El Rey Rojo y su reina estaban cabalgando por la costa. Era la época del año cuando el viento traía una estela de frío. Las nubes de la tarde estaban empezando a aparecer, y cuando el sol pudo encontrar un camino a través del crepúsculo, golpeó el mar con rayos de luz.
El rey y la reina guiaron sus caballos hacia su hogar, pero en ese momento, la reina tiró de las riendas y en absoluto silencio empezó a cruzar el agua. El rey, siguiendo su estela llegó a una isla de una increíble belleza rodeada de un aura luminosa, con miles de destellos azules.
“Oh” suspiró la reina con voz de espanto.
“¿Qué pasa, mi amor?” preguntó el rey.
Con respecto a sus hijos la intuición de la reina era mayor que la del Rey, y cuando vio la Isla de los Mil Azules, fue como si una mano helada le atenazara el corazón “Los niños”. Su voz era apenas un susurro.
El rey le preguntó cuál de sus nueve hijos le preocupaba, pero la reina no se lo pudo decir. Una vez que estuvo en el Castillo Rojo y vio a sus dos hijos, Borlath, el cual tenía el pelo castaño, y el rubio Amadis, la reina tuvo un terrible presentimiento. Vio humo negro saliendo de la isla azul y las llamas convirtiendo la tierra en cenizas. Vio un castillo de resplandeciente cristal apareciendo en una tormenta de nieve, y cuando el ojo de su alma atravesó el muro de cristal, vio a un niño con el pelo del color de la nieve escalando de un pozo y cerrando los ojos frente a la muerte que estaba a su alrededor.
“No debemos permitir que nuestros hijos vean aquella isla”, le dijo al rey. “Nunca debemos permitir que penetren esas azules tierras encantadas”.
El rey se lo prometió. Pero en menos de un año la reina moriría y el rey, desolado por la pérdida, dejaría el castillo y a sus hijos. La reina murió nueve días después de dar a luz a su décima hija, una niña llamada Amoret. Una niña a la que nadie pudo proteger.
No hay comentarios:
Publicar un comentario