“Oh” Charlie se sintió avergonzado en nombre de su tío “Adiós entonces Cocinera. Gracias por la comida.”
Charlie siguió a Weedon a través de los mostradores de la cocina, los fregaderos vacíos, las estanterías de platos y las filas de cacerolas relucientes.
“Date prisa” dijo Weedon. “Ella no te esperará eternamente.”
“Pero mi mochila” dijo Charlir acelerando mientras seguía la fornida silueta de Weedon “Tengo que guardar mis pijamas y demás cosas.”
“La matrona lo ha hecho” dijo Weedon.
Llegaron al recibidor, donde Charlie encontró a su tía- abuela Eustacia paseando ante las puertas principales.
“¡Vamos, vamos!” dijo Eustacia “Te hemos estado buscando por todos lados.”
Una desagradable sensación embargó a Charlie, el estómago del niño se revolvió. Eustacia conducía como una maníaca. Ella era la única conductora capaz de hacer que se mareara en el coche. “Tengo que coger mis cosas” dijo Charlie pensando en la varita que había escondido debajo de su colchón.
“¡Están aquí!” Eustacia pateó la mochila tendida a sus pies “La tía Lucrecia la hizo amablemente para ti.”
“Pero…pero…Tengo deberes que guardar” dijo Charlie desesperado.
“Date prisa entonces” Su tía abuela dio un gruñido, con un suspiro de contrariedad.
Charlie agarró su maleta y corrió hacia el dormitorio, levantó el colchón, parecía como si alguien hubiera estado hurgando antes. La varita no estaba ahí. Su ansiedad se incrementó, levantó ambos lados del colchón. Llegó a tirar el colchón de la cama. La varita había desaparecido.
Charlie colocó el colchón de vuelta a su lugar y arregló las sábanas. El desagradable sentimiento de su estómago empeoró.
“¿Qué se supone que has estado haciendo?” le gritó Eustacia cuando Charlie finalmente arrastró su mochila al recibidor de nuevo.
“No lo podía encontrar” dijo Charlie miserablemente “Mi trabajo, eso es todo.”
“Tsk, no puedo esperar mucho más” su tía abuela consultó su reloj. “Le dije a Venetia que estaríamos de vuelta a las dos. Ven aquí rápidamente.”
Weedon, quien había estado al acecho en la puerta principal, dijo, “¿Estamos listos entonces? Un, dos, tres.”
La tía abuela Eustacia tarareó impacientemente mientras Weedon cogía un manojo de llaves que colgaba de una cadena de su cinturón. Seleccionó una enorme llave de hierro y la introdujo en la cerradura, luego la giró dos veces. Las puertas se abrieron.
“Madame” dijo Weedon, ladeando su cabeza.
“Basta de eso” le cortó Eustacia.
Mientras Charlie la seguía hacia el exterior, se dio cuenta de que la maleta de Billy Raven estaba en una esquina del recibidor. Así que todavía continuaba en la Academia Bloor. ¿Podría ser que estaban esperando a que Charlie se fuera para que no pudiera darle un vistazo más de cerca a los Greys?
El coche negro de Eustacia estaba mal aparcado al lado de la fuente del cisne. Tan pronto como Charlie hubo subido al asiento trasero, ella había acelerado, saltándose señales de stop, chocando con cubos de basura, metiéndose por calles de un solo sentido en la dirección contraria, asustando a gente en los pasos de cebra, acercándose peligrosamente a ciclistas, excediendo el límite de velocidad y pasando muy cerca de los coches aparcados (haciendo eso se cargó tres retrovisores).
Para disgusto de Charlie, Eustacia condujo hacia Viento Oscuro, un siniestro callejón donde sus tres tías abuelas vivían en unas casas adosadas, todas con el número trece. La tercera casa estaba cubierta con una carpa, pero detrás de las telas, un edificio ennegrecido y sin tejado podía ser intuido- era todo lo que quedaba de la casa de Venetia.
“Mírala bien Charlie” dijo Eustacia, parándose un momento ante la casa “Tú eres el responsable de esta ruina.”
“No exactamente” objetó Charlie.
“No en un sentido estricto” le concedió su tía abuela “Pero tú estabas con mi diabólico hermano cuando hizo esto, animándolo, sin hay duda.”
“¿Y qué esperabas que hiciera?” dijo Charlie desafiantemente. “Tía Venetia intentó matar a la señorita Ingledew.”
Eustacia abrió la puerta y puso sus piernas en el asfalto. “Fuera” le gruñó, cerrando la puerta de un golpe.
Charlie estuvo encantado de hacerlo. Saltó del coche arrastrando su mochila detrás suyo.
“Ahora vete” dijo Eustacia apuntando hacia la salida del callejón “Tienes tus propias piernas, puedes andar hasta casa.”
Charlie se giró y echó una carrera callejón abajo. No se molestó en agradecerle a su tía abuela por dejarle a medio camino de su casa. Pero cuando escuchó su puerta principal dando un portazo, se paró y miró hacia atrás, hacia la casa en ruinas. Recordaba el piano que había quedado al descubierto en la parte superior, cuando la pared del edificio en llamas cayó y recordó la terrible caída del instrumento, la misteriosa nota que había tocado cuando se estrelló en las escaleras del sótano y se rompió en cientos de piezas.
¿Quién había tocado ese piano, escondido en el ático de la casa de la tía Venetia? ¿Era Lyell Bone, su padre, prisionero e hipnotizado? ¿Y si lo era, dónde estaba ahora?
“¡Vuelve papá!” el susurro de Charlie hizo eco en el callejón vacío “Por favor, inténtalo.”
Mientras Charlie caminaba de vuelta a casa, Billy Raven estaba tomando su primera comida con Usher y Florence de Grey en la Academia. Ellos le habían dicho a Billy que prefería que les llamara por sus nombres de pila, ya que pensaban que era demasiado tarde para ellos para que les llamara Mamá y Papá. Ellos nunca se acostumbrarían. Billy había estado esperando con ansia el momento para decirle Mamá a alguien, pero decidió que lo haría lo mejor que pudiera.
El comedor de los Bloors quedaba a dos puertas de la oficina del doctor Bloor en el ala oeste. Era una habitación estrecha con una gran ventana con vistas al jardín. Las paredes estaban cubiertas con papel de rayas rojas y doradas y el techo estaba tan alto que Billy apenas podía distinguir las formas extrañas que rodeaban a la lámpara. Pensó que podían ser gárgolas.
Un candelabro colgaba encima de la majestuosa mesa ovalada, y aunque era un día cálido, un fuego crepitaba tras los barrotes de la gran chimenea. Incluso en verano, el señor Ezekiel se arropaba con una manta de lana. Era tan mayor que tenía el frío metido hasta dentro de su alma.
Aquel día, el anciano hombre estaba sentado a la cabecera de la mesa, de espaldas a la ventana. Masticaba con la boca abierta, y a veces, trozos de comida caían en su regazo. Al otro lado de la mesa, el doctor Bloor mantenía una conversación sin pausa con los Greys, en intento por distraer la atención de los asquerosos hábitos de comida de su abuelo.
Billy estaba embutido entre la matrona y Manfred, frente a sus futuros padres. La comida humeante de su plato había empañado sus gafas, y cuando él intentó limpiarlas con su servilleta, la matrona siseó, “¡Pañuelo!”
Billy no tenía un pañuelo. Se giró hacia la inmensa pila de platos llenos de carne y vegetales. Obviamente, los Bloors estaban intentando impresionar a sus invitados. El aburrimiento de Billy empezó a crecer con la monótona conversación. Lanzó miradas furtivas a través de la mesa a su nueva “madre” y ella le devolvía sus miradas con rápidas y dentonas sonrisas que nunca subían hasta sus ojos.
Sonreír era demasiado trabajo para el señor de Grey. Lo más que podía hacer era una sonrisa torcida. Billy se preguntaba si era una decepción para su nuevo “padre”. Quizás ese hombre de aspecto sombrío había esperado a un chico con brillante pelo marrón y una complexión fuerte. Un chico con ojos ordinarios que no necesitara llevar gafas.
Si era cierto que los Greys siempre habían querido adoptar a un niño, cómo habían dicho, ¿por qué se habían decidido ahora? ¿Y por qué no se les había ocurrido antes a los Bloors que Billy podía ser un buen candidato?
“Come Billy” dijo Lucretia Yewbeam “Queremos nuestro postre.”
Billy introdujo otro pedazo de patata en su boca e intentó tragarlo. Parecía que había una especie de pared en su estómago que no le permitía tragar la comida. Se rindió y depositó su cuchillo y su tenedor pulcramente atravesando su plato.
La matrona dio un suspiro y retiró su plato “Está emocionado” le dijo a los Greys. “Darle un huevo esta noche. Le encantan.”
Billy se preguntó qué había llevado a la matrona a decir eso. ¿Cómo podía saber ella qué le gustaba? Nunca antes se habían sentado en la misma mesa.
Lucretia continuó retirando los platos y hubo un murmullo de placer cuando el señor Weedon apareció con un gran pastel de merengue de chocolate. Billy adoraba el chocolate, pero no pudo comer el pastel. Ni un poquito. Se quedó mirando a la enorme porción que la matrona había plantado enfrente suyo. Deseó poder darle la tarta a Rembrandt, pero no se atrevía a mencionar a la rata. Se suponía que no tenía una. Los Bloors la habrían matado.
La matrona retiró la intacta porción de pastel de Billy con una mirada de irritación. Y entonces la mesa quedó completamente limpia. La gente se levantó y se volvió a sentar mientras Billy se quedaba dónde estaba, la pared de su estómago se hacía más pesada por momentos.
La señora de Grey puso una mochila gris en la mesa. Ella sacó tres hojas de papel y los puso delante de Billy.
“Ahora para tu juramento, Billy” dijo el doctor Bloor con un tono solemne.
“¿Juramento?” preguntó Billy extrañado.
“De hecho” continuó el doctor Bloor “Las adopciones no pasan simplemente. Tiene que haber un acuerdo. Las promesas deben ser hechas.”
Ezekiel se inclinó hacia delante, sus codos descansaban en la mesa, sus mejillas se apoyaban en sus puños. “La señora de Grey es un guardador de juramentos Billy, ¿sabes lo que es eso?”
Billy negó con la cabeza.
“¡Ella guarda los papeles!” Ezekiel rió desagradablemente. “Antes de que te vayas a tu nuevo y agradable hogar, debes firmar un juramento para hacer algunas cosas que están escritas en esos papeles que tienes delante. ¿Entiendes?”
“Sí señor”
“Rellena la casilla de “Sí” y firma con tu nombre al final” dijo la señora de Grey con un tono profesional. Con una larga uña, señaló una línea de puntos al final de uno de los papeles, y entonces se acordó de sonreír.
“¿De verdad tengo que hacerlo?” preguntó Billy valientemente.
“Si quieres ser adoptado” dijo Manfred, con sus negros ojos fijos en la cara de Billy.
La señora de Grey le pasó a Billy un bolígrafo y él empezó a leer el primer papel.
No. Sí.
1. Prometo decir siempre la verdad.
2. Prometo estar en silencio después de las siete en punto (mis padres necesitan diez horas de sueño).
3. Prometo llevar las ropas que han sido elegidas para mí (y son muy bonitas).
4. Prometo nunca pedir comida (porque se me dará suficiente).
5. Prometo nunca hablar con otros niños sobre lo que pasa en la casa.
6. Prometo contestar con la verdad a cualquier pregunta relacionada con los hijos del Rey Rojo, especialmente Charlie Bone.
Billy levantó la mirada. “¿Por qué?” preguntó. “¿Por qué tengo que responder preguntas sobre Charlie específicamente?”
“Es una condición Billy” dijo el doctor Bloor “Marca la casilla.”
Billy la marcó.
No. Sí.
7. Prometo bañarme los viernes, sábados y domingos.
“No tienes porqué leer toda la lista” dijo la señora de Grey “Solo marca el resto de las casillas… cariño.”
El papel tenía un tacto extraño para Billy los bordes eran ásperos y parecía que quemasen al tocarlos.
Billy completó su misión y empujó los papeles lejos de sí. Florence de Grey los guardó rápidamente en su mochila, en la que Billy descubrió montones de contratos como el que él había firmado, archivados y ordenados. Ella cerró la mochila, satisfecha. “Sano y salvo” dijo, tras lo cual añadió dirigiéndose a Billy
"I keep the oaths, / And thus they are kept. / No breaking of oaths, / Of which I am the keeper." *
*“Yo guardo los juramentos/ Y así ellos son guardados/ No se rompen los juramentos/ Que son guardados por mí.”
Y en esta ocasión la sonrisa sí llegó hasta sus ojos.
“Será mejor que tengas cuidado, Billy” dijo Ezekiel con una risa disimulada “Muchas personas han intentado romper alguno de los juramentos que se encuentran en la mochila, y cómo han sufrido por ello.”
“¿De verdad?” preguntó Billy, nervioso.
Los eventos se desarrollaron con tranquilidad a partir de aquel momento. Todos se levantaron exceptuando Ezekiel, quien insistió en estrechar la mano de Billy y felicitarle “Que te vaya bien, pequeño” le dijo, dándole a Billy un empujón.
El doctor Bloor guió a los demás hasta el recibidor, donde le dio una palmadita a Billy en la espalda y le dijo que era extremadamente afortunado por haber encontrado unos padres tan buenos. Weedon abrió las puertas principales, Manfred, por su parte, alzó la gran maleta y se la dio a Billy, quien siguió a sus nuevos padres a través de la plaza hasta un pequeño coche gris.
Billy se sentó en el asiento trasero del coche con su maleta, y tan pronto como Florence se sentó en el asiento del copiloto, el señor de Grey arrancó. Usher era un conductor cuidadoso y el viaje de Billy a través de la ciudad fue mucho más agradable que lo que había sido el de Charlie.
Aparcaron al final de un oscuro callejón pavimentado con piedra, Billy se bajó del coche. Una densa niebla se había instalado y el niño perdió de vista a los de Grey mientras caminaba con prisa callejón arriba. Pasó al lado de una rústica señal que ponía Pasaje de Crook. Un poco más allá, un gran cartel clavado en una puerta ponía Se avisa a los peatones que no crucen.
El Pasaje de Crook se hizo cada vez más pronunciado. De vez en cuando, Billy tropezaba con alguna piedra escondida y la gran maleta saltaba sobre los adoquines. Ahora le parecía mucho más pesada, y Billy empezó a arrastrarla detrás de él- ¡pum, pum, pum! Parecía que los de Grey no se habían dado cuenta.
La pared en el estómago de Billy se había trasladado a su pecho. Había imaginado su nuevo hogar como una casa luminosa y soleada con un vasto césped, no un lugar oscuro y secreto como aquel. Una señal de madera crujió sobre su cabeza, Billy retrocedió para poder leerla.
*“Yo guardo los juramentos/ Y así ellos son guardados/ No se rompen los juramentos/ Que son guardados por mí.”
Las palabras “Casa de paso a diez metros” habían sido pintadas en negro sobre un fondo rojo. Esos diez metros eran los más empinados. La respiración de Billy se transformó en un gemido mientras levantaba su maleta hasta la puerta en la que se encontraban sus nuevos padres observándole.
“Estamos aquí Billy” dijo Florence.
Sobre la puerta, las palabras “La casa de paso” habían sido grabadas en la piedra. Usher introdujo una enorme llave de hierro en una igualmente enorme cerradura. Se escuchó un fuerte chasquido metálico y la puerta se abrió levemente. Billy subió los dos escalones y entró en la casa.
El recibidor era sorprendentemente grande para una casa que empezaba en un callejón oscuro. Estaba revestido con mármol blanco y mármol negro, y las paredes grises estaban decoradas con figuras de escayola. Un espejo con un gran marco dorado colgaba sobre una vitrina de cristal vacía, pero cuando Billy se miró en el espejo, solo vio una gota de blanco. ¿Era su pelo? El resto de su cuerpo estaba engullido por una niebla gris. ¿Los había seguido la niebla hasta ahí?
“¡Ven, Billy!” le llamó Florence, señalando desde un peldaño de piedra.
Billy atravesó las losas de mármol. Su maleta se deslizó y chirrió detrás de él. Caminó a través de dos altas columnas de mármol y empezó a subir los peldaños. Uno, dos, tres. Hizo una pausa para respirar, agarrado a la barandilla de hierro. Usher de Grey había desaparecido en una de las puertas del piso de abajo.
“¡Vamos, vamos!” le llamó Florence desde el rellano. “Te va a encantar tu habitación”
Billy hizo un último esfuerzo y subió los escalones que le quedaban, tras lo cual siguió a Florence por un largo pasillo. Cuando llegaron al final, ella abrió una puerta, diciendo “¡Aquí estamos!”
Billy dio un paso y entró en su habitación: la primera habitación que era realmente suya y de nadie más. Era incluso mejor de lo que se había imaginado. Dejó su maleta en el suelo y observó lo que le rodeaba.
La cama era mucho más grande que los estrechos catres de la Academia Bloor. Tanto la colcha como la funda de almohada eran de un color azula cuadros, la cama remataba con un cabecero de pino. Había también un alto armario de pino y una mesilla con cajones a conjunto, pero Billy apenas se fijó en esos detalles. El niño no podía apartar la mirada de la televisión, en su negro estante, y luego en el ordenador, que se encontraba en el escritorio de pino. ¿Todo eso era suyo?
“¿Son míos?” preguntó Billy, sin aliento.
“Todo tuyos” dijo Florence. Todavía llevaba la mochila, e hizo sonar sus dedos sobre ella mientras le dedicaba a Billy otra de sus extrañas sonrisas “Siempre y cuando mantengas tus promesas”
“¿Mis juramentos?” dijo Billy.
“Exactamente, ahora vas a conocer tu nueva casa Billy. Hay un lavamanos en tu cuarto. ¿Lo ves, detrás de esa pantalla?” Florence apuntó a una pantalla blanca que se encontraba en una esquina. “Así que no hay excusa para venir a comer con las manos sucias. ¿Entendido?”
Billy asintió.
“La cena es a las seis” Ella indicó un reloj que había sobre el ordenador. “Así que tampoco hay excusas para llegar tarde a la cena” Florence giró sobre sus talones y salió de la habitación, cerrando la puerta detrás de ella.
Billy se sentó en la cama. Era demasiado para asumirlo de golpe. Estaba deseando hablar con a alguien sobre aquello. Charlie. Quizás Charlie podría venir. Se quedaría tan sorprendido.
Solo eran las cuatro en punto, tenía tiempo de sobra hasta la cena. Billy decidió preguntarle a Florence si podía traer a un amigo. Corrió escaleras abajo y miró en las habitaciones del piso inferior: una cocina, un comedor, un salón muy elegante y una oficina. Los de Grey no estaban en ninguna de las habitaciones en las que había buscado.
“¡Hola!” llamó Billy.
No hubo respuesta.
Billy se giró hacia la puerta principal. Quizás debería simplemente salir y buscar a Charlie. Mientras el niño bajaba hasta el nivel del espejo del salón, algo muy raro sucedió. Se dio cuenta de que no podía avanzar más allá. Una barrera invisible le retenía. Una y otra vez, Billy intentó deslizar sus pies hacia delante, pero se en encontraban con una sólida pared invisible. Era imposible alcanzar la puerta principal. Intentó empujar la barrera invisible con sus manos, pero era como empujar contra una barrera de hierro.
Billy retrocedió y se sentó en una silla al lado de la vitrina vacía. No podía creer lo que estaba sucediendo. Pensó que sí esperaba unos cuantos minutos, quizás la fantasmal barrera se desvanecería.
Mientras echaba una mirada a su alrededor, se dio cuenta de que no había ningún abrigo colgando en el colgador, no había ningún sombrero en el sombrerero, ningún bastón, paraguas, botas o bolsas en el recibidor. De hecho, parecía que no había vida alguna en la Casa de Paso. En ese momento, Billy se dio cuenta de que había algo negro al final de la escalera.
Se levantó y fue a echar un vistazo. Era un gato muy pequeño con un hocico gris y una cola delgada. Por fin, alguien con quien Billy podía hablar. Se arrodilló al lado de la pequeña criatura y dijo, “¡Hola! Soy Billy, he venido a vivir aquí”
“Hola Billy” dijo el gato con una frágil voz. “Yo soy Claudia. Me alegro por mí misma de que hayas venido, aunque me entristezco por ti.”
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