El único sonido en la habitación provenía de los
pasos que
comenzaron cerca de la puerta. Afilados y ligeros, fueron realizados por una mujer con unos tacones muy altos.
Charlie estaba tan impactado, que empezó a sentirse mal. La cara de Billy, en la penumbra, estaba
gris debido el miedo. Si esto había podido suceder,
cualquier cosa era posible.
Los pasos llegaron a la plataforma y el doctor Bloor recuperó su voz al fin. —Señorita Chrystal, por favor, dé un paso al frente y cuéntanos cómo pasó todo esto.
—Gracias— hubo cuatro pisadas ligeras en
los escalones que llevaban a la mesa principal.
— Que alguien le dé una silla— exigió Ezekiel.
—Prefiero estar de pie—
dijo la señorita Chrystal.
— ¿Va a contarnos su... su historia, querida?—
preguntó el doctor Bloor — ¿Y cómo ha liberado al conde? Todos estamos ansiosos por saber los detalles.
Saliendo
de su estupefacto silencio, el público expresó su acuerdo con el doctor Bloor.
—Por supuesto— la
voz de la señorita Chrystal todavía era ligera y musical, pero toda
la dulzura había
desaparecido de ella.
Ahora había frialdad tras sus palabras, una dura y quebradiza nota que hizo que Charlie tiritara.
—Hace catorce años, yo era la chica
más feliz del mundo. Estaba
enamorada y pensé que el hombre al que amaba correspondía a mis sentimientos. Pero él me rechazó y se
casó con otra. Mi corazón estaba roto, pensé que iba a morir. Finalmente, me casé con un hombre llamado Matthew Tilpin. Y tuvimos un hijo, Joshua.
En este punto, Charlie casi farfulló en voz alta.
Billy apoyó cuidadosamente una mano sobre la boca abierta de Charlie.
—No mucho tiempo después de que Joshua nació— continuó la señorita Chrystal —, mi marido nos dejó. Decía que tenía miedo de nuestro
bebé porque las cosas se le quedaban pegadas a
Joshua, ya veis. Polvo, pelusa, insectos, pedazos de papel, y cuando lo tocaba,
sus diminutas
manos le aferraban. Le fue difícil alejarse. Matthew dijo que si se quedaba, un día el bebé le haría hacer algo terrible.
Él ya sentía a Joshua doblando su voluntad.
—Mi madre siempre me dijo que éramos descendientes del Rey Rojo— continuó la señorita Chrystal —, y yo tenía algo de éxito con la magia
cuando era una niña. Pero es inútil para asuntos del corazón, así que más bien me di por
vencida. Y entonces, la Navidad pasada, mi tío
abuelo murió y me dejó un cofre lleno de papeles. Algunos habían estado
en la familia durante
novecientos años. Gran parte eran imposibles de leer. Muchos eran tan inútiles como garabatos, pero me
hicieron descubrir que era descendiente de Lilith, la hija
mayor del Rey Rojo, y su marido,
el conde Harken Badlock.
Los cien cabezas se quedaron sin aliento a la
vez, pero la señorita Chrystal
continuó, prácticamente
sin tomar un respiro.
—Entre los
papeles había un mapa en perfectas condiciones, pero muy, muy pequeño, no
creeríais lo pequeño que era, es. Debió ser ignorado durante generaciones. No tengo ni idea de
quién lo hizo, tal vez él mismo conde lo dibujó, debo preguntárselo— la mujer soltó una
pequeña risa. —Explicaba dónde podría
encontrar el Espejo de Amoret.
El espejo que traería al conde de vuelta al mundo. Tan
sólo había que sostenerlo ante el retrato del Rey Rojo, de modo que la luz que se
reflejara cayera sobre la sombra detrás
de él y— hizo una pausa—,
y así lo hice, y funcionó. ¡El conde ha vuelto!—
la voz de la señorita Chrystal crepitó con entusiasmo
delirante cuando dijo las
últimas cuatro palabras.
—Un vaso de
agua— pidió el doctor Bloor.
—Aquí, una silla— alguien empujó una silla a través del suelo.
Un murmullo de conversación se desató entre los invitados. Si Charlie y Billy hubieran querido cambiar de posición, aquel habría sido el momento perfecto, pero Charlie estaba demasiado aturdido para moverse.
La señorita
Chrystal no había terminado con su público. —Tengo algo más que decir—
anunció. —Mi hijo, Joshua, es muy poderoso. Al igual que Charlie Bone, tiene la sangre de dos magos corriendo por sus
venas. Si Charlie tiene que ser controlado,
entonces Joshua puede hacerlo.
En cuanto a la cuestión del
padre de Charlie, el conde se asegurará
de que nunca despierte— la mujer soltó una ligera risa —Oh, sí, el conde se asegurará de que Lyell Bone este perdido; perdido para siempre.
Después de un
breve silencio, una voz por encima de Charlie dijo —Señorita Chrystal, me gustaría hacerle una pregunta— Charlie tuvo la sensación de que
la voz pertenecía al hombre del turbante. — ¿Va a decirnos el nombre de la persona que la rechazó?
— ¿Quién crees que fue?—
preguntó con frialdad —Fue Lyell Bone.
Charlie
se estremecía tan violentamente que Billy tuvo que sostenerle el brazo.
—Salgamos de
aquí— susurró Charlie.
De pronto, el
comedor se llenó de ruido, un barullo tal que permitió que el sonido
producido por los niños al avanzar frenéticamente hacia el final de la mesa
pasara desapercibido. Las
sillas empezaron a chirriar. La gente se levantaba
y se movía. Entraron carritos con ruedas y los chicos
podían oír el tintineo de la porcelana china.
— ¡Café, para todo el mundo!— anunció el Dr. Bloor —Café y Delicias turcas. Por favor, tomad asiento unos minutos más.
— ¿Cómo
vamos a salir de aquí?— susurró Billy.
Charlie se encogió de hombros, derrotado.
Las puertas estaban por
lo menos a dos metros de la mesa.
Incluso si se arrastraban, alguien los vería. De pronto, tuvo una idea. Con la esperanza de
que los camareros fueran a pasar con los carritos por el final de la mesa,
esperaron fuera del alcance del último par de piernas.
Los dos carritos estaban cada
vez más cerca, cada uno
avanzaba a un lado de la mesa.
Lo mejor que pudo, Charlie le indicó mediante gestos al niño
albino que se subiera a la
plataforma inferior del carro.
Billy comprendió y asintió.
Por fin, los
dos camareros llegaron al
final de la mesa. Charlie le echó una última mirada al rostro ansioso de Billy y le sonrió alentadoramente,
tras lo cual se escondió debajo de la tela roja que cubría los carros. El estante inferior estaba
vacío, y el camarero estaba distraído
sirviendo café. Acurrucado incómodamente en el estante, Charlie se dio cuenta de que la tela roja no lo cubría por completo. Cruzando
los dedos, se quedó completamente
inmóvil mientras el carro era llevado lentamente hasta
el otro extremo del salón comedor. Tan pronto como estuvo a salvo
al atravesar las puertas, el
camarero se paró y empezó
a maldecir — ¿Pero qué...?— miró debajo de la tela y encontró a Charlie.
— ¡Por
el amor de Dios! ¡Un niño!— exclamó el
camarero, un hombre joven con la
cara ligeramente llena de granos. — ¿Qué estás haciendo aquí?
—Estoy castigado
y me aburría— respondió Charlie,
rogando por que el joven fuera un tipo simpático.
El joven se
echó a reír —Apuesto a que así era.
Ahora, ¿te importaría bajarte
de mi carro? La
espalda me ha estado doliendo
horriblemente, y
tu presencia solo lo empeora.
—Por favor,
¿no me puedes dejar un poco más lejos?— le rogó Charlie —Solo hasta las
cocinas.
— ¿Estás bromeando? He estado trabajando desde las seis de la mañana.
—Solo hasta que pasemos cocina verde, entonces— pidió
Charlie. —No quiero que la señora Weedon me atrape.
—Entiendo
tu punto. Muy bien,
agárrate fuerte.
Charlie apretó los dientes al
pasar a través del dominio de la señora Weedon. Podía ver la mitad inferior de su cuerpo a lo largo de toda la cocina, avanzando por las
nubes de vapor junto a los grandes fregaderos. Y entonces, se encontró en la siguiente parte de
las cocinas, detrás de la cafetería de drama. El camarero
llevó a Charlie a través de
la cafetería y hasta el pasillo —Ahora, lárgate— dijo el camarero— O pronto estaré tan castigado como tú.
Charlie rodó fuera del carro,
dándole las gracias al camarero
profusamente. —Tengo un amigo que está...— empezó a decir, pero el camarero ya se había ido.
Con la esperanza
de que Billy también estuviera
en manos tan simpáticas,
Charlie corrió escaleras arriba y a lo largo de los oscuros pasillos hasta llegar a su dormitorio.
Billy no aparecía. Charlie esperó y esperó. El
reloj de la catedral dio las diez.
Las voces de los invitados
que salían se podían oír desde el patio. ¿Qué le había sucedido
a Billy? Charlie se mordió el labio con ansiedad. Si capturaban a Billy, ¿le diría a los Bloors que
Charlie había estado con él?
Cuando el reloj
dio las once, Charlie hizo un bulto con forma de cuerpo
con sus ropas y lo empujó debajo de las sábanas de la cama de Billy. Unos minutos más tarde el Ama miró dentro. Charlie cerró los ojos y se quedó muy quieto. El Ama se fue.
Charlie no podía dormir. Se acercó a la ventana y miró hacia el patio. No había luces en las ventanas del ala oeste. Todo el edificio
estaba a oscuras. Charlie había decidido ir a buscar a Billy cuando una pequeña figura se deslizó dentro.
—Billy,
¿dónde has estado?— gritó Charlie.
—Me encerraron en una despensa—
respondió Billy con cansancio.
— ¿Cómo?
—El camarero simplemente llevó mi carro a aquel armario
y cerró la puerta— mientras Billy
cruzaba la habitación a oscuras, su rostro se iluminó de repente desde abajo por una pequeña y parpadeante luz. Charlie vio que llevaba una delgada vela que parecía como
si se hubiera encendido por sí sola.
— ¿Cómo
has hecho eso?— preguntó Charlie.
Cuando llegó a
su cama, Billy apagó la vela y se metió debajo de las mantas,
arrojando el bulto de ropa mientras lo hacía. —Buen truco— dijo
con un bostezo.
—Billy, estoy
completamente despierto— dijo Charlie. —Por favor, antes de dormirte, dime cómo saliste
de la despensa, y cómo es que esa
vela se encendió sola.
—Bueno— Billy volvió a bostezar —Esperé hasta que todo estuvo tranquilo, y luego me
encontré un trozo de papel. Tiré de él hacia mí, y cuando pasó por debajo de la puerta,
descubrí que encima había un lápiz que también había conseguido arrastrar.
Metí el lápiz en el ojo de la cerradura y la
llave que estaba en la cerradora cayó al otro lado de la puerta, sobre el papel, porque lo había
vuelto a poner en la misma posición de antes, luego volví a tirar de él
hacia mi lado con la llave encima y abrí la puerta. Estaba
oscuro y yo estaba tan, tan asustado. Siempre llevo conmigo mis velas, las que mi guardián, el señor Crowquill,
me dio antes de morir. No
sabía lo que podían hacer hasta
esta noche. Saqué una
y...y...— el siguiente
bostezo de Billy fue casi un gemido.
—Y…—
presionó Charlie.
—Intenté encontrar una salida, pero estaba muy,
muy oscuro, y yo estaba muy, muy
asustado, y... y...
— ¿Y?— gritó Charlie, como ya
había pasado el ama, no le importaba si le oían.
—Y... y lloré— confesó Billy
—, y dije “Oh, me gustaría poder ver”
y la vela simplemente, se
iluminó sola.
— ¡Vaya!— Charlie se recostó finalmente —Asombroso. Has tenido esas velas durante años y nunca supiste lo que podían hacer. ¡Pobre Christopher Crowquill!
—Tengo cinco velas ahora, porque tu tío me dio
una que el señor
Crowquill le envió a él.
Me gustaría que mi guardián
siguiera con vida— Billy
suspiró y se dio la vuelta.
Charlie se permitió
sentirse cansado, pero antes de irse a dormir, le preguntó a Billy si le gustaría volver a casa con él la
noche del sábado.
—No,
gracias— murmuró Billy. —Creo que
me quedaré aquí. Nunca
he visto un Gran Baile.
Charlie tampoco había visto nunca un
Gran Baile, pero nada podría haberlo persuadido para pasar otra noche en la Academia Bloor.
A la mañana
siguiente, el desayuno de los chicos
fue interrumpido por un hombre alto
con una cabeza calva y un gran bigote pelirrojo. Metiendo la cabeza por la puerta de la cafetería azul, dijo: —Ah. No es aquí,
entonces.
— ¿Qué
esta buscando, señor?— preguntó Charlie con la boca llena de cereales.
—No
hables con la boca llena— replicó
Bigotes Pelirrojos. La
Cocinera salió de la cocina y el extraño dijo
—Pareces una mujer bastante sensata.
¿Dónde está la sala de reuniones?
Bigotes
Pelirrojos retiró su cabeza
y cerró la puerta con un irritable chasquido.
—Directores— murmuró la Cocinera. —No tienen modales
en absoluto. Creen que son
dioses y algunos de ellos no pueden resistirse a presumir. Ya he
tenido suficiente de cambiadores
de forma, desvanecedores y magos variados. Hacen desaparecer
la comida, la lanzan al
aire, la cambian por chocolate
o lo que se les da la gana, y algunos incluso juegan
con la porcelana, simplemente porque ellos prefieren el oro
o la plata. Bueno, van a tener
que contenerse a sí mismos esta noche, el alcalde
no soporta esa clase de cosas.
Los
chicos no habían sido conscientes
de los encantamientos de arriba mientras ellos habían estado bajo la mesa, y se
entristecieron mucho por habérselos perdido. Pero no se habían perdido todo.
—Cocinera—
Charlie bajó la voz. —La señorita Chrystal es...
—Lo sé, Charlie. Lo he oído. No puedo hablar sobre ello ahora.
Todos estarán aquí en un minuto. Todas las cabezas. Empezarán en el teatro y luego habrá reuniones
por todas partes, algunas en las aulas,
otras en el gimnasio. No
tengo ni idea de a dónde vais a ir vosotros dos.
Los chicos
pronto se enteraron. Se encontraban caminando de regreso
al dormitorio cuando fueron interceptados por Manfred
Bloor.
— ¿Qué
estáis haciendo vosotros dos aquí?— ladró Manfred.
—No
sabemos a dónde más ir— dijo Billy.
— ¡Fuera!— Manfred apuntó a la escalera principal.
— ¿Fuera?— preguntó
Charlie. — ¿Hasta cuándo?
—Hasta que yo os vaya a buscar— respondió Manfred.
No tenía sentido discutir. Charlie y Billy se dirigieron a regañadientes hacia
las escaleras, donde, al mirar hacia abajo, pudieron ver
una gran multitud de directores.
Algunos todavía estaban mostrando sus habilidades. Charlie
descubrió un burro y un oso, y pudo ver cómo un avestruz se transformaba en una mujer vestida
de amarillo. Un hombre con una capa negra se desvaneció en el aire, y había un lagarto gigante
colgando de una viga.
Charlie y Billy descendieron cautelosamente
hasta el recibidor. Una vez
allí, tuvieron que abrirse paso a
través de la ruidosa muchedumbre. La
regla del silencio
no existía para ellos, señaló
Charlie. Nadie prestó atención a los dos chicos que avanzaban con dificultad hacia
los vestidores, hasta
que se
encontraron cara a cara con el
hombre del turbante azul.
—Ajá,
nos encontramos de nuevo— dijo Turbante Azul, sonriendo
ampliamente. Se
llevó un dedo a los labios y le
guiñó un ojo a Charlie. — ¡Buena
suerte!
Una enorme mujer
empujó a Charlie hacia un lado, y antes de que se
dieran cuenta, el hombre del turbante azul había desaparecido entre la multitud.
— ¿Quién era?— preguntó
Billy, cuando se
encontraron a salvo en el interior del vestuario azul.
—Me vio debajo de la
mesa la noche anterior, pero no me
delató— Charlie se
puso el abrigo y las botas.
—Así que en realidad no son todos malos. No se
parecía mucho a un director de colegio, ¿verdad?— Billy se sentó en un banco a desatar sus zapatos.
—Es extranjero— señaló Charlie —Tal vez los directores de colegio son como él en el lugar del que viene.
Tan pronto como
estuvieron fuera, Charlie se dirigió a
la ruina. La escarchada hierba crujía bajo sus
pies, y una niebla helada caía sobre los
terrenos. El gran arco rojo de
la ruina del castillo apenas se podía ver.
Billy caminaba con dificultad detrás de Charlie, esperando que hiciera
más calor dentro de la ruina. No se dio cuenta de que Charlie tenía un propósito diferente.
— ¿Qué ha pasado?—
Billy se adentró en el
destrozado patio y miró con fijeza las baldosas de piedra rotas.
—Ella estaba buscando
el espejo, y es aquí
donde lo encontró— Charlie
señaló el cuadrado oscuro en la tierra. —La señorita Chrystal, la profesora que todos considerábamos como
la mejor y la más amable
de todo el colegio.
—Y es
la peor— dijo Billy.
—Una
bruja— añadió Charlie. —Debo advertir a los demás, pero no quiero que la señorita Chrystal sepa que vamos
tras ella.
—Tendremos que
estar en guardia— afirmó Billy.
Los
niños bajaron por uno
de los cinco oscuros pasadizos que llevaban fuera del patio. Al final del pasaje,
había una amplia zona cubierta de hierba, rodeada de árboles y gruesas
paredes rotas. Los muchachos se
sentaron en una pared y Charlie
se frotó sus congeladas manos,
pensando en Bartholomew Bloor.
“El Rey Rojo se encuentra todavía
en su castillo" había dicho
el explorador "Pero está escondido".
—Entonces, ¿dónde está?— murmuró Charlie para sí mismo.
— ¿Dónde está
quién?— preguntó Billy.
—El Rey Rojo. Lo necesitamos, Billy.
El rostro de los
niños se congeló levemente cuando un frío viento sopló sobre ellos, las ramas sin hojas crujieron
por encima de sus cabezas. Cerca del
suelo se escuchó una rama partiéndose, y luego otra. Charlie se volvió, casi esperando ver a Asa
en su forma de bestia saltando sobre los arbustos. Pero no era Asa. De pie, muy quieta bajo uno de los árboles, Charlie vio una yegua blanca.
—Es la reina— dijo Charlie en
voz baja.
Los chicos se
bajaron de la pared y la reina llegó trotando
hacia ellos.
—Es usted, es realmente usted— dijo Charlie, acariciando el sedoso y blanco cuello del animal. Billy gruñó
y relinchó, la reina bajó la cabeza para
escuchar mejor los extravagantes zumbidos
y resoplidos que salían de
Billy como estornudos. Ella respondió a su manera,
con varios relinchos largos.
Charlie,
ardiendo de impaciencia, exigió saber
lo que estaba diciendo la reina.
—Le pregunté
si el rey estaba aquí—
respondió Billy—, y ella me dijo que estaba en lo más profundo
de su castillo. Le pregunté cómo podríamos llegar a él, y ella me dijo que cuando llegara el momento, lo haríamos.
— ¿Eso es todo?—
Charlie estaba decepcionado. —Pero, ¿cuándo llegará el momento?
El caballo
blanco bajó el hocico hasta
colocarlo a la altura del oído de Charlie, quien colocó su brazo extendido por encima de la larga crin de la yegua. Charlie y la
reina estaban cara a cara, pero entonces, de
repente, la reina miró hacia el cielo.
El
silencio fue roto por retumbo en el aire demasiado
siniestro para ser un trueno. El sonido fue seguido de un cielo que
se oscurecía, como si una pesada cortina hubiera sido extendida
sobre la tierra. En
aquel sombrío ambiente, los ojos de la reina brillaron por el miedo. La
yegua dio un chillido, se
encabritó, y se alejo al galope, el golpeteo de los cascos se escuchaba cada
vez más distante, mientras el sonido en el aire se transformaba en un rugido ensordecedor. Charlie y Billy huyeron a toda velocidad de la ruina. Corrieron por
los terrenos, tropezando con sus propios
pies en su ansia por llegar a la
Academia y refugiarse en ella.
— ¿Qué es ese ruido?— jadeó Billy. — ¿Es un terremoto?
—Tal vez sea el fin del mundo— le gritó Charlie.
Consiguieron
llegar a la puerta del colegio y la encontraron cerrada. Charlie
golpeó insistentemente los duros paneles
de roble hasta que, por fin, la puerta se abrió y Manfred bajó la mirada hacia ellos. —Así que, asustados por un pequeño trueno, ¿no?— dijo Manfred despectivamente.
—Eso no es un trueno— afirmó
Charlie. —Es... es... Por favor, ¿podemos pasar?
—Eres
una molestia, Charlie Bone, pero está bien, id a vuestro dormitorio—
Manfred se hizo a un lado
y los chicos entraron de un salto al pasillo. Ahora estaba desierto,
los directores se habían dispersado en distintas aulas.
—No ha sido
un trueno, señor— dijo Billy.
—Me pregunto
de qué se trata, entonces— Manfred
parecía saber la respuesta, pero no iba a decírsela.
— ¿Cuándo es
el gran baile, señor?— preguntó Billy, sintiéndose más valiente ahora que estaba dentro del edificio.
—Los invitados
llegarán a las siete y media,
y será mejor que te
mantengas fuera del camino, Billy
Raven. Quinientas personas atravesarán nuestras puertas esta noche.
— ¡Quinientas!— exclamó
Charlie.
—Es la ocasión de la década—
alardeó Manfred. —El alcalde va a estar
aquí, y todo el consejo de la
ciudad. Habrá tres jueces,
un duque y una duquesa, los dueños de todos los grandes negocios en la
ciudad, un obispo, varios gobernadores, directores y
presidentes.... No, no los presidentes de países— aclaró Manfred cuando la boca de Charlie se abrió. —Me refiero a los presidentes
de las compañías.
— ¡Vaya!— Charlie estaba terriblemente
impresionado.
Manfred sonrió con satisfacción. — ¿Os gustaría ver el salón de baile?— les ofreció.
Los dos chicos
se preguntaron qué había
pasado con el prefecto. Manfred no era tan amigable normalmente. Tal vez
no podía resistir la tentación de impresionar. Billy dijo —Sí, por favor— antes de que Manfred
pudiera cambiar de opinión.
—Seguidme—
Manfred corrió el
cerrojo de la pequeña puerta que
conducía a la Torre
de Música. Cuando se abrió la puerta, Charlie se
asombró al ver el pasillo,
usualmente sombrío, transformado
gracias a una gruesa alfombra y el techo ensartado con centelleantes estrellas. El niño nunca había notado las puertas del salón de baile.
Ahora, restauradas y mostrando su
antiguo esplendor, las arqueadas
puertas relucían gracias a la cera. Manfred les dio un pequeño
empujón y los niños entraron
a una habitación cuya magnificencia
casi le quitó el
aliento a Charlie.
— ¿Qué os parece,
chicos?— Manfred también parecía un poco
asombrado. Apretó un
interruptor y cuatro lámparas de araña
de las que colgaban lágrimas de cristal
cobraron vida con una
brillante explosión de luz.
Estaban suspendidas en un techo decorado con criaturas de escayola. Eran
irreales criaturas imposibles de encontrar, monstruos como trasgos, gnomos,
troles, murciélagos con fangs, diablos con trabajadas colas y dragones con
apariencia malvada.
Charlie
luchaba por encontrar las palabras. Al final fue Billy el que habló — ¡Espectacular!
El
resplandeciente suelo iba hasta un escenario en el que había un gran piano de cola en una esquina y varios atriles de música en la otra. Charlie se imaginó el salón de baile atestado de balanceantes figuras con
largos vestidos que brillaban
a la luz de las lámparas de
araña.
—Está bien,
¿no creéis?— Manfred apagó las luces y sacó
a los chicos fuera.
—Sí— estuvieron de acuerdo. —Grandioso.
Mientras se alejaban del salón de
baile, unas
ligeras pisadas hicieron
que todos se volvieran para mirar
hacia atrás. El profesor de piano,
el señor Pilgrim, apareció en el otro
extremo del pasillo. Charlie
se sorprendió al verlo. Pensaba que el señor Pilgrim había salido de la escuela.
—Hola, señor Pilgrim—
dijo.
—Hola, ¿quién…?— el
profesor parecía perplejo.
—Le sugiero
que regrese a la sala de música,
señor Pilgrim— le ordenó Manfred
imperiosamente.
—Yo pensé...
—La Cocinera le traerá algo de comer.
—No tengo hambre—
el señor Pilgrim apartó un mechón de pelo negro de su pálido rostro nerviosamente.
—Como quiera. Vamos, muchachos— Manfred
arrastró a los chicos hasta el final del pasillo, donde cerró la antigua puerta detrás de él.
—Has encerrado fuera a el señor Pilgrim—
dijo Charlie.
—Dentro— le replicó Manfred. —Lo he encerrado dentro por su
propio bien. Él no sabe hacerle frente a las multitudes— el chico miró fijamente a Charlie —Quitaos
los abrigos y volved al dormitorio.
Charlie no tenía miedo de los hipnóticos
ojos negros de Manfred. El niño se la
devolvió y fue Manfred
quién desvió la mirada.
“Está
perdiendo su antiguo poder” pensó
Charlie. “Pero ahora hay algo más. ¿Qué es...?”
Manfred metió las manos en sus bolsillos y se alejó.
De vuelta en el dormitorio,
Charlie y Billy se sentaron en
la cama y esperaron. Sus estómagos empezaron a hacer ruido. Faltaba una hora entera hasta la
hora de comer, y Charlie
no creía que pudiera durar mucho más tiempo sin un bocado. El niño había
decidido ir a ver a la Cocinera
cuando su mensajero llegó.
Varios ladridos fuertes al otro lado de la puerta
anunciaron la llegada de Bendito.
— ¡La comida!—
Billy se bajó de un salto de la cama. —Bendito dice que hay comida en la cafetería— el albino abrió la puerta y le
dio unas palmaditas en la cabeza al arrugado y anciano perro. —Gracias,
Bendito.
En la cafetería
se encontraron con una pila de sándwiches puestos en una mesa. Podían oír a la Cocinera gritando órdenes en la cocina. El lugar
parecía estar tremendamente
alborotado una vez más, con más de un centenar de elegantes comidas para preparar en
el comedor. Cuando Charlie y Billy
terminaron sus sándwiches,
se asomaron a la cocina, esperando una galleta
de chocolate por lo menos.
—En esa alacena— dijo la Cocinera ,
señalando el lugar. Tenía la cara muy roja y su delantal estaba
cubierto de grandes manchas amarillas
y marrones. —Y tú, Charlie, tienes que hacer tu bolsa
e ir a la puerta principal antes de las doce y media. Tu tío te recogerá.
— ¿El tío Paton? Pero si él ni puede...
—Pues va a tener
que poder— resopló la Cocinera.
—No hay nadie más disponible. Me han dicho que ya está todo arreglado.
Ahora, ¡vete!
Agarrando las galletas de chocolate, los dos
muchachos retrocedieron. Charlie
miró su reloj. Eran las doce y veinte de la tarde.
Tenía diez minutos para hacer la maleta
y llegar a la puerta principal.
— ¿Estás seguro de que no quieres venir
conmigo?— preguntó Charlie mientras corrían hasta el dormitorio.
—Quiero
ver a las damas con sus vestidos de
baile— dijo Billy. — Y entonces te podré contar todo— no añadió que
quería imaginarse que una
de las hermosas figuras danzantes era su madre.
El señor
Weedon estaba esperando en el pasillo cuando Charlie bajó
estrepitosamente con su bolsa. Faltaba solo un minuto para la hora.
—Casi no lo logras, ¿verdad, Charlie Bone?— el señor Weedon tenía la clase
de tono desdeñoso que siempre hacía que Charlie quisiera decirle algo grosero. Pero el calvo y musculoso manitas daba un poco de miedo. Si decía algo incorrecto ahora, el señor Weedon era muy capaz de encerrarlo
en un almacén, o algo peor.
—Gracias— alcanzó a decir Charlie,
cuando el corpulento hombre deslizó hacia atrás los cerrojos y desbloqueó la puerta.
—No la he abierto todavía, ¿verdad?— se burló el señor Weedon.
—No, señor.
El
señor Weedon abrió apenas una de
las puertas, el niño se escurrió
por la brecha y corrió a través del patio. Saltó los escalones hacia la plaza adoquinada, casi cayéndose en el último, estaba tan contento de ver el coche del
tío Paton aparcado al final de la plaza. Su
tío no oyó los alegres gritos de
Charlie. Llevaba gafas oscuras y parecía
estar completamente absorto en el libro sobre su
regazo.
— ¡Tío Paton!— Charlie abrió de un tirón la puerta del coche y se deslizó en el asiento del pasajero. —Estoy aquí.
El tío Paton levantó la
vista. —Así que eres tú— Charlie sonrió levemente.
— ¿Está todo
bien? Quiero decir, Maisie, ella… ¿Está...?
—No hay cambio, me temo— el tío Paton suspiró.
—Siento que
hayas tenido que salir durante el
día. ¿Tuviste algún accidente?
—Ninguno hasta el momento— Paton encendió el motor. Parecía distraído.
— ¿Estás bien, tío Paton?— preguntó Charlie.
— ¿Yo? Sí, estoy bien. Es
sólo que... bueno, estoy
preocupado por tu madre,
Charlie.
— ¿Por qué?— preguntó Charlie, alarmado.
—Ella va a ir al
Gran Baile.
— ¿Mamá?— Charlie no se lo
podía creer. — ¿Cómo
demonios? Ellos
nunca la dejarían. ¿Quién va a ir con ella? ¿Mi madre? Ella no puede ir.
—Bueno, pues va— Paton presionó el acelerador y el coche se puso
en marcha sobre los adoquines de piedra hasta salir de la plaza.
que paso donde estan los otros caps quiero sabe rsi charlie .....
ResponderEliminarPincha El Rey Oculto. Primero Personajes y prologo etc
ResponderEliminarhola muchas gracias por la traducción pero es casi imposible entenderla asi, podrian subir todos los capítulos ordenados en un pdf por libro? desde ya muchas gracias
ResponderEliminardonde esta la finalicacion de este libro quiero saber que paso con Amy Bone plisss.
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