” gruñó Leo. Levantó la vista mientras una bola de fuego bajaba atravesando el cielo tormentoso. La bola chocó el capó del coche gris con un enorme estruendo, el motor se incendió.
Sin poder creer lo que acababa de ver, Billy se giró y subió corriendo lo que le quedaba de cuesta. “Ha sido Tancred, ¿no?” jadeó. “Tancred y sus tormentas.”
“El mismo” afirmó Leo.
La carretera giraba profundamente, y a Billy, quien caminaba encorvado sobre la bolsa de los juramentos, le parecía que era una espiral hacia el cielo. La lluvia caía más suavemente ahora  y llevado por una repentina ráfaga de viento, llegó un grito terrible, mortal. “No puedes ganar Billy Raven. ¡Nunca, nunca, nunca!” Florence de Grey todavía le seguía, y aunque ya no tenía el coche, la carrera todavía no había terminado.
En un gesto de rebeldía, Billy coronó la colina, donde el viento era más fuerte, abrió la bolsa gris y sacó un puñado juramentos. Sujetándolos sobre su cabeza, los soltó y los dejó volar, nunca se había sentido tan vivo y jubiloso como en ese momento. Volvió a meter la mano en la bolsa gris y sacó otro puñado de juramentos, y otro y otro, hasta que la bolsa estuvo vacía y el aire estuvo lleno de de papeles flotantes. Y Billy estaba seguro de que podía oír los susurros de esperanza de los engañados, los desposeídos y los arruinados cuyos nombres estaban siendo borrados ahora por la lluvia
“¡Bien! ¡Bien!”  le vitorearon los gatos.
Con una gran sonrisa, Billy tiró la bolsa gris a la tormenta, una voz lejana gritó. “¡Estúpido niño! ¡Serás castigado por esto! ¡Solo espera!”
Charlie no se despertaba muy a menudo a las seis en punto de la mañana un domingo. De hecho, no podía recordar una sola vez en la que lo hubiera hecho, por lo que tuvo que acercar mucho su reloj a sus ojos somnolientos para asegurarse de ello. El castaño del jardín se debatía en el viento y los truenos retumbaban en la distancia. Y el timbre sonó.
Bajando sus pies al suelo, Charlie se dirigió a la ventana y se asomó. Se quedó muy sorprendido al ver un familiar Toyota aparcado fuera del número nueve. Ahí, en el umbral de la puerta, se encontraba un hombre mojado e impaciente. Era el señor Silk, el padre de Gabriel.
“¡Hola señor Silk!” saludó Charlie.
“Ah Charlie” el señor Silk se rascó la nuca como si no estuviera seguro de que quisiera estar haciendo lo que estaba haciendo. “He venido a buscarte.”
“¿A buscarme?” ahora Charlie estaba incluso más sorprendido.
“Parece que…” empezó el señor Silk.
No pudo continuar porque la puerta fue abierta abruptamente por la abuela Bone. “¿Qué?” le preguntó groseramente. En aquel momento, sonaba incluso más grosera de lo habitual.
“He venido a…” el señor Silk lo intentó otra vez.
Y otra vez le impidió seguir. “¿Tiene idea de qué hora es?” le preguntó la abuela Bone.
Completamente despierto ahora, Charlie empezó a vestirse. Quizás le había pasado algo a Gabriel, o a algún otro de los amigos que vivían en Los Altos, Tancred y Lysander.
Charlie corrió por las escaleras hasta el recibidor donde la abuela Bone todavía estaba regañando al señor Silk por haber despertado egoístamente a las personas de la casa en aquella mañana de domingo. El señor Silk estaba completamente empapado y parecía muy deprimido.
“Ah Charlie, vámonos” dijo, escapando de la mujer tiránica.
“¿Qué tengo que decirle a su madre?” gritó la abuela Bone.
“Dile que estoy en casa de Gabriel” dijo Charlie, siguiendo rápidamente al señor Silk. Charlie notó un contenedor del yogurt favorito de cacahuete del tío Paton sobresaliendo del bolsillo de la bata de la abuela Bone, y solo para molestar añadió, “Seguro que te has levantado pronto para poder acabarte el yogurt del tío P.”
La abuela Bone le dirigió una mirada llena de odio y cerró la puerta de un portazo.
Charlie entró al coche y el señor Silk arrancó. Los truenos y los relámpagos los acompañaron por su camino hacia Los Altos, debido a ellos y al sonido del motor y la lluvia repicando sobre el techo, Charlie tuvo que gritar para que le oyeran.
“¿Qué ha pasado señor Silk?” le preguntó.
“Es difícil de decir” el señor Silk era demasiado distraído para ser un escritor de libros de suspense. Recordaba a Gabriel, con su larga cara y aquella expresión de desamparo. Incluso tenían el mismo pelo largo y lacio, aunque el del señor Silk estaba empezando a escasear, pero lo compensaba con un espeso bigote. Después de pensárselo un rato, dijo “Hay un chico en la casa de los jerbos de Gabriel.”
“¿Qué chico?”
“Un chico pequeño, con pelo blanco y gafas.”
“¡Billy” gritó Charlie. “¡Así que ha escapado!”
“Dice que tiene que verte, Gabriel me rogó que fuera a buscarte. Bueno, no podía dormir de todos modos con esa tormenta. El chico de las tormentas, Tancred, dijo que se calmará pronto. Al parecer tarda un tiempo en calmarse después de que se han conseguido truenos fuertes. Es comprensible supongo.”
“Sí” Charlie estaba sorprendido por la comprensión del señor Silk.
Media milla después de haber pasado las puertas de la villa de los Loom (donde los cuatro rottweilers ladraban como locos), el Toyota pasó al lado de un coche destrozado rodeado de señales de policía. El capó se había hundido, el parabrisas roto y los neumáticos eran solo fragmentos carbonizados de goma.
“¡Vaya! ¡Parece como si a ese coche le hubiera alcanzado un rayo!” dijo Charlie.
“Es lo que ha pasado” dijo el señor Silk. “El conductor está en el hospital, pero su esposa no resultó dañada, aunque parece que se ha vuelto completamente loca.”
“Es una buena idea para un libro, ¿no lo cree señor Silk?” preguntó Charlie.
“¡Mmm!” el escritor de libros de suspense tiró de su bigote pensativamente.
Charlie le echó un rápido vistazo a la casa de Lysander mientras pasaban por delante de unas altas puertas de hierro. El padre de Lysander era el famoso juez Sage y la casa reflejaba su importante posición.
“El chico está en nuestra casa” le dijo el señor Silk. “Y Tancred Torsson. Nunca hemos tenido tantas vistas tan pronto en un domingo.” Metió el choche en un jardín extremadamente embarrado y se detuvo ante una ruinosa casa.
Charlie saltó del Toyota y cayó directamente en un profundo charco. Deseó haberse acordado ponerse botas pero ya era muy tarde para pensar en ello. El señor Silk apuntó a un lado de la casa donde un estrecho camino llevaba a un jardín trasero. “Están en la casa de los jerbos” dijo. “No me preguntes porqué.”
“Está bien” Charlie avanzó por el barro hacia un gran almacén en el que Gabriel pasaba mucho de su tiempo libre, criando a los jerbos. Las palabras “LOS JERBOS DE GABRIEL” habían sido pintadas en rojo en la puerta. Charlie podía oír un suave murmullo proveniente del almacén, pero este paró cuando intentó abrir la puerta, la cual estaba cerrada.
“¿Quién es?” preguntó Gabriel.
“Soy yo” respondió Charlie.
Después de un momento de chillidos y de pasos que se acercaban, Gabriel abrió la puerta y Charlie entró al almacén. Encontró a Tancred y a Lysander sentados en un banco bajo una estantería con jaulas de jerbos. El banco era una de los pocos lugares donde no había jaulas, que llenaban toda la pared desde el suelo al techo. Los había blancos, negros, marrones, de pelo largo, de pelo corto, grandes y pequeños. El olor era fuerte.
Billy Raven estaba sentado con las piernas cruzadas. Parecía satisfecho de sí mismo y cuando Charlie entró, le dedicó una enorme sonrisa.
“¡Billy estás fuera!” exclamó Charlie. “¿Cómo lo conseguiste?”
“Las Llamas me ayudaron, rompieron el campo de fuerza.” Detrás de su sonrisa, Charlie notaba que Billy estaba muy nervioso.
“La cosa es, ¿qué hacemos ahora?” dijo Lysander. “Billy dijo que tú sabrías qué hacer. Por eso estás aquí Charlie.”
“No puede quedarse aquí demasiado tiempo” dijo Gabriel “Esa mujer, de Grey, no parará hasta descubrir a dónde se ha ido.”
“¡Yo digo que acabemos con ella!” Tancred golpeó su palma con su puño y una fuerte brisa atravesó el almacén, removiendo el pelo de los niños y haciendo de que los jerbos huyeran chillando a buscar refugio.
Billy cubrió sus orejas con sus manos “No puedo pensar cuando hablan así” se quejó. “Hay demasiado jerbos aquí, no me dan ni un segundo de descanso.”
“¿Qué están diciendo?” preguntó Gabriel. “Siempre he querido saberlo.”
Billy le observó, con sus manos sobre sus orejas. Lysander apartó una de sus manos y gritó. “Gabriel quiere saber qué dicen los jerbos.”
“Dicen “¡Ayuda! ¡Whoops! ¡Aquí viene otra vez! ¡Vigila a los niños! ¡Eso es mío! ¡Quítate de encima!”” Billy hizo una pausa. “Cosas aburridas.”
“No para mí” dijo Gabriel.
Lysander levantó la mano para parar la conversación con un gesto dominante. “¿Podemos volver al problema? No va a ser fácil encontrar un sitio seguro para Billy – un sitio en el que a nadie se le ocurriría buscarle. Obviamente, todas nuestras casas son sospechosas porque estamos dotados. Desgraciadamente, mi padre está fuera, de lo contrario podríamos pedirle consejo.”
Gabriel sugirió que un buen desayuno los ayudaría a pensar, y abandonó la casa de los jerbos, prometiendo que volvería con huevos, beicon y tostadas.
Mirando por una pequeña ventana entre las jaulas, Charlie observó a Gabriel mientras entraba en su casa por una puerta trasera. “¿Por qué tenemos que comer aquí?” preguntó.
“Para proteger a la familia de Gabriel” dijo Lysander. “No se pueden defender de lo que sea que esa gente mande tras Billy. Y mandarán algo, créeme. Pero al menos nosotros estamos todos dotados, tenemos una oportunidad.”
Las palabras de Lysander resultaron ser proféticas, porque la luz de la mañana que había empezado a filtrarse a través de la pequeña ventana desapareció súbitamente y se encontraron sumidos en una oscuridad tenebrosa. Incluso los jerbos se callaron mientras que unos golpecitos suaves se empezaron a escuchar en el techo.
“¿Qué demonios…?” dijo Tancred.
El sonido se intensificó hasta convertirse en un fuerte tamborileo. Parecía como si millones de pequeñas manos estuvieran golpeando toda la superficie del almacén, que empezó a gemir y a sacudirse bajo el asalto.
Desesperado por saber qué estaba pasando ahí fuera, Charlie alcanzó el pomo de la puerta. Se dijo a sí mismo que quizás no era buena idea abrir la puerta, pero era demasiado tarde, y se encontró a sí mismo asomándose.
Una nube de remolinos de papel se abalanzó sobre Charlie, quien tuvo la rápida visión de Gabriel saliendo de su casa y siendo engullido por los papeles voladores. El chico cayó al suelo y el desayuno se deslizó de sus dedos y se estrelló en el patio adoquinado, enviando la comida en todas las direcciones.
Mientras los papeles entraban en la casa de los jerbos, Billy Raven se puso de pie, gritando “¡Son los juramentos!”

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