Charlie Bone & El Castillo de los Espejos

Charlie Bone - Jenny Nimmo
Esto es un trabajo de fans y para fans; todos los derechos están reservados a la autora del libro Jenny Nimmo. Cualquier intento de plagio será castigado con vudú.

sábado, 17 de agosto de 2013

Capítulo 12: Los diarios de Bartholomew

El tío Paton insistió en tomar una ruta que evitaría cualquier semáforo. Había habido casos en los que, con una simple mirada, una luz roja se había convertido en una lluvia de cristales. A Charlie le resultaba difícil ser paciente. Siguió lanzando preguntas a su tío, que parecía no tener respuestas, aunque sabía que la invitación de Amy había venido de Kingdom's, la tienda que había proporcionado los langostinos fatales.

Tal vez están intentando hacer las paces con ella, por el accidente de Maisie— sugirió Charlie. El tío Paton negó con la cabeza.

—El problema de Maisie no fue un accidente. La idea era dejarme fuera de combate.  Y el comportamiento de tu madre en estos últimos días me lleva a creer que esta invitación es para ella mucho más que una simple indemnización. Está radiante.

— ¿Radiante?— Charlie nunca había oído esa palabra aplicada a su madre.

En un minuto verás lo que quiero decirPaton se detuvo ante el número nueve. —Tu madre no ha ido al trabajo hoy.

Charlie salió del coche y subió los escalones antes de que su tío apagara el motor del coche. Tan pronto como llegó al salón, Charlie gritó — ¡Mamá! ¡Mamá!— todo lo alto que permitía su voz.

La abuela Bone salió de la cocina y  ladró — ¡Silencio! Estás demasiado mayor como para llamar a tu madre de esa manera.

Quiero que sepa que he llegado— dijo Charlie, saltando por las escaleras antes de que su abuela pudiera detenerlo.

Encontró a su madre en su pequeña habitación en la segunda planta de la casa. El vestido de fiesta fue lo primero que vio cuando abrió la puerta. Estaba colgado en la puerta del armario, era de un profundo y reluciente azul, con tirantes finos, cintura estrecha y una larga falda resplandeciente.

— ¿Te gusta, Charlie?— Amy Bone levantó la vista de su tocador. Su cabello estaba diferente. Era brillante y suave, con mechas de un rubio más claro.

—Mamá, ¿por qué vas al baile?— preguntó Charlie.

—Charlie, no te pongas tan serio— el nuevo y radiante rostro de Amy Bone le sonreía  desde el espejo —Quiero pasar un buen rato. Quiero salir y brillar de nuevo—  La mujer resplandecía y brillaba, y no era la misma de siempre en absoluto.

Charlie tragó saliva y le preguntó — ¿Con  quién vas a ir?  

—Con el señor Noble, es el nuevo propietario de Kingdom's. Es un buen hombre. Deberías ser igual que él, Charlie.

— ¿Igual que él? ¿Por qué debería hacerlo?

—Es bueno para mí, Charlie. ¿Eso no significa nada para ti? Él me hace sentir especial— su voz adoptó un tono soñador —Utiliza unas palabras tan maravillosas.

Charlie fue hasta el vestido azul y tocó el material resbaladizo. El vestido se sentía embrujado. — ¿Ha hecho la tía Venetia este vestido?

—Oh, Charlie, por supuesto que no. Lo compré en Kingdom's. Yo misma observé a la chica cuando lo doblaba.

—Debe haber costado un pastón— murmuró Charlie.

—Fue un regalo— dijo su madre con timidez.

“Una trampa, más bien” pensó Charlie. —No  puedes dejar a Maisie— le espetó. —Está toda congelada. Dijiste que no podrías hacer nada con ella en ese estado.

—No seas tonto, Charlie. El tío Paton estará aquí si Maisie se descongela. Si no puedes decir nada bueno, será mejor que te vayas.

Las manos de Charlie cayeron a su costado, sentía que estaba perdiendo la batalla. No sabía qué armas usar contra el hombre que le estaba robando a su madre con palabras maravillosas. El niño salió de la habitación y cerró la puerta.

En su camino hacia las escaleras, Charlie fue a echarle un vistazo a Maisie. Todavía estaba tumbada en la bañera. Alguien le había puesto un antifaz para dormir sobre sus ojos que hacía que pareciera más un ladrón que una abuelita helada. Excepto por el jersey de color rosa.

Supongo que tienes hambre— dijo la abuela Bone cuando Charlie entró en la cocina.

—No, gracias, acabo de comer— respondió Charlie.

—No te estaba ofreciendo, me lo estaba preguntando a mí— dijo su  abuela, sin levantar la vista de su periódico.

Charlie suspiró. ¿La cesta vino?—  preguntó.

—Por supuesto. Paton no tocó nada, el muy tonto. Estaba todo exquisito— la abuela Bone chasqueó los labios. 

Así que, ¿no queda  nada? 

—Ni una migaja.

Charlie suspiró de nuevo. Subió las escaleras y llamó a la puerta de su tío.

—Adelante, querido muchacho, entra— le llamó el tío Paton.Charlie entró y se sentó en el borde de la terriblemente desordenada cama de su tío, mientras Paton metía unos papeles en un cajón de su escritorio.

—Tenías razón, tío Paton— dijo Charlie miserablemente. —Mamá está más que resplandeciente. Creo que ha sido hechizada de alguna forma.

¡Yo también!— Paton se acercó zumbando en su silla giratoria y miró fijamente a Charlie.Pero mira, querido muchacho, no todo es pesimismo y fatalidad. Tenemos noticias para ti.

— ¿Buenas noticias?— preguntó Charlie, esperanzado.

—Interesantes, por lo menos— le respondió su tío —Cuando nuestras elegantes damas se hayan ido al baile, la señorita Ingledew vendrá aquí y se unirá a nosotros para la cena. Emma se queda con los Vertigo, al parecer. Julia tiene un paquete de aspecto intrigante para ti, y ambos nos estamos muriendo por saber lo que hay en él.

— ¿Para mí?— Charlie estaba perplejo. Su tío no pudo decirle nada más, así que se fue a su habitación y deshizo la maleta. La polilla blanca bajó volando desde lo alto de la cortina y se posó en su hombro. Charlie sintió que era su manera de saludarlo.

El tiempo pasaba muy lentamente. Charlie pensó en visitar a Benjamín, pero se sentía incómodo en el número doce, sobre todo sabiendo que los Browns eran espías. Benjamín tendría que venir a él.

A las siete en punto, la puerta de la abuela Bone se abrió y la mujer bajó las escaleras con su vestido crujiendo y susurrando a cada paso que daba. La puerta principal se cerró de golpe y Charlie miró por la ventana de su habitación. Debajo de él, la abuela Bone y dos de sus tías abuelas, Eustacia y Venetia, formaron un corrillo mientras hablaban en voz baja. Todas llevaban largas capas oscuras, pero la de Venetia tenía  un aspecto particularmente viscoso. Resplandecía como el rastro de una babosa.

Las tres hermanas se subieron al coche de Eustacia, y al minuto siguiente, este se puso en marcha, rugiendo por la calle Filbert. Unos segundos después se oyó un crujido de seda fuera de la habitación de Charlie. La puerta se abrió y una mujer dio un paso dentro. Charlie apenas la reconoció. ¿De verdad era esa hermosa mujer vestida de azul su madre?

¿Cómo estoy?— le preguntó.

La mirada de Charlie recorrió sus brazos pálidos y desnudos. Una ancha pulsera de plata rodeaba su muñeca izquierda, pero su anillo de diamantes ya no estaba. Charlie se estremeció. Nunca había visto a su madre sin su anillo. Nunca.

— ¡Tu anillo!la miró a la cara.

— ¿Mi anillo? Oh, me lo quité. No quiero llamar tanto la atención, ¿verdad?— la mujer soltó una risita divertida.

—Pero, mamá...

Buenas noches, Charlie— de pronto, su madre se inclinó hacia delante y lo besó en la mejilla, y Charlie se vio envuelto en un aroma que le era completamente desconocido.  Durante unos minutos, se quedó de pie como aturdido, y luego se precipitó escaleras abajo tras su madre. Alguien ya estaba tocando el timbre, y Amy Bone salió de la casa sin mirar atrás. Un hombre en uniforme negro cerró la puerta detrás de ella.

— ¡Mamá!Charlie giró la llave para abrir la puerta, justo a tiempo para ver a su madre entrar en la parte de atrás de una larga limusina dorada. Tenía ventanas oscuras, ahumadas, y él no podía ver a través de ellas. El hombre de negro, un chofer, sin duda alguna, le dedicó a Charlie una mirada desagradable, y luego se metió en el asiento del conductor. La limusina dorada se alejó, tan silenciosa como una serpiente.

No te quedes en el frío, querido muchacho— el tío Paton se acercó por detrás de Charlie.

—Tío Paton, ¿has visto a mi madre?

—No, lo siento, me lo perdí ¿Estaba guapa?— el tío Paton empujó a Charlie a un lado y cerró la puerta.

—Sí— dijo Charlie lentamente. —Pero se había quitado el anillo.

Hmmm. ¿Qué significa eso?, me pregunto. Vamos, ayúdame a poner la mesa para Julia, estará aquí en cualquier momento.

Entraron en la cocina, en la que el tío Paton ya había puesto velas en todas las superficies disponibles.  Charlie puso los cuchillos, tenedores y cucharas, mientras el tío Paton se ocupó de los vasos. Del horno salía un olor delicioso, y para cuando llegó la señorita Ingledew, Charlie se sentía tan hambriento, que se habría comido tres de las galletas favoritas de la abuela Bone.

El paquete de papel marrón que la señorita Ingledew había traído parecía  ciertamente interesante. Estaba atado con una cuerda y sellado con mucho lacre, Charlie no sabía por dónde empezar a desatarlo. Su nombre estaba impreso en grandes letras mayúsculas justo encima de la dirección de la señorita Ingledew.

—Me lo entregaron en la mano— el explicó la señorita Ingledew a Charlie —Fue una mujer asiática de aspecto nervioso. De edad bastante avanzada.

— ¡Meng!— Charlie casi dejó caer el paquete.

— ¿Meng?— dijo su tío. ¿Conoces a esta mujer?— Charlie dudó. Al pronunciar el nombre de Meng, había roto la mitad de su promesa a Bartholomew. Pero, sin duda, de todas las personas en el mundo, el tío Paton y la señorita Ingledew eran las más dignas de confianza. Así que se sentó con el paquete en su regazo y les contó todo sobre su visita al desierto y, en buena medida, añadió el relato de lo que había oído durante la Cena de las Cien Cabezas.

—No me gusta como suena eso— dijo la señorita Ingledew cuando terminó. —Me preocupáis,  todos estáis en las manos de esas horribles personas.

El tío Paton no parecía tan preocupado. — ¡El padre del doctor Bloor está de vuelta!— exclamó. Bueno, yo nunca…

Le prometí que no se lo contaría a nadie— le interrumpió Charlie, desgarrando el papel marrón —No quiere que nadie lo sepa.

—Y no le culpo. Tuvo una mala relación con Ezekiel, su padre, y nunca se llevó bien con su hijo. Y entonces murió María— Paton sacudió la cabeza. —Pobre Barty.

—Conoció a mi padre— dijo Charlie.

—Lo hizo, en efectoPaton le pasó a Charlie un cuchillo de cocina. —Se fueron de escalada juntos, justo un año antes de que Lyell desapareciera.

Charlie utilizó el cuchillo en el último trozo de cuerda y el papel marrón se deslizó hasta el suelo, junto con varios libros pequeños. Charlie los recogió. Maltratados y manchados por el tiempo, cada uno de ellos había sido encuadernado con una delgada tira de cuero para mantener juntas las sueltas y ligeras páginas.

—Diarios— declaró la señorita Ingledew. —Mira, todos tienen los años impresos en la portada. Cinco años en cada libro. Qué fascinante.

— ¿Diarios?— preguntó Charlie. — ¿Por qué me los ha enviado a mí?

El tío Paton aconsejó que se comieran primero su comida especialmente preparada antes de examinar los diarios de Bartholomew. Pato asado, chirivía asada, patatas, zanahorias, y guisantes rápidamente aparecieron sobre la mesa, seguidos de un pudín de piña que se derretía en la boca. El tío Paton estaba obviamente intentando impresionar a su invitada.

Tan pronto como los platos hubieron sido retirados, Charlie puso los diarios sobre la mesa y desató el cordón de cuero del primero. Cuando abrió el libro, encontró una carta escondida en su interior.

   “Querido Charlie” leyó,

“Pensé que debías saber a lo que te estabas enfrentando. Tú hablaste de ‘la sombra’, y yo me he acordado de su nombre al fin. En estos diarios he marcado los lugares en los que se menciona... Harken Badlock.

Como podrás ver, viajé extensamente antes de establecerme en China. En casi todos los países que visité, me encontré con historias del Rey Rojo. Yo las ponía por escrito, y algún día, tú tendrás tiempo para leerlas todas. Pero ahora, debes concentrarte en aquellas que conciernen a ‘la sombra’. Se la conoce por muchos nombres diferentes, pero aquí, en Europa, es el Conde Harken Badlock.

Cuando hayas unido las piezas y sepas los verdaderos hechos de la sombra,  sabrás que el conde es un cazador y un asesino. Roba las almas y rompe los corazones. Cada criatura que se cruza en su camino ha sufrido por ello.

En algún lugar de estos libros hay un hechizo que puede derrotarlo. Lo escribí en el idioma de su creador, y creo que te conducirá al Rey Rojo. Pero tú podrías necesitar ayuda para entenderlo.

Ten cuidado, amigo mío, y no tengas miedo.

   Bartholomew”

La señorita Ingledew cogió la carta mientras esta caía de las manos de Charlie. —No debería haber escrito esas cosas— dijo ella, enfadada —Ha dejado a Charlie medio muerto del susto.

—Yo tenía que saberlo— afirmó Charlie.

El tío Paton se rascó la cabeza. Vamos a echarles un vistazo— recogió los diarios. Cada uno tenía varios marcadores de delgado cuero colgando fuera de ellos. —Empecemos con 1965.

Una ráfaga de nieve revoloteó delante de la ventana y la señorita Ingledew cerró las cortinas. El tío Paton trajo otra vela a la mesa y los tres colocaron sus sillas lo más juntas posibles, para que todos pudieran leer los enrevesados y manchados diarios de viajes de Bartholomew Bloor. Apenas pronunciaron palabra, solo hablaban para pedir que se pasara de página, o para exclamar por alguna atrocidad increíble. La noche se hizo más fría y las velas se desgastaron, convirtiéndose en parpadeantes restos de cera. El tío Paton se levantó y fue a buscar velas nuevas a un cajón.

Siguieron leyendo, estaban totalmente fascinados por las aventuras que habían conducido a Bartholomew a destapar las historias de ‘la sombra’. Parecía que había visitado casi todos los países de Europa, Asia y África, pero fue en su trayecto por Italia  donde encontró el verdadero origen del retrato del Rey Rojo.

Un tal Luigi Salutati había heredado el manto rojo del rey de su antepasado la princesa Guanhamara.

Luigi era pintor y, en algún momento del siglo xv, había viajado a Venecia para estudiar con el gran pintor Jacopo Bellini. Una noche, solo en el estudio, Luigi se había colocado el Manto sobre sus hombros para mantener el calor. Tan pronto como lo hizo, se vio abrumado por el deseo de pintar el retrato del hombre que había estado visitándole en sueños. En aquel momento su rostro estaba tan claro para él en su mente, que era como si se encontraran en la misma habitación. Al darse cuenta de que éste debía ser su antepasado, el legendario Rey Rojo, Luigi empezó a pintar. Pero mientras trabajaba, Luigi fue consciente de una presencia hostil en la habitación, una sombra que insistía en entrar en el retrato. Por mucho que lo intentara, Luigi no pudo evitar que su pincel derivara hacia los lados, donde una sombra oscura empezó a formarse detrás de la figura del Rey. Luigi aceptó que se encontraba en poder de un malvado hechicero que estaba decidido a perseguir la memoria del Rey Rojo.

La pintura había permanecido en Venecia hasta que los descendientes de Luigi la trajeron a Gran Bretaña en el siglo xvi. Fue en aquella época cuando cambiaron su apellido por el de Silk.

—Gabrielgritó Charlie. — ¡La familia de Gabriel es la propietaria del retrato del Rey Rojo!

—Pero ya no— el tío Paton pasó el dedo por la página. — Aquí dice que la pintura fue comprada a los Silks mediante engaños, y que ahora cuelga en la Academia Bloor.

Charlie se frotó los ojos, leer a la luz de las velas no era fácil, sobre todo cuando estabas medio dormido —Eran todo mentiras— dijo —Todas esas cosas que escuché del conde Harken cuando estaba debajo de la mesa. Ellos dijeron que había venido a proteger a los hijos del rey, pero el conde sólo quiere causar problemas. Él les enseñó el asesinato y la tortura, a cazar animales hasta la extinción, justo como dijo Bartholomew.

—Igualito a lo que ponen nuestros libros, Julia— remarcó irónicamente el tío Paton —Nunca he encontrado una sola referencia a dicha persona en mi biblioteca.

Yo tampoco— dijo Julia —Debió llegar un momento en el que las personas dejaron de ver con buenos ojos a hombres como el conde. Los descendientes de los cinco hijos que tan servilmente lo siguieron probablemente decidieron dejarle fuera de sus historias.

—No la señorita Chrystal— murmuró Charlie a través de un bostezo —Ella habría escogido un nombre que hace pensar en algo bueno y bello. Su verdadero nombre es Tilpinel niño dio otro gran bostezo. —Me pregunto cuál era antes de ese.

—Es hora de que te vayas a la cama, Charlie Bone— dijo su tío —Hemos leído todo lo que Bartholomew marcó para nosotros, ahora vamos a dormir. No hay nada más que podamos hacer esta noche.

Charlie se sintió aliviado al ser enviado a la cama, sentía cómo se le cerraban los ojos. Dejó los diarios con su tío y la señorita Ingledew, les deseó buenas noches y se fue a la cama.

Al pasar por el cuarto de baño, vio a la polilla blanca revoloteando al lado de la puerta cerrada. Qué tonto había sido. La polilla era su varita, ella podría ayudarle. Abrió la puerta y entró. ¿Era su imaginación, o el estado de congelación de Maisie había avanzado un poco? Charlie levantó el antifaz hasta la frente y vio que sus ojos se habían cerrado.

—Quédate con nosotros, Maisie— susurró —Sujétate, ¡nosotros te ayudaremos!

La polilla se balanceó salvajemente alrededor de la luz y Charlie rápidamente la apagó. Ahora, la única luz provenía de las resplandecientes alas de color blanco plateado de la polilla. La pequeña criatura se posó sobre los pies de Maisie y se arrastró lentamente hacia su rostro. Cuando llegó a su barbilla, se alzó en el aire y estuvo rondando por  encima de los ojos cerrados de Maisie. De repente, se abrieron de golpe.

— ¡Maisie! — gritó Charlie. Maisie, Maisie, vuelve. Soy yo, ¡Charlie!

Ella pareció verlo y sus labios se movieron una diminuta fracción. La polilla dejó de volar y se encaramo sobre sus rizos grises. Un rubor se repartió por las mejillas de Maisie y luego, de repente, sus ojos se nublaron y una expresión de pánico apareció en su rostro. Sus párpados cayeron y la mujer pareció más congelada que nunca. Quienquiera que hubiera congelado a Maisie quería  probar que era más poderoso que Charlie y su varita juntos.

Charlie caminó penosamente hacia su cama con la polilla en su hombro. A pesar de estar agotado, sabía que no podría dormirse.

Billy Raven estaba arrodillado en el rellano por encima de la gran sala.  Bendito se agachó a su lado. Las puertas principales estaban abiertas y ráfagas de aguanieve entraban con los invitados. Billy nunca había visto tanta gente elegante al mismo tiempo. Las mujeres, en particular, parecían como si hubieran salido de cuentos de hadas. Los colores de sus vestidos de baile eran impresionantes. Incluso las tías abuelas de Charlie estaban razonablemente bien.

Hubo un silencio repentino en la conversación. Las cabezas se volvieron hacia las puertas y una pareja se adentró caminando.

Billy apretó con fuerza  la barandilla de la escalera. La mujer era la madre de Charlie, la señora Bone. La señora Bone como Billy nunca la había visto. Vestida con un traje azul que flotaba a su alrededor, parecía un deslumbrante ángel.

Un gruñido bajo latía en la garganta de Bendito. El anciano perro retrocedió, lloriqueando y temblando.

—Bendito, ¿qué pasa?— gruñó Billy en voz baja

—Hombre verde, sombra— gimoteaba Bendito.

— ¿Hombre verde?— Billy bajó la mirada hacia el pasillo. La madre de Charlie iba del brazo con un hombre vestido con un traje de terciopelo verde. Tenía una mata de pelo castaño con toques dorados, y una nariz afilada, recordaba a un halcón.

Billy retrocedió, alejándose de la luz —La sombra— dijo sin aliento. —Debo contárselo a Charlie.

Bendito gruñó —Ven conmigo, rápido.

—Sí, sí, debo hacerlo— en el momento en el que Billy se puso de pie, una voz dijo:

¿Qué estás haciendo tu aquí?— Manfred salió del pasillo.

—Yo-yo estaba sólo mirando, señor— balbuceó Billy.

Espiando, más bien— dijo Manfred con frialdad.

No. No estoy espiando. Lo prometo.

—Es una pena que ya no espíes para mí— los despiadados ojos negros de Manfred encontraron a los de Billy y los fulminó con ellos.

Los ojos rojos del albino siempre habían logrado resistir el deslumbramiento hipnotizante de Manfred, pero esta noche, Billy sintió que había algo diferente en Manfred. Su mirada había perdido el poder que solía tener. Algo había cambiado.

No te quedes ahí embobado— ladró Manfred. Vete a la cama. Y envía a ese perro sarnoso a las cocinas.

Pero Billy continuó mirando a Manfred, tratando de adivinar qué le había sucedido.
  
¿¡Qué miras!?— Manfred agarró la muñeca de Billy, se produjo un destello brillante cuando sus largos dedos presionaron la carne del niño. El pequeño albino sentía que su brazo entero estaba en llamas.

— ¡Ayyyyyyyyyyyy!— gritó Billy.

Varios de los invitados miraron hacia arriba, pero Manfred arrastró a Billy lejos del rellano y se adentró profundamente en el pasillo. Vete a la cama— murmuró entre dientes.

Manfred soltó el brazo de Billy, dejándolo en libertad, tras lo cual se dio la vuelta y se dirigió a las escaleras. Se podía oír el sonido de sus pisadas al bajarlas.

Llorando de dolor, Billy se apresuró a regresar al dormitorio. Mantuvo su brazo bajo el grifo de agua fría, pero el dolor persistía. Había cuatro verdugones de color rojo oscuro por encima de la muñeca y uno debajo de ella, donde el pulgar le había apretado la carne. El poder hipnotizante de Manfred había sido sustituido por algo incluso peor.

Billy yacía en su cama, con el brazo herido alejado del cuerpo. Bendito se subió de un salto e intentó lamerlo, pero Billy lo empujó lejos. —No es buenogruñó— Lo siento, Bendito.

—Lo siento, lo siento, lo siento— aullaba el viejo perro. La dura luz del dormitorio estaba empezando a darle dolor de cabeza a Billy, necesitaba consuelo. Levantándose con dificultad de la cama, apagó la luz y puso las cinco velas de su guardián en el alféizar de la ventana. Una llama diminuta apareció en la parte superior de cada una, y todas empezaron a arder con una luz clara y fija. Billy empezó a respirar con más facilidad. Tenía la cabeza despejada y su brazo había dejado de palpitar. En unos momentos, las furiosas marcas rojas se habían desvanecido por completo.

Charlie oyó el suave ronroneo de un motor en la calle. Se levantó de la cama y se dirigió a la ventana.

La limusina dorada estaba parando frente al número nueve. Un hombre vestido con un traje de terciopelo verde rodeó la parte posterior de la limusina y abrió la puerta más cercana al bordillo. La madre de Charlie salió al exterior, con su vestido azul brillando a la luz  de la farola. La pareja caminó hacia la casa, el brazo del hombre rodeaba los hombros de Amy Bone.

“Mamá, no dejes que te bese”, rezó Charlie en silencio.

Cuando la pareja llegó a las escaleras, el hombre inclinó la cabeza y besó a Amy Bone en los labios. Charlie sintió como si le hubieran dado un golpe, dejándole sin respiración. Cuando su madre subió hasta la puerta principal, el hombre alzó la vista y vio a Charlie en la ventana. Sonrió. Y en ese instante, Charlie supo que su madre había sido besada por un hechicero

6 comentarios:

  1. Dentro de cuanto suben el prox capitulo?

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    1. otra preg que les queria hacer es ¿en relacion con los primeros 3 libro, los 2 que subieron son mas cortos?

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  2. Soah y Cova necesito comunicarme con ustedes. Tengo que abrir un nuevo correo. les aviso en cuanto lo tenga. Pueden enviarme un mensaje a tibisaypadron60@gmail.com

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  3. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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  4. son lo mas grande que hay, lastima que dejaron este proyecto

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    1. Hola Andres. Soy Granito si quieres la traduccion del quinto libro te la puedo enviar a tu correo Es que no se trabajar en el blog.

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