Billy siempre cenaba solo en su habitación. Cuando hubiera
terminado, llevaría su plato a la cocina, y luego tendría que fregar todos los
platos mientras los de Grey, sentados en la mesa, trabajaban en sus asuntos.
En la noche en la que Billy esperaba escapar, se dio cuenta
de que Florence tenía una pila de documentos delante de ella. Ojeaba los
papeles, lamiendo su pulgar y sonriendo con satisfacción.
Juramentos, pensó
Billy. Se dio cuenta de que de alguna manera, tendría que destruir su propio
juramento si quería escapar de verdad de los de Grey. Pero, ¿dónde estaba la
bolsa en la que se guardaban los juramentos? Tendría que descubrirlo.
Billy secó el último plato y lo colocó en la vitrina.
“¡Buenas noches mamá!, buenas noches papá” dijo (No conseguía llamarles por sus
nombres de pila como le habían demandado) “Gracias por mi deliciosa cena”
añadió.
“¿Qué era?” preguntó Florence sin levantar la vista.
“Un sándwich” dijo Billy.
“¿Y qué tenía?” preguntó Usher.
Billy tuvo que pensar un rato para responder a esa pregunta.
“Creo que era margarina” dijo.
“¿Se ha ido ya el dolor, querido?” Florence le dedicó una
mirada cursi.
“Sí, gracias mamá.”
“Esperemos que no vuelvas a enfermar otra vez” dijo
Florence, revisando uno de sus papeles.
“Sí, buenas noches.”
Ninguno de los de Grey le prestó atención alguna a Billy
cuando dejó la cocina. Caminó a través del recibidor de azulejos, diciéndole a
sus pies que se comportaran con normalidad, pero en su cabeza había semejante revuelo
que ni siquiera podía recordar cómo caminaba usualmente. Una vez que llegó a
las escaleras, subió saltando dos escalones al mismo tiempo, dispuesto a hacer
los preparativos para la noche que tenía por delante.
Los de Grey nunca vigilaban a Billy por la noche, pero solo
por si acaso, se puso uno de sus pijamas sobre su ropa normal. En vez de
meterse en la cama, se deslizó hasta el rellano y esperó a que Florence dejara
la cocina. A las siete en punto, salió llevando su bolsa gris. Billy se
escondió en las sombras mientras ella cruzaba el recibidor y entraba en un
pequeño despacho al otro lado. Salió sin la bolsa.
Billy caminó de puntillas de vuelta a su habitación. Dejando
la puerta entreabierta, se quitó sus gafas, las dejó en su mesilla de noche y luego
se metió en su cama. Fue la noche más larga que Billy había pasado nunca. El
reloj de la catedral dio las doce, luego la una, las dos y las tres. Habiendo
perdido toda esperanza de que le rescataran, Billy cayó en un sueño irregular.
Mientras Billy dormía, las nubes
nocturnas se alejaron, revelando un cielo de suave y perlado gris. La ciudad se
encontraba todavía inmersa en le niebla, solo los tejados de los edificios más
altos podían ser vistos desde arriba, con su pizarra húmeda brillando con la
luz del amanecer.
Desde la masa de hojas amarillas que coronaban un fresno, un
gato naranja emergió. Con una agilidad asombrosa saltó hasta un tejado alejado
por varios metros, seguido por un gato
amarillo y luego otro gato, del color de una llama oscura. Los tres gatos
aceleraron por los tejados hasta que llegaron a un tragaluz abierto. Uno detrás
de otro, los tres gatos saltaron a una habitación vacía en lo alto de la Casa
de Paso.
Usher de Grey tenía tanta confianza en su campo de fuerza
que nunca se había molestado en cerrar con llave las puertas. Las Llamas no
tuvieron ningún problema al abrirse camino a través de la casa, pero eran
conscientes de que el sitio estaba atado con una peligrosa magia. Para ellos,
de todas maneras, romper un campo de fuerza era tan fácil como pasar a través
del papel.
La pequeña gata negra estaba esperando a sus amigos en el
rellano “Iré a por el chico” dijo.
Billy se despertó de golpe cuando Clawdia saltó a su cama.
“¡Es hora de irse Billy!” le susurró. El chico se frotó sus
ojos y se puso las gafas. Luego, tras
deslizarse fuera de la cama, se quitó el pijama. Súbitamente, la enormidad de
lo que iba a hacer le hizo temblar con aprensión. Le echó un vistazo al cuarto,
a la televisión, el ordenador, los libros y los juegos, todo suyo si se quedaba
ahí para siempre. Se estaba adentrando en lo desconocido debido a una pequeña
gata, ¿podía confiar en ella?
Cuando vio a las Llamas los nervios de Billy se
tranquilizaron por sus reconfortantes ronroneos y sus cálidos colores, ahora,
sentía que podía hacer cualquier cosa.
Florence y Usher de Grey dormían muy ruidosamente probando
que el viejo dicho “El mal nunca descansa” no era demasiado cierto. Cuando
Billy y los gatos pasaron por delante de su habitación, continuaron durmiendo,
disfrutando alegremente la clase de sueños que la mayoría de las personas
habrían considerado como pesadillas.
Gracias al extraordinario brillo de los gatos, Billy podía
ver el campo de fuerza de Usher. Centelleantes líneas azules se entrecruzaban
por el recibidor como los hilos de una telaraña gigante. Las líneas azules eran
especialmente gruesas cuando cubrían las puertas, y el corazón de Billy se
hundió cuando vio la puerta de la habitación en la que Florence había dejado
los juramentos.
Los gatos bajaron dando saltos las escaleras, y cuando
llegaron a la primera hebra negra la atravesaron, dejando los extremos rotos
colgando en el aire.
“Vamos Billy, ¡es seguro!” dijo Aries.
Billy corrió al recibidor y siguió cuidadosamente a los
gatos por el camino que habían abierto a través del campo de fuerza. “Antes de
irme tengo que entrar en esa habitación” señaló el despacho.
Los tres gatos dirigieron su mirada dorada hacia aquella
puerta. Fue Sagitario, el gato amarillo, quien se movió el primero. Apoyado en
sus patas traseras, rasgó los hilos que cubrían la puerta del despacho. Billy
alcanzó el picaporte y la puerta se abrió. La bolsa gris estaba en el suelo,
justo delante de él. Cuando Billy la cogió, notó que el cierre se abrió tan
pronto como lo presionó. Obviamente, Florence confiaba en el poder de su marido
para proteger su colección de juramentos.
Billy buscó rápidamente en los papeles de la bolsa, y al
encontrar los documentos que él había firmado, los sacó. Los iba a poner debajo
de su jersey cuando notó la mirada de los gatos clavada en él. Levantó la
mirada, dándose cuenta de lo que querían de él.
“Debería llevármelos todos, ¿no?” preguntó. “Así todos
serían libres.”
“Sí Billy” replicaron los gatos al unísono. “Todos.”
“Date prisa” añadió Leo. “Se despertarán dentro de poco.”
Mientras salía corriendo de la habitación Billy volvió a
poner sus documentos en la bolsa gris y la colocó debajo de sus brazos. Las
Llamas ya estaban rompiendo todas las hebras que cubrían la puerta principal.
Cuando rompieron todos los hilos, Billy alcanzó la manija. Un gritó
espeluznante se oyó por toda la casa cuando abrió de golpe la puerta y la gata
negra gritó “¡Volar amigos, se ha despertado!”
Billy se abalanzó hacia la calle con el furioso rugido de
Usher en sus oídos. “¡El chico está fuera! ¡Levántate!, ¡levántate!”
Corriendo por las rugosas piedras del pasaje de Crook, Billy
se alegró de tener la brillante luz de las Llamas para mostrarle el camino,
aunque seguía terriblemente asustado. ¿A dónde iría ahora?, ¿y cómo iba a
llegar?
“Coraje” dijo Leo, quien corría detrás de él.
Sagitario, el más brillante abría camino, mientras que Aries
cerraba la marcha, girando de vez en cuando la cabeza para observar el callejón
oscuro detrás de ellos.
Ahora estaban la calle principal corriendo hacia la
catedral. Mientras aceleraban por la plaza adoquinada, el reloj de la gran
cúpula marcó las cinco en punto y una bandada de grajos se elevó, graznando en
el cielo. Billy miró nostálgicamente la librería Ingledew: sabía que Emma vivía
ahí, pero Leo le advirtió “No pares Billy, no estás seguro todavía.”
Al bajar por la calle Mayor y corriendo por la ciudad, el
corazón de Billy estaba latiendo con fuerza y empezó a pensar que si el
juramento no lo mataba, aquella carrera probablemente sí lo haría. El murmullo
de un motor se escuchaba cada vez más cerca, segundo a segundo. Sin disminuir
la velocidad de su carrera, Billy se
giró y vio un coche gris emergiendo de la niebla detrás de él. Los de Grey.
“¡Por aquí!” le ordenó Sagitario, entrando en un callejón.
Cómo llegaron al camino a Los Altos, Billy nunca lo supo.
Nunca había sido un buen corredor, pero aún así no había dejado de correr desde
que dejó la Casa de Paso. ¿Le habían dado los gatos parte de su fuerza mientras
le guiaban a través de las calles llenas de niebla?
Leo respondió esa pregunta no formulada. “Es la fuerza del
Rey Rojo, Billy.”
Cuando empezaron a subir por el camino que llevaba a Los
Altos, pasaron por una casa de ladrillos rojos con una alta muralla y una
puerta enorme y protegida. “LOOMVILLA”
decía la señal en la puerta. Billy estaba a solo unas yardas de la casa cuando
la puerta del jardín se abrió y cuatro perros negros aparecieron en la
carretera. En vez de correr más rápido, Billy se paró, demasiado aterrorizado
para moverse. Los salvajes ojos negros de los perros estaban fijos en él y sus grandes mandíbulas se abrían, revelando
unos largos y peligrosos dientes.
Las Llamas rodearon a Billy silbando peligrosamente y los
perros bajaron sus cabezas y gruñeron.
“Sigue corriendo Billy” dijo Aries.
Billy retrocedió arrastrando los pies, sus rodillas
temblorosas apenas podían soportarlo. Justo cuando pensaba que le iban a dejar
pasar definitivamente, un violento trueno hizo que los perros pararan por
completo. Un rayo iluminó el cielo y los perros se dirigieron a toda velocidad
a su casa, aullando de terror.
“¡Ahora Billy, corre por tu vida!” dijo Leo.
Billy podía ver los rallos crepitando a través de la niebla,
y agarrando con fuerza la bolsa de los juramentos, corrió. La carretera se
volvió más empinada, pero eso no impisió que siguiera corriendo. Su corazón
golpeaba su pecho, su cabeza le daba vueltas y sus piernas temblaban pero él
estaba corriendo por su vida, y ahora no podía parar. El coche seguía viniendo,
cada vez más cerca a través de la niebla. Pronto los habría alcanzado.
La lluvia caía sobre la carretera, los truenos retumbaban
sobre su cabeza y las lágrimas de Billy se mezclaban con las gotas de lluvia
que caían por su rostro. “No puedo ir más rápido que un coche” sollozó. “No
puedo, no puedo. Van a atraparme.”
“No” gruñó Leo. Levantó la vista mientras una bola de fuego
bajaba atravesando el cielo tormentoso. La bola chocó el capó del coche gris
con un enorme estruendo, el motor se incendió.
Sin poder creer lo que acababa de ver, Billy se giró y subió
corriendo lo que le quedaba de cuesta. “Ha sido Tancred, ¿no?” jadeó. “Tancred
y sus tormentas.”
“El mismo” afirmó Leo.
La carretera giraba profundamente, y a Billy, quien caminaba
encorvado sobre la bolsa de los juramentos, le parecía que era una espiral
hacia el cielo. La lluvia caía más suavemente ahora y llevado por una repentina ráfaga de viento,
llegó un grito terrible, mortal. “No puedes ganar Billy Raven. ¡Nunca, nunca,
nunca!” Florence de Grey todavía le seguía, y aunque ya no tenía el coche, la
carrera todavía no había terminado.
En un gesto de rebeldía, Billy coronó la colina, donde el
viento era más fuerte, abrió la bolsa gris y sacó un puñado juramentos.
Sujetándolos sobre su cabeza, los soltó y los dejó volar, nunca se había
sentido tan vivo y jubiloso como en ese momento. Volvió a meter la mano en la
bolsa gris y sacó otro puñado de juramentos, y otro y otro, hasta que la bolsa
estuvo vacía y el aire estuvo lleno de de papeles flotantes. Y Billy estaba
seguro de que podía oír los susurros de esperanza de los engañados, los
desposeídos y los arruinados cuyos nombres estaban siendo borrados ahora por la
lluvia
“¡Bien! ¡Bien!” le
vitorearon los gatos.
Con una gran sonrisa, Billy tiró
la bolsa gris a la tormenta, una voz lejana gritó. “¡Estúpido niño! ¡Serás
castigado por esto! ¡Solo espera!”
Charlie no se despertaba muy a menudo a las seis en punto de
la mañana un domingo. De hecho, no podía recordar una sola vez en la que lo
hubiera hecho, por lo que tuvo que acercar mucho su reloj a sus ojos
somnolientos para asegurarse de ello. El castaño del jardín se debatía en el
viento y los truenos retumbaban en la distancia. Y el timbre sonó.
Bajando sus pies al suelo, Charlie se dirigió a la ventana y
se asomó. Se quedó muy sorprendido al ver un familiar Toyota aparcado fuera del
número nueve. Ahí, en el umbral de la puerta, se encontraba un hombre mojado e
impaciente. Era el señor Silk, el padre de Gabriel.
“¡Hola señor Silk!” saludó Charlie.
“Ah Charlie” el señor Silk se rascó la nuca como si no
estuviera seguro de que quisiera estar haciendo lo que estaba haciendo. “He
venido a buscarte.”
“¿A buscarme?” ahora Charlie estaba incluso más sorprendido.
“Parece que…” empezó el señor Silk.
No pudo continuar porque la puerta fue abierta abruptamente
por la abuela Bone. “¿Qué?” le preguntó groseramente. En aquel momento, sonaba
incluso más grosera de lo habitual.
“He venido a…” el señor Silk lo intentó otra vez.
Y otra vez le impidió seguir. “¿Tiene idea de qué hora es?”
le preguntó la abuela Bone.
Completamente despierto ahora, Charlie empezó a vestirse.
Quizás le había pasado algo a Gabriel, o a algún otro de los amigos que vivían
en Los Altos, Tancred y Lysander.
Charlie corrió por las escaleras hasta el recibidor donde la
abuela Bone todavía estaba regañando al señor Silk por haber despertado
egoístamente a las personas de la casa en aquella mañana de domingo. El señor
Silk estaba completamente empapado y parecía muy deprimido.
“Ah Charlie, vámonos” dijo, escapando de la mujer tiránica.
“¿Qué tengo que decirle a su madre?” gritó la abuela Bone.
“Dile que estoy en casa de Gabriel” dijo Charlie, siguiendo
rápidamente al señor Silk. Charlie notó un contenedor del yogurt favorito de
cacahuete del tío Paton sobresaliendo del bolsillo de la bata de la abuela
Bone, y solo para molestar añadió, “Seguro que te has levantado pronto para
poder acabarte el yogurt del tío P.”
La abuela Bone le dirigió una mirada llena de odio y cerró
la puerta de un portazo.
Charlie entró al coche y el señor Silk arrancó. Los truenos
y los relámpagos los acompañaron por su camino hacia Los Altos, debido a ellos
y al sonido del motor y la lluvia repicando sobre el techo, Charlie tuvo que
gritar para que le oyeran.
“¿Qué ha pasado señor Silk?” le preguntó.
“Es difícil de decir” el señor Silk era demasiado distraído
para ser un escritor de libros de suspense. Recordaba a Gabriel, con su larga
cara y aquella expresión de desamparo. Incluso tenían el mismo pelo largo y
lacio, aunque el del señor Silk estaba empezando a escasear, pero lo compensaba
con un espeso bigote. Después de pensárselo un rato, dijo “Hay un chico en la
casa de los jerbos de Gabriel.”
“¿Qué chico?”
“Un chico pequeño, con pelo blanco y gafas.”
“¡Billy” gritó Charlie. “¡Así que ha escapado!”
“Dice que tiene que verte, Gabriel me rogó que fuera a
buscarte. Bueno, no podía dormir de todos modos con esa tormenta. El chico de
las tormentas, Tancred, dijo que se calmará pronto. Al parecer tarda un tiempo
en calmarse después de que se han conseguido truenos fuertes. Es comprensible
supongo.”
“Sí” Charlie estaba sorprendido por la comprensión del señor
Silk.
Media milla después de haber pasado las puertas de la villa
de los Loom (donde los cuatro rottweilers ladraban como locos), el Toyota pasó
al lado de un coche destrozado rodeado de señales de policía. El capó se había
hundido, el parabrisas roto y los neumáticos eran solo fragmentos carbonizados
de goma.
“¡Vaya! ¡Parece como si a ese coche le hubiera alcanzado un
rayo!” dijo Charlie.
“Es lo que ha pasado” dijo el señor Silk. “El conductor está
en el hospital, pero su esposa no resultó dañada, aunque parece que se ha
vuelto completamente loca.”
“Es una buena idea para un libro, ¿no lo cree señor Silk?”
preguntó Charlie.
“¡Mmm!” el escritor de libros de suspense tiró de su bigote
pensativamente.
Charlie le echó un rápido vistazo a la casa de Lysander
mientras pasaban por delante de unas altas puertas de hierro. El padre de
Lysander era el famoso juez Sage y la casa reflejaba su importante posición.
“El chico está en nuestra casa” le dijo el señor Silk. “Y
Tancred Torsson. Nunca hemos tenido tantas vistas tan pronto en un domingo.”
Metió el choche en un jardín extremadamente embarrado y se detuvo ante una
ruinosa casa.
Charlie saltó del Toyota y cayó directamente en un profundo
charco. Deseó haberse acordado ponerse botas pero ya era muy tarde para pensar
en ello. El señor Silk apuntó a un lado de la casa donde un estrecho camino
llevaba a un jardín trasero. “Están en la casa de los jerbos” dijo. “No me
preguntes porqué.”
“Está bien” Charlie avanzó por el barro hacia un gran
almacén en el que Gabriel pasaba mucho de su tiempo libre, criando a los
jerbos. Las palabras “LOS JERBOS DE
GABRIEL” habían sido pintadas en rojo en la puerta. Charlie podía oír un
suave murmullo proveniente del almacén, pero este paró cuando intentó abrir la
puerta, la cual estaba cerrada.
“¿Quién es?” preguntó Gabriel.
“Soy yo” respondió Charlie.
Después de un momento de chillidos y de pasos que se
acercaban, Gabriel abrió la puerta y Charlie entró al almacén. Encontró a
Tancred y a Lysander sentados en un banco bajo una estantería con jaulas de
jerbos. El banco era una de los pocos lugares donde no había jaulas, que
llenaban toda la pared desde el suelo al techo. Los había blancos, negros,
marrones, de pelo largo, de pelo corto, grandes y pequeños. El olor era fuerte.
Billy Raven estaba sentado con las piernas cruzadas. Parecía
satisfecho de sí mismo y cuando Charlie entró, le dedicó una enorme sonrisa.
“¡Billy estás fuera!” exclamó Charlie. “¿Cómo lo
conseguiste?”
“Las Llamas me ayudaron, rompieron el campo de fuerza.”
Detrás de su sonrisa, Charlie notaba que Billy estaba muy nervioso.
“La cosa es, ¿qué hacemos ahora?” dijo Lysander. “Billy dijo
que tú sabrías qué hacer. Por eso estás aquí Charlie.”
“No puede quedarse aquí demasiado tiempo” dijo Gabriel “Esa
mujer, de Grey, no parará hasta descubrir a dónde se ha ido.”
“¡Yo digo que acabemos con ella!” Tancred golpeó su palma
con su puño y una fuerte brisa atravesó el almacén, removiendo el pelo de los
niños y haciendo de que los jerbos huyeran chillando a buscar refugio.
Billy cubrió sus orejas con sus manos “No puedo pensar
cuando hablan así” se quejó. “Hay demasiado jerbos aquí, no me dan ni un
segundo de descanso.”
“¿Qué están diciendo?” preguntó Gabriel. “Siempre he querido
saberlo.”
Billy le observó, con sus manos sobre sus orejas. Lysander
apartó una de sus manos y gritó. “Gabriel quiere saber qué dicen los jerbos.”
“Dicen “¡Ayuda! ¡Whoops! ¡Aquí viene otra vez! ¡Vigila a los
niños! ¡Eso es mío! ¡Quítate de encima!”” Billy hizo una pausa. “Cosas
aburridas.”
“No para mí” dijo Gabriel.
Lysander levantó la mano para parar la conversación con un
gesto dominante. “¿Podemos volver al problema? No va a ser fácil encontrar un
sitio seguro para Billy – un sitio en el que a nadie se le ocurriría buscarle.
Obviamente, todas nuestras casas son sospechosas porque estamos dotados.
Desgraciadamente, mi padre está fuera, de lo contrario podríamos pedirle
consejo.”
Gabriel sugirió que un buen desayuno los ayudaría a pensar,
y abandonó la casa de los jerbos, prometiendo que volvería con huevos, beicon y
tostadas.
Mirando por una pequeña ventana entre las jaulas, Charlie
observó a Gabriel mientras entraba en su casa por una puerta trasera. “¿Por qué
tenemos que comer aquí?” preguntó.
“Para proteger a la familia de Gabriel” dijo Lysander. “No
se pueden defender de lo que sea que esa gente mande tras Billy. Y mandarán
algo, créeme. Pero al menos nosotros estamos todos dotados, tenemos una
oportunidad.”
Las palabras de Lysander resultaron ser proféticas, porque
la luz de la mañana que había empezado a filtrarse a través de la pequeña
ventana desapareció súbitamente y se encontraron sumidos en una oscuridad
tenebrosa. Incluso los jerbos se callaron mientras que unos golpecitos suaves
se empezaron a escuchar en el techo.
“¿Qué demonios…?” dijo Tancred.
El sonido se intensificó hasta convertirse en un fuerte
tamborileo. Parecía como si millones de pequeñas manos estuvieran golpeando
toda la superficie del almacén, que empezó a gemir y a sacudirse bajo el
asalto.
Desesperado por saber qué estaba pasando ahí fuera, Charlie
alcanzó el pomo de la puerta. Se dijo a sí mismo que quizás no era buena idea
abrir la puerta, pero era demasiado tarde, y se encontró a sí mismo asomándose.
Una nube de remolinos de papel se abalanzó sobre Charlie,
quien tuvo la rápida visión de Gabriel saliendo de su casa y siendo engullido
por los papeles voladores. El chico cayó al suelo y el desayuno se deslizó de
sus dedos y se estrelló en el patio adoquinado, enviando la comida en todas las
direcciones.
Mientras los papeles entraban en la casa de los jerbos,
Billy Raven se puso de pie, gritando “¡Son los juramentos!”
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