Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

sábado, 17 de agosto de 2013

Capítulo 11: La impactante verdad

El único sonido en la habitación provenía de los pasos que comenzaron cerca de la puerta. Afilados y ligeros, fueron realizados por una mujer con unos tacones muy altos.

Charlie estaba tan impactado, que empezó a sentirse mal. La cara de Billy, en la penumbra, estaba gris debido el miedo. Si esto había podido suceder, cualquier cosa era posible.
 
Los pasos llegaron a la plataforma y el doctor Bloor recuperó su voz al fin. —Señorita Chrystal, por favor, dé un paso al frente y cuéntanos cómo pasó todo esto.

—Gracias— hubo cuatro pisadas ligeras en los escalones que llevaban a la mesa principal.

— Que alguien le dé una silla— exigió Ezekiel.

—Prefiero estar de piedijo la señorita Chrystal.

— ¿Va a contarnos su... su historia, querida?— preguntó el doctor Bloor — ¿Y cómo ha liberado al conde? Todos estamos ansiosos por saber los detalles.

Saliendo de su estupefacto silencio, el público expresó su acuerdo con el doctor Bloor.

Por supuesto— la voz de la señorita Chrystal todavía era ligera y musical, pero toda la dulzura había desaparecido de ella. Ahora había frialdad tras sus palabras, una dura y quebradiza nota que hizo que Charlie tiritara.

Hace catorce años, yo era la chica más feliz del mundo. Estaba enamorada y pensé que el hombre al que amaba correspondía a mis sentimientos.  Pero él me rechazó y se casó con otra.  Mi corazón estaba roto, pensé que iba a morir. Finalmente, me casé con un hombre llamado Matthew Tilpin. Y tuvimos un hijo, Joshua.

En este punto, Charlie casi farfulló en voz alta. Billy apoyó cuidadosamente una mano sobre la boca abierta de Charlie.

No mucho tiempo después de que Joshua nació—  continuó la señorita Chrystal —, mi marido nos dejó. Decía que tenía miedo de nuestro bebé porque las cosas se le quedaban pegadas a Joshua, ya veis. Polvo, pelusa, insectos, pedazos de papel, y cuando lo tocaba, sus diminutas manos le aferraban. Le fue difícil alejarse. Matthew dijo que si se quedaba, un día el bebé le haría hacer algo terrible. Él ya sentía a Joshua doblando su voluntad.

—Mi madre siempre me dijo que éramos descendientes del Rey Rojo— continuó la señorita Chrystal —, y yo tenía algo de éxito con la magia cuando era una niña. Pero es inútil para asuntos del corazón, así que más bien me di por vencida. Y entonces, la Navidad pasada, mi tío abuelo murió y me dejó un cofre lleno de papeles. Algunos habían estado en la familia durante novecientos años. Gran parte eran imposibles de leer. Muchos eran tan  inútiles como garabatos, pero me hicieron descubrir que era descendiente de Lilith, la hija mayor del Rey Rojo, y su marido, el conde Harken Badlock.

Los cien cabezas se quedaron sin aliento a la vez, pero la señorita Chrystal continuó, prácticamente sin  tomar un respiro.

—Entre los papeles había un mapa en perfectas condiciones, pero muy, muy pequeño, no creeríais lo pequeño que era, es. Debió ser ignorado durante generaciones. No tengo ni idea de quién lo hizo, tal vez él mismo conde lo dibujó, debo preguntárselo—  la mujer soltó una pequeña risa. —Explicaba dónde podría encontrar el Espejo de Amoret. El espejo que traería al conde de vuelta al mundo. Tan sólo había que sostenerlo ante el retrato del Rey Rojo, de modo que la luz que se reflejara cayera sobre la sombra detrás de él y— hizo una pausa—, y así lo hice, y funcionó. ¡El conde ha vuelto!— la voz de la señorita Chrystal crepitó con entusiasmo delirante cuando dijo las últimas cuatro palabras.

—Un vaso de agua— pidió el doctor Bloor.

—Aquí, una silla— alguien empujó una silla a través del suelo.

Un murmullo de conversación se desató entre los invitados. Si Charlie y Billy hubieran querido cambiar de posición, aquel habría sido el momento perfecto, pero Charlie estaba demasiado aturdido para moverse.

La señorita Chrystal no había terminado con su público. —Tengo algo más que deciranunció. —Mi hijo, Joshua, es muy poderoso. Al igual que Charlie Bone, tiene la sangre de dos magos corriendo por sus venas. Si Charlie tiene que ser controlado, entonces Joshua puede hacerlo. En cuanto a la cuestión del padre de Charlie, el conde se asegurará de que nunca despierte— la mujer soltó una ligera risa —Oh, sí, el conde se asegurará de que Lyell Bone este perdido; perdido para siempre.

Después de un breve silencio, una voz por encima de Charlie dijo —Señorita  Chrystal, me gustaría hacerle una pregunta— Charlie tuvo la sensación de que la voz pertenecía al hombre del turbante. ¿Va a decirnos el nombre de la persona que la rechazó?

— ¿Quién crees que fue?— preguntó con frialdad —Fue Lyell Bone.

Charlie se estremecía tan violentamente que Billy tuvo que sostenerle el brazo.

—Salgamos de aquí— susurró Charlie.

De pronto, el comedor se llenó de ruido, un barullo tal que permitió que el sonido producido por los niños al avanzar frenéticamente hacia el final de la mesa pasara desapercibido. Las sillas empezaron a chirriar. La gente se levantaba y se movía. Entraron carritos con ruedas y los chicos podían oír el tintineo de la porcelana china.

— ¡Café, para todo el mundo!anunció el Dr. Bloor —Café y Delicias turcas. Por favor, tomad asiento unos minutos más.

¿Cómo vamos a salir de aquí?— susurró Billy.

Charlie se encogió de hombros, derrotado. Las puertas estaban por lo menos a dos metros de la mesa. Incluso si se arrastraban, alguien los vería. De pronto, tuvo una idea. Con la esperanza de que los camareros fueran a pasar con los carritos por el final de la mesa, esperaron fuera del alcance del último par de piernas.

Los dos carritos estaban cada vez más cerca, cada uno avanzaba a un lado de la mesa. Lo mejor que pudo, Charlie le indicó mediante gestos al niño albino que se subiera a la plataforma inferior del carro. Billy comprendió y asintió.

Por fin, los dos camareros llegaron al final de la mesa. Charlie le echó una última mirada al rostro ansioso de Billy y le sonrió alentadoramente, tras lo cual se escondió debajo de la tela roja que cubría los carros. El estante inferior estaba vacío, y el camarero estaba distraído sirviendo café. Acurrucado incómodamente en el estante, Charlie se dio cuenta de que la tela roja no lo cubría por completo. Cruzando los dedos, se quedó completamente inmóvil mientras el carro era llevado lentamente hasta el otro extremo del salón comedor. Tan pronto como estuvo a salvo al atravesar las puertas, el camarero se paró y empezó a maldecir ¿Pero qué...?— miró debajo de la tela y encontró a Charlie.

— ¡Por el amor de Dios! ¡Un niño! exclamó el camarero, un hombre joven con la cara ligeramente llena de granos. — ¿Qué estás haciendo aquí?

—Estoy castigado y me aburría— respondió Charlie, rogando por que el joven fuera un tipo simpático.

El joven se echó a reír —Apuesto a que así era. Ahora, ¿te importaría bajarte de mi carro? La espalda me ha estado doliendo  horriblemente, y tu presencia solo lo empeora.

—Por favor, ¿no me puedes dejar un poco más lejos?le rogó Charlie —Solo hasta las cocinas.

— ¿Estás bromeando? He estado trabajando desde las seis de la mañana.
 
—Solo hasta que pasemos cocina verde, entonces— pidió Charlie. No quiero que la señora Weedon me atrape.

—Entiendo tu punto. Muy bien, agárrate fuerte.
 
Charlie apretó los dientes al pasar a través del dominio de la señora Weedon. Podía ver la mitad inferior de su cuerpo a lo largo de toda la cocina, avanzando por las nubes de vapor junto a los grandes fregaderos. Y entonces, se encontró en la siguiente parte de las cocinas, detrás de la cafetería de drama. El camarero llevó a Charlie a través de la cafetería y hasta el pasillo —Ahora, lárgate— dijo el camarero— O pronto estaré tan castigado como tú.

Charlie rodó fuera del carro, dándole las gracias al camarero profusamente. —Tengo un amigo que está... empezó a decir, pero el camarero ya se había ido.

Con la esperanza de que Billy también estuviera en manos tan simpáticas, Charlie corrió escaleras arriba y a lo largo de los oscuros pasillos hasta llegar a su dormitorio.

Billy no aparecía. Charlie esperó y esperó. El reloj de la catedral dio las diez. Las voces de los invitados que salían se podían oír desde el patio. ¿Qué le había sucedido a Billy? Charlie se mordió el labio con ansiedad. Si capturaban a Billy, ¿le diría a los Bloors que Charlie había estado con él?

Cuando el reloj dio las once, Charlie hizo un bulto con forma de cuerpo con sus ropas y lo empujó debajo de las sábanas de la cama de Billy. Unos minutos más tarde el Ama miró dentro. Charlie cerró los ojos y se quedó muy quieto. El Ama se fue.

Charlie no podía dormir. Se acercó a la ventana y miró hacia el patio. No había luces en las ventanas del ala oeste. Todo el edificio estaba a oscuras. Charlie había decidido ir a buscar a Billy cuando una pequeña figura se deslizó dentro.

—Billy, ¿dónde has estado?— gritó Charlie.

—Me encerraron en una despensa— respondió Billy con cansancio.

¿Cómo?

—El camarero simplemente llevó mi carro a aquel armario y cerró la puerta— mientras Billy cruzaba la habitación a oscuras, su rostro se  iluminó de repente desde abajo por una pequeña y parpadeante luz. Charlie vio que llevaba una delgada vela que parecía como si se hubiera encendido por sí sola.

¿Cómo has hecho eso?— preguntó Charlie.

Cuando llegó a su cama, Billy apagó la vela y se metió debajo de las mantas, arrojando el bulto de ropa mientras lo hacía. Buen truco— dijo con un bostezo.

—Billy, estoy completamente despierto— dijo Charlie. —Por favor, antes de dormirte, dime cómo saliste de la despensa, y cómo es que esa vela se encendió sola. 

—BuenoBilly volvió a bostezarEsperé hasta que todo estuvo tranquilo, y luego me encontré un trozo de papel. Tiré de él hacia mí, y cuando pasó por debajo de la puerta, descubrí que encima había un lápiz que también había conseguido arrastrar. Metí el lápiz en el ojo de la cerradura y la llave que estaba en la cerradora cayó al otro lado de la puerta, sobre el papel, porque lo había vuelto a poner en la misma posición de antes, luego volví a tirar de él hacia mi lado con la llave encima y abrí la puerta. Estaba oscuro y yo estaba tan, tan asustado. Siempre llevo conmigo mis velas, las que mi guardián, el señor Crowquill, me dio antes de morir. No sabía lo que podían hacer hasta esta noche. Saqué una y...y...— el siguiente bostezo de Billy fue casi un gemido.

—Y…— presionó Charlie.

—Intenté encontrar una salida, pero estaba muy, muy oscuro, y yo estaba muy, muy asustado, y... y...

¿Y?— gritó Charlie, como ya había pasado el ama, no le importaba si le oían.

—Y... y lloréconfesó Billy —, y dije “Oh, me gustaría poder ver” y la vela simplemente, se iluminó sola.

— ¡Vaya!— Charlie se recostó finalmente —Asombroso. Has tenido esas velas durante años y nunca supiste lo que podían hacer. ¡Pobre Christopher Crowquill!

—Tengo cinco velas ahora, porque tu tío me dio una que el señor Crowquill le envió a él. Me gustaría que mi guardián siguiera con vida— Billy suspiró y se dio la vuelta.

Charlie se permitió sentirse cansado, pero antes de irse a dormir, le preguntó a Billy si le gustaría volver a casa con él la noche del sábado.

No, gracias— murmuró Billy. —Creo que me quedaré aquí. Nunca he visto un Gran Baile.

Charlie tampoco había visto nunca un Gran Baile, pero nada podría haberlo persuadido para pasar otra noche en la Academia Bloor.

A la mañana siguiente, el desayuno de los chicos fue interrumpido por un hombre alto con una cabeza calva y un gran  bigote pelirrojo. Metiendo la cabeza por la puerta de la cafetería azul, dijo: —Ah. No es aquí, entonces.

— ¿Qué esta buscando, señor?—  preguntó Charlie con la boca llena de cereales.

 No hables con la boca llenareplicó Bigotes Pelirrojos. La Cocinera salió de la cocina y el extraño dijo —Pareces una mujer bastante sensata. ¿Dónde está la sala de reuniones?

La Cocinera miró al hombre, su pecho hinchando por la indignación. —No tengo ninguna duda de que soy mucho más sensata que tú. Tendrías que haber girado a la derecha, no a la izquierda.

Bigotes Pelirrojos retiró su cabeza y cerró la puerta con un irritable chasquido.

Directoresmurmuró la Cocinera. No tienen modales en absoluto. Creen que son dioses y algunos de ellos no pueden resistirse a presumir. Ya he tenido suficiente de cambiadores de forma, desvanecedores y magos variados. Hacen desaparecer la comida, la lanzan al aire, la cambian por chocolate o lo que se les da la gana, y algunos incluso juegan con la porcelana, simplemente porque ellos prefieren el oro o la plata. Bueno, van a tener que contenerse a sí mismos esta noche, el alcalde no soporta esa clase de cosas.

Los chicos no habían sido conscientes de los encantamientos de arriba mientras ellos habían estado bajo la mesa, y se entristecieron mucho por habérselos perdido. Pero no se habían perdido todo.

—Cocinera— Charlie bajó la voz. —La señorita Chrystal es...

—Lo sé, Charlie. Lo he oído. No puedo hablar sobre ello ahora. Todos estarán aquí en un minuto. Todas las cabezas. Empezarán en el teatro y luego habrá reuniones por todas partes, algunas en las aulas, otras en el gimnasio. No tengo ni idea de a dónde vais a ir vosotros dos.

Los chicos pronto se enteraron. Se encontraban caminando de regreso al dormitorio cuando fueron interceptados por Manfred Bloor.

— ¿Qué estáis haciendo vosotros dos aquí?— ladró Manfred.

 No sabemos a dónde más ir— dijo Billy.

— ¡Fuera!Manfred  apuntó a la escalera principal.

— ¿Fuera?— preguntó Charlie. ¿Hasta cuándo?

Hasta que yo os vaya a buscar— respondió Manfred.

No tenía sentido discutir. Charlie y Billy se dirigieron a regañadientes hacia las escaleras, donde, al mirar hacia abajo, pudieron ver una gran multitud de directores. Algunos todavía estaban mostrando sus habilidades. Charlie descubrió un burro y un oso, y pudo ver cómo un avestruz se transformaba en una mujer vestida de amarillo. Un hombre con una capa negra se desvaneció en el aire, y había un lagarto gigante colgando de una viga.

Charlie y Billy descendieron cautelosamente hasta el recibidor. Una vez allí, tuvieron que abrirse paso a través de la ruidosa muchedumbre. La regla del silencio no existía para ellos, señaló Charlie. Nadie prestó atención a los dos chicos que avanzaban con dificultad hacia los vestidores, hasta que  se encontraron cara a cara con el hombre del turbante azul.

Ajá, nos encontramos de nuevo— dijo Turbante Azul, sonriendo ampliamente. Se llevó un dedo a los labios y le guiñó un ojo a Charlie. ¡Buena suerte!

Una enorme mujer empujó a Charlie hacia un lado, y antes de que se dieran cuenta, el hombre del turbante azul había desaparecido entre la multitud.

¿Quién era?— preguntó Billy, cuando se encontraron a salvo en el interior del vestuario azul.

—Me vio debajo de la mesa la noche anterior, pero no me delató— Charlie se puso el abrigo y las botas.
 
—Así que en realidad no son todos malos. No se parecía mucho a un director de colegio, ¿verdad?— Billy se sentó en un banco a desatar sus zapatos.

—Es extranjero— señaló Charlie —Tal vez los directores de colegio son como él en el lugar del que viene.

Tan pronto como estuvieron fuera, Charlie se dirigió a la ruina. La escarchada hierba crujía bajo sus pies, y una niebla helada caía sobre los terrenos. El gran arco rojo de la ruina del castillo apenas se podía ver.

Billy caminaba con dificultad detrás de Charlie, esperando que hiciera más calor dentro de la ruina. No se dio cuenta de que Charlie tenía un propósito diferente.

— ¿Qué ha pasado?— Billy se adentró en el destrozado patio y miró con fijeza las baldosas de piedra rotas.

Ella estaba buscando el espejo, y es aquí donde lo encontró— Charlie señaló el cuadrado oscuro en la tierra. —La señorita Chrystal, la profesora que todos considerábamos como la mejor y la más amable de todo el colegio.

—Y es la peor— dijo Billy.

Una bruja— añadió Charlie. —Debo advertir a los demás, pero no quiero que la señorita Chrystal sepa que vamos tras ella.

—Tendremos que estar en guardia— afirmó Billy.

Los niños bajaron por uno de los cinco oscuros pasadizos que llevaban fuera del patio. Al final del pasaje, había una amplia zona cubierta de hierba, rodeada de árboles y gruesas paredes rotas. Los muchachos se sentaron en una pared y Charlie se frotó sus congeladas manos, pensando en Bartholomew Bloor. “El Rey Rojo se encuentra todavía en su castillo" había dicho el explorador "Pero está escondido".

—Entonces, ¿dónde está?murmuró Charlie para sí mismo.

— ¿Dónde está quién?preguntó Billy.

—El Rey Rojo. Lo necesitamos, Billy.

El rostro de los niños se congeló levemente cuando un frío viento sopló sobre ellos, las ramas sin hojas crujieron por encima de sus cabezas. Cerca del suelo se escuchó una rama partiéndose, y luego otra. Charlie se volvió, casi esperando ver a Asa en su forma de bestia saltando sobre los arbustos. Pero no era Asa. De pie, muy quieta bajo uno de los árboles, Charlie vio una yegua blanca.

—Es la reina— dijo Charlie en voz baja.

Los chicos se bajaron de la pared y la reina llegó trotando hacia ellos.

—Es usted, es realmente usted— dijo Charlie, acariciando el sedoso y blanco cuello del animal. Billy gruñó y relinchó, la reina bajó la cabeza para escuchar mejor los extravagantes zumbidos y resoplidos que salían de Billy como estornudos. Ella respondió a su manera, con varios relinchos largos.

Charlie, ardiendo de impaciencia, exigió saber lo que estaba diciendo la reina.

—Le pregunté si el rey estaba aquí— respondió Billy—, y ella me dijo que estaba en lo más profundo de su castillo. Le pregunté cómo podríamos llegar a él, y ella me dijo que cuando llegara el momento, lo haríamos.
 
— ¿Eso es todo?— Charlie estaba decepcionado. —Pero, ¿cuándo llegará el momento?

El caballo blanco bajó el hocico hasta colocarlo a la altura del oído de Charlie, quien colocó su brazo extendido por encima de la larga crin de la yegua. Charlie y la reina estaban cara a cara, pero entonces, de repente, la reina miró hacia el cielo.

El silencio fue roto por retumbo en el aire demasiado siniestro para ser un trueno. El sonido fue seguido de un cielo que se oscurecía, como si una pesada cortina hubiera sido extendida sobre la tierra. En aquel sombrío ambiente, los ojos de la reina brillaron por el miedo. La yegua dio un chillido, se encabritó,  y se alejo al galope, el  golpeteo de los cascos se escuchaba cada vez más distante, mientras el sonido en el aire se transformaba en un rugido ensordecedor. Charlie y Billy huyeron a toda velocidad de la ruina. Corrieron por los terrenos, tropezando con sus propios pies en su ansia por llegar a la Academia y refugiarse en ella.

¿Qué es ese ruido?— jadeó Billy. — ¿Es un terremoto?

Tal vez sea el fin del mundo— le gritó Charlie.

Consiguieron llegar  a la puerta del colegio y la encontraron cerrada. Charlie golpeó insistentemente los duros paneles de roble hasta que, por fin, la puerta se abrió y Manfred bajó la mirada hacia ellos. —Así que, asustados por un pequeño trueno, ¿no?— dijo Manfred despectivamente.

—Eso no es un trueno— afirmó Charlie. —Es... es... Por favor, ¿podemos pasar?

—Eres una molestia, Charlie Bone, pero está bien, id a vuestro dormitorio— Manfred se hizo a un lado y los chicos entraron de un salto al pasillo. Ahora estaba desierto,  los directores se habían dispersado en distintas aulas.

—No ha sido un trueno, señor— dijo Billy.

—Me pregunto de qué se trata, entonces— Manfred parecía saber la respuesta, pero no iba a decírsela.

— ¿Cuándo es el gran baile, señor?— preguntó Billy, sintiéndose más valiente ahora que estaba dentro del edificio.

—Los invitados llegarán a las siete y media, y será mejor que te mantengas fuera del camino, Billy Raven. Quinientas personas atravesarán nuestras puertas esta noche.

— ¡Quinientas!— exclamó Charlie.

—Es la ocasión de la década— alardeó Manfred. —El alcalde va a estar aquí, y todo el consejo de la ciudad. Habrá tres jueces, un duque y una duquesa, los dueños de todos los grandes negocios en la ciudad, un obispo, varios gobernadores, directores y presidentes.... No, no los presidentes de países— aclaró Manfred cuando la boca de Charlie se abrió. —Me refiero a los presidentes de las compañías.

— ¡Vaya!— Charlie estaba terriblemente impresionado.

 Manfred sonrió con satisfacción. — ¿Os gustaría ver el salón de baile?— les ofreció.
 
Los dos chicos se preguntaron qué había pasado con el prefecto. Manfred no era tan amigable normalmente. Tal vez no podía resistir la tentación de impresionar. Billy dijo —Sí, por favor— antes de que Manfred pudiera cambiar de opinión.

—Seguidme— Manfred corrió el cerrojo de la pequeña puerta que conducía a la Torre de Música. Cuando se abrió la puerta, Charlie se asombró al ver el pasillo, usualmente sombrío, transformado gracias a una gruesa alfombra y el techo ensartado con centelleantes estrellas. El niño nunca había notado las puertas del salón de baile. Ahora, restauradas y mostrando su antiguo esplendor, las arqueadas puertas relucían gracias a la cera. Manfred les dio un pequeño empujón y los niños entraron a una habitación cuya magnificencia casi le quitó el aliento a Charlie.

¿Qué os parece, chicos?— Manfred también parecía un poco asombrado. Apretó un interruptor y cuatro lámparas de araña de las que colgaban lágrimas de cristal cobraron vida con una brillante explosión de luz. Estaban suspendidas en un techo decorado con criaturas de escayola. Eran irreales criaturas imposibles de encontrar, monstruos como trasgos, gnomos, troles, murciélagos con fangs, diablos con trabajadas colas y dragones con apariencia malvada.

Charlie  luchaba por encontrar las palabras. Al final fue Billy el que habló — ¡Espectacular!

El resplandeciente suelo iba hasta un escenario en el que había un gran piano de cola en una esquina y varios atriles de música en la otra. Charlie se imaginó el salón de baile atestado de balanceantes figuras con largos vestidos que brillaban a la luz de las lámparas de araña.

—Está bien, ¿no creéis?— Manfred apagó las luces y sacó a los chicos fuera.

—Sí— estuvieron de acuerdo. Grandioso.

Mientras se alejaban del salón de baile, unas ligeras pisadas hicieron que todos se volvieran para mirar hacia atrás.  El profesor de piano, el señor Pilgrim, apareció en el otro extremo del pasillo. Charlie se sorprendió al verlo. Pensaba que el señor Pilgrim había salido de la escuela.

—Hola, señor Pilgrimdijo.

Hola, ¿quién…?— el profesor parecía perplejo.

—Le sugiero que regrese a la sala de música, señor Pilgrim— le ordenó Manfred imperiosamente.

—Yo pensé...

La Cocinera le traerá algo de comer.

—No tengo hambre— el señor Pilgrim apartó un mechón de pelo negro de su pálido rostro nerviosamente.

Como quiera. Vamos, muchachos— Manfred arrastró a los chicos hasta el final del pasillo, donde cerró la antigua puerta detrás de él.

—Has encerrado fuera a el señor Pilgrim— dijo Charlie.

—Dentro— le replicó Manfred. —Lo he encerrado dentro por su propio bien. Él no sabe hacerle frente a las multitudes— el chico miró fijamente a Charlie Quitaos los abrigos y volved al dormitorio.

Charlie no tenía miedo de los hipnóticos ojos negros de Manfred. El niño se la devolvió  y fue Manfred quién desvió la mirada.Está perdiendo su antiguo poder” pensó Charlie.Pero ahora hay algo más. ¿Qué es...?”

Manfred metió las manos en sus bolsillos y se alejó.

De vuelta en el dormitorio, Charlie y Billy se sentaron en la cama y esperaron. Sus estómagos empezaron a hacer ruido. Faltaba una  hora entera  hasta la hora de comer,  y Charlie no creía que pudiera durar mucho más tiempo sin un bocado. El niño había decidido ir a ver a la Cocinera cuando su mensajero llegó.

Varios ladridos fuertes al otro lado de la puerta anunciaron la llegada de Bendito.

— ¡La comida!— Billy se bajó de un salto de la cama. —Bendito dice que  hay comida en la cafetería— el albino abrió la puerta y le dio unas palmaditas en la cabeza al arrugado y anciano perro. —Gracias, Bendito.

En la cafetería se encontraron con una pila de sándwiches puestos en una mesa. Podían oír a la Cocinera gritando órdenes en la cocina. El lugar parecía estar tremendamente alborotado una vez más, con más de un centenar de elegantes comidas  para preparar en el comedor. Cuando Charlie y Billy terminaron sus sándwiches, se asomaron a la cocina, esperando una galleta de chocolate por lo menos.

En esa alacena dijo la Cocinera, señalando el lugar. Tenía la cara muy roja y su delantal estaba cubierto de grandes manchas amarillas y marrones. —Y tú, Charlie, tienes que hacer tu bolsa e ir a la puerta principal antes de las doce y media. Tu tío te recogerá.

— ¿El tío Paton? Pero si él ni puede...

—Pues va a tener que poder resopló la Cocinera. No hay nadie más disponible. Me han dicho que ya está todo arreglado. Ahora, ¡vete!
Agarrando las galletas de chocolate, los dos muchachos retrocedieron. Charlie miró su reloj. Eran las doce y veinte de la tarde. Tenía diez minutos para hacer la maleta y llegar a la puerta principal.

— ¿Estás seguro de que no quieres venir conmigo?— preguntó Charlie mientras corrían hasta el dormitorio.

Quiero ver a las damas con sus vestidos de baile— dijo Billy. — Y entonces te podré contar todo— no añadió que quería imaginarse que una de las hermosas figuras danzantes era su madre.

El señor Weedon estaba esperando en el pasillo cuando Charlie bajó estrepitosamente con su bolsa. Faltaba solo un minuto para la hora.

—Casi no lo logras, ¿verdad, Charlie Bone?— el señor Weedon tenía la clase de tono desdeñoso que siempre hacía que Charlie quisiera decirle algo grosero. Pero el calvo y musculoso manitas daba un poco de miedo. Si decía algo incorrecto ahora, el señor Weedon era muy capaz de encerrarlo en un almacén, o algo peor.

—Gracias— alcanzó a decir Charlie, cuando el corpulento hombre deslizó hacia atrás los cerrojos y desbloqueó la puerta.

No la he abierto todavía, ¿verdad?se burló el señor Weedon.

—No, señor.

El señor Weedon abrió apenas una de las puertas, el niño se escurrió por la  brecha  y corrió a través del patio. Saltó los escalones hacia la plaza adoquinada, casi cayéndose en el último, estaba tan contento de ver el coche del tío Paton aparcado al final de la plaza. Su tío no oyó los alegres gritos de Charlie. Llevaba gafas oscuras y parecía estar completamente absorto en el libro sobre su regazo.

— ¡Tío Paton!— Charlie abrió de un tirón la puerta del coche y se deslizó en el asiento del pasajero. —Estoy aquí.

El tío Paton levantó la vista. —Así que eres tú— Charlie sonrió levemente.

¿Está todo bien? Quiero decir, Maisie, ella… ¿Está...?  

—No hay cambio, me temo— el tío Paton suspiró.

Siento que hayas tenido que salir durante el día. ¿Tuviste algún accidente?

 Ninguno hasta el momento— Paton encendió el motor. Parecía distraído.

— ¿Estás bien, tío Paton?— preguntó Charlie.

— ¿Yo? Sí, estoy bien. Es sólo que... bueno, estoy preocupado por tu madre, Charlie.

¿Por qué?— preguntó Charlie, alarmado.

—Ella va a ir al Gran Baile.

— ¿Mamá?Charlie no se lo podía creer. — ¿Cómo demonios? Ellos nunca la dejarían. ¿Quién va a ir con ella? ¿Mi madre? Ella no puede ir.

—Bueno, pues va— Paton presionó el acelerador y el coche se puso en marcha sobre los adoquines de piedra hasta salir de la plaza.

4 comentarios:

  1. que paso donde estan los otros caps quiero sabe rsi charlie .....

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  2. Pincha El Rey Oculto. Primero Personajes y prologo etc

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  3. hola muchas gracias por la traducción pero es casi imposible entenderla asi, podrian subir todos los capítulos ordenados en un pdf por libro? desde ya muchas gracias

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  4. donde esta la finalicacion de este libro quiero saber que paso con Amy Bone plisss.

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